26.10.13

Bob Dylan: detonante de la explosiva curiosidad primaveral

Hace poco me enteré que había gente interesada en postular a Bob Dylan para el Premio Nobel de la Literatura. La alternativa pareció demasiado osada; al fin y al cabo, Bob Dylan no es una cuentista canadiense que abandonó la literatura como oficio el mismo año de su consagración. Por una serie de cuestiones, si se quiere extra-literarias, como el hecho de no participar de Talleres de Literatura Potencial junto a los popes de su época (Tournier o Sollers) sino de cantar sus poemas, contundentes sí, como hacían los griegos pre-Nobel: con una guitarra frente a su auditorio.
Estos poemas cantados viran con un espectro de temáticas variadísimas; en muy pocos casos no expuesta en forma muy original. Consenso: Bob Dylan no sería Bob Dylan sin su letra; sin ella, no pasaría de ser un nuevo Woody Guthrie. Su primer disco se basó casi enteramente en canciones folk americanas salvo dos excepciones. Este joven Bob Dylan del primer disco no es el que todos conocemos, pero se percibían en él los gérmenes de la posterior corrosión de la que él sería agente.
Esta lírica, tanto en la dureza crítica como en el humor irónico, es cuanto menos muy elocuente. Bob Dylan es capaz de una versatilidad monumental. Un tipo que puede conmover nuestra ira con Masters of War puede hacernos reír con el mismo esfuerzo, si uno presta atención a la letra del sueño 115 de Bob Dylan.
Este personajillo (dicen que mide poco más de metro cincuenta) es célebre por su arrogancia y su irreverencia, alimentada por la opinión pública, de la que hizo alarde desde 1962 hasta un doloroso accidente en motocicleta que le bajó los humos. Dicen, no lo sé, que luego del accidente tuvo lugar su producción más floja; que, al menos sin ser mala, mi viejo Bob Dylan ya no era lo que solía ser.
(No me entretuve en comprobarlo. Hay un gran bache cronológico en mi interés en Bob Dylan desde 1968 hasta el 2013; salvo una excepción clave: Isis. Dudo que haya abandonado su calidad lírica así como así, e Isis es la prueba cabal. Metáfora del matrimonio: un largo viaje en tren hacia el frío oeste, junto a un tipo que llevó al narrador lo suficientemente lejos antes de hacerle cavar su tumba.)

Fórmula gloriosa: lírica delirante y actitud irreverente.
No me refiero a sus canciones de crítica social (tan ácidas que rompen el corazón del hombre menos comprometido; aunque desde luego, la euforia militante se disipa pronto sin consolidarse).
Cuando digo lírica delirante me refiero a sus canciones humorísticas. Éstas relatan situaciones que sobrepasan descaradamente el absurdo y tienen por protagonista principal a Dylan, campesino y americano. Creo que los ejemplos más patentes de esta lírica delirante están en el disco Bringing It All Home, que al principio la crítica consideró pura mierda. Es, efectivamente, el primer disco en el que Bob Dylan se decide por un sonido eléctrico que al principio no puede manejar (lo demuestran horribles presentaciones en vivo en el que toca Maggie's Farm junto a un guitarrista que, aparentemente duro de merca, tiene la guitarra ecualizada para el lado de los tomates).
En canciones como Outlaw Blues son sensibles los ecos de su arrogancia y de su irreverencia.
"I might look like Robert Ford but I feel just like Jesse James!". Sugerencias a sus lentes negros cuadrados, característicos tanto en él como en Andy Warhol (otro caradura), a un racismo incipiente, no se sabe si irónico o real, y una también ambigua misoginia. Llevarse el mundo por delante es la consigna. Él ataca: y él tiene las armas. En Masters of War lo expone clarito, oponiendo su arma (la denuncia del tipo que conoce la maldad diabólica de sus enemigos) a las del diablo: los fabricantes de armas del mundo entero. Un presentador dijo: "Un genio crea sus propias reglas, y Bob Dylan es un genio".
("Although the masters create the rules for the wise men and the fools...", suele cantar también en vivo).

Las conclusiones personales empiezan aquí, y el lector no está obligado a leerlas.



No sé por qué, pero es en primavera cuando empiezo a escuchar ferozmente a Bob Dylan, este es ya el tercer año. El resto del año, no le doy mucha bola. Los ciclos se suceden con fidelidad feroz: en otoño es B&S indefectiblemente; en verano, siempre me acerco tímidamente al pasado.
La razón que se me ocurre es que la primavera y Bob Dylan comparten ese tinte de poderosa renovación. Bob Dylan tiene las canciones que recomendaría a cualquiera que quisiera animarse a salir de su encierro invernal, para enfrentar la vida que afuera se va desenvolviendo cada vez más enérgicamente. Vida que llega a su clímax en verano, cuando la gente abandona hasta su hogar en busca deexperiencias inolvidables, que se terminan violentamente con la irrupción de marzo.

A finales de agosto, un individuo que quiere reincoporarse a la vida de una sociedad que no lo tiene en cuenta, necesita justamente dos cosas:
1. confianza en sí mismo (pues el solitario tiende a ser un hombrezuelo neurótico e inseguro; pudiendo tratarse del tipo más interesante del mundo, es tan tímido que a nadie interesa), decantando incluso en una sana arrogancia; y
2. la actitud desafiante del que, al menos en una ciudad como Córdoba, uno realmente puede encontrarse con cualquier cosa, y hacerle frente sin sorpresa.

