29.11.13

Recuerdos de mochilebrio

El olor a lluvia de hoy no era un olor a lluvia normal. Era un plan concebido por la maligna madre naturaleza para golpear, gotita mediante, un sensor en el cerebro: un sensor que activa un archivo de recuerdos, cuyos cajones no podemos controlar. Los recuerdos del cerebro son como una oficina llena de carpetas que vuelan por los aires, y cazamos al vuelo; por acción de tardes así.
Se pasó la tarde lloviendo. Para las seis, cuando el sol bajaba (pero tras las nubes no se nota) el asfalto estaba justamente laminado por gotas saladas y la intensidad del temporal crecía y crecía y crecía. A cada rato eran más gotas. Tenían una pureza de sahumerio.
Hoy las cosas fueron un poco distintas. Todavía no entiendo por qué, pero heme aquí escribiendo esta entrada: sin buscar motivos, me puse a recordar a qué me recordaba la lluvia de esta tarde.
Fue excepcional.. Había un viento frío, a pesar de que ya es noviembre. Un desubicadísimo frío de verano, que sumado a la lluvia destartaló un ordenado almacén de recuerdos que creía más o menos organizados.
¿Organizados? Pensé olvidarme de esta experiencia de mierda, cuando nos ensopamos enteros en una ciudad infernal del sur llena de loros que chillaban. Tres días de puro infierno para el mochilero, en el cual (ni siquiera pudimos mantener la imagen) no podíamos hacer cosas de mochileros como cortar ramitas con cortaplumas o prender un fuego en algún lugar prohibido. Ni siquiera podíamos robar queso de cerdo, porque nos hubiéramos resbalado y caído de culo en el zaguán de la fiambrería.

Esperamos seis horas para que nos levanten y salir de esa ciudad de mierda, pero cuando se hizo de noche nos dimos por vencidos. Habíamos atravesado la ciudad a pie, y todo el mundo sabe que no es fácil salir de una ciudad a pie; lo rigió la falta de experiencia, o la falta de dinero.
Había llegado a su fin una intensa tormenta de tres días que nos agitó la carpa de arriba abajo. Tenía esas nubes de consuelo, tan tranquilas, que embellecen el cielo arrepintiéndose de lo que nos ha hecho. Volvíamos resignados de un mar helado como la muerte misma, que en toda su patagónica belleza nos costó tres días de un camping a precio dólar. A riesgo de pescar una neumonía grande como la ballena franca austral, no nos animamos a sacarnos el buzo polar cuando nos zambullimos en ese espejo salitre.

El balneario estaba desierto. Por la ciudad circulaban, en callecitas apenas empedradas y llenas de barro por una tormenta continua, cuatriciclos de rionegrinos pudientes que tenían balcones a la playa. Nuestro balcón consistía, por el contrario, en un camping sin agua caliente. La mayor parte de nuestra estadía consistió en tomar té sentados en las mesas del oscuro comedor, porque llovía demasiado para salir a explorar la city. Era la segunda vez que acampábamos; la primera había sido nada menos que 1000 kilómetros antes. Digamos que la cosa arrancó prometiendo: rápida, confusa, ensopada, pero con una promesa seductora de señorita con vestido transparentado por la lluvia, que mantiene apenas funcionando una vela con kerosén.
La señorita nos miraba mordiéndose el dedo índice, casi en bolas sobre la calle empedrada. "Vengan, chicos del norte. Ustedes no conocen ni la nieve ni la sal. Les ofrezco playas, montañas, mar."
El sol salía por el este, que es para donde mira el mar. Cada día, el balneario nos sorprendía con un sublime amanecer. Mejor hubiera sido que nos trajera el desayuno a la carpa, pues nunca nos molestábamos en abrir los ojos antes de las once de la mañana. Al tercer día nos cansamos de dos cosas: de la monotonía de ese pueblo hostil, y de su clima de mierda. Dejó de llover cuando estábamos saliendo de Viedma, esperando no volver nunca más.

La ruta es una experiencia increíble. Es una experiencia madre de tantas otras experiencias. O una experiencia-baúl, una experiencia que incluye a muchísimas en su seno: es difícil explicárselo, lector (como toda experiencia es imposible de transmitir, y sin embargo uno se obstina terco como una mula en tratar de relatársela a sus camaradas).
"La ruta" incluye un racconto de diversas cosas agrupables en la misma categoría milagrosa. Un café humeante en la mañana de un pueblo con vista a la cordillera; sentados en un tronco, mirando un mapa rutero como esperando que nos respondiera dónde mierda íbamos a dormir esa noche.
Largas tardes en las que el sol pegaba en la nuca y uno amontonaba piedritas en la calzada, una por cada auto que pasaba de largo.
Y noches que, si el clima inclemente lo permitía, los camiones pasaban junto a nosotros: primero anunciándose con sus faros de trasatlántico, después con un desdén atronador que hacía vibrar nuestra carpa dormida.

Cuando llueve, y el viento frío golpea en la cara, me acuerdo de Viedma no sé si con rencor o con nostalgia. Me acuerdo sus noches frías de pies empapados, pues todo el mundo sabe que las medias deben ser lo último en mojarse y Viedma tenía la puta delicadeza de ponernos charcos en el camino.

Estoy escuchando a los Cowboy Junkies. El otro día los escuché en una película llamada "Natural born killers", donde a lo Bonnie & Clyde una pareja de jóvenes atraviesan el desierto en un descapotable llenando de plomo en la cara de cuanto infeliz se les cruce.
Digamos que mis vacaciones no fueron tan intensas, pero Cowboy Junkies tiene esa mística de ruta, un improbable límite, muy díficil de encontrar en otro lado, entre erotismo y aventura.

Misguided Angel by Cowboy Junkies on Grooveshark

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