24.1.14

La ciudad-sorpresa

Las grandes conclusiones se sacan de los grandes momentos.
Hoy fue uno. ¡Y qué momento! No al pedo Manu Chao canta que "le gusta volver". Hace dos años perdí un poco la noción de qué es "ir" y qué se define como "volver". Tengo un nóstos, sí, pero ¿cuál mierda es Ítaca? Estoy flechado por dos ciudades y en las dos me siento en casa.
Pero bueno. Hoy "volví" a Córdoba. En el colectivo venía temiendo dos cosas: o que hiciera demasiado calor, o que estuviera lloviendo a cántaros. Cuál fue mi sorpresa cuando me desperté con principio de hipotermia, pispeé corriendo la cortina verde y vi que todos los cordobeses andaban pesadamente abrigados. Me bienvino un viento sur que caía de un nubarrón que era eterno. Me despeinó y me sacó los resabios de humedad asquerosos que quedan del que se baja recién de un colectivo larga distancia... con el dolor de rodillas incluido, pues ya no soy un joven viajante de dieciséis.

Fue ahí, y sólo ahí, donde aprendí esto que me estuve preguntando todo el verano en Corrientes.
¿Qué es lo que hizo que la pasara tan mal?
Por momentos estaba seguro de que era algo externo a mí y que yo no podía controlar, como picas entre amigos, picas entre familia, picas entre perros, picas entre barrabravas; pues yo, espíritu sensible, me siento profundamente dolido por las masacres futbolísticas que veo en TN. Era en fin una especie de ambiente negativo que escapaba a mi control, y no me gusta para nada que las cosas escapen a mi control. Por eso tengo un blog. Para que nadie me diga qué escribir. Que esto me ofusque y me sobrelimite y me haga no tener ganas de escribir nada, es harina de otro costal.

Por momentos estaba seguro, por el contrario, que en realidad era todo cuestión de perspectiva. Que no esperaba nada de Corrientes, como alguien que no espera nada de una amante aburrida. Que mi idea de Corrientes, al llegar allá en diciembre para empezar las "vacaciones" (por lo demás, condenadas a ser fugaces como pedo en canasta), era una idea tan hedonista que su concepto terminó aburriéndome a las dos semanas.
No me cuesta explicar por qué volví tan rápidamente: porque a veces da pánico estar al cuete. No es un pánico que pase por lo moral ("¡diantre, no estoy haciendo nada de mi vida!") sino por lo deportivo, como la energía contenida de un atleta nato con las piernas recién amputadas.

Cuestión que lo que siento en Corrientes es carencia de horizontes. Lo cual es toda una paradoja, porque uno allá puede zafar de los edificios y ver prados y prados de llanura verde sin nada salvo promisoria bosta y alambrados.
Pero de nuevo se vuelve a lo mismo: no hay absolutamente nada en esos prados vírgenes. El horizonte, infinito, está vacío. Perdón señores ganaderos, pero yo (y después de todo, para qué entra uno a este blog sino para escuchar mi opinión) necesito algo que esté relativamente cerca de mi nariz y que contenga, en sus dieciocho pisos, alrededor de cuarenta y seis oportunidades de empezar una vida nueva. El horizonte vacío me provoca hastío. Abulia. Desidia. Todas palabras re lindas que uso cada tanto para decir que el horizonte vacío me pone pelotudo, pelotudo insoportable y quiero huir de ahí tan pronto como sea posible.

Esto que lo aprendí, lo aprendí hoy y sólo por contraste.
Al venir de la terminal, iba abrazado a mi bolso enorme sintiéndome más campesino que nunca. Ya van dos años que estoy acá viviendo y sólo vi a Córdoba con estos ojos una vez: la vez que la pisé por vez primera.
Esa emoción campesina que surge cuando todo te sorprende. Desde la publicidad intrusiva hasta los jeans rotos de la señora que porta sus jeans rotos con total naturalidad. Con qué cara me han mirado allá (y sin hipérbole) por llevar unos jeans parecidos.
Los correntinos nos llenamos la boca diciendo que "en Corrientes no hay oportunidades", y puede ser cierto; pero más cierto es que falta una cosa todavía básica: la capacidad de que Corrientes nos sorprenda.
La sorpresa nos hace sacar conclusiones. Nos saca el neurótico de adentro que se pregunta el por qué y el cómo de todo. El viejo campesino en su terruño sabe cómo sembrar trigo. Hasta el día en el que descubra, entre su trigo, un raro patrón que termine siendo un mensaje fálico en lengua extraterrestre. Allí será cuando, fuera de la costumbre (que todo lo corroe), el que era un experto vuelva a ser, por un momento, un principiante puesto ante algo más grande que él mismo.

Hoy me bajé del colectivo y me recibió una descarga de puro viento sur después de un mes de calor continuo. Al toque empecé a ver chicas lindas y publicidad intrusiva y carreer opportunities. Es lo que comúnmente se llama "cambio de aire", pero no adopto este término porque me parece muy de gomería. En realidad quisiera elegir un término que se adecuara mejor a la realidad espiritual de uno.
Entendí que la infelicidad consiste en ver que los horizontes, que deberían estar tan lejos, te encierran. Que uno no sabe qué esperar de la vida; o peor, que uno sabe que no tiene mucho que esperar de la vida. Yo tengo esta pequeña gran fuga a una ciudad más grande que Corrientes. Estoy convencido de que tengo que pilotear mi estadía como sea, pero eso hace que ame todavía más el hecho de estar acá haciendo algo por mí mismo. Sé que mucha gente no puede o no se anima a salir de esos horizontes que le sofocan; sé que pasa en todos lados, no sólo en Corrientes sino también, seguramente, en Córdoba.
Supongo que hay que animarse a vivir en un lugar hecho a medida de uno. Y si uno se infla mucho (pero ¡ojo!, no de aire sino de otras cosas) bastaría rodar hacia esa otra ciudad que le haga sentir, cual novia nueva, la sorpresa constante de sus rincones.

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