3.2.14

7. La amistad

Cada tanto me taladra la médula un escepticismo clave.
Es cíclico. Pienso una cosa como la que estoy a punto de confesar, e inmediatamente después también pienso: "¿cómo no lo habré pensado antes?"; o, peor aún, "¿cómo dejar de pensarlo ahora?".
Desde ese momento, mis certezas son una piedra caliza bajo una canilla que alguien abre. La gota cae, persistente. Quién carajo sabe dónde terminaré yo cuando mi pétrea certeza se termine de disolver en arena; o quizás, por un milagro, pueda concluir con la gotera.

Me resulta difícil creer que algo sea entendido, vivido y necesitado de la misma forma por todo el mundo.
Esta convicción es el principio rey del léxico.
Tiene que haber consenso entre dos personas que llaman "árbol" a un tronco con hojas, para saber que cada vez que se pronuncie /árbol/ uno sepa que se está refiriendo a ese tronco con hojas. A la larga, uno llega a tener la fe en que todo es así de claro.
Pero trasládelo al terreno de aquello que no tiene hojas, ni tronco, ni salvia, ni raíces, ni pájaros, ni clorofila, ni corteza, ni musgo: cuando alguien dice, por ejemplo, /cultura/... ¿qué se supone que tengo que entender yo?

"La palabra es una fuente de malentendidos", dijo con precisión el principito.

Esta misma gotera golpeaba sobre una de las certezas más importantes que tenía hace dos años: la apremiante efectividad de una educación universitaria.
En realidad me gustaría no haberlo pensado. No entendía cómo, en un aula de 300 alumnos, todos buscaran y esperaran lo mismo de la "educación universitaria".
Hoy esa preocupación es más grave. Los alumnos son cada vez menos. Este año probablemente no superen los cien. Cada uno lo va llevando a su manera. Probablemente, de esos cien, se reciban veinte, cada uno con una tesis diferente. Y de esos veinte, dieciocho terminen ejerciendo la docencia; y, entre esos dieciocho, es muy poco probable que dos terminen enseñando en la misma institución educativa.

Creo que nadie tarda demasiado en darse cuenta de que no necesariamente tiene que opinar lo mismo que su vecino. En un país de tanta libertad filosófica como el nuestro (donde el brillante y el burro tienen la misma televisiva legitimidad), el debate es tan necesario que a veces se suprime en nombre de una pacífica convivencia.




Esto me pasó hace poco con el sonido /amistad/.
Todos entendemos, más substancialmente que verbalmente, qué es un amigo.
Casi todos reconocemos tener uno o dos amigos; algunos reconocen tener diez o reconocen querer un millón.
Tome un recorte demográfico más o menos amplio de personas y verá que en un porcentaje abominable todos se vinculan a otro; a esta vinculación, llaman "amistad".
En esta misma porción demográfica, no obstante, pueden terminar incómodamente agrupados su madre y su hermana como Erdosain y Barsut, con todo lo perverso que dicho recorte implica. Ya lo dijo un rusito avispado: las amistades perfectas se parecen, pero las imperfectas (que, por alguna razón, son mayoría, si no todas) son todas diferentes entre sí.

Acá definimos la imperfección.
La amistad perfecta es la que involucra amor: la vinculación desinteresada por el otro.
Suena hermoso decirlo así, en términos platónicos; probablemente dé al lector ganas de componer una balada al estilo Axel.
Si esta entrada fuera un elogio al amor, ya la habría terminado hace rato. Todavía me falta entender a los innumerables casos imperfectos, cada uno con una impronta.

Me cuesta creer que todos entendemos lo mismo por "amigo". Como si la agrupación humana (digamos, extra-sexual o para-sexual) fuera algo instintivo.
Que a esta altura del partido me vengan a hablar de instinto, es algo que me pone los pelos de punta. Hay un trasfondo natural en todo lo que hacemos, hay uno emocional y también hay uno racional; si el emocional difiere de persona a persona, el racional ni te cuento. El prójimo y yo, en gran medida, somos carne incomparable. Sutilmente o no, no podemos dejar de ser distintos.
Me cuesta creer que, en esta ensalada, el prójimo y yo entendemos lo mismo por "amistad".

No tengo ninguna solución para darles, chicos.
Me encantaría, pero esta gotera recién arranca. Si esta certeza se quiebra, y en el medio queda un diamante; y puedo empezar a ver, bajo el prisma del diamante de la certeza que quebró, todas las acciones de los hombres para extraer una conclusión última, sería el tipo más lúcido del mundo.
Probablemente pase mucho tiempo y yo sea ya viejo y este blog no exista más, porque como dijo Nietzsche: "la profundidad de pensamiento pertenece a la juventud, y la claridad a la edad madura."

En el prisma mohoso de mi terquedad, vi a mucha gente gestionar sesudamente, bajo la etiqueta genérica de /amigos/, los beneficios más dispares:
billeteras humanas, cajas humanas de resonancia (que sólo respondan "sí, tenés razón"), bibliotecas y hemerotecas, bolsas de empleo, celestinas, carpintería artesanal, enciclopedias, bares, intercambios masturbatorios, paliativos para la soledad, taxistas sin tarifa.

Una vez más la suma de los casos concretos desafía descaradamente a la universalidad platónica, hermoso lugar donde existe la "amistad" tal como la entendemos todos en un éxtasis místico de amor al prójimo. Nos encanta vestirnos de toga y pronunciar palabras que mecen el alma como una cuna.
Pero muchas veces, salimos a la calle y el amor no tiene nada que ver con nuestras acciones.

Repito: no tengo solución.
Se me ocurren dos honestidades.
La primera es la del solitario.
La segunda es la del villano pragmático que reconoce la verdadera fuente de sus acciones; al fin, en una especie de conciencia conjunta, llegaremos a una sociedad no mejor, pero más sincera.

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