18.2.14

2011

Al terminar esta entrada, me pregunté por qué la había escrito.
Concluí que hay dos opciones.
A. me estoy volviendo viejo y necesito escribir mis memorias; no serán interesantes, mucho menos abultadas, pero son mías y deberían estar a disposición de la opinión pública, que decidirá cuantos cascotes me corresponden y cuántas flores.
B. estoy terminando un ciclo, y como sucede cada vez que un ciclo termina, surge la necesidad de una recapitulación de rutina.



Ayer escribí sobre el año 2010. No escribí ni el diez por ciento de lo que podría haber escrito sobre el año 2010, porque para escribir todo lo que viví en un año necesitaría invertir un año más.

Cuando el 2010 terminó, me sentí más o menos como ahora: parado mirando un horizonte desconocido.
Una noche estaba escuchando un tema de Bob Dylan llamado Desolation Row. Con una perfecta desconsideración hacia su costado artístico, me puse a llorar porque el tema había golpeado mi costado emocional. Umberto Eco me llamaría marica y condenaría mi trunca fruición; Bob Dylan, junto a Ezra Pound y T. S. Eliot y una horda de marineros furiosos, me cagaría a palos sin miramientos. Pero yo, encerrado en mi habitación escuchando Desolation Row, lloraba. Lloraba porque terminaba un ciclo que yo creía ireemplazable; lloraba desesperado porque no había nada más para vivir una vez terminada la adolescencia: ese bicho deforme, tan odiable como querible, cuyo lampiño comienzo sólo se compara a su aún más doloroso final.

Un rato después de que terminó la canción lo asumí: ya tenía que pasar a otra cosa. No iba a ver a mis amigos todas las mañanas. Probablemente nunca más tuviera vacaciones. Los profesores, de ahora en más, iban a ser tiranos inhumanos que, en una clase de seiscientas personas, no tendrían ni tiempo ni ganas de registrar mi cara y mi nombre.
Mi miedo a la universidad era un monstruo feo. Y yo quería quedarme escondido bajo la frazada. Mi decisión, cargada de horror al futuro, me hizo decidirme por un año sabático; cuando mi vieja se enteró, en enero, que no me había preinscripto a ninguna carrera de la solemne Universidad Nacional del Nordeste, me preguntó qué mierda pasaba y le dije que necesitaba un año más para decidirme.

Este año fue el 2011. Al principio del año decidí estudiar Letras. A lo largo del año estuve muy decidido a estudiar tres carreras distintas, a saber: ciencias políticas, medicina y un traductorado en lenguas eslavas. Al final del 2011 estaba preinscripto en Letras. Parecería que durante el año no pensé nada; pero lo pensé tanto, que al momento de decidirme no estaba seguro, y elegí la primera que apareció en el menú desplegable de la página.
Entre pito y flauta, había pasado un año.
Para marzo se cumplió lo que todos me habían advertido en febrero: la depresión del desocupado. Por ese entonces leía muchos libros livianos que tomaba al azar de la biblioteca de mi tía y escuchaba música gitana. Una noche, después de leer "La hija del capitán" de Pushkin, me quedé despierto hasta las cinco de la mañana pensando en una sola cosa: viajar a Rumania. A la mañana siguiente le dije a toda mi familia que en un año o dos, a más tardar, iba a estar viviendo en una casa vieja en algún pueblo de Transilvania. Dos semanas me preguntaron burlonamente para qué carajo querría ir a vivir con los vampiros. Por esa época abrí este blog.

Un día, por puro deporte, caminé hasta mi colegio a buscar mi título secundario. No lo necesitaba para absolutamente nada. Pero no tenía planes ni para el día, ni para la semana, ni para el mes. Y me gusta caminar. Mi colegio quedaba por la costanera. Era una mañana de marzo. No había mejor opción que visitar mi colegio con el pretexto de un trámite de rutina.

