27.1.14

Del pozo a la cumbre, ¿cómo?

1.
A veces estamos en un pozo. Testimonios sobran.
Cuando el cuerpo no quiere despegarse de una frazada; adherido él a ella como si fuera el oxígeno que respira en una piecita encerrada, llena de mugre. Cuando son las seis de la tarde, hora en la que es demasiado tarde para empezar a hacer cualquier cosa. Es un sentimiento odioso, en el que lo más aburrido es el aburrimiento, porque nada nos atrae. Algunos se acostumbran. Yo no puedo.
Los marselleses lo llaman 'le pendu'. Los griegos lo llamaban 'abulia'. Los argentinos lo llamamos 'pachorra'. ¿Vos, en tu país, cómo lo llamás?

2.
A veces estamos en la cumbre de los tiempos. Si los testimonios del pozo sobran, los testimonios de la cumbre no sólo sobran, sino que son el combustible que hace al mundo girar sobre su eje.
Cualquier cambio requiere energía; no hace falta ser Einstein, sino apenas ser medio vivo.
Los Renovadores no son (sólo) troscos barbudos pegados a la puerta de la solemne universidad. De última, al mismo Lenin también le llegó la hora de quedar en el pozo.
Es muy escasa la gente con energía inagotable. Todos, en algún momento, tenemos energía. Llega por turnos, como el Zeitgeist o los anillos de la calesita. La energía crea cosas; todos hemos nacido gracias a un orgasmo, malo o bueno.
Testimonios sobran. Desde Caspar David Friedrich a una buena bailarina. Algunos legan cuadros. Las otras dejan una mirada fulgurante reflejada en los ojos de un ardiente espectador. Ambas cosas terminan por caer en el olvido. El gran arte es el que tarda más en olvidarse.

3.
Es por turnos. A veces estamos en un pozo, a veces estamos en la cumbre.
Espero haberme explicado. Ahora bien, la pregunta del millón:
¿Cómo pasamos desde el pozo a la cumbre?
(Se supone que nadie quiere el camino inverso; la mayoría de las veces, se hace solo y contra nuestra voluntad).

Hasta hace un tiempo no tenía respuesta. Sigo sin tenerla. Una vez ensayé una pequeña receta acá, pero no funcionó, me la olvidé a las dos semanas, terminó rotando. En esa ocasión había sugerido que la idea de la receta es que no haya receta, porque la energía es algo que escapa a la rutina e inducirla siempre con el mismo método sería una nueva forma de rutina.
Esto hace que el método quede abierto para siempre. No hay posibilidades de que ni yo ni Montaigne ni ningún otro filoso filósofo de la historia pueda esgrimir una respuesta eterna a este interrogante: ¿cómo hacemos para salir del pozo y llegar a la cumbre?

Lo único que puedo hacer, al no poder dar con una respuesta definitiva, es una interminable bitácora de casos aislados. Tengo que ser fiel a esta bitácora, porque quién dice que la receta de hoy no funcionará pasado mañana. Probablemente la respuesta no sea una Receta sino un Inventario de recetas, cada una aplicable a una abulia en particular más o menos venenosa cuya variedad interminable queda todavía por clasificar.

