26.12.13

Exonerando el marulo

Sigo con una constipación mental fruto (pero no tipo ciruela) de pensar todo el tiempo: "tengo que hacerlo, tengo que hacerlo" y sin embargo no puedo... no se me cae un arranque... hice la promesa de escribir las dos reseñas de una puta vez y a un momento de inspiración casi apolínea siguieron varios días de sequía cerebral en la que lo único que me quedó fue una cerveza en un freezer y un bronceado de ruta.
Quiero seguir ejercitando el cerebro pero está dejado como mis abdominales.
Me levanté a las cinco de la mañana y después de una partida de Age me sentí listo para el primer café; mientras lo batía escuché esta canción, que me hizo pensar que nada estaba perdido. El sentimiento se difuminó rápido, cantando mientras se alejaba ich bin gekommen um Adieu zu sagen.
Hace una semana y media me dijeron que soy un neurótico que piensa demasiado en las definiciones. ¿Qué es eso?, pregunté. Me respondieron algo como "justamente eso que preguntaste".
Acto seguido, axioma: el que mucho piensa poco actúa. Y viceversa, creo, pero no podría decirlo porque nunca me pasó.

Como medida cautelar para despejar el cerebro voy a pedalear hasta que se me termine la costanera, y cuando esté sudado y sucio voy a volver acá a trabajar. En el peor de los casos me sale algo que apeste.
La vida (tragicomedia escrita por un guionista ebrio) nos muestra que el futuro suele desenvolverse efectivamente como el peor de los casos.

25.12.13

Navidad

Creo que los tiempos están mejorando y es más fácil ser alcohólico. Felizmente, podemos equilibrar el gasto entre comida y sidra cada vez más, o invertimos lentamente en espumantes cada vez más caros (que incluso algunos shoppings regalan con una compra de ropa superior al valor de 500 pesos). El resultado de todo esto es que hay no mucho en la mesa en Navidad antes de las doce; y en cambio los vasos están y estarán llenos toda la noche.
Cada uno es libre de embriagarse a su manera, difuminándose por consiguiente la noción de conjunto. Todavía me acuerdo de ese tío que, solitario en la Navidad del año 2005, se pegó un pedo para cuatro y terminó bailando en bolas o no sé qué hizo, porque yo ya me había ido a dormir. La vergüenza pesó sobre él como una bolsa de cemento, y no volvió a aparecer sino por SMS. Hoy la Navidad es más bien una jungla.

Espíritu navideño. Mi víspera arrancó a las 11 de la mañana, cuando crucé al kiosco para comprar algo para el desayuno y vi una cola de tres o cuatro señoras, cada una con un carrito que traía un cajón de cerveza vacío.
El operativo fue absolutamente eficiente. Dos kiosqueros ponían los cajones vacíos en el piso junto a uno lleno, y en un laburo mecánico, casi chaplinesco, cambiaban los envases vacíos por envases llenos de a dos o tres por vez, agarrando los golletes entre el pulgar y el índice con una destreza magistral; cobraban lo suyo y la señora iba caminando por su barrio con 13 litros de cerveza en su carrito.
Esto fue Nochebuena, o la mañana que la anticipaba. El resto del día transcurrió normalmente. A las cinco de la mañana me encontré desentonando en una fiesta aburrido y apenas un poco ebrio. A las seis en punto era de día y yo estaba tomando el colectivo, o viendo la hora de volver a casa. La casa estaba sola, silenciosa; no nos habíamos juntado ahí para comer, así que no quedaba nada de esa comida gloriosa que uno encuentra tirada cuando vuelve y come casi a escondidas. La casa estaba como la dejé: la que otrora fue la casa del pueblo, mi cómoda covacha de dos pisos y tres piezas donde supieron hacerse los eventos navideños más exitosos (los que encontraron a los abuelos bailando Gloria Estefan) estaba silenciosa, brillante en el solcito mañanero, con un ratón bajo la heladera que no podemos atrapar y por eso nos esmeramos en dejar veneno en los rincones y las puertas bien cerradas.

