30.1.14

Hunter S. Thompson, pt. 2

Brindemos por los placeres animales, por la evasión, por la lluvia en el techo y el café instantáneo, por el seguro de desempleo y los carnés de librería, por la absenta y los locatarios de buen corazón, por la música y los cuerpos tibios y los anticonceptivos... y por la "buena vida", sea lo que sea y en cualquier lugar donde resulte estar.
Desnudémonos hasta los tobillos y deleitémonos con todo lo sensual: riámonos del mundo mientras se mira a sí mismo a través de anteojos nublados de hongos... y, supongo, que podríamos también pagar la renta: el desalojo sigue sólo al hambre como la palabra más inmunda en el diccionario.
Hunter S. Thompson, 17 de enero de 1958


27.1.14

Del pozo a la cumbre, ¿cómo?

1.
A veces estamos en un pozo. Testimonios sobran.
Cuando el cuerpo no quiere despegarse de una frazada; adherido él a ella como si fuera el oxígeno que respira en una piecita encerrada, llena de mugre. Cuando son las seis de la tarde, hora en la que es demasiado tarde para empezar a hacer cualquier cosa. Es un sentimiento odioso, en el que lo más aburrido es el aburrimiento, porque nada nos atrae. Algunos se acostumbran. Yo no puedo.
Los marselleses lo llaman 'le pendu'. Los griegos lo llamaban 'abulia'. Los argentinos lo llamamos 'pachorra'. ¿Vos, en tu país, cómo lo llamás?

2.
A veces estamos en la cumbre de los tiempos. Si los testimonios del pozo sobran, los testimonios de la cumbre no sólo sobran, sino que son el combustible que hace al mundo girar sobre su eje.
Cualquier cambio requiere energía; no hace falta ser Einstein, sino apenas ser medio vivo.
Los Renovadores no son (sólo) troscos barbudos pegados a la puerta de la solemne universidad. De última, al mismo Lenin también le llegó la hora de quedar en el pozo.
Es muy escasa la gente con energía inagotable. Todos, en algún momento, tenemos energía. Llega por turnos, como el Zeitgeist o los anillos de la calesita. La energía crea cosas; todos hemos nacido gracias a un orgasmo, malo o bueno.
Testimonios sobran. Desde Caspar David Friedrich a una buena bailarina. Algunos legan cuadros. Las otras dejan una mirada fulgurante reflejada en los ojos de un ardiente espectador. Ambas cosas terminan por caer en el olvido. El gran arte es el que tarda más en olvidarse.

3.
Es por turnos. A veces estamos en un pozo, a veces estamos en la cumbre.
Espero haberme explicado. Ahora bien, la pregunta del millón:
¿Cómo pasamos desde el pozo a la cumbre?
(Se supone que nadie quiere el camino inverso; la mayoría de las veces, se hace solo y contra nuestra voluntad).

Hasta hace un tiempo no tenía respuesta. Sigo sin tenerla. Una vez ensayé una pequeña receta acá, pero no funcionó, me la olvidé a las dos semanas, terminó rotando. En esa ocasión había sugerido que la idea de la receta es que no haya receta, porque la energía es algo que escapa a la rutina e inducirla siempre con el mismo método sería una nueva forma de rutina.
Esto hace que el método quede abierto para siempre. No hay posibilidades de que ni yo ni Montaigne ni ningún otro filoso filósofo de la historia pueda esgrimir una respuesta eterna a este interrogante: ¿cómo hacemos para salir del pozo y llegar a la cumbre?

Lo único que puedo hacer, al no poder dar con una respuesta definitiva, es una interminable bitácora de casos aislados. Tengo que ser fiel a esta bitácora, porque quién dice que la receta de hoy no funcionará pasado mañana. Probablemente la respuesta no sea una Receta sino un Inventario de recetas, cada una aplicable a una abulia en particular más o menos venenosa cuya variedad interminable queda todavía por clasificar.