A la luz de la lírica de Bob Dylan adquieren belleza muchísimas cosas, como señoras de pelo pintado y cigarrillo con filtro o mujercitas de lentes enormes que andan paseando a perros rata. La calle es un festival rabelaisiano de personajes que uno jamás imagina en su casa. El paraíso del paseante: basta empezar a imaginar historias de trasfondo. El mundo propio se expande, mirando a los mundos de los otros (¡quién pudiera meterse en sus departamentos, en sus vidas, chusmear sus libros, embriagarse con cerveza en la madrugada!); de repente los otros se le antojan no como "los otros a los que hay que evitar", sino como "los otros a los que hay que conocer". Y no por una especie de fraternidad cívica y pacifista. Sino porque, ebrio uno de los aires renovadores de la primavera que nace, todo le despierta curiosidad. Una caminata a la verdulería es una caminata a través de un campo florido de amapolas. Las historias se entrecruzan allí, contándose solas, todo el tiempo. Las caras de los otros, que revuelven las góndolas buscando el tomate más rojo: montañas que guardan oro, indefectiblemente y casi siempre.
Y uno anhela este contacto con el otro que lo va a poner en contacto con todo lo que el otro representa: su mundo, su pasado, su procedencia, su historia, así como sus proyectos, su religión, su forma de ver la vida.
Creo que, al menos en mí, funciona así el dispositivo (incontrolable) del enamoramiento. Un enamoramiento platónico o soez; quizás egoísta; hasta inmaduro. Pero, como compensación, universal. "Pensar sin juzgar es el mayor desafío del pensamiento", decía creo que Jung; la necesidad de conocer a los otros para formar un proyecto de vida propio es, a la larga, mi interpretación de las canciones de Bob Dylan, que representan mundos tan delirantes pero siempre en presencia de personas delirantes.

"The funniest woman I've ever seen was the great-grand-daughter of Mr. ***,
she took about fifteen baths a day
she wanted me to grow a moustache in my face,
she's insane!"

(¿por qué las duchas? ¿por qué el bigote? ¿se entiende? No hay forma, al menos poco rebuscada, de explicar esto apelando a psicologías o sociologías. Al menos tampoco instantáneamente. No queda otra: hay que conocer a la persona para entender de qué se trata, cuáles son sus motivaciones. Hay que entrar en su mundo, que se nos antoja liviano y feliz -"the funniest woman". Uno jamás sabe qué le espera del otro lado de la puerta, cuando el frío se disipó y la gente empieza a salir de su casa; pero uno debe, por lo menos como prueba piloto, perderle el miedo a la calle).

1. Involucrarnos en un mundo nuevo, por intermedio de una nueva persona, puede hacer surgir toda clase de situaciones. Hay que estar preparado para enfrentarnos con las situaciones que estos mundos nuevos hagan surgir; preparación tanto más importante cuanto más intenso sea el mundo en el que nos adentramos.
La preparación es casi una indiferencia liviana. Opera pensando algo como: "esto es lo que me pasó, y no podría haberme pasado otra cosa, porque yo me lo busqué. Así que sigamos adelante; por lo menos, para descubrir qué tan bajo puedo llegar". Es ponerse a prueba, menos por coraje que por instinto temerario o llana boludez. Pero yendo para adelante, nunca corriendo a refugiarse en la madriguera. La madriguera, por lo demás, se le antoja horrible a uno a partir de septiembre, porque madriguera es sinónimo de calor y desde septiembre el calor es más y más intenso.
Esta preparación no es sino la confianza en la propia boludez de uno mismo. Una boludez nada ingenua, nada boluda: yo soy el operador consciente de mis acciones, hasta de la más boluda. Mi acción puede ir para cualquier lado, pero yo siempre me voy a tener a mí mismo; así este atrapado en Mobile, Alabama, sin un peso y absolutamente drogado. (No es casualidad que ese tema haya sonado en un momento muy especial de Pánico y Locura en Las Vegas; película en la que el mismo Hunter S. Thompson, eterno troublemaker, se hizo presente en una cameo fugaz).

2. La irreverencia ante la gente que te pregunta cómo y para qué. ¿No es natural buscar nuevas aventuras? Hay que probar a los moralizantes que la mejor solución a la contingencia del hombre está en ponerse en contacto con otros hombres; pero no con hombres iguales a uno (eso sería un encierro apenas un poco más social) sino con la escoria impredecible que ocasiona situaciones fabulosas. En esto consiste el perderle el miedo a la calle. La calle es el lugar donde, por vez primera, el hombre es huérfano sin protección; la calle es el lugar donde el hombre puede definir el resto de su vida de acuerdo a sus posibilidades. La calle es el territorio de las más importantes decisiones del orden práctico: las vocaciones.
Esto que empieza como una exploración lúdica termina siendo compromiso serio y, a la larga, real responsabilidad sobre el curso de la existencia misma.
Todo esto es nada más que un manifiesto de formas de vivir la vida, siempre tan dispare. Inspirado por Bob Dylan es que salgo a ver qué pasa; las herramientas están, en forma germinal, en los propios anteojos negros, en el "diente negro de la buena suerte", en sentirse Jesse James así parezcamos Robert Ford.

Merced a un principio enunciado por Bukowski ("hacer algo peligroso con estilo, eso es lo que yo llamo Arte") con MUCHA suerte, hasta incluso podemos devolver algo bueno al mundo.

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