2.12.13

El oscuro placer de madrugar leyendo

Me pasó muchas veces cuando me encariñé demasiado con un libro y después me fui a la cama. Generalmente, cuando el libro tiene que ver con muertes. Después me ocurrió que no podía dormir. El sueño, en vez de ser ese deporte confortable que tanto nos pone en perspectiva las cosas (p. ej., ayer soñé que vivía en la luna, y después reflexioné sobre las leyes cósmicas y físicas y todo eso), se vuelve en cambio un calvario que vivimos en carne propia con vivacidad de televisor plasma. He aquí un ejemplo.

De tanto leer y de tanto imaginar situaciones, el sueño se vuelve tan oscuro como una grotesca duermevela. Ayer leí durante una hora y media, con una concentración intensa que no tenía hace meses, ni siquiera (como sería de esperarse) a los apuntes de la facultad.
Si quisiera pasar por erudito, acá cabría una referencia a Borges: cuando leo demasiado intensamente, mis sueños se parecen a los de Funes.
No voy a derretir esta entrada en ejemplos. No es una linda experiencia, y si pudiera explicarla no tendría ganas. Duermo entrecortado y a las tres o cuatro horas ya estoy arriba. Esto es lo que me pasó anoche.

Me di cuenta, a mi pesar, de que cuando me duermo feliz soy capaz de vegetar sin interrupción ni culpa alguna de doce a catorce horas. Si hay cansancio físico (que nunca lo hay, pues llevo una vida más sedentaria que la de un ciprés) este lapso se extiende hasta unas vergonzosas pero plácidas dieciséis horas, tras las cuales me despierto con los ojos casi en compota y unas ganas irrefrenables de asesinar al mundo hasta el café número dos.
Me di cuenta, a mi pesar, de que cuando me duermo con un libro en la mano después de hora y media de lectura intensa mis sueños se hacen insoportablemente reales. Esto debió haber sido común en otro tiempo; sobre todo cuando los jovencitos y las damiselas leían ávidamente libros tenían que ver con muertes. Después llegó la televisión para salvarnos. Dicen que la televisión reacomoda las ondas del cerebro de tal forma que la concentración es mucho más difusa y los sueños se vuelven un simulacro, como si el soñador los viera tras un plexiglás. Esto me vendría bien para noches como anoche.

La televisión no me obliga a esta angustia opresora, como si hubiera pasado la noche en una cama que no es la mía.
La televisión no me impone una angustia de abismo, de hilito suelto que parte la mente al medio si se lo jala.
Lo de anoche no fueron pesadillas; en cambio fue (para ilustrarlo con una cita del mismo libro que terminé de leer anoche) "esa clase de sueño que quebranta el cuerpo en vez de proporcionar descanso".

Y sin embargo, "mientras escribo estas líneas" (como dice cualquier bloguero cursi, y sabemos de sobra qué somos nosotros los blogueros) me siento algo orgulloso de un cerebrito que, tras un cierto entrenamiento, puede crear imágenes de la nada.
De un cerebrito que puede asimilar una pila de datos que tienen que ver con la aguda depresión y la consecuente muerte de una persona que jamás existió y que es capaz de enamorarnos.
Y no sólo eso. Un cerebrito que también es capaz de sensibilizarse hasta el punto de impedirse a sí mismo el sueño saludable. Como queriendo compartir algo, una empatía innecesaria pero generosa, con la víctima dentro de ese monstruo de pasta y tinta que queda sobre la mesita de luz.

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