27.10.13

In memoriam L. R. (1942 - 2013)

Hoy falleció Lou Reed, músico líder de la Velvet Underground.
Fue uno de los grandes poetas del siglo XX; se ubicó entre un puñado de hombres y mujeres que, casi al mismo tiempo y sin conocerse entre sí, serán recordados en el futuro con una crudeza de daga helada.

Hoy vemos a la Velvet Underground en el alba de lo que se dio en llamar "rock alternativo". Nace desde lejos y poco a poco, como un trueno en el horizonte: una expresión musical rebelde y joven, la más creativa y la más provocadora que se ha visto en mucho tiempo. Una expresión que nace blandiendo la malévola sospecha de que, cielo o infierno, no hay nada más que la propia tierra.

Su legado es fruto de un cinismo que reencauzó de un golpe la historia del arte, que a partir de Reed sería fértil y destructivo a la vez.
Él arrancó de raíz la fe en el flower power; expuso a la luz los corazones vacíos bajo los cuerpos desnudos y puros de sus activistas. Destruyó la esperanza en la buena naturaleza del hombre, desdeñando al Capitolio como un aparato más de su salvajismo diabólico. Como todo artista que denuncia lo podrido, fue un odioso predicador en el desierto. Y sólo 40 años después, el gran público aplaudió su influencia con ojos vidriosos y llenos de espanto.

Este hombre falleció esta tarde a la edad de 71 años. El dolor de su partida es un reguero de pólvora que cruza la avenida Lexington. Su elegía suena hoy en todo el mundo.

26.10.13

Bob Dylan: detonante de la explosiva curiosidad primaveral

Hace poco me enteré que había gente interesada en postular a Bob Dylan para el Premio Nobel de la Literatura. La alternativa pareció demasiado osada; al fin y al cabo, Bob Dylan no es una cuentista canadiense que abandonó la literatura como oficio el mismo año de su consagración. Por una serie de cuestiones, si se quiere extra-literarias, como el hecho de no participar de Talleres de Literatura Potencial junto a los popes de su época (Tournier o Sollers) sino de cantar sus poemas, contundentes sí, como hacían los griegos pre-Nobel: con una guitarra frente a su auditorio.
Estos poemas cantados viran con un espectro de temáticas variadísimas; en muy pocos casos no expuesta en forma muy original. Consenso: Bob Dylan no sería Bob Dylan sin su letra; sin ella, no pasaría de ser un nuevo Woody Guthrie. Su primer disco se basó casi enteramente en canciones folk americanas salvo dos excepciones. Este joven Bob Dylan del primer disco no es el que todos conocemos, pero se percibían en él los gérmenes de la posterior corrosión de la que él sería agente.
Esta lírica, tanto en la dureza crítica como en el humor irónico, es cuanto menos muy elocuente. Bob Dylan es capaz de una versatilidad monumental. Un tipo que puede conmover nuestra ira con Masters of War puede hacernos reír con el mismo esfuerzo, si uno presta atención a la letra del sueño 115 de Bob Dylan.
Este personajillo (dicen que mide poco más de metro cincuenta) es célebre por su arrogancia y su irreverencia, alimentada por la opinión pública, de la que hizo alarde desde 1962 hasta un doloroso accidente en motocicleta que le bajó los humos. Dicen, no lo sé, que luego del accidente tuvo lugar su producción más floja; que, al menos sin ser mala, mi viejo Bob Dylan ya no era lo que solía ser.
(No me entretuve en comprobarlo. Hay un gran bache cronológico en mi interés en Bob Dylan desde 1968 hasta el 2013; salvo una excepción clave: Isis. Dudo que haya abandonado su calidad lírica así como así, e Isis es la prueba cabal. Metáfora del matrimonio: un largo viaje en tren hacia el frío oeste, junto a un tipo que llevó al narrador lo suficientemente lejos antes de hacerle cavar su tumba.)

Fórmula gloriosa: lírica delirante y actitud irreverente.
No me refiero a sus canciones de crítica social (tan ácidas que rompen el corazón del hombre menos comprometido; aunque desde luego, la euforia militante se disipa pronto sin consolidarse).
Cuando digo lírica delirante me refiero a sus canciones humorísticas. Éstas relatan situaciones que sobrepasan descaradamente el absurdo y tienen por protagonista principal a Dylan, campesino y americano. Creo que los ejemplos más patentes de esta lírica delirante están en el disco Bringing It All Home, que al principio la crítica consideró pura mierda. Es, efectivamente, el primer disco en el que Bob Dylan se decide por un sonido eléctrico que al principio no puede manejar (lo demuestran horribles presentaciones en vivo en el que toca Maggie's Farm junto a un guitarrista que, aparentemente duro de merca, tiene la guitarra ecualizada para el lado de los tomates).
En canciones como Outlaw Blues son sensibles los ecos de su arrogancia y de su irreverencia.
"I might look like Robert Ford but I feel just like Jesse James!". Sugerencias a sus lentes negros cuadrados, característicos tanto en él como en Andy Warhol (otro caradura), a un racismo incipiente, no se sabe si irónico o real, y una también ambigua misoginia. Llevarse el mundo por delante es la consigna. Él ataca: y él tiene las armas. En Masters of War lo expone clarito, oponiendo su arma (la denuncia del tipo que conoce la maldad diabólica de sus enemigos) a las del diablo: los fabricantes de armas del mundo entero. Un presentador dijo: "Un genio crea sus propias reglas, y Bob Dylan es un genio".
("Although the masters create the rules for the wise men and the fools...", suele cantar también en vivo).

Las conclusiones personales empiezan aquí, y el lector no está obligado a leerlas.