4.
Una buena forma de ir ascendiendo, como una alfombrita mágica que se va elevando, es empezar lentamente a estimular los sentidos.
Yo estaba sentado en una silla despintada y roída por termitas hace alrededor de veinte minutos con un libro de García Márquez en la mano, leyéndolo pero sin ganas de entenderlo ni mucho menos de admirarlo. Once de la noche.
Sabía, con más desdén que interés, que afuera hacían 20 grados y que la noche estaba nublada, fresca, ventosa y en la espera de una tormenta. Esta tormenta va a llegar sin mucho ruido, pacientemente estribada a una nube gris que se viene acercando lentamente desde las cinco de la tarde.
El viento de tormenta origina un remolino en el la calle, que nace desde abajo y va subiendo hasta mi arjoniano quinto piso. Al mismo tiempo, la vecina del cuarto decide ponerse un poco de perfume. El perfume sube como una brisa rosa gracias al remolino, que maduró: viene con una potencia de cartero apurado, entra sin pedir permiso por la rendija de la ventana y por la rendija de mi nariz. Se abre paso sin dificultad hasta un lugar de mi cerebro encargado de reconocer todos los fenómenos milagrosos del mundo que hacen decir "opa".
Me acerco a la ventana y miro. El perfume sigue subiendo sin interrupción, como si ella no se hubiera movido. En ese momento empieza a sonar una hermosa canción que yo no conozco. No me interesa si son acordes mayores o menores y decididamente no estoy por escribir una crónica de esta cumbia colombiana. Pero llega a mis oídos por sí misma. No puedo hacer nada más que admirarla.
Conclusión de la escena, que dos minutos antes era patética:
yo estoy apoyado contra el alféizar de la ventana, umbral entre el living (desde donde arde la música) y el remolino que viene de allá abajo, del oscuro del patio, de la noche, de la nube gris de las cinco, que trae perfume milagroso de la del cuarto. Yo empecé a sentirme mejor. No por nada en particular; ni por la música, ni por el perfume, ni por el fresco.
Acá es donde intento describirlo y no me da la labia. Eso indica que me estoy internando en esa zona rara que no responde a la razón.

En fin. En ese momento, apareció una escalera en mi pozo.
¿Acaso no escuchamos con frecuencia la frase "hay que aprovechar las pequeñas cosas de la vida"? ¿Creen que la frase es porque sí, que las cosas vienen solitas para que uno se pare ante ellas como un pelotudo frente a un incomprensible cuadro de museo?
Estas pequeñas sensaciones causan pequeñas felicidades. Las pequeñas felicidades son pequeños detonantes. Esto sirve para todas las formas de vida, desde el homo sapiens hasta las amebas. Varias veces vi a mi gato ponerse contento con comida en su plato, mirándome con ojos de agradecido que me conmueven el alma. También he visto a las plantas ponerse verdes, ante el solo regalo del agua y del sol.

Si uno acepta el dominó, estas modestas alegrías pueden volverse enormes. (1)
Conclusión: hay que salir de nuestra propia cabeza.

_________________________
Nota al pie de corte científico.
(1) Al acercarme a la ventana, al oler y al escuchar y al sentir el frío, lo primero en lo que pensé fue en la palabra "sentidos". Creo que no me estoy equivocando. Pero siempre me acuerdo de una profesora de Psicología del secundario que, con altanería inocente, decía algo como:
"¿Cuántos sentidos hay?
[Cinco]
NO. Error. Dicen que son cinco. Como cantan los del programa ese que ve mi hija por Discovery Kids. En realidad los sentidos son siete.
Además de los cinco sentidos que ya conocemos, hay dos más: el kinestésico (encargado de recopilar información sobre el cuerpo, el equilibrio, el movimiento, la velocidad, el peso, etcétera) y el cenestésico (encargado de recopilar información sobre los procesos internos: el hambre, la sed, la acidez, la indigestión, etcétera)."
Durante varios años su aporte me pareció útil. Yo también miraba con altanería a todos esos pobres ignorantes que en su medieval obstinación seguían sosteniendo que los sentidos eran cinco. Pero nunca entendí, y ella nunca explicó, por qué el vulgo no toma en cuenta estos dos sentidos extra.
Recién, junto a la ventana, creo que me di cuenta. Sentir el equilibrio y el hambre es, sí, sentir; pero ensimismado. Uno no aprende del mundo exterior a través del hambre.
Una canción, un perfume, un viento fresco que sube en círculos: sensaciones que nos recuerdan que el mundo exterior (la pesadilla de Descartes) efectivamente existe.
Quisiera poder inducirme las sensaciones que sé que traerían una sonrisa a esta cara vieja, pero yo sé que no puedo. Vienen de sorpresa, por suerte; como el amor, o el ticket dorado de Willy Wonka.

