20.12.13

Último sueño bucólico de L. M. Flores en Córdoba capital

Recién me acerqué a la ventana con una esponja de acero en la mano para rasgar lo último que había quedado de pintura en el marco de metal. La casa está casi vacía. Rasgar el marco es lo último me que me queda para irme sin dejar pistas; después cierro un par de cajas que hay en el piso, las meto en el ascensor y cierro (nunca echo llave, porque no hace falta) esta puerta para siempre.
Esos son mis planes. La realidad, en este momento, es esa mancha verde en el marco de metal que me está esperando porque interrumpí mi labor apasionada para redactar esta entrada.
Esta es la última tarde que, creo, voy a pasar en este departamento en el que viví dos años. Con el que me recibió Córdoba. Elección de mi vieja: mesada de mármol y paredes verde agua. Es momento de confesar que no es el que más me gustó de todos los que vimos, pero era a todas luces uno muy conveniente (más aún cuando se hizo hora de convivir con cuatro o cinco personas bajo el mismo techo, cosa que jamás pudiera haber hecho en un monoambiente por Cañada del que me enamoré perdidamente, aún si daba a un patio interno).
Jodo con que no aprendí nada en Córdoba salvo que el aceite va después de cocinar los fideos y no antes. En realidad, aprendí muchas cosas; algunas importantes, algunas no, algunas que me gustaría olvidar, si fuera un poco más inteligente. Me sucedieron cosas en la misma proporción; meses con luz y meses oscuros en estos dos años. No es momento ni lugar para un navideño análisis.

Los momentos en los que la mente se relaja son los momentos en los que ninguna de las cosas que uno aprendió sirve. Estoy bien cuando no necesito combinar teoría y práctica; estoy bien cuando simplemente no necesito pensar qué estoy haciendo y para qué y fundamentalmente cómo.
Rasgar esa pintura verde que queda en el marco de la ventana (la cual sigue ahí, me está esperando, porque interrumpí mi apasionada labor para redactar esta entrada) es una de esas actividades que no requieren pensamiento.
Una vez que descubrí e interioricé la técnica -la esponja de acero debe adaptarse a la mano, y nunca al revés- el resto es laburo mecánico y puramente muscular, como una rutina de gimnasio. Pienso repetir esta técnica en todos los lugares de la casa que la ameriten, pero hete aquí que recién estaba justamente junto a la ventana.
La ventana es un mecanismo mágico. La ventana permite que entre aire, permite que entre ruido y permite que entre la vida de afuera, desde mosquitos a los famosos ladrones hombrearaña. La ventana es el último reducto de la casa que da motivo a una derrideana discusión entre el binarismo adentro/afuera. La ventana (habría que buscar la etimología) permite el viento, permite la ventilación, permite vislumbrar y en el mejor de los casos también permite ver.

Cerca de la ventana, no así lejos de ella, puede sentirse la brisa que entra en una tarde de verano. Son las ocho y el sol no baja. Mañana es el día más largo del año.
Cerca de la ventana uno puede ver la gente que pasa. Y qué hago en mi ocio sino mirar, mientras rasgo pedacitos de pintura verde con una esponja de acero guiada por mi sabio pero irreverente dedo del fakiu, una chica de pelo corto, lentes de sol y piercing en la ceja izquierda que habla con una mujer policía que, también de lentes de sol, va bajando por la Balcarce.
Lo que me llama la atención: estas dos chicas bajan hablando entre ellas como si fueran amigas; pero pronto descubro que, poquito más acá, es decir, en una ubicación que me viene al pelo para ver sin ser visto, estas dos chicas se encuentran con dos policías más que bajan de dos motos con una planilla, o sea que la cosa viene en serio.
No es interés periodístico, en principio, lo que me anima a seguir chusmeando. Hasta aflojo con la esponja de acero y me cuelgo un poco con tres o cuatro manchones que van a seguir ahí si no los ataco. Aguardo un poquito y observo bien la situación, que es muy particular.

Su particularidad reside no tanto en los policías (ni siquiera en la policía mujer, que suelen ser menos frecuentes) sino en la expresión de la piba. Vestida a lo salvaje, con una musculosa suelta color verde y unos pantalones apretados y rotosos, se saca los lentes y mira a los dos policías a la cara como si fueran su empleada. No hay pedestal entre los policías y esta chica, que no pondría esa cara si la hubieran robado o si la estuvieran interrogando como sospechosa.
Simplemente, esa chica está hablando con los policías. Es obvio que ocurrió algo (¿qué carajo podría haber sido? y tanta información podría recabar si no estuviera escribiendo esta entrada sobre la chica y estuviera, en cambio, pispeando por la ventana); sea lo que sea, la chica no tiene cara ni de chorra ni de víctima ni siquiera de testigo. La chica habla con los policías, que están interesados en ella puesto que no sueltan sus planillas (pero acaso les cautiva esa misma irreverencia de dedo fakiu levantado, de la chica que se saca los lentes y sonríe casi burlándose).
No he visto a nadie que sepa mantener su compostura de esa forma frente a tres agentes, sea cual sea la situación. De alguna forma, todos suponemos que les debemos algún respeto a estos pitufos con agallas. De que los atacaremos por las redes sociales puede ser; eso se ve todos los días. Pero cuando se acercan ellos a hablar con nosotros, es como si nos pasaran un cubito de hielo por la espalda: no se puede hacer como si no estuvieran ahí.
Esta chica de veinte años o menos, parada en la vereda frente a una policía mujer y a dos policías con chaleco antibalas que acaban de bajar de sendas motos, simplemente se ríe. En ningún momento mira para la ventana a la que yo, como un esclavo sudado, todavía le consiento una limpieza con una esponja que me atrae cada vez menos. Por las dudas hago mi mejor pose, prendo un cigarrillo sin delicadeza con un gesto casi sexual, pero para qué. Ella sigue ahí risueña, pero no risueña estúpida como la que se pone a mirar todo. Ella está concentrada, metida en algo. La situación entera está envuelta en un velo de misterio.

Desgraciadamente llega la hora de admitir que esta irreverencia es la que me cautiva en las mujeres. Y que puede haber sido un sueño pero estuvo ahí; limpiando la ventana y sintiendo la brisa de verano de frente (de esa que llega cuando son las seis o las siete de la tarde, hora por lo demás perfecta para conocer mujeres de veinte en una ciudad que uno apenas conoce) tuve la poca delicadeza de perderme en una modorra idiota que todavía dura un poco, y de olvidarme cómo carajo agarrar la esponja. Mi viejo solía decirme "tenés que ser más despierto, más atento; sos un despistado y te va a pasar por encima un scania".
Y yo siempre así de perdón me colgué. Estaba viendo por la ventana a la cosa más linda que la tarde tuvo a bien traerme.
Viejo: ¿sos boludo vos o mis abuelos eran primos?

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