22.10.13

Chanson du bateleur

Necesito una compañera, una socia, una cómplice, una punta, una sidekick, alguien que sea hidalgo y escudero a la vez, con personalidad, con una maliciosa arrogancia, con tendencia a no callarse, con soberbia calculada, con alguna dosis de humor negro, con cierta predisposición para el alcoholismo. Sólo de esta forma los dos nivelaremos nuestras expectativas lejos de exigencias estilísticas, de normas artificiales, de trabajos sórdidos, de plazos vencidos, de bohemia hipócrita, de delirium tremens. Y quizás en la misma sintonía los dos llegaremos a entendernos, a confrontarnos, a pelearnos, a complementarnos, a querernos, a alcanzarnos. Porque tan difícil es llegar a conocerse por imposiciones exteriores, por esa gente soberbia, por esa exigencia de la rutina, por ese poco espacio para el ensayo, para la palabra, para la entonación, para la fiebre creadora, para el cortejo, para el aliento, para el jadeo, para el gemido, para el aullido, para el desgarro, para el ladrido, para el murmullo, para el estilo, para el susurro, para el orgasmo, para el silencio. (Y se detiene.) Para nuestro próximo truco necesitaremos...
 (B. B. Th.)

20.10.13

¿Por qué tengo una guitarra roja?

Mi cumpleaños número 15 fue un día único. Lo pasé solo por una ascética decisión.

Dos días antes de mi cumpleaños número 14 me rompí el brazo en un partido de fútbol. Me habían hecho cuerpo una de las pocas veces que alcancé a tener la pelota, y me tumbaron como a una figura de cartón. Yo nunca había aprendido a caer bien, porque jamás me había animado a luchar contra nada. En consecuencia, me pasé la tarde del viernes 20 de abril en un hospital público, semi-anestesiado desde las 3 de la tarde, aburrido como una ostra y con el brazo chueco como una W grabada en bronce por un sismólogo con Parkinson.
Long story short. Dos días después, con motivo de mi cumpleaños, mis amigos evaluaron las posibilidades y el bowling fue decisión unánime. Tenía el brazo derecho enyesado. Yo no soy zurdo; ergo, me pasé la noche en penitencia. Los amigos del corazón.

El 22 de abril del año siguiente fue un día de lluvia. En abril llueve mucho en Corrientes. Dicen que si llueve en tu cumpleaños sos un maricón. Sólo en Córdoba pude escapar de tal epíteto; en buena parte de mis cumpleaños, efectivamente llovió y fui motivo de risas. Para que nadie me recuerde mi orientación sexual provisoria fui a tomar una coca con mi viejo, que me regaló algo así como 30 pesos. Fue una de las primeras veces en las que manipulé plata. Además, 30 pesos eran una fortuna en ese entonces. Hoy también.

Estaba en pleno auge de mi en-amor-a-miento por los discos compactos. Creía que tener una colección importante era algo básico e invaluable. Cuando en Cribs de MTV entraban a la casa de músicos como Moby o Marilyn Manson, y éstos mostraban sus enormes colecciones de discos (que incluían también vinilos, VHS, cassettes, y hasta retratos dibujados por otros músicos) me ponía verde de envidia. No había nada para mí como el olor a plástico y el sonido chirriante de cuando le pasás la uña por primera vez. Me faltaba mucho para ser Moby (tenía talento para la música electrónica, pero unas orejas muy feas como para ser pelado), pero supe instintivamente que él también tuvo sólo dos discos alguna vez. Mi colección era la siguiente: un disco de los Bee Gees y uno de Santana. A pesar de Santana, sentía que le faltaba rock a mi vida. Además que en esa época había empezado a leer las notas de Mancusi en la Rolling Stone, había empezado a percibir la influencia de Raymond y soñaba con tener una banda.
La única banda que escuchaba apasionadamente, aparte de Green Day (supongo que ya tenía principios de hastío) eran los White Stripes. La mayoría de los temas que me encantaban eran del disco Get Behind Me Satan, que había salido tres años antes... por ese entonces, era muy popular el Icky Thump, del 2007. Pero el rock consistía en no dejarse llevar por la corriente, o por lo menos eso intuía; en cambio, se trataba más bien de respetar el gusto y los principios propios. Además, sabía que Icky Thump había sido el primer disco en lanzarse en una multinacional y que ese año ya había alcanzado el disco de oro. Todo eso, en ese momento, era pecado mortal para mí. La música independiente era música sagrada; los discos a pulmón eran los verdaderos. Todo aportó a mi decisión final.

El disco Get Behind me Satan se compone de 13 temas que me acompañaron todo el resto del año. Aunque para mediados del 2008, ya había conocido a los Beatles (y el año siguiente a Led Zeppelin, y así... todas bandas que me obsesionaron intensamente), los Stripes se mantuvieron como una constante. Es imposible no escuchar alguno de esos trece temas sin recordar, con imágenes y olores incluidos, todos los (pocos) sucesos (relevantes) que me acaecieron a mis 15 años; desde una muerte familiar (cuyo velorio musicalicé justamente con este tema) hasta el campamento de cuarto año, mi primer suerte de road trippin' con amigos que ya no tenían tantas ganas de jugar al bowling.

Me compré el disco en abril, y en mayo ya lo cantaba de memoria. Había empezado a tocar la guitarra el año anterior. Ya había sacado los temas más sencillos del disco (aunque, como se sabe, el estilo de Jack White no es el más apropiado para los principiantes). Una tarde de ese mismo mayo, la había visto: colgada en el mismo local en el que compré el disco, una guitarra que, después me lo elogiaron, usaría el propio Jack White en una presentación en vivo.
Seguía sin saber manipular dinero, que encima esta vez debía ser una cantidad considerable. Recuerdo las cifras: la guitarra salía 469 pesos. Mi capital era cero. En realidad, no pasaba de ser un capricho, porque ya tenía una guitarra y no necesitaba otra, a menos que mi habilidad requiriese una.
Eso fue justamente lo que probé. Tocando los temas del Get Behind Me Satan, mi familia depositó en mí su apuesta generosa. Una guitarra rojísima como el infierno mismo, que bauticé Meg (todo esto es una serie de enormes deudas hacia la música, hacia los padres y hacia la vida misma) es mi compañera desde entonces. Hemos atravesado accidentes, viajes, y chispazos de un éxito que todavía tarda en llegar el muy porfiado. Pero hay una situación que imaginé innumerables veces. Si algún día estoy enfrente de Jack White le diría "you just shut the fuck up and listen", y le tocaría uno de esos temas suyos que hace cinco años tengo tan asiduamente ensayados.



