19.10.13

El salto encantado



Uno de los parques naturales de los cuales estoy más orgulloso como paisano se encuentra en el centro de Misiones, provincia del extremo oriental argentino que linda con Paraguay y con el Brasil.
Cuando ya se han visto las Cataratas, los saltos del Moconá, las famosas minas de Wanda (en las que nunca estuve) e incluso el hito de la Triple Frontera (algo que no da más de interesante: dos ríos que se cruzan pariendo tres países y fin de la historieta), Misiones sigue reservando sorpresas. Es una caja de Pandora con una forma que evoca una leve reminiscencia fálica. Sería una falta de respeto omitir tres o cuatro de sus paisajes, y no hacer un paréntesis para mencionar a su gente, a sus costumbres, a su productividad económica consistente en yerba mate, turismo y piedras semipreciosas e incluso a lo mucho que llueve todo el año (un camping en Misiones es como hacer windsurf en la luna). Voy a incurrir en esta falta de respeto. Quiero hacer un folletín turístico, y que salga lo que salga.

Un turista avispado y listo que se precie como tal no puede perderse el Salto Encantado a seis kilómetros de Aristóbulo del Valle. Su nombre cursi es un tributo moroso a algo que en realidad es inefable: para ahorrarse una serie tosca de diez mil adjetivos, diremos que el Salto Encantado consta de un copioso arroyo en una caída libre de 60 metros. Toneles de litros y litros de agua forman arco iris a medio camino en su caída, para terminar en un estanque verdoso en el cual se amontonan la vida salvaje: los nenúfares, los grillos. Su acción desencadena un trueno constante que hace temblar los dientes, y más allá de donde nosotros podemos ver (pues se pierde en la inmensidad de la selva) el arroyo no recibe visitas para conservar la seguridad del buen visitante. Combinada la peligrosidad de la Madre Naturaleza con su belleza, como una mujer que sostiene entre sus labios carmín una navaja con filo, se han cercado 706 hectáreas que lo rodean acondicionándolas a las necesidades de los turistas con baños limpios y snack bar, como quien quiere disimular el fracaso de domar lo indomable.
No quiero dejar de prevenir que es un torrente como los que no se ven en ningún otra provincia de la Argentina: Misiones es un paraíso. Nada de esos ríos que tienen agua dos días por año, cuando el resto andan apenas serpenteando entre roquitas sucias de polvo que parecen embajada marciana. Este es un arroyo donde cualquiera está a merced de morir descuartizado por unas piedras que dibujan el contorno de un locus amoenus. Con valet parking. 

Estuve una hora entera en el bosque buscando un trébol de cuatro hojas, con profunda inspiración. Escuché los sonidos a mi alrededor, música tan honda como jamás volví a oír desde entonces. Creo que tampoco volví a ver tanto verde junto. Soy un bicho de ciudad. En las ciudades nos perdemos en los senderos señalizados y no pasa mucho tiempo hasta que dejamos de entender por dónde podemos caminar y por dónde no; a veces, ni siquiera puedo diferenciar mi casa de un shopping mall. En Aristóbulo del Valle pasó lo mismo. Pronto me alejé del sendero. Y vi croar desde su refugio, arbusto enano, tres ranitas que bailaban entre los tréboles. Demás está decir que no encontré ninguno de cuatro hojas. Acaso porque no cabía más buena suerte.

Salto Encantado. Haga valer su visita a la Pandora de las provincias argentinas. Después habrá tiempo de conocer el mundo tal como lo entiende Posadas, ciudad (como otrora dije) ideal para jugar a las visitas.


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