26.1.14

Sinatra tiene un resfrío


Pero ahora, en este bar de Beverly Hills, Sinatra tiene un resfrío; continúa tomando silenciosamente, a kilómetros de distancia en su mundo privado. Y no reaccionó cuando de repente el estéreo en la otra habitación empezó a tocar una canción de Sinatra: "In the Wee Small Hours of the Morning."
Era una adorable balada que él grabó hace diez años, y que hasta hoy inspiró a muchas parejas jóvenes que habían estado sentadas, cansadas de bailar, a levantarse y moverse lentamente alrededor de la pista de baile, abrazándose el uno al otro estrechamente. La entonación de Sinatra, minuciosamente cuidada y que aún así fluía con libertad, dio un significado nuevo a la sencilla letra "En las primeras horas de la mañana / cuando el mundo entero está dormido / te quedás despierto, y pensás en la chica..." - era como muchos de sus clásicos, una canción que evocaba soledad y sensualidad, y cuando se mezclaba con la luz tenue y el alcohol y la nicotina y las necesidades de trasnoche, se volvía una especie de etéreo afrodisíaco. Indudablemente las palabras de la canción habían preparado a millones: era música para hacer el amor. Sin duda mucho amor había sido hecho a su compás a través de la noche de América; en autos, mientras las baterías se quemaban, en cabañas junto al lago, en playas durante fragantes noches de verano, en parques aislados y exclusivos penthouses y habitaciones amobladas, en cabinas de crucero y taxis y casas de campo - en todos los lugares donde las canciones de Sinatra pudieran ser oídas, estaban estas palabras que entibiaban a las mujeres, las cortejaban y las conquistaban, arrancaban el último resabio de inhibición y gratificaban los egos masculinos de amantes ingratos. Dos generaciones de hombres habían sido los beneficiarios de tales baladas para las cuales estaban eternamente en deuda, a las cuales quizás eternamente odiarían. Y no obstante ahí estaba él, el Hombre en persona, en las primeras horas de la mañana de Beverly Hills, fuera de todo alcance.
Guy Talese - "Sinatra has a cold" (fragmento) 

24.1.14

La ciudad-sorpresa

Las grandes conclusiones se sacan de los grandes momentos.
Hoy fue uno. ¡Y qué momento! No al pedo Manu Chao canta que "le gusta volver". Hace dos años perdí un poco la noción de qué es "ir" y qué se define como "volver". Tengo un nóstos, sí, pero ¿cuál mierda es Ítaca? Estoy flechado por dos ciudades y en las dos me siento en casa.
Pero bueno. Hoy "volví" a Córdoba. En el colectivo venía temiendo dos cosas: o que hiciera demasiado calor, o que estuviera lloviendo a cántaros. Cuál fue mi sorpresa cuando me desperté con principio de hipotermia, pispeé corriendo la cortina verde y vi que todos los cordobeses andaban pesadamente abrigados. Me bienvino un viento sur que caía de un nubarrón que era eterno. Me despeinó y me sacó los resabios de humedad asquerosos que quedan del que se baja recién de un colectivo larga distancia... con el dolor de rodillas incluido, pues ya no soy un joven viajante de dieciséis.

Fue ahí, y sólo ahí, donde aprendí esto que me estuve preguntando todo el verano en Corrientes.
¿Qué es lo que hizo que la pasara tan mal?
Por momentos estaba seguro de que era algo externo a mí y que yo no podía controlar, como picas entre amigos, picas entre familia, picas entre perros, picas entre barrabravas; pues yo, espíritu sensible, me siento profundamente dolido por las masacres futbolísticas que veo en TN. Era en fin una especie de ambiente negativo que escapaba a mi control, y no me gusta para nada que las cosas escapen a mi control. Por eso tengo un blog. Para que nadie me diga qué escribir. Que esto me ofusque y me sobrelimite y me haga no tener ganas de escribir nada, es harina de otro costal.

Por momentos estaba seguro, por el contrario, que en realidad era todo cuestión de perspectiva. Que no esperaba nada de Corrientes, como alguien que no espera nada de una amante aburrida. Que mi idea de Corrientes, al llegar allá en diciembre para empezar las "vacaciones" (por lo demás, condenadas a ser fugaces como pedo en canasta), era una idea tan hedonista que su concepto terminó aburriéndome a las dos semanas.
No me cuesta explicar por qué volví tan rápidamente: porque a veces da pánico estar al cuete. No es un pánico que pase por lo moral ("¡diantre, no estoy haciendo nada de mi vida!") sino por lo deportivo, como la energía contenida de un atleta nato con las piernas recién amputadas.

Cuestión que lo que siento en Corrientes es carencia de horizontes. Lo cual es toda una paradoja, porque uno allá puede zafar de los edificios y ver prados y prados de llanura verde sin nada salvo promisoria bosta y alambrados.
Pero de nuevo se vuelve a lo mismo: no hay absolutamente nada en esos prados vírgenes. El horizonte, infinito, está vacío. Perdón señores ganaderos, pero yo (y después de todo, para qué entra uno a este blog sino para escuchar mi opinión) necesito algo que esté relativamente cerca de mi nariz y que contenga, en sus dieciocho pisos, alrededor de cuarenta y seis oportunidades de empezar una vida nueva. El horizonte vacío me provoca hastío. Abulia. Desidia. Todas palabras re lindas que uso cada tanto para decir que el horizonte vacío me pone pelotudo, pelotudo insoportable y quiero huir de ahí tan pronto como sea posible.