"Take a tip and do yourself a little service:
take a mountain and turn it into a mole
yeah, by playing a different role!"

Pater pateris

1.
Joseph-Francois Baudelaire, ex sacerdote que había abandonado los hábitos, se casó en 1797 con Jeanne Janin, con quien tuvo un hijo en 1805, Claude Alphonse.
Después de la muerte de su mujer, se volvió a casar en 1817 con Caroline Dufayis, mucho más joven que él. De esta unión, nació el 9 de abril de 1821 Charles Baudelaire.
A los seis años, murió su padre y Caroline Dufayis se volvió a casar, al año siguiente, con el comandante Jacques Aupick.
La infancia de Charles Baudelaire se desarrollará según los destinos del comandante.
En 1830, ya teniente coronel, se le destina a Lyon para reprimir los motines; allí se instala con su mujer y su hijastro en 1831.
Cinco años más tarde, el ya coronel Aupick vuelve a París, y Baudelaire ingresa como interno en el Liceo Louis le-Grand donde obtiene premios de versos latinos. Es alumno brillante, aunque poco disciplinado y nada conformista; por estas razones, se le expulsa en 1839, aunque aprueba el examen de bachillerato superior. En esa época, el coronel Aupick es ascendido a general de brigada.

El 21 de septiembre de 1844, el consejo de familia decidió que, en adelante, percibiría una pequeña renta mensual de 200 francos. El notario Ancelle fue el encargado de llevar sus intereses económicos. Baudelaire reaccionó violentamente; se sintió humillado y este sentimiento le acompañaría hasta su muerte.
Las jornadas de la revolución de 1848 (24 y 26 de febrero) ven a Baudelaire en la calle, gritando que hay que matar al general Aupick.

2.
"Un muchachito heredó de su padre solamente un gato y gracias a ese gato se convirtió en alcalde de Londres. ¿En qué me convertiré yo, gracias a mi animal, gracias a mi herencia? ¿Dónde se extiende la ciudad ilimitada?"
(Franz Kafka - Cuadernos en octava - Segundo cuaderno)

3.
Tener ídolos es una enorme responsabilidad. Es tener que venerarlos y complacerlos todo el tiempo. Tener ídolos es buscarse un armazón ético; deber hacer tal o cual cosa. Una serie de acciones prohibidas y recomendables. Y no sólo cuando el ídolo anda cerca, sino siempre. Porque, si queremos ser un Gregory House, ¿cómo no dedicarnos todo el día a estudiar enfermedades virósicas y gramáticas del chino mandarín?

Al final del día (del mes, del año, de la vida - depende cuánto hayamos perseguido al ídolo) no quedan energías para ser uno mismo. Y si quedan, lo que faltan son ganas. Pues para qué ser ese pusilánime en su terruño... que no sirve para nada, ni para médico, ni para políglota, ni siquiera para buen misántropo.

Uno sacrifica un bagaje de magia y vivencias y carácter, todos propios y de uno, con tal de ser escudero de alguien. Olvidando que ese alguien bien puede ser un hidalgo loco que se golpearía la cabeza hasta morir contra un ventilador de un parque eólico. O simplemente un truhán. O un palurdo sui generis. O simplemente un eslabón más en una larga cadena de escuderos que finaliza quién sabe dónde; acaso en un místico muerto, igualmente inútil.

19.10.13

El salto encantado



Uno de los parques naturales de los cuales estoy más orgulloso como paisano se encuentra en el centro de Misiones, provincia del extremo oriental argentino que linda con Paraguay y con el Brasil.
Cuando ya se han visto las Cataratas, los saltos del Moconá, las famosas minas de Wanda (en las que nunca estuve) e incluso el hito de la Triple Frontera (algo que no da más de interesante: dos ríos que se cruzan pariendo tres países y fin de la historieta), Misiones sigue reservando sorpresas. Es una caja de Pandora con una forma que evoca una leve reminiscencia fálica. Sería una falta de respeto omitir tres o cuatro de sus paisajes, y no hacer un paréntesis para mencionar a su gente, a sus costumbres, a su productividad económica consistente en yerba mate, turismo y piedras semipreciosas e incluso a lo mucho que llueve todo el año (un camping en Misiones es como hacer windsurf en la luna). Voy a incurrir en esta falta de respeto. Quiero hacer un folletín turístico, y que salga lo que salga.

Un turista avispado y listo que se precie como tal no puede perderse el Salto Encantado a seis kilómetros de Aristóbulo del Valle. Su nombre cursi es un tributo moroso a algo que en realidad es inefable: para ahorrarse una serie tosca de diez mil adjetivos, diremos que el Salto Encantado consta de un copioso arroyo en una caída libre de 60 metros. Toneles de litros y litros de agua forman arco iris a medio camino en su caída, para terminar en un estanque verdoso en el cual se amontonan la vida salvaje: los nenúfares, los grillos. Su acción desencadena un trueno constante que hace temblar los dientes, y más allá de donde nosotros podemos ver (pues se pierde en la inmensidad de la selva) el arroyo no recibe visitas para conservar la seguridad del buen visitante. Combinada la peligrosidad de la Madre Naturaleza con su belleza, como una mujer que sostiene entre sus labios carmín una navaja con filo, se han cercado 706 hectáreas que lo rodean acondicionándolas a las necesidades de los turistas con baños limpios y snack bar, como quien quiere disimular el fracaso de domar lo indomable.
No quiero dejar de prevenir que es un torrente como los que no se ven en ningún otra provincia de la Argentina: Misiones es un paraíso. Nada de esos ríos que tienen agua dos días por año, cuando el resto andan apenas serpenteando entre roquitas sucias de polvo que parecen embajada marciana. Este es un arroyo donde cualquiera está a merced de morir descuartizado por unas piedras que dibujan el contorno de un locus amoenus. Con valet parking. 

