25.12.13

Navidad

Creo que los tiempos están mejorando y es más fácil ser alcohólico. Felizmente, podemos equilibrar el gasto entre comida y sidra cada vez más, o invertimos lentamente en espumantes cada vez más caros (que incluso algunos shoppings regalan con una compra de ropa superior al valor de 500 pesos). El resultado de todo esto es que hay no mucho en la mesa en Navidad antes de las doce; y en cambio los vasos están y estarán llenos toda la noche.
Cada uno es libre de embriagarse a su manera, difuminándose por consiguiente la noción de conjunto. Todavía me acuerdo de ese tío que, solitario en la Navidad del año 2005, se pegó un pedo para cuatro y terminó bailando en bolas o no sé qué hizo, porque yo ya me había ido a dormir. La vergüenza pesó sobre él como una bolsa de cemento, y no volvió a aparecer sino por SMS. Hoy la Navidad es más bien una jungla.

Espíritu navideño. Mi víspera arrancó a las 11 de la mañana, cuando crucé al kiosco para comprar algo para el desayuno y vi una cola de tres o cuatro señoras, cada una con un carrito que traía un cajón de cerveza vacío.
El operativo fue absolutamente eficiente. Dos kiosqueros ponían los cajones vacíos en el piso junto a uno lleno, y en un laburo mecánico, casi chaplinesco, cambiaban los envases vacíos por envases llenos de a dos o tres por vez, agarrando los golletes entre el pulgar y el índice con una destreza magistral; cobraban lo suyo y la señora iba caminando por su barrio con 13 litros de cerveza en su carrito.
Esto fue Nochebuena, o la mañana que la anticipaba. El resto del día transcurrió normalmente. A las cinco de la mañana me encontré desentonando en una fiesta aburrido y apenas un poco ebrio. A las seis en punto era de día y yo estaba tomando el colectivo, o viendo la hora de volver a casa. La casa estaba sola, silenciosa; no nos habíamos juntado ahí para comer, así que no quedaba nada de esa comida gloriosa que uno encuentra tirada cuando vuelve y come casi a escondidas. La casa estaba como la dejé: la que otrora fue la casa del pueblo, mi cómoda covacha de dos pisos y tres piezas donde supieron hacerse los eventos navideños más exitosos (los que encontraron a los abuelos bailando Gloria Estefan) estaba silenciosa, brillante en el solcito mañanero, con un ratón bajo la heladera que no podemos atrapar y por eso nos esmeramos en dejar veneno en los rincones y las puertas bien cerradas.

Navidad.
La Municipalidad se toma la molestia de armar árboles y adornar los cables con luces de colores; los vecinos juegan al grinch con el vaso de sidra para que el año nuevo llegue más pronto.
No quiero decir que se perdió la mística de la Navidad. Quizás nos dejamos estar a favor de un sentido práctico, enemigo acérrimo del sentido espiritual.
Sólo voy a pensar en un departamento que dejé en Córdoba. El departamento que vio mis soledades más aburridas porque viví solo en él casi dos años completos. Uno puede llegar a ser auténticamente feliz en Nueva Córdoba, en esos edificios que parecen grandes pajareras; pero, si uno está solo en la noche de Navidad, o digamos antes (el adviento exhorta a armar ese pino horrible el 8 de diciembre), para qué un arbolito que puede admirar sólo uno y por qué no mejor una sidra, un vino tinto, un vaso de cerveza medio pelo para arriba y un budín individual; en silencio, o a lo sumo escuchando She and Him o mirando el reloj del noticiero.
Quizás Bukowski nos enseñó que vale la pena estar solo, y por eso fragmentamos el conjunto. Hace algunos años nos quejábamos de que la Navidad era un festejo hipócrita en el que tenías que saludar al primo que te cagó plata o a la tía que engañaba a su esposo.
Teníamos y tenemos razón. Las relaciones humanas se destilan solas como whisky. En realidad, estamos cada vez más cerca de ser libres - id est, de no depender de los otros para festejar las navidades.

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