Navidad.
La Municipalidad se toma la molestia de armar árboles y adornar los cables con luces de colores; los vecinos juegan al grinch con el vaso de sidra para que el año nuevo llegue más pronto.
No quiero decir que se perdió la mística de la Navidad. Quizás nos dejamos estar a favor de un sentido práctico, enemigo acérrimo del sentido espiritual.
Sólo voy a pensar en un departamento que dejé en Córdoba. El departamento que vio mis soledades más aburridas porque viví solo en él casi dos años completos. Uno puede llegar a ser auténticamente feliz en Nueva Córdoba, en esos edificios que parecen grandes pajareras; pero, si uno está solo en la noche de Navidad, o digamos antes (el adviento exhorta a armar ese pino horrible el 8 de diciembre), para qué un arbolito que puede admirar sólo uno y por qué no mejor una sidra, un vino tinto, un vaso de cerveza medio pelo para arriba y un budín individual; en silencio, o a lo sumo escuchando She and Him o mirando el reloj del noticiero.
Quizás Bukowski nos enseñó que vale la pena estar solo, y por eso fragmentamos el conjunto. Hace algunos años nos quejábamos de que la Navidad era un festejo hipócrita en el que tenías que saludar al primo que te cagó plata o a la tía que engañaba a su esposo.
Teníamos y tenemos razón. Las relaciones humanas se destilan solas como whisky. En realidad, estamos cada vez más cerca de ser libres - id est, de no depender de los otros para festejar las navidades.

24.12.13

Nochebuena

La noche siguiente era Nochebuena y la pasé con una botella de vino delante de la televisión disfrutando del programa y de la misa de gallo de la catedral de San Patricio, en Nueva York, con los obispos oficiando, y ceremonias resplandecientes y fieles; los sacerdotes con sus vestiduras de encaje blanco como la nieve ante grandes altares que no eran ni la mitad de grandes que mi lecho de paja debajo del pequeño pino, me imaginé. Luego, a medianoche, muy silenciosos, los pequeños padres, mi hermana y mi cuñado, pusieron los regalos bajo el árbol, y aquello resultó más glorioso que todos los Gloria in Excelsis Deos de la Iglesia de Roma y de todos sus obispos.
Mi gato Davey, de repente, me bendijo, dulce gato, al saltar a mi regazo. Cogí la Biblia y leí un poco de San Pablo junto a la estufa caliente y a las luces del árbol:
"Dejad que se vuelva necio para que se vuelva sabio".
(The Dharma Bums, J. Kerouac)

Gloria: In Excelsis Deo/Gloria by Patti Smith on Grooveshark

20.12.13

Último sueño bucólico de L. M. Flores en Córdoba capital

Recién me acerqué a la ventana con una esponja de acero en la mano para rasgar lo último que había quedado de pintura en el marco de metal. La casa está casi vacía. Rasgar el marco es lo último me que me queda para irme sin dejar pistas; después cierro un par de cajas que hay en el piso, las meto en el ascensor y cierro (nunca echo llave, porque no hace falta) esta puerta para siempre.
Esos son mis planes. La realidad, en este momento, es esa mancha verde en el marco de metal que me está esperando porque interrumpí mi labor apasionada para redactar esta entrada.
Esta es la última tarde que, creo, voy a pasar en este departamento en el que viví dos años. Con el que me recibió Córdoba. Elección de mi vieja: mesada de mármol y paredes verde agua. Es momento de confesar que no es el que más me gustó de todos los que vimos, pero era a todas luces uno muy conveniente (más aún cuando se hizo hora de convivir con cuatro o cinco personas bajo el mismo techo, cosa que jamás pudiera haber hecho en un monoambiente por Cañada del que me enamoré perdidamente, aún si daba a un patio interno).
Jodo con que no aprendí nada en Córdoba salvo que el aceite va después de cocinar los fideos y no antes. En realidad, aprendí muchas cosas; algunas importantes, algunas no, algunas que me gustaría olvidar, si fuera un poco más inteligente. Me sucedieron cosas en la misma proporción; meses con luz y meses oscuros en estos dos años. No es momento ni lugar para un navideño análisis.