Estuve una hora entera en el bosque buscando un trébol de cuatro hojas, con profunda inspiración. Escuché los sonidos a mi alrededor, música tan honda como jamás volví a oír desde entonces. Creo que tampoco volví a ver tanto verde junto. Soy un bicho de ciudad. En las ciudades nos perdemos en los senderos señalizados y no pasa mucho tiempo hasta que dejamos de entender por dónde podemos caminar y por dónde no; a veces, ni siquiera puedo diferenciar mi casa de un shopping mall. En Aristóbulo del Valle pasó lo mismo. Pronto me alejé del sendero. Y vi croar desde su refugio, arbusto enano, tres ranitas que bailaban entre los tréboles. Demás está decir que no encontré ninguno de cuatro hojas. Acaso porque no cabía más buena suerte.

Salto Encantado. Haga valer su visita a la Pandora de las provincias argentinas. Después habrá tiempo de conocer el mundo tal como lo entiende Posadas, ciudad (como otrora dije) ideal para jugar a las visitas.


18.10.13

19 de octubre de 2014

Como Bloom, el idiota es el que está en el banquete y no expresa sus opiniones. Al contrario de Stephen que, sentado al lado y totalmente borracho de hidromiel, diserta sobre temas nada delicados despertando la ira de los concurrentes que difícilmente olvidarán su ferocidad.
Lo importante parece ser tener una nutrida vida interior, de la cual podamos extraer siempre algo para decir. Ese algo será totalmente nuestro, opuesto al algo de los demás (sean viejos o palurdos o truhanes, o verdaderos iluminados), acaso inferior o por lo menos desdeñable... pero con el consuelo de ser siempre nuestro.
(Me parece apropiado recalcar que la vida interior de Bloom es variada y prolífica. Pero está sesgada por su vocación de ser prudente y callado, y no permitirse ni siquiera reír. Una de las pocas veces en las que se animó a discutir a un tipo, éste le arrojó una lata de galletas en la cabeza. Después de pensarlo, no me sorprende mucho que Bloom sea considerado un antihéroe).

Tengo un absurdo sentimiento de final. Sé que no está bien. Estamos recién en octubre. Pero nos estamos acercando al final del año 2013.
Y no me sirven los argumentos de que "un año sólo es un año", adjuntos inmediatos de una crítica al almanaque capitalista y opresor. Mal que le pese a Eduardo Galeano, el final de un año significa muchas cosas. No somos chinos, ni siquiera gentiles ingleses. La diferencia es bien práctica. Nuestras vacaciones empiezan los primeros días de diciembre, último mes del año. Y cuando las vacaciones empiezan, se ponen en funcionamiento los proyectos para esas vacaciones; proyectos que suelen diferir de los proyectos que tuvimos todo el resto del año. Las vacaciones no son proyectos de autoconstrucción concienzuda (no pienso internarme en una biblioteca, ni siquiera pienso escribir en este blog dos veces por semana, mucho menos leer crítica literaria) sino apenas autodestrucción lúdica, a veces ni eso. Como ningún otro momento del año, las vacaciones son un eterno let it be.
A veces sí hay planes, los cuales obligan a uno a distribuir sus tres meses de tiempo libre en diversas actividades que no pueden postergarse. Uno no suele tener tiempo para ir a la playa en mayo. La cantidad de alcohol que uno ingiere en esta época disminuye, aunque jamás decaiga a cero.

El año pasado, más o menos hacia noviembre, fuimos en malón a Mina Clavero. Mina Clavero es un paraíso turístico a doscientos kilómetros de Córdoba capital, tórrido de día y fresco de noche. Hay espinas, cerros, copiosos ríos, tormentas veraniegas, y muchísimo silencio si uno puede encontrarlo. Explorando en el silencio, uno puede encontrar lo que sea: desde lagartijas y grillos hasta la verdad última del mundo.
Allí fue donde, inspirado por este tipo Kerouac (que tuvo un brevísimo momento de fama entre los lectores de Bukowski, pero fue rápidamente olvidado) escribía en un cuaderno naranja. El libro que tenía de Kerouac también era naranja. Siempre tenía un lápiz a mano, sin falta; y a veces, cuando había tomado mucha ginebra, hacía anotaciones del tipo "HAY QUE IR" o "¿NO AGARRASTE EL LÁPIZ?"
Dos meses después fui al Brasil. 15 días de exploración de la identidad o algo así. Sí, la identidad está bien; pero más que a explorarla fui a Capao a broncearme. En esta época pensaba que ser feliz era una cuestión más bien compleja. Una noche salí a caminar, aburridísimo. Estaba hastiado de la peor forma: entendía el portugués pero no entendía a los brasileros. No había podido hacer amigos, y al viajar no deseo estar encerrado en la misma cápsula por 15 días. Acaso los primeros 5 fueran una aventura bien correntina con familiares y amigos (el otro monolingüe), pero los siguientes 10 no puedo pasar por alto que había muchísima gente allí, que venía de todos lados, y que no participaba de mi banquete. Mi fe en la importancia de las relaciones interpersonales era más grande que el océano en el que surfeaban, y picaba más que su sal. Una larguísima caminata me llevó hasta el extremo de la ciudad, en donde el mar no se terminaba

("j'ai besoin de la mer, pour regarder au loin")
("El atardecer de verano empezaba a envolver el mundo en su misterioso abrazo. El sol descendía a lo lejos, haciaa el oeste, lanzando los últimos destellos de un día fugaz a la verdad, destellos que se detenían amorosamente en el mar y la playa...")

y la ciudad tampoco, porque estas ciudades de la ribera brasileña están separadas una de otra sólo por una avenida, extendiéndose kilómetros y kilómetros a lo largo.
Estaba muy lejos para volver cuando empezó a prefigurarse la tormenta. Una terrible tormenta de verano que iluminaba e iluminaba, Thor, martillo, estruendo, rayo que brama, luz que ciega
sobre el agua color carbón la tormenta se alejaba hasta las costas de la mismísima África resolviendo mi intriga milenaria si sobre el mar llueve o es una redundancia inimaginable.
Esa noche unos brasileros de Porto Alegre me dieron asilo en una peluquería. Yo era un joven de una orden mendicante, un desahuciado, un expatriado o solamente un pelotudo que salió sin paraguas. Ellos no se entretuvieron en juzgarme, sino apenas en tratar de entender mi portugués gutural y forzado. Yo no les entendía una palabra; de alguna forma u otra, nos hicimos amigos. Cuando terminó la lluvia (después de unas dos horas larguísimas), aunque todavía no había vuelto la luz (el apagón más grande de la ribera en no sé cuántos meses, abarcó como tres ciudades enteras) fuimos a tomar cerveza Polar a uno de los pocos bares con grupo electrógeno. Debatimos sobre el amor y la promiscuidad, las drogas en Porto Alegre, Raimundos, Los Hermanos, los Beatles. Comí aceitunas con farinha, que son un plato típico. Volví a casa a las dos de la mañana. Todavía no había luz eléctrica pero ya no había nubes: había en cambio luna llena y su luz caía como agua viscosa. La temperatura era perfecta, como si estuviera dentro de un enorme vaso de vino de borgoña.

Una cita de Umberto Eco.
"¡Oh, señor! Cuando el alma cae en éxtasis, la única virtud reside en amar lo que se ve (¿verdad?), la máxima felicidad reside en tener lo que se tiene, porque ahí la vida bienaventurada se bebe en su misma fuente (¿acaso no está dicho?), porque allí se saborea la vida verdadera que después de ésta, mortal, nos tocará vivir con los ángeles en la eternidad..."
(Un novicio encontró detrás del comedor a una campesina que robaba comida. Hicieron el amor a la madrugada.
Lejos de buscar excusas por haber violado su voto de castidad, el soliloquio fue el susodicho. La culpa no es un pecado y a veces es necesaria... pero hay momentos en los cuales -bajo la denominación nada inocente de éxtasis- la culpa se hace accesoria).

Las vacaciones siempre son una bisagra. Uno las recuerda o las adivina en octubre, atiborrado de fechas límite. Su sola evocación basta para darnos fuerza, como cuando (según mi abuela) todos los pequeños pecados se barren con el fervor que sigue a la homilía.
Me acuerdo que todos los años, el 19 de octubre, solía escribirme una carta a mi "yo" de hace un año contándome las aventuras que había vivido; dándome esperanza y armándome de paciencia, porque las cosas no han parado de mejorar desde entonces. Hoy es un buen día para recibir una de esas cartas, a pesar de que recién es 18.
Me imagino con la misma facilidad a mí mismo muerto, eufórico, aburrido o en la cumbre.

7.10.13

De la opinología

Me puse a pensar sobre un tema trillado, a propósito de un debate caricaturesco entre dos personajuchos en boga de la actualidad argentina. Un debate brillante y fluido, que tuvo mucha repercusión en las redes sociales (cosa que en la Argentina suele probar, la más de las veces, su irrelevancia). En el lado derecho del ring tenemos a Feinmann (o 'el facho'), barba candado y corbata con rayas diagonales, conduciendo un panelito quién sabe cómo en C5N horario central. Del lado izquierdo tenemos a Malena Pichot (o 'la progre'), lúcida intelectual y showgirl fulltime de standup y Vimeo con característicos lentes de los años '50 y labia de mosca muerta. El tema más largamente discutido fue en torno a las drogas, en particular la marihuana. Este video fue particularmente trascendente porque, como en las mejores comedias de estereotipos, estos dos personajes exageraron tanto su posición que era imposible no identificarse con alguno de ellos y, por lo mismo, terminar detestando al otro.
Gran parte de esta polaridad casi paródica (lamentablemente no fue realmente una parodia, sino una nota seria en un canal de periodismo serio, al aire en vivo) se debía al mismo Feinmann, quien, en una posición que yo mismo he escuchado de tíos y abuelos, condenaba a los consumidores de marihuana desde una óptica sencilla y económica: "no te estoy preguntando cuánto fumás, si fumás a veces o no: si fumaste una sola vez, ya sos consumidora."
(Aquí Pichot estalló en risas, para calmar los ánimos de todos los marihuanos que veían el video tirados en sus colchones y ya habían empezado a indignarse; desgraciadamente, no pudo refutar este impecable argumento por esta risa incontenible. No ponemos empero en duda su lucidez, perdonándole esta risa tentada debida a sus nervios frente a la cámara o al mismo abuso de la marihuana).
El argumento de Feinmann no fue de alguna manera impecable, pero esta cuestión quedó en ese momento sin dilucidar. Estas cuestiones suelen quedar flotando y no son percibidas por todos; de ahí que las opiniones al respecto de esta entrevista mediocre y grotesca hayan sido tan dispares, pero en general no hayan traspasado el asunto marihuana. La cuestión de este absolutismo blanco-negro, banderín de Feinmann y de tantos otros (calificables a la ligera como 'fachos inofensivos', al estilo Pichot) me quedó realmente haciendo ruido en la cabeza. Procedí a una sana digestión, como hago siempre con lo que escucho y me suena raro; empezando con ensayos de contra-argumentos que opondría al propio Feinmann, si la vida me diera la chance.

