13.11.13

La mirada

Está en la chica con la que coincidís al abrir la puerta de entrada. Ella se apresura a encerrarse en el ascensor mientras vos, en el lobby, te quedás con el hola en la lengua en pleno rastro de su frutal perfume.
Está en la señora con la que te tropezás mientras ella sale del supermercado con las bolsas en la mano; una señora tan insolentemente tímida para pedir ayuda que te la negaría si se la ofrecieras.
Está en el joven muchacho que, con auriculares en las orejas, sale a pasear a un perro de departamento: un filántropo de vocación, tan harto de su oficio que hace una pausa al calzarse los auriculares.

Está en todos ellos esta mirada tan particular. Una mirada concisa. Una mirada que te recorre de arriba abajo; desde el mechón despeinado que inaugura tu coronilla, hasta la punta mugrosa de las zapatillas tipo converse.
Es una ojeada fugaz, pero lo suficientemente larga para deducir con certeza cómo te vestís, qué hacés, si sos nocivo o corrosivo y cuánto ganan tus padres; si vale la pena saludar o mejor ni gastar saliva.
Es un gesto mudo y desinteresado. Es lo único que en la calle se prodiga. Es un juicio sordo e inapelable, que lo único que tiene es un fino ojo y un filoso acervo de prejuicios criados en el miedo a los otros.

No me duele ni me alegra decir que la mirada es un registro más que eficiente; es una herramienta al alcance de cualquier señora que, al verte, saluda apenas con la cabeza y las dos manos sobre su cartera.
Es una herramienta irreemplazable. No requiere esfuerzo. Es única como una tarjeta de beneficios del Club La Voz. Es de esos registros económicos, tan útiles en la ciudad.
La mirada es el primer golpe de una gigantesca excavadora que sigue abriendo abismos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario