20.10.13

Pater pateris

1.
Joseph-Francois Baudelaire, ex sacerdote que había abandonado los hábitos, se casó en 1797 con Jeanne Janin, con quien tuvo un hijo en 1805, Claude Alphonse.
Después de la muerte de su mujer, se volvió a casar en 1817 con Caroline Dufayis, mucho más joven que él. De esta unión, nació el 9 de abril de 1821 Charles Baudelaire.
A los seis años, murió su padre y Caroline Dufayis se volvió a casar, al año siguiente, con el comandante Jacques Aupick.
La infancia de Charles Baudelaire se desarrollará según los destinos del comandante.
En 1830, ya teniente coronel, se le destina a Lyon para reprimir los motines; allí se instala con su mujer y su hijastro en 1831.
Cinco años más tarde, el ya coronel Aupick vuelve a París, y Baudelaire ingresa como interno en el Liceo Louis le-Grand donde obtiene premios de versos latinos. Es alumno brillante, aunque poco disciplinado y nada conformista; por estas razones, se le expulsa en 1839, aunque aprueba el examen de bachillerato superior. En esa época, el coronel Aupick es ascendido a general de brigada.

El 21 de septiembre de 1844, el consejo de familia decidió que, en adelante, percibiría una pequeña renta mensual de 200 francos. El notario Ancelle fue el encargado de llevar sus intereses económicos. Baudelaire reaccionó violentamente; se sintió humillado y este sentimiento le acompañaría hasta su muerte.
Las jornadas de la revolución de 1848 (24 y 26 de febrero) ven a Baudelaire en la calle, gritando que hay que matar al general Aupick.

2.
"Un muchachito heredó de su padre solamente un gato y gracias a ese gato se convirtió en alcalde de Londres. ¿En qué me convertiré yo, gracias a mi animal, gracias a mi herencia? ¿Dónde se extiende la ciudad ilimitada?"
(Franz Kafka - Cuadernos en octava - Segundo cuaderno)

3.
Tener ídolos es una enorme responsabilidad. Es tener que venerarlos y complacerlos todo el tiempo. Tener ídolos es buscarse un armazón ético; deber hacer tal o cual cosa. Una serie de acciones prohibidas y recomendables. Y no sólo cuando el ídolo anda cerca, sino siempre. Porque, si queremos ser un Gregory House, ¿cómo no dedicarnos todo el día a estudiar enfermedades virósicas y gramáticas del chino mandarín?

Al final del día (del mes, del año, de la vida - depende cuánto hayamos perseguido al ídolo) no quedan energías para ser uno mismo. Y si quedan, lo que faltan son ganas. Pues para qué ser ese pusilánime en su terruño... que no sirve para nada, ni para médico, ni para políglota, ni siquiera para buen misántropo.

Uno sacrifica un bagaje de magia y vivencias y carácter, todos propios y de uno, con tal de ser escudero de alguien. Olvidando que ese alguien bien puede ser un hidalgo loco que se golpearía la cabeza hasta morir contra un ventilador de un parque eólico. O simplemente un truhán. O un palurdo sui generis. O simplemente un eslabón más en una larga cadena de escuderos que finaliza quién sabe dónde; acaso en un místico muerto, igualmente inútil.

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