7.10.13

Traveller Health Care para tontos paseantes

Ante cualquier sufrimiento hay, al menos para mí, una cura milagrosa. Todos tenemos algún fetiche que sirve de cura, un placebo romántico que nos sirve para enfrentar la dura realidad. Las ideas románticas sirven para cuando la realidad, que tiende siempre a ser gris y monótona, se vuelve un ciclo que no sale de sí mismo. Pero ojo. Cuando uno decide al fin recurrir a estas curas, ni siquiera terminan siendo románticas: esta clase de ideas son las que nos permiten dejar de tomar tan en serio al tiempo presente, lo que implica siempre dejar de sufrirlo tanto.
Pongo un ejemplo.

En un día particularmente malo (por motivos diversos: a saber, una nefasta jornada en el trabajo, una nefasta jornada en el estudio, una nefasta jornada amorosa, una nefasta jornada social, una nefasta jornada en la verdulería, en la panadería, en el colectivo, en el supermercado, una nefasta jornada en la ciudad, siempre tan impredecible, multitudinaria, hostil, diversa, fría, apática y poco condescendiente) siempre me calma caminar hasta la terminal, que (como plus) queda a sólo una cuadra de mi casa.
Recuerdo un día que estaba particularmente hastiado de convivir con mi hermana y mi gato, y me fui a medianoche para sentarme frente a las plataformas. Era agosto y hacían creo que tres grados. Me arreglé con poco abrigo para andar liviano y ni siquiera me llevé el celular. Había pocos colectivos a destinos claves: Caleta Olivia, Cataratas, los eternos Buenos Aires. Apenas andaban los vendedores de DVD's piratas, con uno de los cuales compartí un cigarillo escuchando una perorata en portuñol sobre las putas de frontera.
No voy a decir que la terminal es un lugar mágico, porque cualquiera que haya estado en una terminal puede desdecirme con todo motivo. Las terminales suelen ser un depósito de colillas de cigarillo de pasajeros hiperventilados, y lomitos grasosos vendidos a precio dólar; el gran Paulo Coelho decía a propósito de Ceuta que los puertos están también llenos de ladrones. La terminal puede ser el más terrenal de los lugares, pero su magia consiste en que es un lugar de tránsito.
Todos los viajantes llegan a la terminal para abandonarla. Qué cosa más concisa que el nombre de la terminal de Buenos Aires: Retiro. Uno va a la terminal para llegar o irse, nunca para permanecer. De manera que en el momento de pisar una terminal, uno está atravesando un cuestionamiento de la propia pertenencia al aquí o al allá; todos los lugares, llegado el momento, se vuelven relativos. La única urgencia es o no perderse el colectivo, o no perder los bolsos en el despacho.

Aparte de ser un lugar de tránsito, la terminal está teñida, casi diría condecorada, con una infinidad de nombres que constituyen destinos potenciales. De manera tal que, caminando por los pasillos con boleterías, uno aprecia sus conexiones: desde Mendiolaza a Puerto Madryn. Cualquier persona puede estar yendo a cualquier lugar por motivos que no dan más de diversos.
Esto permite poner la vida de uno en perspectiva, pues bien podría estar desenvolviéndose en cualquier lugar de la Argentina (estamos hablando de una terminal de colectivos y no de aviones; en este caso, correspondería decir "cualquier lugar del mundo", pero yo nunca pisé un avión). Es difícil convencer al lector de este sentimiento, pero lo insto a hacer él mismo la prueba: es imposible ir a la terminal sin sentir que la transición de los otros es la transición de uno mismo. Pues en las terminales el todo es transitorio, es de tránsito. Si uno se sienta en un banco el tiempo suficiente, no ve el mundo entero; ve las distintas caras que conforman muchísimos mundos, muchos conocidos y muchos oscuros; diversos destinos, de ida y de arribo, que conforman una masa informe de historias que podrían ser la de uno; nunca dan cuenta de la totalidad del mundo, porque en las terminales no hay mundo: hay pequeños destinos.

Esto me funciona, como he dicho, para poner las cosas en perspectiva. Porque los problemas de uno suelen estar asociados al lugar donde vive uno; y trascender las fronteras, duras pero volátiles, de ese lugar donde vive uno, es trascender también los problemas. Los problemas sencillos como alquileres, novias, traiciones. Ir a la terminal para despejar la cabeza es pensar que las cosas podrían ser fácilmente de otra forma, porque uno podría fácilmente vivir en otro lado. Todo está asociado, en última instancia, al lugar de los amores y los desamores; o de la rutina inviable, o del encierro, quizás, en última instancia, Córdoba o las grandes ciudades son también las tierras del estrés. No les dolería si nos fuéramos, pero a nosotros tampoco nos dolería irnos. Quién no ha jugado con esa idea, a pesar de considerarla utópica las más de las veces. Pero es terapéutica, y si no me creen hagan la prueba. Porque ya lo dicen los científicos: el optimismo tiene más propiedades que las semillas de quinoa.

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