Le preguntaría si en la primera nota que hizo a cualquier pelmazo que se le haya cruzado, él ya se sentía periodista. Opondría su señorial y orgulloso 'sí' a una experiencia propia: yo no, señor; me han tocado hasta ahora tres eventos que cubrir para una revista cultural local, y todavía no caigo en la soberbia masturbatoria de considerarme un periodista. Ni siquiera estoy contando con tener un título de periodista, que en sí mismo tampoco garantiza nada: pero por lo menos, el título es fruto de cuatro o cinco años de esfuerzo sostenido, casi diría obstinado. La primera nota no hace al periodista, tenga estudios o no. Un solo hecho individual casi nunca define nada. Mucho menos la identidad de una persona, o su oficio de por vida. Quién no ha manipulado dinero para comprar chupetines en el kiosco, y sin embargo no anda por ahí diciendo que es tesorero o contador.
En términos que pueden confundirse fácilmente con una praxis filosófica (de la que no quiero hacer alarde aquí, porque me da un poco de náusea sartresana) "el hacer no define al ser". Tampoco sé si esto es absolutamente cierto, así que mejor sería definirlo de una forma menos grandilocuente: "lo que hiciste una vez, como hecho aislado, no te define", o lo que es mejor, "no sos las pelotudeces que hacés, ni siquiera regularmente; menos todavía las pelotudeces que hiciste una sola vez". Agrupando dentro del mismo montón, naturalmente, fumar marihuana, contar dinero, hacer notas periodísticas; leer el Quijote, acariciar un perro, tomar whisky solo y triste. Sin embargo, hay cosas nobles y cosas infames. Así, cualquiera que alguna vez haya tocado un libro de Orwell (caso bien real: está comprobado que la mitad de los que dicen haber leído 1984, en realidad no lo leyeron) ya se apresuraría a definirse como "ávido lector"; cualquiera que haya salvado un perro de la calle ya se definiría como defensor de los animales, corriendo al mercado norte para dar cuenta de su súbito veganismo; cualquiera que haya fumado un porro alguna vez es para Feinmann un drogadicto sin solución, porque fumar marihuana es para Feinmann un pasatiempo execrable.

Querer (ser) todo ya. Falacia enorme de la posmodernidad o quién sabe de quiénes, desde cuándo, debido a qué cosas; falacia alimentada por nuestra propia soberbia de querer ser algo nuevo constantemente, algo que el mundo no haya visto o (lo que es más grave) que sí. "En este mundo de rápidos cambios", fórmula elocucional estándar y tan útil, cuenta lo que hayas hecho una vez para definirte; cuenta hasta el momento en el que te aburras de ser culto, vegano, rastafari, periodista, carpintero o hare krishna.
Argumentos al estilo del señor Feinmann me parecen no nocivos, sino llanamente estúpidos. El otro día hice una elogiosa nota a todos aquellos viejos que son testimonio vivo de una experiencia de vida sobre la Tierra; opuestamente a este encomio a la experiencia, tenemos el argumento de este boludo, y de tantos otros boludos, que dicen que un hecho aislado basta para "ser", bueno o malo. Juicio liviano. Convicción germen de lo que pasa en los domingos, cuando al tío sin hijos se le calienta el pico con vino en la sobremesa: de repente se forman paneles de debate donde todos son duchos en una materia. Creo que esta soberbia no es nueva; pero este ensalzamiento a los principiantes (gentileza Feinmann y afines) les arma de una peligrosa autoridad que más valdría dar en préstamo al escéptico, así signifique un poco más de silencio en los asados.

Traveller Health Care para tontos paseantes

Ante cualquier sufrimiento hay, al menos para mí, una cura milagrosa. Todos tenemos algún fetiche que sirve de cura, un placebo romántico que nos sirve para enfrentar la dura realidad. Las ideas románticas sirven para cuando la realidad, que tiende siempre a ser gris y monótona, se vuelve un ciclo que no sale de sí mismo. Pero ojo. Cuando uno decide al fin recurrir a estas curas, ni siquiera terminan siendo románticas: esta clase de ideas son las que nos permiten dejar de tomar tan en serio al tiempo presente, lo que implica siempre dejar de sufrirlo tanto.
Pongo un ejemplo.

En un día particularmente malo (por motivos diversos: a saber, una nefasta jornada en el trabajo, una nefasta jornada en el estudio, una nefasta jornada amorosa, una nefasta jornada social, una nefasta jornada en la verdulería, en la panadería, en el colectivo, en el supermercado, una nefasta jornada en la ciudad, siempre tan impredecible, multitudinaria, hostil, diversa, fría, apática y poco condescendiente) siempre me calma caminar hasta la terminal, que (como plus) queda a sólo una cuadra de mi casa.
Recuerdo un día que estaba particularmente hastiado de convivir con mi hermana y mi gato, y me fui a medianoche para sentarme frente a las plataformas. Era agosto y hacían creo que tres grados. Me arreglé con poco abrigo para andar liviano y ni siquiera me llevé el celular. Había pocos colectivos a destinos claves: Caleta Olivia, Cataratas, los eternos Buenos Aires. Apenas andaban los vendedores de DVD's piratas, con uno de los cuales compartí un cigarillo escuchando una perorata en portuñol sobre las putas de frontera.
No voy a decir que la terminal es un lugar mágico, porque cualquiera que haya estado en una terminal puede desdecirme con todo motivo. Las terminales suelen ser un depósito de colillas de cigarillo de pasajeros hiperventilados, y lomitos grasosos vendidos a precio dólar; el gran Paulo Coelho decía a propósito de Ceuta que los puertos están también llenos de ladrones. La terminal puede ser el más terrenal de los lugares, pero su magia consiste en que es un lugar de tránsito.
Todos los viajantes llegan a la terminal para abandonarla. Qué cosa más concisa que el nombre de la terminal de Buenos Aires: Retiro. Uno va a la terminal para llegar o irse, nunca para permanecer. De manera que en el momento de pisar una terminal, uno está atravesando un cuestionamiento de la propia pertenencia al aquí o al allá; todos los lugares, llegado el momento, se vuelven relativos. La única urgencia es o no perderse el colectivo, o no perder los bolsos en el despacho.