Esto que lo aprendí, lo aprendí hoy y sólo por contraste.
Al venir de la terminal, iba abrazado a mi bolso enorme sintiéndome más campesino que nunca. Ya van dos años que estoy acá viviendo y sólo vi a Córdoba con estos ojos una vez: la vez que la pisé por vez primera.
Esa emoción campesina que surge cuando todo te sorprende. Desde la publicidad intrusiva hasta los jeans rotos de la señora que porta sus jeans rotos con total naturalidad. Con qué cara me han mirado allá (y sin hipérbole) por llevar unos jeans parecidos.
Los correntinos nos llenamos la boca diciendo que "en Corrientes no hay oportunidades", y puede ser cierto; pero más cierto es que falta una cosa todavía básica: la capacidad de que Corrientes nos sorprenda.
La sorpresa nos hace sacar conclusiones. Nos saca el neurótico de adentro que se pregunta el por qué y el cómo de todo. El viejo campesino en su terruño sabe cómo sembrar trigo. Hasta el día en el que descubra, entre su trigo, un raro patrón que termine siendo un mensaje fálico en lengua extraterrestre. Allí será cuando, fuera de la costumbre (que todo lo corroe), el que era un experto vuelva a ser, por un momento, un principiante puesto ante algo más grande que él mismo.

Hoy me bajé del colectivo y me recibió una descarga de puro viento sur después de un mes de calor continuo. Al toque empecé a ver chicas lindas y publicidad intrusiva y carreer opportunities. Es lo que comúnmente se llama "cambio de aire", pero no adopto este término porque me parece muy de gomería. En realidad quisiera elegir un término que se adecuara mejor a la realidad espiritual de uno.
Entendí que la infelicidad consiste en ver que los horizontes, que deberían estar tan lejos, te encierran. Que uno no sabe qué esperar de la vida; o peor, que uno sabe que no tiene mucho que esperar de la vida. Yo tengo esta pequeña gran fuga a una ciudad más grande que Corrientes. Estoy convencido de que tengo que pilotear mi estadía como sea, pero eso hace que ame todavía más el hecho de estar acá haciendo algo por mí mismo. Sé que mucha gente no puede o no se anima a salir de esos horizontes que le sofocan; sé que pasa en todos lados, no sólo en Corrientes sino también, seguramente, en Córdoba.
Supongo que hay que animarse a vivir en un lugar hecho a medida de uno. Y si uno se infla mucho (pero ¡ojo!, no de aire sino de otras cosas) bastaría rodar hacia esa otra ciudad que le haga sentir, cual novia nueva, la sorpresa constante de sus rincones.

17.1.14

¿Cómo sería un mundo sin padres?, como quiso alguna vez caprichosamente Jimmy Neutrón

Escribo esto para destilar las ideas que se acumularon en mi cabeza hoy, como hacer pasar el agua tibia por un colador con café molido para una taza de la vieja poción.
Espero que el agua esté a la temperatura ideal para comunicar todo esto. Caso contrario, de esta entrada sólo puede esperarse un revoltijo semi-amargo de semillas mal tostadas.

Recién estábamos hablando, en la esquina de una plaza, sobre nuestros padres.
Lejos quedaron los días (recordábamos) de esas multitudinarias misas de la secundaria que se celebraban sin motivo fijo; tinglados llenos de madronas sudorosas, que dispersaban el olor de sus papadas con la brisa de los abanicos. Los jóvenes disimulábamos menos que los adultos, pero la consigna tácita flotaba más clara que el tufo de los cuerpos: "quiero que este acto de mierda termine".
Pero allí estaban, allí estábamos todos. Los alumnos, más los padres, los tíos, los abuelos y los hermanitos (un contingente fugaz de niños corriendo entre las sillas de plástico puestas en semicírculo alrededor del cura, que era el único que no se aburría).
Un gran momento en familia: la recepción del hijo, la comunión de la sobrinita, el inicio del año lectivo cargado de positivas energías cristianas. Oremos por la comunidad. Y luego del solemne tedio de estar una hora en el tinglado del colegio, con las rodillas bien ejercitadas por tanto sentarse y pararse, viene la no menos solemne hamburgueseada con los abuelos, devotos fieles que se fumaron una homilía más a pesar de la artritis progresiva o el mal de Alzheimer.