Los momentos en los que la mente se relaja son los momentos en los que ninguna de las cosas que uno aprendió sirve. Estoy bien cuando no necesito combinar teoría y práctica; estoy bien cuando simplemente no necesito pensar qué estoy haciendo y para qué y fundamentalmente cómo.
Rasgar esa pintura verde que queda en el marco de la ventana (la cual sigue ahí, me está esperando, porque interrumpí mi apasionada labor para redactar esta entrada) es una de esas actividades que no requieren pensamiento.
Una vez que descubrí e interioricé la técnica -la esponja de acero debe adaptarse a la mano, y nunca al revés- el resto es laburo mecánico y puramente muscular, como una rutina de gimnasio. Pienso repetir esta técnica en todos los lugares de la casa que la ameriten, pero hete aquí que recién estaba justamente junto a la ventana.
La ventana es un mecanismo mágico. La ventana permite que entre aire, permite que entre ruido y permite que entre la vida de afuera, desde mosquitos a los famosos ladrones hombrearaña. La ventana es el último reducto de la casa que da motivo a una derrideana discusión entre el binarismo adentro/afuera. La ventana (habría que buscar la etimología) permite el viento, permite la ventilación, permite vislumbrar y en el mejor de los casos también permite ver.

Cerca de la ventana, no así lejos de ella, puede sentirse la brisa que entra en una tarde de verano. Son las ocho y el sol no baja. Mañana es el día más largo del año.
Cerca de la ventana uno puede ver la gente que pasa. Y qué hago en mi ocio sino mirar, mientras rasgo pedacitos de pintura verde con una esponja de acero guiada por mi sabio pero irreverente dedo del fakiu, una chica de pelo corto, lentes de sol y piercing en la ceja izquierda que habla con una mujer policía que, también de lentes de sol, va bajando por la Balcarce.
Lo que me llama la atención: estas dos chicas bajan hablando entre ellas como si fueran amigas; pero pronto descubro que, poquito más acá, es decir, en una ubicación que me viene al pelo para ver sin ser visto, estas dos chicas se encuentran con dos policías más que bajan de dos motos con una planilla, o sea que la cosa viene en serio.
No es interés periodístico, en principio, lo que me anima a seguir chusmeando. Hasta aflojo con la esponja de acero y me cuelgo un poco con tres o cuatro manchones que van a seguir ahí si no los ataco. Aguardo un poquito y observo bien la situación, que es muy particular.

Su particularidad reside no tanto en los policías (ni siquiera en la policía mujer, que suelen ser menos frecuentes) sino en la expresión de la piba. Vestida a lo salvaje, con una musculosa suelta color verde y unos pantalones apretados y rotosos, se saca los lentes y mira a los dos policías a la cara como si fueran su empleada. No hay pedestal entre los policías y esta chica, que no pondría esa cara si la hubieran robado o si la estuvieran interrogando como sospechosa.
Simplemente, esa chica está hablando con los policías. Es obvio que ocurrió algo (¿qué carajo podría haber sido? y tanta información podría recabar si no estuviera escribiendo esta entrada sobre la chica y estuviera, en cambio, pispeando por la ventana); sea lo que sea, la chica no tiene cara ni de chorra ni de víctima ni siquiera de testigo. La chica habla con los policías, que están interesados en ella puesto que no sueltan sus planillas (pero acaso les cautiva esa misma irreverencia de dedo fakiu levantado, de la chica que se saca los lentes y sonríe casi burlándose).
No he visto a nadie que sepa mantener su compostura de esa forma frente a tres agentes, sea cual sea la situación. De alguna forma, todos suponemos que les debemos algún respeto a estos pitufos con agallas. De que los atacaremos por las redes sociales puede ser; eso se ve todos los días. Pero cuando se acercan ellos a hablar con nosotros, es como si nos pasaran un cubito de hielo por la espalda: no se puede hacer como si no estuvieran ahí.
Esta chica de veinte años o menos, parada en la vereda frente a una policía mujer y a dos policías con chaleco antibalas que acaban de bajar de sendas motos, simplemente se ríe. En ningún momento mira para la ventana a la que yo, como un esclavo sudado, todavía le consiento una limpieza con una esponja que me atrae cada vez menos. Por las dudas hago mi mejor pose, prendo un cigarrillo sin delicadeza con un gesto casi sexual, pero para qué. Ella sigue ahí risueña, pero no risueña estúpida como la que se pone a mirar todo. Ella está concentrada, metida en algo. La situación entera está envuelta en un velo de misterio.