Aparte de ser un lugar de tránsito, la terminal está teñida, casi diría condecorada, con una infinidad de nombres que constituyen destinos potenciales. De manera tal que, caminando por los pasillos con boleterías, uno aprecia sus conexiones: desde Mendiolaza a Puerto Madryn. Cualquier persona puede estar yendo a cualquier lugar por motivos que no dan más de diversos.
Esto permite poner la vida de uno en perspectiva, pues bien podría estar desenvolviéndose en cualquier lugar de la Argentina (estamos hablando de una terminal de colectivos y no de aviones; en este caso, correspondería decir "cualquier lugar del mundo", pero yo nunca pisé un avión). Es difícil convencer al lector de este sentimiento, pero lo insto a hacer él mismo la prueba: es imposible ir a la terminal sin sentir que la transición de los otros es la transición de uno mismo. Pues en las terminales el todo es transitorio, es de tránsito. Si uno se sienta en un banco el tiempo suficiente, no ve el mundo entero; ve las distintas caras que conforman muchísimos mundos, muchos conocidos y muchos oscuros; diversos destinos, de ida y de arribo, que conforman una masa informe de historias que podrían ser la de uno; nunca dan cuenta de la totalidad del mundo, porque en las terminales no hay mundo: hay pequeños destinos.

Esto me funciona, como he dicho, para poner las cosas en perspectiva. Porque los problemas de uno suelen estar asociados al lugar donde vive uno; y trascender las fronteras, duras pero volátiles, de ese lugar donde vive uno, es trascender también los problemas. Los problemas sencillos como alquileres, novias, traiciones. Ir a la terminal para despejar la cabeza es pensar que las cosas podrían ser fácilmente de otra forma, porque uno podría fácilmente vivir en otro lado. Todo está asociado, en última instancia, al lugar de los amores y los desamores; o de la rutina inviable, o del encierro, quizás, en última instancia, Córdoba o las grandes ciudades son también las tierras del estrés. No les dolería si nos fuéramos, pero a nosotros tampoco nos dolería irnos. Quién no ha jugado con esa idea, a pesar de considerarla utópica las más de las veces. Pero es terapéutica, y si no me creen hagan la prueba. Porque ya lo dicen los científicos: el optimismo tiene más propiedades que las semillas de quinoa.

6.10.13

La vida como Bildungsroman, pt. 2

El joven enfrenta el mundo con toda la energía pero sin ningún tipo de experiencia. En este sentido, "joven" no se referiría a la edad sino a la inmadurez: alguien que está en los umbrales de algo que nunca vivió en su vida. Debido a este exceso de energía, el joven tiende a desordenar las cosas, perder el foco, ser en suma ecléctico, incoherente, desorganizado. Insensato. La sensatez es una virtud a la cual yo mismo no puedo aspirar todavía. Combina moderación, distancia crítica, quizás superar el fetichismo inútil para con algo (si eso es posible), para con alguien, para con alguna meta. Es algo a lo que me gustaría muchísimo llegar de viejo, pero sé que todavía no es mi hora.
Para el joven (más correcto sería llamarlo "principiante"), la vida es un tren que va rapidísimo. No puede extraer del paisaje más que enseñanzas fugaces que se acumulan con violencia pero jamás responden a la totalidad. El principal defecto de nosotros los principiantes es quererlo "todo" y "ya", una consagración plena sin pasar por el sufrimiento o el trabajo o ni siquiera la espera. Celeste sin que nos cueste. Por supuesto que esta codicia imposible no incluye solamente a los jóvenes "de edad", lo cual no deja de sorprenderme.

Opuestamente al joven, el viejo (pero de nuevo, sería mejor no hablar de "viejo", porque generalmente se trata de tipos que no han perdido para nada su energía espiritual; diría mejor "experto") ha vivido. Avanzó más lejos que el umbral; ha visto y hecho mucho. Alguien es experto en su tarea cuando la ha desempeñado por un largo tiempo, y ha enfrentado una multiplicidad florida de circunstancias adversas. En realidad, el experto vale por lo que tiene en la cabeza. La sabiduría que proviene de la experiencia, esta sabiduría que José Ingenieros (patrono de los principiantes) desdeñó con su frase "es mentira que el diablo más sabe por viejo. El diablo sabe porque es diablo". No es cuestión de irse a los extremos: el hombre sabio ha sido diablo, pero lo ha sido con fuerza y garra durante mucho tiempo. Lo que lo diferencia de los diablitos amateur.
A veces me parece triste que en alguna medida el mundo no pueda sorprender al experto, que ya lo ha visto todo. Pero tampoco sé si esto sea cierto. Generalmente se dice que uno al ser viejo se amarga, se agria, pierde su magia, pierde su espíritu, pierde su ímpetu, pierde su envión. Tampoco creo que esto sea cierto. Ser viejo tiene un premio que yo estimo incomparable: la sensatez de quien expresa su juicio sin gritar ni prejuzgar ni difamar al otro. Éste el atributo más glorioso del que lo ha vivido todo; no hay nada que diga o haga el prójimo pueda perturbar su impasibilidad; se asienta sobre bases y principios más seguros que una torre de hormigón armado. Todo lo nuevo es comprendido cabalmente, como quien viaja en un tren a dos kilómetros por hora; cada detalle es aprehendido con justeza, con calma, puesto que en realidad no hay nada nuevo. Lo realmente nuevo sorprende a los viejos zorros, como las computadoras o las tablets. 
Los jóvenes, por el contrario, sospechamos que todo es nuevo. Y de ahí que correteemos por todos lados buscando experiencias nuevas y acomodándonos a las circunstancias, que las más de las veces son verdaderamente hostiles.