La familia compone una red de lazos indestructible. Sólo los familiares podrían estar presentes, fieles como Sancho, en momentos tan patéticos como éste. Por su aguante incondicional, o su condescendencia a un cura ebrio o a un nervioso ingresante, deberíamos estar eternamente agradecidos.
Lejos quedaron esos días, pensábamos hoy. El joven rebelde se olvida de todo eso, como si pudiera, en su rebeldía, prescindir de la familia.
Pero nadie puede prescindir de la familia. Mi psicólogo budista decía que la familia era uno de los tres grandes pilares de confianza del ser humano, junto con Dios y uno mismo. Sin miedo a exagerar, decía que sin una de estas columnas cualquiera se derrumbaba. Como si fuéramos trípodes frágiles sin derecho a goce de muletas.

Volviendo a casa después de haber purificado broncas en la plaza, lo pude pensar con más detenimiento.
Llegué a una conclusión provisional, pero no quiero darme aires de profeta porque no tengo autoridad ni seudónimo para ser tal cosa. (Aunque digamos que, si tuviera que elegir uno, Pascual quedó vacante hace relativamente poco y acaso necesitaría un sucesor con similar filo para las predicciones).

Primero van a ser unos pocos, pioneros admirables. Yo mismo me ofrezco como uno. Luego van a ser cada vez más. La idea se va a propagar, porque al fin y al cabo no es insensata. O no va a ser insensata cuando a la idea la ejerzan cientos, miles, millones; cuando se haga internacional, pandémica; cuando conforme, ya, una nueva forma de organización de la especie humana.
Y va a tener el apoyo de estos tiempos y de los que vienen, que son La Era de lo Efímero.
Va a llegar un momento en el que los bebés no van a necesitar placenta, del mismo modo que hoy los jóvenes de veintipico no necesitamos que nos impongan valores morales ajenos a nuestra propia experiencia.
Al contrario de lo que creen los pesimistas, no creo que la humanidad se esté haciendo cada vez más estúpida. El problema es que cada vez somos más, y los estúpidos (pero es pura regla de tres simple) siempre abundan. Creo que podemos arribar a una toma de conciencia colectiva.
Creo que, poco a poco, los jóvenes (y los no tan jóvenes, pongamos por ejemplo, Liniers o los guionistas de Breaking Bad) nos estamos dando cuenta de una cosa muy sencilla: "nadie es malo o bueno todo el tiempo". Lo que es más o menos lo mismo que inferir: "nadie es lo mismo todo el tiempo; ni pusilánime ni tipo ejemplar".

Descubrir esto a edades cada vez más tempranas va a tener un resultado también sencillo y absolutamente predecible: todos vamos a ser cada vez menos propensos a tener ídolos. Pues los ídolos casi que no existen hoy; salvo, claro, los ídolos insulsos de MTV que en nada se parecen a nuestros padres.
Y creo que, al menos para mí y para mis amigos en la esquina de la plaza (quién nos dice que en realidad no somos pioneros, en vez de rebeldes), la autoridad de cualquier ídolo ya se va resquebrajando, desde Dios a papá y mamá; y nada nos une a estos dos últimos más que una serie de favores materiales acumulados que (¡y, ojo, esto puesto en sus propios términos!) podrían resumirse en "techo y comida".

Lamento suponer, o no, quizás no lo lamento, quizás sea natural de nuestra especie abandonar poco a poco tótems que no sirven de mucho; digámoslo así, debo suponer que en un momento dado, los seres humanos no vamos a necesitar apellido.

Si hoy nos rebelamos los jóvenes contra esta relación contractual de "techo y comida" que nos dan nuestros padres; si nos rebelamos con inteligencia, desde la acción, yendo nosotros mismos a la jungla en busca de "techo y comida"; si nos acercamos sin miedo a Cockaigne... nos daremos cuenta que esto que llamábamos familia, familia entendida como "la cuna de los valores" (pero ¿qué valores? ¡¿universales?!, si la misma institución familiar, cuando hay un abuelo borracho y violador, el hogar puede ser una terrible prisión), desaparece o, al menos, se amplía tanto que llega a abarcar el mundo entero. Pues del mundo entero, y no sólo de los padres, pueden extraerse los valores que nos forman y los favores que nos permiten ser. Esto, claro, si aceptamos la idea de que el ser humano está en constante formación, y no sólo mientras sus viejos le procuran generosamente "techo y comida".
Y no creo que esto sea una especie de devaluación moral; estoy, en realidad, bastante lejos de sentir un católico horror a la idea de perder el apellido. Los favores que nuestros progenitores biológicos nos procuraron al nacer, pueden ser (y deben ser, si me piden opinión) retribuidos al exterior y no al interior de un núcleo familiar reducido. Esto incluye la urgencia de dar "techo y comida" a un hijo biológico; esto incluye, también, la urgencia apremiante de dar "techo y comida" a alguien, que, por qué no, podríamos considerar también familia.