Desgraciadamente llega la hora de admitir que esta irreverencia es la que me cautiva en las mujeres. Y que puede haber sido un sueño pero estuvo ahí; limpiando la ventana y sintiendo la brisa de verano de frente (de esa que llega cuando son las seis o las siete de la tarde, hora por lo demás perfecta para conocer mujeres de veinte en una ciudad que uno apenas conoce) tuve la poca delicadeza de perderme en una modorra idiota que todavía dura un poco, y de olvidarme cómo carajo agarrar la esponja. Mi viejo solía decirme "tenés que ser más despierto, más atento; sos un despistado y te va a pasar por encima un scania".
Y yo siempre así de perdón me colgué. Estaba viendo por la ventana a la cosa más linda que la tarde tuvo a bien traerme.
Viejo: ¿sos boludo vos o mis abuelos eran primos?

19.12.13

Con qué sueñan los gatos

Varias personas me explicaron cómo sienten amor los gatos: ellos no se encariñan con las personas, sino con los lugares. No pocas veces sentí cómo mi gato me miraba extrañado, porque para él yo era un mueble móvil o un dispenser de whiskas. Dicen que expresan su familiaridad frotándote las caras, y él lo hacía (lo sigue haciendo) con la misma cariñosa devoción para con mi rodilla o una de las patas del mueble del televisor.
A veces no puedo evitar sentirme un poco gato por la forma en la que me encariño con las personas: con la cautela de sospechar que algunas personas son sólo muebles móviles. Los lugares me despiertan un amor extraño que no siento por las personas, un apego invariable, pues los lugares cambian mucho menos que los seres humanos, volátiles como humo papal.

Ayer soñé por segunda vez con un pueblo que no conocía. La primera vez fue hace tres semanas; un pueblo en las sierras de San Luis, un pueblo chiquitito, de cuyo nombre no quiero acordarme, y que visitaba yo vaya a saber por qué razones. Estaba a dedo, y solo. En las afueras del pueblo vivía un viejo ermitaño. Llegué a su casa a la tardecita, de pura casualidad. Era una casa de madera y techo de paja, de un solo piso, sobre el costado de la ruta. Mientras el sol bajaba sobre los morros del fondo, yo atravesaba la entrada que era como de gravilla negra y con arbustos, casi igual de calientes y compactos como la calzada, y golpeaba una puerta enorme de madera maciza.
No me acuerdo de la cara del viejo, pero se presentó como Roldán de apellido. Me invitó a pasar, porque se estaba haciendo de noche y seguir viaje era una necedad boba. Retengo la imagen de su casa.
Como si fuera un galpón de madera enorme, apenas separado; abarrotado hasta el techo de libros, de discos, de cuadros, de revistas, de diarios viejos, de cuadernos rayoneados. El viejo era un acumulador incansable de cosas; tenía una ventaja que no le puedo desmerecer, a pesar de no acordarme de su cara: era viejo.
Su galpón lleno de cosas era fruto de un tozudo esfuerzo de años por acumular cosas que no estaba seguro de poder necesitar algún día, pero que terminaron conformando algo lindo de mirar.

Hoy soñé de nuevo con un pueblo en la Pampa. Me urgía la necesidad de ver algo en un pueblo que quedaba al lado, y a pesar de que no tenía un peso partido al medio, rompí las bolas a mi anfitrión para que me llevara en la chata ruta abajo. A medio camino me acordé qué buscaba. No quiero relacionar los dos sueños, porque para eso se necesita un título universitario, así que la siguiente frase va a ser impersonal adrede:
En el sueño de hoy buscaba a un viejo que tenía una casa sobre la ruta. Tenía la extraña convicción de que lo que tuviera el viejo en su casa, sea lo que fuere, me interesaba de alguna forma a mí.

A veces sueño con personas. Pero tiendo a soñar más con lugares. Y una de las singulares conclusiones que saqué después de pensar mucho en estos sueños es la siguiente. Los lugares en los sueños, que muchas veces son lugares que no existen, tienen coherencia física; hay en ellos espacio, hay en ellos líneas, hay en ellos profundidad, hay en ellos volumen, hay en ellos proporciones, hay en ellos características que hacen que se parezcan mucho a los lugares en la vida real.
Pero tienen algo más, de lo que los lugares en la vida real muchas veces carecen: como si se tratara de alguna medida extra, añadida al sueño por el puro gusto de darle color, los lugares en los sueños tienen emociones.
Las emociones no las siente uno, puesto que el sueño está ocurriendo en la cabeza de uno, está ocurriendo en uno. Los lugares en los sueños son reflejos de la emoción que esos lugares evocan; el pueblo de la chica linda jamás podría ser un páramo desolado y triste.
La casa del viejo que quiero encontrar a la salida de cualquier pueblo que haya recorrido dentro de mi cabeza, jamás va a dejar de tener eso, no sé qué es, que tiene el poder de interesarme.

