17.1.14

¿Cómo sería un mundo sin padres?, como quiso alguna vez caprichosamente Jimmy Neutrón

Escribo esto para destilar las ideas que se acumularon en mi cabeza hoy, como hacer pasar el agua tibia por un colador con café molido para una taza de la vieja poción.
Espero que el agua esté a la temperatura ideal para comunicar todo esto. Caso contrario, de esta entrada sólo puede esperarse un revoltijo semi-amargo de semillas mal tostadas.

Recién estábamos hablando, en la esquina de una plaza, sobre nuestros padres.
Lejos quedaron los días (recordábamos) de esas multitudinarias misas de la secundaria que se celebraban sin motivo fijo; tinglados llenos de madronas sudorosas, que dispersaban el olor de sus papadas con la brisa de los abanicos. Los jóvenes disimulábamos menos que los adultos, pero la consigna tácita flotaba más clara que el tufo de los cuerpos: "quiero que este acto de mierda termine".
Pero allí estaban, allí estábamos todos. Los alumnos, más los padres, los tíos, los abuelos y los hermanitos (un contingente fugaz de niños corriendo entre las sillas de plástico puestas en semicírculo alrededor del cura, que era el único que no se aburría).
Un gran momento en familia: la recepción del hijo, la comunión de la sobrinita, el inicio del año lectivo cargado de positivas energías cristianas. Oremos por la comunidad. Y luego del solemne tedio de estar una hora en el tinglado del colegio, con las rodillas bien ejercitadas por tanto sentarse y pararse, viene la no menos solemne hamburgueseada con los abuelos, devotos fieles que se fumaron una homilía más a pesar de la artritis progresiva o el mal de Alzheimer.

La familia compone una red de lazos indestructible. Sólo los familiares podrían estar presentes, fieles como Sancho, en momentos tan patéticos como éste. Por su aguante incondicional, o su condescendencia a un cura ebrio o a un nervioso ingresante, deberíamos estar eternamente agradecidos.
Lejos quedaron esos días, pensábamos hoy. El joven rebelde se olvida de todo eso, como si pudiera, en su rebeldía, prescindir de la familia.
Pero nadie puede prescindir de la familia. Mi psicólogo budista decía que la familia era uno de los tres grandes pilares de confianza del ser humano, junto con Dios y uno mismo. Sin miedo a exagerar, decía que sin una de estas columnas cualquiera se derrumbaba. Como si fuéramos trípodes frágiles sin derecho a goce de muletas.

Volviendo a casa después de haber purificado broncas en la plaza, lo pude pensar con más detenimiento.
Llegué a una conclusión provisional, pero no quiero darme aires de profeta porque no tengo autoridad ni seudónimo para ser tal cosa. (Aunque digamos que, si tuviera que elegir uno, Pascual quedó vacante hace relativamente poco y acaso necesitaría un sucesor con similar filo para las predicciones).

Primero van a ser unos pocos, pioneros admirables. Yo mismo me ofrezco como uno. Luego van a ser cada vez más. La idea se va a propagar, porque al fin y al cabo no es insensata. O no va a ser insensata cuando a la idea la ejerzan cientos, miles, millones; cuando se haga internacional, pandémica; cuando conforme, ya, una nueva forma de organización de la especie humana.
Y va a tener el apoyo de estos tiempos y de los que vienen, que son La Era de lo Efímero.
Va a llegar un momento en el que los bebés no van a necesitar placenta, del mismo modo que hoy los jóvenes de veintipico no necesitamos que nos impongan valores morales ajenos a nuestra propia experiencia.
Al contrario de lo que creen los pesimistas, no creo que la humanidad se esté haciendo cada vez más estúpida. El problema es que cada vez somos más, y los estúpidos (pero es pura regla de tres simple) siempre abundan. Creo que podemos arribar a una toma de conciencia colectiva.
Creo que, poco a poco, los jóvenes (y los no tan jóvenes, pongamos por ejemplo, Liniers o los guionistas de Breaking Bad) nos estamos dando cuenta de una cosa muy sencilla: "nadie es malo o bueno todo el tiempo". Lo que es más o menos lo mismo que inferir: "nadie es lo mismo todo el tiempo; ni pusilánime ni tipo ejemplar".

Descubrir esto a edades cada vez más tempranas va a tener un resultado también sencillo y absolutamente predecible: todos vamos a ser cada vez menos propensos a tener ídolos. Pues los ídolos casi que no existen hoy; salvo, claro, los ídolos insulsos de MTV que en nada se parecen a nuestros padres.
Y creo que, al menos para mí y para mis amigos en la esquina de la plaza (quién nos dice que en realidad no somos pioneros, en vez de rebeldes), la autoridad de cualquier ídolo ya se va resquebrajando, desde Dios a papá y mamá; y nada nos une a estos dos últimos más que una serie de favores materiales acumulados que (¡y, ojo, esto puesto en sus propios términos!) podrían resumirse en "techo y comida".

Lamento suponer, o no, quizás no lo lamento, quizás sea natural de nuestra especie abandonar poco a poco tótems que no sirven de mucho; digámoslo así, debo suponer que en un momento dado, los seres humanos no vamos a necesitar apellido.

Si hoy nos rebelamos los jóvenes contra esta relación contractual de "techo y comida" que nos dan nuestros padres; si nos rebelamos con inteligencia, desde la acción, yendo nosotros mismos a la jungla en busca de "techo y comida"; si nos acercamos sin miedo a Cockaigne... nos daremos cuenta que esto que llamábamos familia, familia entendida como "la cuna de los valores" (pero ¿qué valores? ¡¿universales?!, si la misma institución familiar, cuando hay un abuelo borracho y violador, el hogar puede ser una terrible prisión), desaparece o, al menos, se amplía tanto que llega a abarcar el mundo entero. Pues del mundo entero, y no sólo de los padres, pueden extraerse los valores que nos forman y los favores que nos permiten ser. Esto, claro, si aceptamos la idea de que el ser humano está en constante formación, y no sólo mientras sus viejos le procuran generosamente "techo y comida".
Y no creo que esto sea una especie de devaluación moral; estoy, en realidad, bastante lejos de sentir un católico horror a la idea de perder el apellido. Los favores que nuestros progenitores biológicos nos procuraron al nacer, pueden ser (y deben ser, si me piden opinión) retribuidos al exterior y no al interior de un núcleo familiar reducido. Esto incluye la urgencia de dar "techo y comida" a un hijo biológico; esto incluye, también, la urgencia apremiante de dar "techo y comida" a alguien, que, por qué no, podríamos considerar también familia.

Supongo que son sospechas un poco morosas, menos claras que el tufo que flota en un tinglado superpoblado.
Pero si vuelvo un segundo a la imagen de este tinglado, me gusta pensar que no tengo por qué estar en un lugar así ni mucho menos forzar (por una necesidad moral - tan horrible me parecieron siempre estas dos palabras) a alguien más a estar allí, viejo o joven, de sangre o político.

Piense en todas esas situaciones en las que un docente de historia dice "esto en x época era absolutamente impensable". ¿O acaso no aprendimos a vivir sin Dios desde hace dos siglos ya? ¿Acaso no nos va bien sin Dios, o por lo menos nos va tan mal como les iba a los hombres medievales que pensaban que no podían vivir sin Él?
Quizás falten cincuenta largos siglos para una madurez semejante a querer vivir sin nada que nos ate; sólo entonces, esta entrada va a servir como testimonio de un clarividente que lo preanunció cincuenta siglos antes. Porque bueno. Qué carajo buscamos todos sino la fama a posteriori.

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