Supongo que son sospechas un poco morosas, menos claras que el tufo que flota en un tinglado superpoblado.
Pero si vuelvo un segundo a la imagen de este tinglado, me gusta pensar que no tengo por qué estar en un lugar así ni mucho menos forzar (por una necesidad moral - tan horrible me parecieron siempre estas dos palabras) a alguien más a estar allí, viejo o joven, de sangre o político.

Piense en todas esas situaciones en las que un docente de historia dice "esto en x época era absolutamente impensable". ¿O acaso no aprendimos a vivir sin Dios desde hace dos siglos ya? ¿Acaso no nos va bien sin Dios, o por lo menos nos va tan mal como les iba a los hombres medievales que pensaban que no podían vivir sin Él?
Quizás falten cincuenta largos siglos para una madurez semejante a querer vivir sin nada que nos ate; sólo entonces, esta entrada va a servir como testimonio de un clarividente que lo preanunció cincuenta siglos antes. Porque bueno. Qué carajo buscamos todos sino la fama a posteriori.

13.1.14

savelucioflores.com

Hoy me enteré que mi deuda con la inmobiliaria ascendió a 7000 pesos (más intereses que vienen acumulándose desde noviembre).
Una vez, hace dos años, había escrito una entrada sobre el doloroso valor del dinero cuando se lo debe. ¿Cuál era mi problema? Me había atrasado una semana, negligencia que me costó una fortuna de aproximadamente siete pesos con cincuenta.
En esa entrada, bastó un comentario alentador que decía: el dinero va y viene. A veces parece que va más de lo que viene, pero uno le encuentra la vuelta. Dos años de ser mantenido bastaron para hacerme creer que el dinero viene del cielo, y por ende, mi actitud siempre fue baudelairianamente pasiva. Pero la fortuna del cielo no es inagotable; menos todavía, la familiar.

Hoy hay 7000 pesos mediando entre yo y Cockaigne.
Mi situación hoy se asemeja a la de un prisionero que, con un mosquete en la espalda, está a punto de tomar un relajante baño en un caldero de bosta hirviendo.
No voy a decir que es mi estilo, pero sólo me queda una alternativa. A mis acreedores, que son verdugos vestidos de pies a cabeza con un traje de seda negra que tiene en el pecho y en el culo un solo logo en naranja (ARGO: BIENES INMUEBLES), voy a hacerles lo que les haría el transportador: una serie de patadas que yo creía imposibles, de manera que luego de unos pasos de baile calculados voy a tener su mosquete en mi mano y voy a decirles que se lleven la bosta, si no es que quieren hundirse ellos mismos en ella. Que acá no hay exfoliación, que para los HOMBRES, que toman el toro por los cuernos y de paso se lo culean contra un alambrado, no es necesaria la exfoliación ni hay tiempo para ella.
7000 pesos de mierda no me van a impedir llegar a mi futuro. Sea cual sea, este picaporte tamaño industrial metido en el recto mío hasta el último remache, me dejará rengo pero nunca postrado.



Gotta get to the head of the crowd!
Gotta get to the front of the line!
Take it like a man,
take it like a man!
Take it like a man!

2.1.14

El oficio de aprender y el aprender del oficio

A veces, cuando viajo a dedo, me levantan camioneros. Es rarísimo, pero lo que me llama la atención es que todos los camioneros tienen la verdad del mundo. Todos poseen su propia escuela de filosofía sobre un Scania. Cosa rarísima: los camioneros siempre tienen razón.
No me sorprendería tanto si un camionero tuviera siempre la razón; pero un camionero que tiene razón y ama a Perón, y un camionero que tiene la razón y es enemigo acérrimo de Perón, no puede provocarme menos que una ligera sospecha que nada tiene que ver con el peronismo en sí.
En fin, cada uno tiene sus principios. Parten de la base de sus amores o sus odios, pero todos tienen sus principios. Y de los principios, lentamente y a través de los años (y de las rutas, y de las cargas y de las descargas, y de un auténtico trabajo de meditación), los camioneros extraen sus conclusiones. Cuando llegás a poner el culo en el asiento junto a un camionero lo suficientemente viejo, éste ya está cargado de consejos para darte.
Pero por supuesto, es una escuela solitaria. Sus consejos funcionan sin falla alguna, pues nunca han sido puestos a prueba más que para él mismo.
Mientras tanto, el copiloto (joven inexperto que lo único que quiere es viajar) lo deja explayarse, como para devolver el favor que le hizo. Uno habla y el otro escucha: es un esquema que no se presta a complicaciones.
Pero en algún momento, el mochilero iluminado bajará del camión y se subirá a otro. Cuando baje del segundo camión, sentirá una angustia existencial más grande que los dos camiones juntos. Ambos sonaron tan convencidos que no puede decidir a quién darle bola. Por supuesto, A y B no se conocen y jamás debatirán para aclarar los tantos. Probablemente, de ser así, nunca lleguen a un acuerdo. Y sin embargo, los dos poseen la verdad universal. Son dos verdades distintas, pero ambas son universales. Como si vivieran en dos universos distintos. Como si el pobre mochilero tuviera que tomarse el trabajo de conciliar esos dos universos para hacer convivir en paz a radicales y a peronistas. ¿Cómo hacer eso? ¿Cómo tomar tal decisión, que conlleva tal responsabilidad, cuando el joven reconoce que en realidad no sabe nada?
Esta angustia es un peligro muy nocivo para el joven, que tiende a frustrarse muy seguido. Ponerse la camiseta de una verdad irrefutable es arriesgarse muchísimo; uno tiene que poner la cara de la verdad ante una masa enorme de gente que conforma el grupo de los equivocados.
Los equivocados: gente descarriada, gente estúpida, gente con sesgo, gente ignorante, pobres, pobrecitos que no han sido iluminados por la gracia divina del que sabe. Ovejitas sin pastor.
Potenciales alumnos que están haciendo su vida tranquilamente, sin buscar ningún mentor.
En realidad, uno no hace más que sentir la necesidad artificial de ponerse la camiseta de alguno de los dos charlatanes y defenderlo a muerte recayendo en el fanatismo desmedido.
"¿Fanático, yo? No, pibe. Simplemente te digo las cosas como son."
Y tantas otras sonatas.

