7.10.13

De la opinología

Me puse a pensar sobre un tema trillado, a propósito de un debate caricaturesco entre dos personajuchos en boga de la actualidad argentina. Un debate brillante y fluido, que tuvo mucha repercusión en las redes sociales (cosa que en la Argentina suele probar, la más de las veces, su irrelevancia). En el lado derecho del ring tenemos a Feinmann (o 'el facho'), barba candado y corbata con rayas diagonales, conduciendo un panelito quién sabe cómo en C5N horario central. Del lado izquierdo tenemos a Malena Pichot (o 'la progre'), lúcida intelectual y showgirl fulltime de standup y Vimeo con característicos lentes de los años '50 y labia de mosca muerta. El tema más largamente discutido fue en torno a las drogas, en particular la marihuana. Este video fue particularmente trascendente porque, como en las mejores comedias de estereotipos, estos dos personajes exageraron tanto su posición que era imposible no identificarse con alguno de ellos y, por lo mismo, terminar detestando al otro.
Gran parte de esta polaridad casi paródica (lamentablemente no fue realmente una parodia, sino una nota seria en un canal de periodismo serio, al aire en vivo) se debía al mismo Feinmann, quien, en una posición que yo mismo he escuchado de tíos y abuelos, condenaba a los consumidores de marihuana desde una óptica sencilla y económica: "no te estoy preguntando cuánto fumás, si fumás a veces o no: si fumaste una sola vez, ya sos consumidora."
(Aquí Pichot estalló en risas, para calmar los ánimos de todos los marihuanos que veían el video tirados en sus colchones y ya habían empezado a indignarse; desgraciadamente, no pudo refutar este impecable argumento por esta risa incontenible. No ponemos empero en duda su lucidez, perdonándole esta risa tentada debida a sus nervios frente a la cámara o al mismo abuso de la marihuana).
El argumento de Feinmann no fue de alguna manera impecable, pero esta cuestión quedó en ese momento sin dilucidar. Estas cuestiones suelen quedar flotando y no son percibidas por todos; de ahí que las opiniones al respecto de esta entrevista mediocre y grotesca hayan sido tan dispares, pero en general no hayan traspasado el asunto marihuana. La cuestión de este absolutismo blanco-negro, banderín de Feinmann y de tantos otros (calificables a la ligera como 'fachos inofensivos', al estilo Pichot) me quedó realmente haciendo ruido en la cabeza. Procedí a una sana digestión, como hago siempre con lo que escucho y me suena raro; empezando con ensayos de contra-argumentos que opondría al propio Feinmann, si la vida me diera la chance.

Le preguntaría si en la primera nota que hizo a cualquier pelmazo que se le haya cruzado, él ya se sentía periodista. Opondría su señorial y orgulloso 'sí' a una experiencia propia: yo no, señor; me han tocado hasta ahora tres eventos que cubrir para una revista cultural local, y todavía no caigo en la soberbia masturbatoria de considerarme un periodista. Ni siquiera estoy contando con tener un título de periodista, que en sí mismo tampoco garantiza nada: pero por lo menos, el título es fruto de cuatro o cinco años de esfuerzo sostenido, casi diría obstinado. La primera nota no hace al periodista, tenga estudios o no. Un solo hecho individual casi nunca define nada. Mucho menos la identidad de una persona, o su oficio de por vida. Quién no ha manipulado dinero para comprar chupetines en el kiosco, y sin embargo no anda por ahí diciendo que es tesorero o contador.
En términos que pueden confundirse fácilmente con una praxis filosófica (de la que no quiero hacer alarde aquí, porque me da un poco de náusea sartresana) "el hacer no define al ser". Tampoco sé si esto es absolutamente cierto, así que mejor sería definirlo de una forma menos grandilocuente: "lo que hiciste una vez, como hecho aislado, no te define", o lo que es mejor, "no sos las pelotudeces que hacés, ni siquiera regularmente; menos todavía las pelotudeces que hiciste una sola vez". Agrupando dentro del mismo montón, naturalmente, fumar marihuana, contar dinero, hacer notas periodísticas; leer el Quijote, acariciar un perro, tomar whisky solo y triste. Sin embargo, hay cosas nobles y cosas infames. Así, cualquiera que alguna vez haya tocado un libro de Orwell (caso bien real: está comprobado que la mitad de los que dicen haber leído 1984, en realidad no lo leyeron) ya se apresuraría a definirse como "ávido lector"; cualquiera que haya salvado un perro de la calle ya se definiría como defensor de los animales, corriendo al mercado norte para dar cuenta de su súbito veganismo; cualquiera que haya fumado un porro alguna vez es para Feinmann un drogadicto sin solución, porque fumar marihuana es para Feinmann un pasatiempo execrable.

Querer (ser) todo ya. Falacia enorme de la posmodernidad o quién sabe de quiénes, desde cuándo, debido a qué cosas; falacia alimentada por nuestra propia soberbia de querer ser algo nuevo constantemente, algo que el mundo no haya visto o (lo que es más grave) que sí. "En este mundo de rápidos cambios", fórmula elocucional estándar y tan útil, cuenta lo que hayas hecho una vez para definirte; cuenta hasta el momento en el que te aburras de ser culto, vegano, rastafari, periodista, carpintero o hare krishna.
Argumentos al estilo del señor Feinmann me parecen no nocivos, sino llanamente estúpidos. El otro día hice una elogiosa nota a todos aquellos viejos que son testimonio vivo de una experiencia de vida sobre la Tierra; opuestamente a este encomio a la experiencia, tenemos el argumento de este boludo, y de tantos otros boludos, que dicen que un hecho aislado basta para "ser", bueno o malo. Juicio liviano. Convicción germen de lo que pasa en los domingos, cuando al tío sin hijos se le calienta el pico con vino en la sobremesa: de repente se forman paneles de debate donde todos son duchos en una materia. Creo que esta soberbia no es nueva; pero este ensalzamiento a los principiantes (gentileza Feinmann y afines) les arma de una peligrosa autoridad que más valdría dar en préstamo al escéptico, así signifique un poco más de silencio en los asados.

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