3.11.13

Putrefacción pop: la frialdad institucional de cancelar

Activistas feministas hacen cola en Rosario para interrumpir gratuitamente embarazos con una droga: "tengo derecho sobre mi cuerpo" o "saquen sus rosarios de mis ovarios". La discusión es vieja. Pero reflexionemos un momento sobre la grotesca imagen de mujeres y mujeres haciendo fila en hospitales para matar fetos con drogas inocuas. Sólo reflexionemos. Es una imagen que no golpea directamente a la emoción; yo, particularmente, siento más una punzada en mi médula de Huxley.

¿Es que la efusividad de un nuevo discurso, que se asemeja a una revolución (o acaso es la revolución misma) madura y madura hasta volverse reclamo de ley
y madura y madura hasta volverse legítima
y madura y madura hasta volverse de la misma materia compacta y fea de la que se compone aquello contra lo que alguna vez luchó?
Se refieren algunos al mal de la masividad; hordas de gente haciendo cosas porque [...?].

A esto me refiero con un discurso podrido. Las palabras, en un momento dado, se vuelven fruta apestosa traída a menos.
"Apestar": el mal olor se hace perceptible; sin necesidad todavía de ver la fruta, de oírla o de tocarla. Las partículas del mal olor llegan a nuestra nariz anticipándose a su fuente, haciéndonos fruncir la cara en la sospecha de que algo anda mal; confirmación que llegará después cuando la fruta en el suelo amarillenta y con moscas.

La música es el único discurso que no se pudre. La música (liberada de lirismo y de agresividad jamás traducible) es, entre todas las frutas del Edén, el mármol que constituye sus puertas.

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