10.11.13

Blues para Ike

Ike. Me acuerdo que de chico me sorprendía el mutismo de Santana, que tocaba la guitarra pero no cantaba. Eso para mí era una aberración, como los CD's que no traían ni las letras de los temas, sino apenas una foto de la banda haciéndose la narcicista, a veces ni eso. El rock era una figura estándar con funciones bien marcadas; no importa si bien o mal, pero cantar era normal. Más o menos laxa, ésta era mi postura.

Ike.
Una vez hasta le pregunté a mamá "mamá, ¿Santana es mudo?"
"¿Por qué, hijo?"
"No sé. No canta nunca."
Peor que nunca. En este tema puede escucharse a Santana apenas tartamudeando algo como mamumamamachuma en una voz muy grave mientras Wyclef Jean canta otra cosa. Esto era, para mí, la prueba final de su mutismo. Los mudos o no hablan, o emiten unos soniditos guturales que no comunican nada. Acaso el mutismo de Santana, del que se le habrán reído mucho en la escuela al pobre, era la razón por la cual decidió no cantar nunca y agarró como consuelo una guitarra. Si la logró dominar con maestría o no, no importaba; Santana lidiaba con la cruz de su fracaso.

Ike. El mutismo, ¿discapacidad?
La palabra del mudo no puede expresarse. Al no poder hablar, Santana se habrá guardado muchas cosas en la boca.
Quizás Santana tuvo alguna especie de diario personal en el que escribía todas las cosas que no podía decir a nadie. Nunca se me ocurrió pensar eso. Acaso daba por sentado que, mediante su guitarra, él decía todas las cosas que no podía decir con lengua, labios y dientes.
Hoy no cabe duda de que Santana no quiere cantar ni lo necesita. Pero en ese entonces, era todavía inconcebible para mí. Bastaba este fino rasgo para hacer de Santana un músico sui generis. Porque aparte, Santana no es el nombre de su banda; Santana es Carlos Santana, Santana es sólo él.
¿Cómo entonces es que, él estando solo, no canta ni le interesa cantar? ¿No es un músico monstruosamente incompleto?

Ike. ¿Santana era dis-capacitado?
Palabra hoy por hoy en tela de juicio.
En realidad, hoy por hoy tela de juicio significa más bien "indianajonesiana búsqueda del eufemismo más apropiado".
Merced a esta búsqueda y en defensa de Carlos Santana: él parecía mudo, pero hacía muy bien otras cosas; entre ellas, tocar la guitarra. Mi profesor de guitarra decía, por ejemplo, que tenía un muy buen vibrato.
Tenía los cinco dedos puestos sobre el mástil y sacaba de él sonidos que iban del voltaje al sedante; su guitarra, bermeja y carísima, acompañaba dignamente a músicos como Maná y Rob Thomas, allá a finales de los noventa.
Tenía los cinco dedos puestos sobre.

Ike.
Estoy muy exhausto y muy ocupado para una nota biográfica extensa, así que voy a recurrir a un libro de mi biblioteca que resume más o menos bien lo que yo me abstengo de contar, así puedo pasar a otra cosa; más específica, lo que particularmente nos atañe aquí y ahora, bajo esta mansa lluvia.
Nació en una caravana de gitanos. Pasó sus primeros años en los caminos de Bélgica, acompañando con el banjo los bailes de un oso y una cabra.
Tenía dieciocho años cuando su carreta se incendió. Quedó más muerto que vivo. Perdió una pierna. Perdió una mano. Adiós al camino, adiós a la música, dijeron los médicos. Pero recuperó la pierna, cuando se la iban a amputar, y de la mano perdida consiguió salvar dos dedos. Y con esto le alcanzó para convertirse en uno de los mejores guitarristas de toda la historia del jazz.
Había un pacto secreto entre Django Reinhardt y su guitarra. Para que él la tocara, ella le daba los dedos que le faltaban.
(Eduardo Galeano, "Resurrección de Django"
en "Espejos", pág. 246) 

La mano izquierda de Django Reinhardt, la que se ubica sobre el mástil de su guitarra, tiene tres dedos encogidos sobre la palma. Si uno ve una foto de Django Reinhardt tocando la guitarra, parecería que siempre está haciendo un extraño acorde de sólo dos notas: ése acorde bifalángico, mucho más limitado que el acervo de sonidos que posee Santana, le alcanza.

Ike. 
Santana y su mutismo. ¿Qué dejamos para este pobre guitarrista gitano? Que aparte de no cantar nunca, tiene tres dedos encogidos sobre el diapasón. No sabemos qué palabras tiene para decirnos; apenas los títulos de sus canciones prefiguran un ambiente, que jamás adivinamos con palabras. "Chez moi a six heures" o "September song" no son palabras que conformen precisamente un relato. Mutismo extremo. ¿Qué necesitamos para tener un relato?
¿El relato hecho?
¿O precisamos más bien eso que sugiere la guitarra de Django Reinhardt; eso que, fertilizado por el estímulo de una imaginación suave como un perfume, produce casi accidentalmente su propia historia?

Es así que "Canción de septiembre" es una extraña melodía que solía escuchar, conmovido, bajo los árboles moribundos de mayo. Es así que "En mi casa a las 6" es una crónica única del encuentro con una mujer, estipulado a las 8 de la noche, en un bar del centro de Corrientes.

¿Sonido universal?
Discapacidad + mutismo. Tres dedos que producen una melodía sin igual; pues, habiendo sobrevivido al fuego, no le queda a Django sólo la habilidad (que ya es bastante), sino algo todavía más importante: el estilo.

Éste es un blues para Ike. No es un blues, y se lo dedico a Django Reinhardt.

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