Este extraño apego por los lugares que evocan a las personas me hacen sentir que soy un gato. Si fuera un tipo más directo y con menos pasta de místico, soñaría con la cara de la gente.
Sueño en vez de eso con casas, sueño en vez de eso con puentes, sueño en vez de eso con caminos.
No pocas veces me recuerdo qué lindo es vivir en mi cabeza y explorarla cuando se me presenta una oportunidad.

16.12.13

¿Qué tiene usted para enseñarme? (Y gracias por adelantado)

1.
Un día le escribí un mail a mi primo preguntándole qué música andaba escuchando. Por entonces yo tenía catorce y pelo largo como testimonio de una rebeldía romanticona. No conocía toda la música que conozco hoy, ni mucho menos toda la música que conoceré en diez años.
Mi primo sabía que la cabeza de un adolescente es caldo de cultivo de muchas cosas, desde el arte hasta los trastornos esquizoides. Respondió con un porteño "qué hacés primo" y una nómina de bandas entre las que recuerdo a Babasónicos, Control Machete, the Sonics, Sublime, os Mutantes, Illya Kuryaki, surf rock, Embajada Boliviana y Sonic Youth.
En su sabia diligencia me anexó dos o tres links para que la investigación siguiera su curso, en caso de que yo quisiera emprenderla. Esos links fueron detonantes. Todos lo sabemos: una sola banda buena puede llevar a conocer tres mil, si se le pone la terquedad necesaria a la búsqueda. Hoy en día está last.fm; a mis catorce (nunca pensé que sonaría así de retrógrado) apenas podíamos mandarnos por mail fragmentos en mp3 que habíamos bajado del Ares, que fue y será una mierda.
Mi primo se tomó la molestia de redactar una lista de bandas que no conocía, muy distintas entre ellas. Él sabía que la curiosidad adolescente tiende a salir disparada para muchos lugares a la vez, como hacer picar al mismo tiempo siete pelotas de goma en una habitación llena de ventiladores de techo.

Le debo respeto a esa gente capaz de presentarte una cosa insólita. De alguna forma, esa gente nos ofrece regalos.
Imagínense si esa gente sabia, en vez de decirnos "escuchá tal banda", nos regalara un candelabro, un sofá cama, un caballo: algo tangible, que tenemos que decidir urgente si tirar a la basura o guardar como un grato recuerdo a riesgo de sacrificar espacio físico. Si optáramos por la segunda, nuestra casa sería un muestrario circense y absurdo de los artículos más dispares. No se podría ni caminar y una mudanza sería un calvario.
Yo a mi pesar no soy ningún minimalista. Este desorden es con lo que sueño. Una casa llena de elementos híbridos. Entiéndase por casa "cabeza"; entiéndase también "casa", pero esto remite a hipotecas, impuestos y fichas catastrales.

2.
Ayer estaba cubriendo un evento. Había una mujer sobre el escenario cantando un tango salpicado de palabras en lunfardo entredichas con bronca, con candor, y con una gracia única, contundente. Esto me hizo pensar que, para escribir una buena nota, tendría que familiarizarme con lo que estaba viendo; nadie escribe bien sobre lo que no sabe. Es difícil que un ignorante te diga algo novedoso. El oficio (de escritor, de periodista) obliga; no es opción ni capricho. Si quiero contarle a usted algo interesante sobre lo que vi ayer, debería saber al menos dos o tres frases en lunfardo. Lo mismo con cualquier cosa. Aún corriendo el riesgo delicioso de que usted no me entienda: el lector curioso es el mejor tipo de lector que existe.

En ese momento me di cuenta de que el oficio periodístico es un oficio acumulativo, que se parece a este muestrario circense y absurdo. Nunca se sabe si en un momento dado el periodista artesano necesita reconocer en alguien a Kim Gordon, a Hesse, a un cacique qom, a Dmitri Mendeleiév, a Julio Sosa, a su propia madre. La probabilidad más grande al asistir a un evento cultural no es disfrutarlo, sino aprender algo. La cultura termina siendo una complejísima red donde todo está conectado con algo.

Una red en la que todo está conectado con algo.
De la que un pendejo como yo tiene (felizmente) una perspectiva muy limitada.

Juguemos a esta imagen, que es muy simple.
Una pelota unida a otra pelota por un hilo, ésta a su vez unida a otras tres, éstas tres a su vez unidas a otras trece millones de manifestaciones individuales que terminan implicando, por supuesto, a la pelota inicial; pues, ya lo sospechaba Deleuze, no hay raíces sino que la vida misma es un rizoma (y un carnaval, añade Celia Cruz, pues a Deleuze le faltaba la parte divertida).

Me siento orgulloso de decir que el oficio que elegí tiene esta responsabilidad; no es sólo una especialización en profundidad, como si un obrero cavara un hoyo en la tierra tan obstinadamente que quiere llegar al centro del planeta.
Es una preocupación extensiva por seguir todos los hilos posibles de todas las pelotas de esta Gran Red; una curiosidad inagotable, el querer saber de dónde viene todo y así seguirle la pista. Como un campesino que siembra grandes prados con semillas que se crecerán para ser, Dios mediante, imponentes árboles floridos o toneladas de trigo para los pobres.

3.
La figura central de todo esto es la persona que puede enseñarnos algo.
Ayer leía en un libro: "la noticia no es necesariamente un suceso, sino cualquier cosa que pueda resultar interesante o novedosa para alguien, aún en potencia."
La cultura es un torrente inagotable de cosas nuevas y potencialmente interesantes. Pelotitas con rastros vagos que llevan a otras pelotitas, quizás brillantes, gigantes; quizás opacas, llenas de polvo, pelotitas olvidadas que valdría la pena traer de nuevo para el presente, limpiar sus hilos, atarle algunos nuevos.
Los mentores son fundamentales. Necesitamos alguien que nos traiga de la mano y nos diga "mirá que lindo esto". ¿Cómo meternos en la red sin querer matarnos, sabiendo que ella nos rebalsará siempre?

Esta es una entrada de agradecimiento a toda esa gente (que, afortunadamente, comprende la gran mayoría de las personas con las que hablamos día a día) que tiene algo para enseñarnos.

No nos quedemos nunca en un campo estricto. Dejemos eso a los biólogos, que fieles a su oficio descubren cada vez más verdades sobre las membranas y las mitocondrias.
Nosotros, los Curiosos de la Humanidad, no trabajamos con microscopio ni mucho menos con verdades. Marchamos por campo abierto, a veces a caballo, a veces en una Ford Ranger, a veces a pata luchando con machete contra la maleza. Buenos días vinieron y vendrán así también como malos para vivir con este monstruo informe que llamamos cultura.
Pero jamás nos quedemos en un hueco. Algo podría ser importante, más que importante para nosotros, en este camino enorme sin huella; cavemos, usemos el hueco para dormir esta noche, pero mañana pasado o traspasado nos servirá mucho seguir caminando.
Ya se nos va a dar la posibilidad de volver a ese pozo y decir "mirá, acá fue cuando". Pero hay quien dice que uno empieza a morir cuando no se quieren descubrir cosas nuevas.

10.12.13

Pequeña marsella

Tombstone Blues by Bob Dylan on Grooveshark

"Mama's in the factory
She ain't got no shoes,
Daddy's in the alley
He's looking for food,
I'm in trouble with the
tombstone blues..."

7.12.13

"A good woman is hard to find"

A Good Woman Is Hard to Find by Morphine on Grooveshark

She was beauty and adventure. 
She seemed so glad to be alive.
I want to be happy, but not all the time.

A good woman is hard to find. 
A good woman is hard to find.
I'll live to love another one more time. 
A good woman is hard to find.
(Morphine)

