26.11.13

Women, pt. 3

1.
Era bonita, como un pecado de amor.
No tendría más de veinticuatro años, de cabellos blondos, de grandes y rasgados ojos grises; ojos con destellos de pecado y cocaína; ojos que tenían un algo de Satán y un algo de Dios, engarzados en profundas ojeras, pinceladas de insomnio, sobre la piel rosa-oro.
Boca pequeña, de labios pintados, tibios y húmedos, dejaban entrever al sonreír sus dientes pequeños y perlados... boca de carmín, tenía ese rictus, embustero, delicioso y un poco canalla de todas las bocas nacidas para mentir y besar; labios de mujer, de boca cansada de besar.
Las manos suaves, afiebradas y húmedas, pálidas y largas, manos de enferma, que ella cuidaba suntuosamente, como las basílicas bizantinas con berilos y caledonias que fulgían cual si fueran pupilas de gatos endemoniados. El escote atrevido, casi siempre exagerado, dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos, ánforas de alabastro tibio, que se adivinaban macizos tras la tenue seda; senos de hembra, senos para besar y morder.
Vestía entre el polvo y los harapos del pueblo, con telas suntuosas: rojo cardenalicio, morados sombríos, negros bordados en oro... y sin embargo, su aspecto era el de una de esas heroínas de novela moderna; un poco romántica, un poco artificial, un poco perversa... que aman el éter, la nafta, el haschisch y las aberraciones de la gran Cleopatra.
Pero lo más divino era su cabello. Aquellos rizos que le enmarcaban las sienes en un nimbo de coquetería, de bertinismo artístico, de oro, enmadejado; cabellera encrespada, como olas magníficas y luminosas.
(El derecho de matar, R. Barón Biza, 1933)


M. Stefford
1905 - 1931


















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2.
Era, en verdad, imposible contemplar más subyugante belleza que la de Marguerite.
[...]
En un óvalo de gracia indescriptible, colocad dos ojos negros coronados por cejas de un arco tan puro que diríase pintado; velad esos ojos con largas pestañas que, al parpadear, proyectan sombra sobre la tez rosada de las mejillas; trazad una nariz fina, recta, espiritual, con ventanillas un poco dilatadas por una ardiente aspiración hacia la vida sensual; dibujad una boca regular, cuyos labios se abrieran delicadamente sobre unos dientes blancos como la leche; coloread la piel con la aterciopelada pelusilla que recubre los melocotones no tocados por mano alguna, y obtendréis el conjunto de aquella encantadora cabeza.
Los cabellos negros como el azabache, ondulados no sé si natural o artificialmente, se partían sobre la frente en dos abundosos bandós y se perdían hacia la nuca dejando ver los lóbulos de las orejas donde brillaban dos diamantes de un valor de cuatro mil francos a cinco mil francos cada uno.
Nos vemos obligados a constatar, sin comprenderlo, cómo la ardiente vida de Marguerite conservaba en su rostro la expresión virginal, incluso infantil, que la caracterizaba.

(La dame aux camélias, A. Dumas, 1848)

M. Duplessis
1824 - 1847


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