4.
Una buena forma de ir ascendiendo, como una alfombrita mágica que se va elevando, es empezar lentamente a estimular los sentidos.
Yo estaba sentado en una silla despintada y roída por termitas hace alrededor de veinte minutos con un libro de García Márquez en la mano, leyéndolo pero sin ganas de entenderlo ni mucho menos de admirarlo. Once de la noche.
Sabía, con más desdén que interés, que afuera hacían 20 grados y que la noche estaba nublada, fresca, ventosa y en la espera de una tormenta. Esta tormenta va a llegar sin mucho ruido, pacientemente estribada a una nube gris que se viene acercando lentamente desde las cinco de la tarde.
El viento de tormenta origina un remolino en el la calle, que nace desde abajo y va subiendo hasta mi arjoniano quinto piso. Al mismo tiempo, la vecina del cuarto decide ponerse un poco de perfume. El perfume sube como una brisa rosa gracias al remolino, que maduró: viene con una potencia de cartero apurado, entra sin pedir permiso por la rendija de la ventana y por la rendija de mi nariz. Se abre paso sin dificultad hasta un lugar de mi cerebro encargado de reconocer todos los fenómenos milagrosos del mundo que hacen decir "opa".
Me acerco a la ventana y miro. El perfume sigue subiendo sin interrupción, como si ella no se hubiera movido. En ese momento empieza a sonar una hermosa canción que yo no conozco. No me interesa si son acordes mayores o menores y decididamente no estoy por escribir una crónica de esta cumbia colombiana. Pero llega a mis oídos por sí misma. No puedo hacer nada más que admirarla.
Conclusión de la escena, que dos minutos antes era patética:
yo estoy apoyado contra el alféizar de la ventana, umbral entre el living (desde donde arde la música) y el remolino que viene de allá abajo, del oscuro del patio, de la noche, de la nube gris de las cinco, que trae perfume milagroso de la del cuarto. Yo empecé a sentirme mejor. No por nada en particular; ni por la música, ni por el perfume, ni por el fresco.
Acá es donde intento describirlo y no me da la labia. Eso indica que me estoy internando en esa zona rara que no responde a la razón.

En fin. En ese momento, apareció una escalera en mi pozo.
¿Acaso no escuchamos con frecuencia la frase "hay que aprovechar las pequeñas cosas de la vida"? ¿Creen que la frase es porque sí, que las cosas vienen solitas para que uno se pare ante ellas como un pelotudo frente a un incomprensible cuadro de museo?
Estas pequeñas sensaciones causan pequeñas felicidades. Las pequeñas felicidades son pequeños detonantes. Esto sirve para todas las formas de vida, desde el homo sapiens hasta las amebas. Varias veces vi a mi gato ponerse contento con comida en su plato, mirándome con ojos de agradecido que me conmueven el alma. También he visto a las plantas ponerse verdes, ante el solo regalo del agua y del sol.

Si uno acepta el dominó, estas modestas alegrías pueden volverse enormes. (1)
Conclusión: hay que salir de nuestra propia cabeza.

_________________________
Nota al pie de corte científico.
(1) Al acercarme a la ventana, al oler y al escuchar y al sentir el frío, lo primero en lo que pensé fue en la palabra "sentidos". Creo que no me estoy equivocando. Pero siempre me acuerdo de una profesora de Psicología del secundario que, con altanería inocente, decía algo como:
"¿Cuántos sentidos hay?
[Cinco]
NO. Error. Dicen que son cinco. Como cantan los del programa ese que ve mi hija por Discovery Kids. En realidad los sentidos son siete.
Además de los cinco sentidos que ya conocemos, hay dos más: el kinestésico (encargado de recopilar información sobre el cuerpo, el equilibrio, el movimiento, la velocidad, el peso, etcétera) y el cenestésico (encargado de recopilar información sobre los procesos internos: el hambre, la sed, la acidez, la indigestión, etcétera)."
Durante varios años su aporte me pareció útil. Yo también miraba con altanería a todos esos pobres ignorantes que en su medieval obstinación seguían sosteniendo que los sentidos eran cinco. Pero nunca entendí, y ella nunca explicó, por qué el vulgo no toma en cuenta estos dos sentidos extra.
Recién, junto a la ventana, creo que me di cuenta. Sentir el equilibrio y el hambre es, sí, sentir; pero ensimismado. Uno no aprende del mundo exterior a través del hambre.
Una canción, un perfume, un viento fresco que sube en círculos: sensaciones que nos recuerdan que el mundo exterior (la pesadilla de Descartes) efectivamente existe.
Quisiera poder inducirme las sensaciones que sé que traerían una sonrisa a esta cara vieja, pero yo sé que no puedo. Vienen de sorpresa, por suerte; como el amor, o el ticket dorado de Willy Wonka.

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