1.10.13

La vida como Bildungsroman, pt. 1

Las moralejas mediante refranes y analogías raramente me convencen. Las siento nombrar cada tanto... "un libro es un amigo", "un amigo es un tesoro"; "el tiempo es dinero" y por lo mismo el tiempo es un tesoro; ni hablar del tiempo que pasamos entre amigos o leyendo libros. Si uno se guía por todas estas analogías trilladas pero aparentemente tan revolucionarias, nada hay de malo en el mundo ni puede haber: todo es increíblemente bello. Basta un libro y un amigo para ser feliz aunque los impuestos se acumulen bajo la puerta. Me alegra que estos refranes armados existan; a mí no me dicen nada, pero las señoras que los comparten en Facebook se llenan de optimismo y esto, dicen los científicos, alarga la vida, estimula el sistema inmune... tiene más beneficios que las jodidas semillas de quinoa.
No hay muchos de estos refranes que yo adopte. Duramente reconocí lo que dice el Principito: que la palabra es una fuente de malentendidos. Hay muchas cosas en la mente de uno que no se pueden comunicar, no importa cuán obstinadamente se intentare - esta obstinación se llama filosofía y mueve una cierta cantidad de dinero que va a parar a las editoriales. Una porción de la sabiduría, la sabiduría comunicable, impone respeto; también es, en comparación con la otra, muy escasa. En su propia mente uno es genio y rey. Uno manda según principios tan efectivos que no importa si los otros los respetan. Eso sí: cuando uno quiere explicar esos principios, es virtualmente imposible no quedar como un estúpido, como un pedante o como un verborrágico sin decoro.

No obstante este gran río de mierda que separa dos almas una de la otra, una vez escuché una analogía de estas que terminó de convencer esta mañana, después de una larga digestión. Esta explicación la escuché de un amigo, que se la dijo un amigo, que posiblemente lo oyó de alguien más. Esta explicación tiene que ver con un hecho concreto: el hombre intentó relatar repetidas experimentaciones con la sustancia psicodélica más poderosa del mundo. (Estos 'viajes' son una de las cosas más difíciles de describir, como el amor o la saciedad después de una paella).
A lo largo de varias sesiones, cada uno de seis o siete horas completas, el tipo pudo entender una cosa. Prueba de que la pudo entender: la pudo transmitir sencillamente. No sé del tipo más de lo que he oído de él, que es muy poco. Sin embargo, su explicación me parece sensata y no dudo en atribuírsela a (esto lo explicaré después) alguien que efectivamente vivió lo que dice que vivió, sobre todo porque lo vivió varias veces.
"Un viaje con ayahuasca es como un tren que va rapidísimo. Ves [toda tu mente, toda tu vida, no me acuerdo qué dijo] en fragmentos breves, y no podés detenerte a apreciar los detalles porque las imágenes de las ventanillas pasan muy rápido. Pero a medida que viajás tres, cuatro veces, el tren va yendo cada vez más despacio. Empezás a entender más. Empezás a observar lo realmente importante, con más detenimiento, con más paciencia, con más tranquilidad. A la larga, terminás aprendiendo más en varios viajes que lo que hubieras aprendido subiendo al tren una sola vez".
Cuando escuché esta explicación, me pareció sumamente sensata. La sensatez es una virtud que uno obtiene, como quien desbloquea un nivel en un videojuego, después de un arduo proceso de interiorización de lo aprendido... proceso que personalmente no conozco, no puedo describir y jamás viví. Puedo testificarlo apenas con un puñado de aforismos de los cuales quiero citar dos.
Uno creo que es de Einstein. "Para saber que has aprendido algo, intenta explicarlo con palabras simples. Si no puedes explicarlo con palabras simples, no lo has entendido bien."
Otro es de Nietzsche. "La profundidad del pensamiento pertenece a la juventud. La claridad de pensamiento pertenece a la vejez".

Voy a formar un modelo hipotético.
1. La experiencia. Esto es, haber vivido algo, cualquier cosa, la suficiente cantidad de tiempo o la suficiente cantidad de veces como para haber aprendido realmente algo de la vivencia. Como el tren de la ayahuasca, más sirve haber estado mucho tiempo metido en algo; se aprecian más cosas, a la vez que se aprecia también lo importante y se deja lo secundario al margen. Lo secundario tiende a desvanecerse; lo importante conforma la sabiduría. A la larga, la sabiduría es precisamente eso: reconocer las cosas realmente importantes y en base a ellas organizar la vida.
2. La sabiduría. Que ya no tiene que ver con algo sucedido, sino con la digestión que cada uno hace de lo que le sucedió; digestión particular en cada individuo, que se relaciona con las experiencias anteriores y condiciona las experiencias del futuro. En esta parte del esquema se destilan estos conocimientos que se reconocen importantes y los otros, merced a una enorme economía (de la que Funes el memorioso dolorosamente carece), se diluyen.
3. La sensatez. Las pequeñas sabidurías derivadas de las pequeñas experiencias conforman una red, que va haciéndose más grande y más densa a medida de que pasan los años. Esta red de pequeñas experiencias pasadas es a su vez una novedosa experiencia, que la introspección del tipo reconocerá como tal. Es lo que se ha dado a llamar "la vida". La vida es un conjunto de experiencias. Ver hacia atrás en la vida y entenderla, es la suprema sabiduría. Es la mayor sabiduría a la que puede aspirar un sujeto en relación a uno mismo; probablemente, no le sirva de nada al prójimo. Lo que el prójimo considera valioso se llama en realidad "conocimiento", y tiende a parecerse más bien a una divisa o a un bien de mercado.
La consecuencia última de esta sabiduría suprema es la sensatez. La sensatez, la moderación, la calma de la senectud, son todos sinónimos: es la tranquilidad de quien ha cumplido satisfactoriamente con todos sus ciclos. Quien ha aprendido muchísimo, no puede apurarse pues sabe que la vida en realidad no apura; el tren ya pasa demasiado lento para él. Nada hay en el futuro que sea inaprehensible o nuevo, y por lo tanto más le valdría a uno tomárselo con soda, sin atragantarse.
La sensatez tiene como feliz consecuencia la falta de emoción violenta, la falta de ambición y la destacable posibilidad de abstenerse de emitir juicio cuando éste sea necio. Quien ha visto muchos necios, y quien sabe cómo terminan los necios, sabe también que no quiere ser un necio; sabe también cómo no ser un necio.

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