18.10.13

19 de octubre de 2014

Como Bloom, el idiota es el que está en el banquete y no expresa sus opiniones. Al contrario de Stephen que, sentado al lado y totalmente borracho de hidromiel, diserta sobre temas nada delicados despertando la ira de los concurrentes que difícilmente olvidarán su ferocidad.
Lo importante parece ser tener una nutrida vida interior, de la cual podamos extraer siempre algo para decir. Ese algo será totalmente nuestro, opuesto al algo de los demás (sean viejos o palurdos o truhanes, o verdaderos iluminados), acaso inferior o por lo menos desdeñable... pero con el consuelo de ser siempre nuestro.
(Me parece apropiado recalcar que la vida interior de Bloom es variada y prolífica. Pero está sesgada por su vocación de ser prudente y callado, y no permitirse ni siquiera reír. Una de las pocas veces en las que se animó a discutir a un tipo, éste le arrojó una lata de galletas en la cabeza. Después de pensarlo, no me sorprende mucho que Bloom sea considerado un antihéroe).

Tengo un absurdo sentimiento de final. Sé que no está bien. Estamos recién en octubre. Pero nos estamos acercando al final del año 2013.
Y no me sirven los argumentos de que "un año sólo es un año", adjuntos inmediatos de una crítica al almanaque capitalista y opresor. Mal que le pese a Eduardo Galeano, el final de un año significa muchas cosas. No somos chinos, ni siquiera gentiles ingleses. La diferencia es bien práctica. Nuestras vacaciones empiezan los primeros días de diciembre, último mes del año. Y cuando las vacaciones empiezan, se ponen en funcionamiento los proyectos para esas vacaciones; proyectos que suelen diferir de los proyectos que tuvimos todo el resto del año. Las vacaciones no son proyectos de autoconstrucción concienzuda (no pienso internarme en una biblioteca, ni siquiera pienso escribir en este blog dos veces por semana, mucho menos leer crítica literaria) sino apenas autodestrucción lúdica, a veces ni eso. Como ningún otro momento del año, las vacaciones son un eterno let it be.
A veces sí hay planes, los cuales obligan a uno a distribuir sus tres meses de tiempo libre en diversas actividades que no pueden postergarse. Uno no suele tener tiempo para ir a la playa en mayo. La cantidad de alcohol que uno ingiere en esta época disminuye, aunque jamás decaiga a cero.

El año pasado, más o menos hacia noviembre, fuimos en malón a Mina Clavero. Mina Clavero es un paraíso turístico a doscientos kilómetros de Córdoba capital, tórrido de día y fresco de noche. Hay espinas, cerros, copiosos ríos, tormentas veraniegas, y muchísimo silencio si uno puede encontrarlo. Explorando en el silencio, uno puede encontrar lo que sea: desde lagartijas y grillos hasta la verdad última del mundo.
Allí fue donde, inspirado por este tipo Kerouac (que tuvo un brevísimo momento de fama entre los lectores de Bukowski, pero fue rápidamente olvidado) escribía en un cuaderno naranja. El libro que tenía de Kerouac también era naranja. Siempre tenía un lápiz a mano, sin falta; y a veces, cuando había tomado mucha ginebra, hacía anotaciones del tipo "HAY QUE IR" o "¿NO AGARRASTE EL LÁPIZ?"
Dos meses después fui al Brasil. 15 días de exploración de la identidad o algo así. Sí, la identidad está bien; pero más que a explorarla fui a Capao a broncearme. En esta época pensaba que ser feliz era una cuestión más bien compleja. Una noche salí a caminar, aburridísimo. Estaba hastiado de la peor forma: entendía el portugués pero no entendía a los brasileros. No había podido hacer amigos, y al viajar no deseo estar encerrado en la misma cápsula por 15 días. Acaso los primeros 5 fueran una aventura bien correntina con familiares y amigos (el otro monolingüe), pero los siguientes 10 no puedo pasar por alto que había muchísima gente allí, que venía de todos lados, y que no participaba de mi banquete. Mi fe en la importancia de las relaciones interpersonales era más grande que el océano en el que surfeaban, y picaba más que su sal. Una larguísima caminata me llevó hasta el extremo de la ciudad, en donde el mar no se terminaba

("j'ai besoin de la mer, pour regarder au loin")
("El atardecer de verano empezaba a envolver el mundo en su misterioso abrazo. El sol descendía a lo lejos, haciaa el oeste, lanzando los últimos destellos de un día fugaz a la verdad, destellos que se detenían amorosamente en el mar y la playa...")

y la ciudad tampoco, porque estas ciudades de la ribera brasileña están separadas una de otra sólo por una avenida, extendiéndose kilómetros y kilómetros a lo largo.
Estaba muy lejos para volver cuando empezó a prefigurarse la tormenta. Una terrible tormenta de verano que iluminaba e iluminaba, Thor, martillo, estruendo, rayo que brama, luz que ciega
sobre el agua color carbón la tormenta se alejaba hasta las costas de la mismísima África resolviendo mi intriga milenaria si sobre el mar llueve o es una redundancia inimaginable.
Esa noche unos brasileros de Porto Alegre me dieron asilo en una peluquería. Yo era un joven de una orden mendicante, un desahuciado, un expatriado o solamente un pelotudo que salió sin paraguas. Ellos no se entretuvieron en juzgarme, sino apenas en tratar de entender mi portugués gutural y forzado. Yo no les entendía una palabra; de alguna forma u otra, nos hicimos amigos. Cuando terminó la lluvia (después de unas dos horas larguísimas), aunque todavía no había vuelto la luz (el apagón más grande de la ribera en no sé cuántos meses, abarcó como tres ciudades enteras) fuimos a tomar cerveza Polar a uno de los pocos bares con grupo electrógeno. Debatimos sobre el amor y la promiscuidad, las drogas en Porto Alegre, Raimundos, Los Hermanos, los Beatles. Comí aceitunas con farinha, que son un plato típico. Volví a casa a las dos de la mañana. Todavía no había luz eléctrica pero ya no había nubes: había en cambio luna llena y su luz caía como agua viscosa. La temperatura era perfecta, como si estuviera dentro de un enorme vaso de vino de borgoña.

Una cita de Umberto Eco.
"¡Oh, señor! Cuando el alma cae en éxtasis, la única virtud reside en amar lo que se ve (¿verdad?), la máxima felicidad reside en tener lo que se tiene, porque ahí la vida bienaventurada se bebe en su misma fuente (¿acaso no está dicho?), porque allí se saborea la vida verdadera que después de ésta, mortal, nos tocará vivir con los ángeles en la eternidad..."
(Un novicio encontró detrás del comedor a una campesina que robaba comida. Hicieron el amor a la madrugada.
Lejos de buscar excusas por haber violado su voto de castidad, el soliloquio fue el susodicho. La culpa no es un pecado y a veces es necesaria... pero hay momentos en los cuales -bajo la denominación nada inocente de éxtasis- la culpa se hace accesoria).

Las vacaciones siempre son una bisagra. Uno las recuerda o las adivina en octubre, atiborrado de fechas límite. Su sola evocación basta para darnos fuerza, como cuando (según mi abuela) todos los pequeños pecados se barren con el fervor que sigue a la homilía.
Me acuerdo que todos los años, el 19 de octubre, solía escribirme una carta a mi "yo" de hace un año contándome las aventuras que había vivido; dándome esperanza y armándome de paciencia, porque las cosas no han parado de mejorar desde entonces. Hoy es un buen día para recibir una de esas cartas, a pesar de que recién es 18.
Me imagino con la misma facilidad a mí mismo muerto, eufórico, aburrido o en la cumbre.

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