2.1.14

El oficio de aprender y el aprender del oficio

A veces, cuando viajo a dedo, me levantan camioneros. Es rarísimo, pero lo que me llama la atención es que todos los camioneros tienen la verdad del mundo. Todos poseen su propia escuela de filosofía sobre un Scania. Cosa rarísima: los camioneros siempre tienen razón.
No me sorprendería tanto si un camionero tuviera siempre la razón; pero un camionero que tiene razón y ama a Perón, y un camionero que tiene la razón y es enemigo acérrimo de Perón, no puede provocarme menos que una ligera sospecha que nada tiene que ver con el peronismo en sí.
En fin, cada uno tiene sus principios. Parten de la base de sus amores o sus odios, pero todos tienen sus principios. Y de los principios, lentamente y a través de los años (y de las rutas, y de las cargas y de las descargas, y de un auténtico trabajo de meditación), los camioneros extraen sus conclusiones. Cuando llegás a poner el culo en el asiento junto a un camionero lo suficientemente viejo, éste ya está cargado de consejos para darte.
Pero por supuesto, es una escuela solitaria. Sus consejos funcionan sin falla alguna, pues nunca han sido puestos a prueba más que para él mismo.
Mientras tanto, el copiloto (joven inexperto que lo único que quiere es viajar) lo deja explayarse, como para devolver el favor que le hizo. Uno habla y el otro escucha: es un esquema que no se presta a complicaciones.
Pero en algún momento, el mochilero iluminado bajará del camión y se subirá a otro. Cuando baje del segundo camión, sentirá una angustia existencial más grande que los dos camiones juntos. Ambos sonaron tan convencidos que no puede decidir a quién darle bola. Por supuesto, A y B no se conocen y jamás debatirán para aclarar los tantos. Probablemente, de ser así, nunca lleguen a un acuerdo. Y sin embargo, los dos poseen la verdad universal. Son dos verdades distintas, pero ambas son universales. Como si vivieran en dos universos distintos. Como si el pobre mochilero tuviera que tomarse el trabajo de conciliar esos dos universos para hacer convivir en paz a radicales y a peronistas. ¿Cómo hacer eso? ¿Cómo tomar tal decisión, que conlleva tal responsabilidad, cuando el joven reconoce que en realidad no sabe nada?
Esta angustia es un peligro muy nocivo para el joven, que tiende a frustrarse muy seguido. Ponerse la camiseta de una verdad irrefutable es arriesgarse muchísimo; uno tiene que poner la cara de la verdad ante una masa enorme de gente que conforma el grupo de los equivocados.
Los equivocados: gente descarriada, gente estúpida, gente con sesgo, gente ignorante, pobres, pobrecitos que no han sido iluminados por la gracia divina del que sabe. Ovejitas sin pastor.
Potenciales alumnos que están haciendo su vida tranquilamente, sin buscar ningún mentor.
En realidad, uno no hace más que sentir la necesidad artificial de ponerse la camiseta de alguno de los dos charlatanes y defenderlo a muerte recayendo en el fanatismo desmedido.
"¿Fanático, yo? No, pibe. Simplemente te digo las cosas como son."
Y tantas otras sonatas.

No. Mentores los hay de otra clase.
Hay hombres y mujeres que dominan su materia. Estos hombres y mujeres, simplemente, están 'haciendo la suya' con tanta maestría, pero con tanta modestia, que no sospecharían nunca que son, para el principiante, un espectáculo digno de ver. Estos hombres y mujeres conservan una costumbre viejísima, tan vieja como el hombre, lacónica al extremo y más efectiva que la palabra: el trabajo. Muchos noticieros cubren lo que fulano dijo, declaró, negó, ignoró o desmintió escandalosamente. Hoy la palabra vale tanto que el tipo que trabaja en silencio es un bicho que despierta el desdén de los charlatanes, y sólo en algunos casos su admiración.
El trabajo es un discreto espectáculo. Como en todos los discretos espectáculos, no cualquiera se acerca a ver. La vida se asemeja muchas veces a una feria de stands en la que cada uno ofrece su producto, y el público que va caminando se acerca por propia voluntad.
Una salvedad: en la feria de la vida, el producto puede no venderse. ¡Asombroso!
Un amigo decía "con el conocimiento pasa al revés que con el dinero: cuando se comparte, se multiplica".
(Aunque el conocimiento también puede venderse, comercio que suena tan perverso que es increíble que esté avalado por organismos educativos de todo el mundo).
Simplemente hay que interesarse en el conocimiento per se. Basta acercarse a alguien que está haciendo algo (lo que comúnmente se conoce como trabajo) y observarlo tranquilamente, interiorizar cada una de sus aptitudes y cada una de sus tareas, aclarar cualquier duda, hasta poder realizarlo uno mismo (lo que comúnmente se conoce como aprender).

En las aulas cerradas de una universidad hay un fluir de ideas continuo y fructífero. Un claustro poblado de alumnos, en el que un solo tipo habla, se parece a una cabina de camión llena de copilotos con un solo conductor. Pero la Universidad es tan sagrada y elevada, que a veces pienso que en Córdoba hicieron bien en poner la universidad sobre una lomada imponente. Creo que eso no fue un accidente sino una metáfora, como las que componen la poesía.
Algo que siempre quiero recordar para mí mismo, no importa dónde esté ni qué esté haciendo: al final, la experiencia es la madre de todas las escuelas.
Allá abajo de la lomada el centro, las rutas, los parques nacionales, las zonas industriales, talleres mecánicos o ateliers de artistas o fábricas de cerámicos o zapaterías o estudios jurídicos o peatonales en las que los músicos tocan a la gorra; incluso podríamos nombrar, para redimirnos con tan noble clase, allá abajo las cabinas de camión. Allá bajo el claustro, todo el resto. Un hervidero vivo de potenciales mentores, que no son más que trabajadores que hacen la suya.
No estaría, así, demasiado errado sugiriendo que en todos lados hay oportunidades de aprender. Que la vida es un torrente inagotable de conocimientos que empezó no en la universidad y menos en la secundaria y mucho menos en el jardín de infantes; pues hasta parece una haraganería esperar a que toque el timbre para hacer el esfuerzo humano de aprender algo.

Allá afuera la vida y el potencial, allá abajo los mentores, acá al lado, en todos lados, algo que podríamos aprender con algún interés y una cierta constancia.
En todos lados, algo.
Signifique lo que eso signifique.

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