Fue ahí cuando uno de mis profesores me preguntó qué andaba haciendo y yo le adorné bellamente mi contundente "nada".
Me preguntó por qué no aplicaba para ser bibliotecario, porque siempre andaban necesitando uno. Bostecé y le dije que podía ser. Pero cuando salí de su despacho, revisé bien la oportunidad: no me interesaba el sueldo, no me interesaba mantenerme ocupado; en parte, me servía como vínculo post-mortem a los tiempos de secundaria, no me aburriría tanto, y podría leer cuanto libro interesante pudiera encontrarse en la biblioteca de un colegio católico. Y también habría mucho café.
Entonces me senté frente al monitor, sin saber bien qué hacía, y escribí una carta al rector preguntándole si un alumno egresado el año anterior (esto, hoy, suena increíblemente estúpido - uno necesita una experiencia de veinte años para pegar cualquier trabajo medianamente bien pago) podía ejercer de bibliotecario. Al día siguiente entregué la nota.
Dos semanas después cumplió años la Hebe. Me quedaban 200 pesos que malgasté en un sábado de borrachera pantagruélica, la peor hasta hoy, en la que terminé abrazado al inodoro de mi bar favorito en un gesto de amor no correspondido entre humano y pieza de ferretería. Me sacaron entre tres a las puteadas, amanecí con 100 pesos menos en mi haber y sin cinto, y no pude despegarme de la cama hasta las ocho de la noche del domingo. El lunes estaba sin un peso para mí, y mi familia empezaba a sospechar (y en buena hora) que el ocio me estaba haciendo mal.
Y ahí recibí la última llamada que esperaba: "te necesitamos para que hagas una suplencia en la biblioteca".

Los primeros tres fueron días horribles, como lo son en todo trabajo nuevo. No sabía nada. Me perdía entre los estantes. El estrés fue tal que me salieron ampollas en las manos y salía a mediodía sintiéndome la peor escoria del mundo: una traba a la inagotable sed del conocimiento de las mentes adolescentes. Todos los días llegaba perfumado y de camisa, veinte minutos antes de la hora de marcar tarjeta.
Pero como todo, fui agarrándole la mano. A los pocos días ya me sentía con la autoridad suficiente para subir los tobillos al mostrador. A la semana, hasta me quedé dormido en la silla. La hora del café era siempre a las nueve de la mañana, y el resto lo ocupaba en leer o jugar al solitario mientras fingía hacer catálogos de libros que ni siquiera llegaban. Devoré cuentos aburridísimos de Henry James, una versión de la Odisea para niños (la única que había) y abusé más de Borges que Renton de la heroína; si me hubieran dado una semana más, hasta tocaba las biografías de Don Bosco, que las había por millares. A las tres semanas concluyó mi contrato en perfectos términos con un vuelvapronto. Poco después me llamaron para que pase a buscar mi cheque.

El trabajo había sido tan liviano que no esperaba más de 100 pesos.
El administrador se dio cuenta de mi desdén, y puso cara burlona preguntándome qué necesidad había de andar todo el día perfumado. Pero supo por instinto que, cuando sacó el sobre del cajón, ya era demasiado tarde para cagarme dinero en base a mis pobres expectativas: el cheque a cobrar era por un valor de 930, que hoy valdría el doble.
Me contuve para no cagarme de risa en su cara. Me dieron ganas de subir mis tobillos a su mostrador; demostrarle que el mundo era mi puta y él, uno de los tantos que estaban en perfectas condiciones de ventilar con palmeras a un joven en la cumbre de un éxito salido de la nada.

Cómo usé mis primeros 930 pesos ganados en mi corta pertenencia a la P. E. A., es otra historia. Creo que fui lo suficientemente sabio, aunque impulsivo e inmaduro, para invertirlos en el mejor viaje de mi vida. Todo esto, por supuesto, sucedió mientras el blog existía; acá abundan los testimonios de este viaje y todas sus repercusiones¹ ² ³.
El viaje, en junio, prefiguró una curva ascendente en un año que terminó en enero siguiente con un orgasmo que hizo temblar mi vida; desde entonces, como pasa siempre hasta el próximo orgasmo, todo fue pudriéndose progresivamente hasta algún nuevo momento de violenta renovación, que todavía no llega.

Entrar en detalles sería seguir escribiendo esta entrada hasta las 5 de la mañana. Me encantaría, lo juro, pero fregar los baños de una cafetería (oficio prodigioso) tiene un solo requisito y es el ser puntual.

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