17.11.13

"La cabeza", de C. Bukowski (fragmento)

1.

LA CABEZA
Margie solía empezar a tocar nocturnos de Chopin cuando se ponía el sol. Vivía en una casa grande, un poco retirada de la calle, y a la puesta de sol ya estaba colocada con coñac o whisky. Tenía cuarenta y tres años y aún conservaba una buena figura y un rostro delicado. [...]
Desde la muerte de su marido, había tenido dos amantes, pero las aventuras habían sido esporádicas y fugaces. Parecía que los hombres carecieran de magia, la mayoría eran malos amantes, sexual y espiritualmente. Sus intereses parecían limitarse a sus coches nuevos, el deporte y la televisión. Al menos Harry, su difunto marido, la llevaba de vez en cuando a un concierto. [...] Margie se había resignado, sencillamente, a una existencia sin sexo masculino. Llevaba una vida plácida, con su piano, su coñac y su whisky. Y cuando el sol se ponía, sentía una enorme necesidad de su piano, de su Chopin y de su whisky y/o coñac. En cuanto empezaba a oscurecer, Margie empezaba a encender un cigarrillo detrás de otro.
(Bukowski)



2.
Un poco retirada de la calle, y a la puesta de sol

¿Un patio larguísimo con verde pasto y una entrada para dos autos? Pues Margie estaba casada. La casa de Bukowski era así. Su padre le obligaba a cortar el pasto, y corroboraba brizna por brizna que estuviera absolutamente parejo. Si no lo estaba, lo golpeaba.
"Pull down your pants", decía.
El joven Bukowski obedecía.

Fue así desde los cuatro a los doce años. Él gritaba cada vez. Un día, su padre le dijo:
"Pull down your pants".
Y una vez más, le aplicó una serie de potentes nalgadas, las madres y musas del rigor. Pero esta vez el joven Bukowski no gritó.
Bukowski cuenta que su padre se horrorizó; desde ese día, no hubo más nalgadas.
Esta anécdota es contada por Bukowski en la entrada de su patio (en inglés se llama "lawn", palabra que significa césped y remite al césped frontal de un hogar); señalando a la casa la llamaba cariñosamente "the house of horror".

3.
Parecía que los hombres carecieran de magia, la mayoría eran malos amantes, sexual y espiritualmente

Cuando algo no te llena. Recuerdo una pequeña piscina redonda en el campo que llenaban con agua helada de pozo; yo tenía seis o siete años y no llegaba al fondo. Pero lo que me preocupaba es que mi madre tampoco llegara al fondo. Me sentía totalmente solo, y poco importaba que fuera una piscina pequeña o un vasto océano; la posibilidad estaba de ahogarme igual. Su tamaño no importaba, sino su profundidad: la profundidad es lo que mata. A la larga uno se pone a pensar toda el agua que necesitaría esa respetable piscina para ser llenada; no mucha en comparación con un vasto océano, pero capaz de ahogarte igual.
En esto consiste el respeto que le debo a la gente compleja.
Piscinas para ahogarse.

4.
Se había resignado, sencillamente

Las teclas de un piano sonando claramente en un living room que se está oscureciendo; una repisa polvorienta, un vitreaux, acaso un gato.
Las teclas de un piano accionado por Margie; viuda joven, buena figura y rostro delicado.
Las teclas de un piano accionado por Margie que en un arranque de sana entrega había tenido la lucidez de decidir solamente corresponder al amor las teclas de su piano.
Siempre hay un roto para un descosido, pero bienaventurado aquél que no fuerza las situaciones.

5.
Y cuando el sol se ponía,
sentía una enorme necesidad
de su piano, de su Chopin

Un buen comentario no puede prescindir de un par de tecnicismos, pero el lector debe adecuarse a ellos como si fueran una anécdota, no la palabra de un especialista:
El aspecto iterativo se opone al aspecto puntual. Es una característica del verbo.

El aspecto puntual es una acción concreta en el tiempo:
"El sol se puso", "ella sintió la necesidad de".

El aspecto iterativo, por el contrario, es la repetición que revela una costumbre; el verbo permite poner el énfasis en esta costumbre y no tanto en la acción realizada.
(Cada vez que) "el sol se ponía, ella sentía la necesidad de".

El aspecto iterativo tiene algunas ventajas sobre el aspecto puntual a la hora de estetizar una narración.
El aspecto puntual nos cuenta la historia de una mujer que, un día, al atardecer, sintió la necesidad de escuchar a Chopin y tomar un whisky.
El aspecto iterativo nos cuenta la historia de una mujer que, solitaria viuda de rostro conservado y figura esbelta, resignada a una vida sin la compañía masculina, al atardecer, necesitaba (¿obstinación? ¿constancia? ¿rutina?) a Chopin y al whisky.

El aspecto iterativo nos indica el sol bajando todos los días y sus consecuencias; espero que el lector tenga la sensibilidad de reconocer esta maravilla.
El aspecto puntual nos sitúa de lleno en la noche con el sol ya puesto; no priva a Margie de su whisky, sino a nosotros del placer de conocer las costumbres de Margie.

6.
Con este cuento entiendo que los fenómenos emocionales que me parecían naturales a los 16 años, cuando en el ocio del verano se me daba por tirarme en el piso a escuchar un blues al anochecer, en realidad son la repetición de una historia ajena. Este cuento fue publicado en 1983, 10 años antes de mi nacimiento. Hoy Margie tendría setenta y tres años, si siguiera viva después de tanto whisky.
Margie y yo, y quién sabe cuántas otras personas, mantenemos vivo un ciclo de solitarios mediante una operación de reencarnación; que seguramente no empezó con Margie ni terminará conmigo.

FIN.
"Siempre hay un roto para". Margie: a mi modo (un modo naïve, un modo adolescente, un modo que prescinde del whisky y del coñac y de una renta mensual de dos mil dólares, más aún de la viudez y de la soledad), entiendo tu necesidad y la reivindico entre tantas necesidades inútiles, falaces, perversas, imaginarias, obsesivas, escondidas, hipócritas, obsecuentes o de plástico.

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