Cuando al fin había llegado el momento de asumirme como hijo de padres divorciados, era porque había entendido el mecanismo, como en una epifanía. Cómo es esto de que un adulto, en la mitad de su vida y con dos hijos (cuando la vida debería estar, en alguna medida, resuelta) abandone un naufragio para encontrarse de nuevo a la deriva.
Nunca estuve realmente arriba de un barco con mi vieja. Este barco zarpó sin nosotros por razones que jamás tuvieron a bien aclararme. Mis padres, que en otra época habían sido los reyes de la bailanta, se separaron cuando yo tenía dos años. El único documento que queda de esta época es un videocasette en el que mi viejo me vistió de villero y salió a pasearme cámara en mano por una plaza del barrio Pujol; mi vieja sale como en una cameo, mientras nosotros nos cagamos de risa.
De ahí en más la vida es como la conozco. Sé cómo son los adultos que buscan amor. Como todo experto, son ligeramente cínicos. Parecen aburridos, como quien hace un trámite. A veces, no pocas veces, los adultos que buscan amor llaman al amor estabilidad económica, comodidad, incluso tranquilidad para hacer la suya sin ser molestados. Los padres de uno no buscan una figura materna en su pareja, ni viceversa; he aquí el motivo por el que los padrastros y madrastras no sean héroes ni ejemplos de vida.

Este mundo nuevo, que me daba repugnancia, hoy me da curiosidad. Sin ánimo alguno de adelantarme a mi edad, ya que soy un joven todavía exento de graves decepciones, me pregunto cómo debe ser realmente tener treinta y pico y estar buscando nuevamente al amor de la vida, con tanta vida atrás. No puedo dejar de pensar que los adultos están cansados y sus expectativas decrecen, a veces muchísimo.
Creo que este mundo no está exento de casos extremos como alguna cita a ciegas en un telo, porque el fin justifica los medios. La incesante búsqueda de amor, que a los veinte es tan color de rosa, a los cuarenta puede convertirse en una deriva errática y un tanto desesperada. Supongo que a los cuarenta y cinco se intensifica para, a los cincuenta y cinco, hacerse resignación. En el camino recorrido, queda una estela: un indecoroso pasado compuesto de soledades muy incómodas para ser nombradas sin servirse una medida de licor.

Más valdría dejar de reflexionar en todo esto y ser un Pibe De Mi Edad. Relatar a viva voz, entre dos rutinas de gimnasio, los detalles de la prueba y la glorificación: "de cómo la hice gritar en mi sommier". El sexo es para mí un deporte más, a veces menos comprometido que los federados.
Por desinterés, por desdén, por falta de talento deportivo (pues hay que ser deportista para saltar de una cama a otra, sin mencionar que hay que ser deportista para que te acepten en primera instancia), ese otro mundo me llama la atención: un bar humeante lleno de viejos en una búsqueda confusa y difícil. Ellos ya han vivido todo eso: han practicado el deporte de saltar de cama en cama, y, llegado el momento, han creído en un amor que se pinchó como una piñata y dejó dos efectos residuales que duermen en casa con placidez.
Esto despierta mi curiosidad porque ahora empiezo a entender a los adultos que buscan amor. No los entiendo con la cabeza. En cambio, es empatía.
Un adulto abandona la casa a la noche; en este horario, por descarte, es más fácil conocer a una persona. Funcionan los motores del alcohol, que saca a relucir con más sinceridad tanto los daños como las expectativas.
Así y todo, no ya por vocación deportiva sino por obstinación, salen al bar; cansados, solos.

Hay una mística del after hours de la que no me dejaron participar durante toda mi vida, cuyo funcionamiento me gustaría conocer con más profundidad.
Al fin y al cabo, estas cosas suceden. Y a veces, hasta acaban bien; id est, acaban al mismo tiempo.

3.12.13

Revolución sin paralelo en todos los milenios anteriores

En el Paleolítico, ocurre una cosa inédita en los 2.000 millones de años de evolución. Ocurre que un primate, el Pithecanthropus erectus, utiliza su cerebro y sus manos para construir instrumentos que potencien y prolonguen su capacidad de acción. Entre la naturaleza y el nuevo homínido se va a interponer así una realidad nueva, una especie de intermundo técnico, todavía muy rudimentario, pero que es la puerta que abre el camino para las prodigiosas proezas científicas que vendrán más tarde. El término, pues, del proceso de cerebración es la instalación de los homínidos en el mundo de la cultura, el salto a un mundo nuevo en el que nada está hecho y cuya esencia consiste, nada más y nada menos, que en la necesidad de inventarlo todo.
José Luis Pinillos. La mente humana, 1969.


Desde el momento en el que la primera piel fue usada como prenda de abrigo, desde el instante en que por primera vez se utilizó una lanza para la caza o se plantó la primera semilla, se realizó una gran revolución en la naturaleza, una revolución sin paralelo en todos los milenios anteriores, porque acababa de surgir un ser que no necesitaba seguir sujeto por más tiempo a los cambios de la naturaleza, un ser que en algún aspecto era superior a la naturaleza misma, por cuanto sabía cómo controlar y regular sus operaciones, y podía mantenerse en armonía con ella, no a través de cambios corporales, sino mediante un avance de la mente... El hombre no había simplemente escapado al dictado de la selección natural, sino que incluso había obtenido para sí una parte del poder que, antes de su aparición, era ejercido en exclusiva por la naturaleza misma. Podemos, pues, prever un tiempo en que la tierra sólo producirá plantas cultivadas y animales domésticos, un tiempo en que la selección humana habrá desplazado a la selección natural...
Alfred Russel Wallace. The Origin of Human Races
 and Antiquity of Man deduced from the theory of Natural Selection, 1864.

2.12.13

El oscuro placer de madrugar leyendo

Me pasó muchas veces cuando me encariñé demasiado con un libro y después me fui a la cama. Generalmente, cuando el libro tiene que ver con muertes. Después me ocurrió que no podía dormir. El sueño, en vez de ser ese deporte confortable que tanto nos pone en perspectiva las cosas (p. ej., ayer soñé que vivía en la luna, y después reflexioné sobre las leyes cósmicas y físicas y todo eso), se vuelve en cambio un calvario que vivimos en carne propia con vivacidad de televisor plasma. He aquí un ejemplo.

De tanto leer y de tanto imaginar situaciones, el sueño se vuelve tan oscuro como una grotesca duermevela. Ayer leí durante una hora y media, con una concentración intensa que no tenía hace meses, ni siquiera (como sería de esperarse) a los apuntes de la facultad.
Si quisiera pasar por erudito, acá cabría una referencia a Borges: cuando leo demasiado intensamente, mis sueños se parecen a los de Funes.
No voy a derretir esta entrada en ejemplos. No es una linda experiencia, y si pudiera explicarla no tendría ganas. Duermo entrecortado y a las tres o cuatro horas ya estoy arriba. Esto es lo que me pasó anoche.

Me di cuenta, a mi pesar, de que cuando me duermo feliz soy capaz de vegetar sin interrupción ni culpa alguna de doce a catorce horas. Si hay cansancio físico (que nunca lo hay, pues llevo una vida más sedentaria que la de un ciprés) este lapso se extiende hasta unas vergonzosas pero plácidas dieciséis horas, tras las cuales me despierto con los ojos casi en compota y unas ganas irrefrenables de asesinar al mundo hasta el café número dos.
Me di cuenta, a mi pesar, de que cuando me duermo con un libro en la mano después de hora y media de lectura intensa mis sueños se hacen insoportablemente reales. Esto debió haber sido común en otro tiempo; sobre todo cuando los jovencitos y las damiselas leían ávidamente libros tenían que ver con muertes. Después llegó la televisión para salvarnos. Dicen que la televisión reacomoda las ondas del cerebro de tal forma que la concentración es mucho más difusa y los sueños se vuelven un simulacro, como si el soñador los viera tras un plexiglás. Esto me vendría bien para noches como anoche.

La televisión no me obliga a esta angustia opresora, como si hubiera pasado la noche en una cama que no es la mía.
La televisión no me impone una angustia de abismo, de hilito suelto que parte la mente al medio si se lo jala.
Lo de anoche no fueron pesadillas; en cambio fue (para ilustrarlo con una cita del mismo libro que terminé de leer anoche) "esa clase de sueño que quebranta el cuerpo en vez de proporcionar descanso".

Y sin embargo, "mientras escribo estas líneas" (como dice cualquier bloguero cursi, y sabemos de sobra qué somos nosotros los blogueros) me siento algo orgulloso de un cerebrito que, tras un cierto entrenamiento, puede crear imágenes de la nada.
De un cerebrito que puede asimilar una pila de datos que tienen que ver con la aguda depresión y la consecuente muerte de una persona que jamás existió y que es capaz de enamorarnos.
Y no sólo eso. Un cerebrito que también es capaz de sensibilizarse hasta el punto de impedirse a sí mismo el sueño saludable. Como queriendo compartir algo, una empatía innecesaria pero generosa, con la víctima dentro de ese monstruo de pasta y tinta que queda sobre la mesita de luz.