19.12.13

Con qué sueñan los gatos

Varias personas me explicaron cómo sienten amor los gatos: ellos no se encariñan con las personas, sino con los lugares. No pocas veces sentí cómo mi gato me miraba extrañado, porque para él yo era un mueble móvil o un dispenser de whiskas. Dicen que expresan su familiaridad frotándote las caras, y él lo hacía (lo sigue haciendo) con la misma cariñosa devoción para con mi rodilla o una de las patas del mueble del televisor.
A veces no puedo evitar sentirme un poco gato por la forma en la que me encariño con las personas: con la cautela de sospechar que algunas personas son sólo muebles móviles. Los lugares me despiertan un amor extraño que no siento por las personas, un apego invariable, pues los lugares cambian mucho menos que los seres humanos, volátiles como humo papal.

Ayer soñé por segunda vez con un pueblo que no conocía. La primera vez fue hace tres semanas; un pueblo en las sierras de San Luis, un pueblo chiquitito, de cuyo nombre no quiero acordarme, y que visitaba yo vaya a saber por qué razones. Estaba a dedo, y solo. En las afueras del pueblo vivía un viejo ermitaño. Llegué a su casa a la tardecita, de pura casualidad. Era una casa de madera y techo de paja, de un solo piso, sobre el costado de la ruta. Mientras el sol bajaba sobre los morros del fondo, yo atravesaba la entrada que era como de gravilla negra y con arbustos, casi igual de calientes y compactos como la calzada, y golpeaba una puerta enorme de madera maciza.
No me acuerdo de la cara del viejo, pero se presentó como Roldán de apellido. Me invitó a pasar, porque se estaba haciendo de noche y seguir viaje era una necedad boba. Retengo la imagen de su casa.
Como si fuera un galpón de madera enorme, apenas separado; abarrotado hasta el techo de libros, de discos, de cuadros, de revistas, de diarios viejos, de cuadernos rayoneados. El viejo era un acumulador incansable de cosas; tenía una ventaja que no le puedo desmerecer, a pesar de no acordarme de su cara: era viejo.
Su galpón lleno de cosas era fruto de un tozudo esfuerzo de años por acumular cosas que no estaba seguro de poder necesitar algún día, pero que terminaron conformando algo lindo de mirar.

Hoy soñé de nuevo con un pueblo en la Pampa. Me urgía la necesidad de ver algo en un pueblo que quedaba al lado, y a pesar de que no tenía un peso partido al medio, rompí las bolas a mi anfitrión para que me llevara en la chata ruta abajo. A medio camino me acordé qué buscaba. No quiero relacionar los dos sueños, porque para eso se necesita un título universitario, así que la siguiente frase va a ser impersonal adrede:
En el sueño de hoy buscaba a un viejo que tenía una casa sobre la ruta. Tenía la extraña convicción de que lo que tuviera el viejo en su casa, sea lo que fuere, me interesaba de alguna forma a mí.

A veces sueño con personas. Pero tiendo a soñar más con lugares. Y una de las singulares conclusiones que saqué después de pensar mucho en estos sueños es la siguiente. Los lugares en los sueños, que muchas veces son lugares que no existen, tienen coherencia física; hay en ellos espacio, hay en ellos líneas, hay en ellos profundidad, hay en ellos volumen, hay en ellos proporciones, hay en ellos características que hacen que se parezcan mucho a los lugares en la vida real.
Pero tienen algo más, de lo que los lugares en la vida real muchas veces carecen: como si se tratara de alguna medida extra, añadida al sueño por el puro gusto de darle color, los lugares en los sueños tienen emociones.
Las emociones no las siente uno, puesto que el sueño está ocurriendo en la cabeza de uno, está ocurriendo en uno. Los lugares en los sueños son reflejos de la emoción que esos lugares evocan; el pueblo de la chica linda jamás podría ser un páramo desolado y triste.
La casa del viejo que quiero encontrar a la salida de cualquier pueblo que haya recorrido dentro de mi cabeza, jamás va a dejar de tener eso, no sé qué es, que tiene el poder de interesarme.

Este extraño apego por los lugares que evocan a las personas me hacen sentir que soy un gato. Si fuera un tipo más directo y con menos pasta de místico, soñaría con la cara de la gente.
Sueño en vez de eso con casas, sueño en vez de eso con puentes, sueño en vez de eso con caminos.
No pocas veces me recuerdo qué lindo es vivir en mi cabeza y explorarla cuando se me presenta una oportunidad.

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