No. Mentores los hay de otra clase.
Hay hombres y mujeres que dominan su materia. Estos hombres y mujeres, simplemente, están 'haciendo la suya' con tanta maestría, pero con tanta modestia, que no sospecharían nunca que son, para el principiante, un espectáculo digno de ver. Estos hombres y mujeres conservan una costumbre viejísima, tan vieja como el hombre, lacónica al extremo y más efectiva que la palabra: el trabajo. Muchos noticieros cubren lo que fulano dijo, declaró, negó, ignoró o desmintió escandalosamente. Hoy la palabra vale tanto que el tipo que trabaja en silencio es un bicho que despierta el desdén de los charlatanes, y sólo en algunos casos su admiración.
El trabajo es un discreto espectáculo. Como en todos los discretos espectáculos, no cualquiera se acerca a ver. La vida se asemeja muchas veces a una feria de stands en la que cada uno ofrece su producto, y el público que va caminando se acerca por propia voluntad.
Una salvedad: en la feria de la vida, el producto puede no venderse. ¡Asombroso!
Un amigo decía "con el conocimiento pasa al revés que con el dinero: cuando se comparte, se multiplica".
(Aunque el conocimiento también puede venderse, comercio que suena tan perverso que es increíble que esté avalado por organismos educativos de todo el mundo).
Simplemente hay que interesarse en el conocimiento per se. Basta acercarse a alguien que está haciendo algo (lo que comúnmente se conoce como trabajo) y observarlo tranquilamente, interiorizar cada una de sus aptitudes y cada una de sus tareas, aclarar cualquier duda, hasta poder realizarlo uno mismo (lo que comúnmente se conoce como aprender).

En las aulas cerradas de una universidad hay un fluir de ideas continuo y fructífero. Un claustro poblado de alumnos, en el que un solo tipo habla, se parece a una cabina de camión llena de copilotos con un solo conductor. Pero la Universidad es tan sagrada y elevada, que a veces pienso que en Córdoba hicieron bien en poner la universidad sobre una lomada imponente. Creo que eso no fue un accidente sino una metáfora, como las que componen la poesía.
Algo que siempre quiero recordar para mí mismo, no importa dónde esté ni qué esté haciendo: al final, la experiencia es la madre de todas las escuelas.
Allá abajo de la lomada el centro, las rutas, los parques nacionales, las zonas industriales, talleres mecánicos o ateliers de artistas o fábricas de cerámicos o zapaterías o estudios jurídicos o peatonales en las que los músicos tocan a la gorra; incluso podríamos nombrar, para redimirnos con tan noble clase, allá abajo las cabinas de camión. Allá bajo el claustro, todo el resto. Un hervidero vivo de potenciales mentores, que no son más que trabajadores que hacen la suya.
No estaría, así, demasiado errado sugiriendo que en todos lados hay oportunidades de aprender. Que la vida es un torrente inagotable de conocimientos que empezó no en la universidad y menos en la secundaria y mucho menos en el jardín de infantes; pues hasta parece una haraganería esperar a que toque el timbre para hacer el esfuerzo humano de aprender algo.

Allá afuera la vida y el potencial, allá abajo los mentores, acá al lado, en todos lados, algo que podríamos aprender con algún interés y una cierta constancia.
En todos lados, algo.
Signifique lo que eso signifique.

1.1.14

El año nuevo en 4 sencillos momentos

1. SEÑALES
Me lo dijo una vieja cansada con voz perdida desde unos auriculares.
"Prestá atención a las señales, pues es a través de ella que la Fuente se comunica con vos". Yo andaba caminando por el barrio cuando pasaban los albañiles, era casi mediodía y hacía calor. Pasé por enfrente de una curiosa casa bicolor, mitad amarilla y mitad bordó.
Hoy me quedé mirando un árbol que debajo tenía un cartelito nomenclador. Los locales lo llaman María Preta. Resulta que ese nombre tenía el bar, según me enteré, de cuyo escenario me bajé entre risas y aplausos en esta noche lluviosa de Año Nuevo.

2. LA LLUVIA
Es el segundo año nuevo consecutivo en el que me llueve. El año pasado puse Kansas city six y empecé a tirar baldazos de agua para que no me inunden los ravioles; acto seguido descorchamos una sidra (una sola) y a la una estaba dando vueltas del aburrimiento, haciendo lo mismo que estoy haciendo ahora.
Este año había mucho para tomar, y por consiguiente también llovió mucho más. Pero eso no nos impidió, bien equipados y en un lugar ameno, subirnos a una lomada en un auto con una olla roja de locro llena de hielo y mirar un show de fuegos artificiales asomándose sobre los árboles, explosión tras explosión de pólvora coloreada que se disuelve en glitch mientras la nube de arriba actúa como techo resonante milenario.
Diluviaba más bien. Y diluvió toda la noche. Son las cuatro y paró hace un rato.
Afuera todo está quieto porque ya no hay ni explosiones ni luces ni fiesta ni nada.

3. ¿QUÉ NECESITA UN HOMBRE PARA SER FELIZ?
Astrid, holandesa, 45, me decía mientras estábamos parados en la garganta del diablo que la naturaleza le hacía sentir muy pequeña: this is so powerful.
Un rato después me encontré de nuevo con ella en uno de los circuitos; ya había olvidado en parte su sentimiento de impotencia. Estábamos parados sobre el curso de un salto que se llamaba Adán, nombre que en su idioma original significa "humanidad" y no "primer hombre" como dicen por ahí.
Astrid dijo que se sentía tranquila, como en plenitud.
Ayer llegamos a Iguazú después de un viaje de cuatro horas. Descubrí que necesito para inducirme la euforia.
(Esto es, fue y será un misterio salvo por esta pequeña excepción. Por lo demás, todos tendrían que tener anotadita su fórmula en esos papeles amarillos que se pegan en cualquier lugar del escritorio).
Eran las seis de la tarde, estaba tomando mate y estaba escuchando Valerie June.
No es demasiado pretencioso, pero ocurre con la regularidad justa para ser una maravilla cada vez que sucede. Luego le sigue una calma de alta mar. Tengo el fenómeno bien estudiado. No es la primera vez y no será la última.

4. UNA PRIMICIA INCREÍBLE
Me lo dijo una vieja con voz cansada por unos auriculares. Esos auriculares me los puse en una plaza enfrente del polideportivo de las mil que el correntino de ley conocerá.
El correntino observador sabe que enfrente de esa plaza se yergue una extraña casa bicolor, como una especie de bungalow ornamentado cual palito de la selva.
El correntino asiduo sabrá que día por medio ando por ahí a las mañanas. La última vez que fui, me encontré con la señora que me confió el secreto de las señales. Fue ahí en esa plaza.
Hete aquí que mientras estoy escribiendo esta misma entrada, reviso el diario y me encuentro con esta noticia:
En el tanque de la misma casa bicolor apareció una imagen de la Virgen de Itatí, patrona de mis coprovincianos. Señora de voz cansada qué tendrá usted para decir al respecto. La foto fue sacada por un vecino y su dirección figura expresamente, de tal forma que yo puedo inútilmente corroborar algo que ya sé. No soy religioso ni nada, pero no deja de parecerme raro.

Y el hecho de que me parezca raro indica algo más: una incertidumbre, una gravísima incertidumbre que empieza acá y provoca una serie eslabonada de un montonazo de cuestionamientos a mi ateísmo, del que estaba tan convencido.
Ilustro con el ejemplo opuesto.
Una mujer comenta "agua, jabón y se terminó el problema".
Sí, el de la mancha de humedad. Pelotuda muy segura de soi même.

¿Qué hago con mi incertidumbre?
Esta mancha generó en mí una impresión más honda que no se limpia con agua y jabón, casi diría impresión intocable. ¿Acaso el año nuevo demanda un cambio?
¿Acaso simplemente un vecino tiene que hacerse cargo de sus manchas de humedad?