Esto no sirve como criterio de clasificación. Según mi entender, nadie es solamente joven o solamente viejo; todos somos jóvenes y viejos a la vez. Ejemplo práctico. Yo terminé la secundaria en el Pío XI; no puedo evitar sentirme viejo cada vez que vuelvo a ese lugar, que para mí no guarda ningún secreto. No creo que pueda volver a la secundaria y aprender algo totalmente nuevo; no creo que nadie que haya terminado la secundaria puede decir tal cosa. Hoy vuelvo allí y me siento sapo de otro pozo, al haber 1. estado en la universidad al menos dos años y 2. haberme enfrentado a sus textos jodidos, largos, tediosos, sin dibujos, ayer nomás incomprensibles.
Pero todavía recuerdo esa sensación de bajarme en la puerta del colegio, marzo 2005, 1 y media de la tarde, de un Renault bordó manejado por mi vieja. Ver primero el edificio naranja con la estatua al frente y las canchas de fútbol, prados verdes y floridos, murales, grillos callados y pajaritos en la calma de la siesta, los árboles mentados por cartelitos con sus nombres de salón. Hoy digo, en mi jerga de intelectualoide, que nunca fui tan parecido en mi vida a un personajillo de Hermann Hesse. En ese entonces, un adolescente de 14 me parecía enorme, sabio, serio. Hoy me parece un pelotudo sin maldad. Cuando sea más viejo de edad, Dios sabe si me interesará juzgar a los adolescentes de 14.

La cita del amigo de mi amigo se refiere a una experiencia, pero más me correspondería decir (en esta corrupción que hice) que habla, en realidad, de la Experiencia en general. La experiencia como práctica, como bien acumulable (para no evadir artificialmente la comparación con un bien material)... la experiencia gracias a la cual, digamos, crecemos como personas. Sea lo que sea que esto signifique.
A mayor experiencia, menor velocidad: mayor capacidad de discernir lo realmente importante del paisaje, que a mi juicio constituye el fin y la utilidad práctica de la sabiduría.

La moraleja es, como todo en la vida, no dejarse estar. Lo que en suma delata la experiencia es lo poco que ha desperdiciado uno su vida. Las ganas de superarse son las que separan el ignorante del bruto. "No dejarse estar" es, en realidad, una moraleja para todo; las ganas de mejorar el estado actual, sea cual sea, son las que mueven a las personas. Pero por esto mismo no quiero repetirme la moraleja a cada rato. No es un refrán de autoayuda, jamás tiene que perder el sentido. Para que no pierda el sentido, de nada sirve que otros se la repitan a uno. Vale decir que uno tiene que descubrirle el sentido por sí mismo. La experiencia propia es la que más vale, desde Comte a Thoreau.
El cinismo definitivo es desperdiciar conscientemente la vida.
Dicho de otra forma:

"age is no crime.
but the shame
of a deliberatly
wasted
life
among so many
deliberately
wasted
lives
is."
(Bukowski. "Be kind". Fragmento) 

2.10.13

Mariano Moreno

"Tal vez [Mariano] Moreno haya sido un neurótico, un angustiado, un desequilibrado, no un hombre corriente y centrado. Pero de un hombre corriente y centrado puede hacerse un excelente juez de paz, un correcto oficinista, incluso un buen académico. Nunca un creador, difícilmente un conductor y jamás un revolucionario."
Miguel Ángel Scenna, n°35 de "Todo es Historia"

1.10.13

La vida como Bildungsroman, pt. 1

Las moralejas mediante refranes y analogías raramente me convencen. Las siento nombrar cada tanto... "un libro es un amigo", "un amigo es un tesoro"; "el tiempo es dinero" y por lo mismo el tiempo es un tesoro; ni hablar del tiempo que pasamos entre amigos o leyendo libros. Si uno se guía por todas estas analogías trilladas pero aparentemente tan revolucionarias, nada hay de malo en el mundo ni puede haber: todo es increíblemente bello. Basta un libro y un amigo para ser feliz aunque los impuestos se acumulen bajo la puerta. Me alegra que estos refranes armados existan; a mí no me dicen nada, pero las señoras que los comparten en Facebook se llenan de optimismo y esto, dicen los científicos, alarga la vida, estimula el sistema inmune... tiene más beneficios que las jodidas semillas de quinoa.
No hay muchos de estos refranes que yo adopte. Duramente reconocí lo que dice el Principito: que la palabra es una fuente de malentendidos. Hay muchas cosas en la mente de uno que no se pueden comunicar, no importa cuán obstinadamente se intentare - esta obstinación se llama filosofía y mueve una cierta cantidad de dinero que va a parar a las editoriales. Una porción de la sabiduría, la sabiduría comunicable, impone respeto; también es, en comparación con la otra, muy escasa. En su propia mente uno es genio y rey. Uno manda según principios tan efectivos que no importa si los otros los respetan. Eso sí: cuando uno quiere explicar esos principios, es virtualmente imposible no quedar como un estúpido, como un pedante o como un verborrágico sin decoro.

No obstante este gran río de mierda que separa dos almas una de la otra, una vez escuché una analogía de estas que terminó de convencer esta mañana, después de una larga digestión. Esta explicación la escuché de un amigo, que se la dijo un amigo, que posiblemente lo oyó de alguien más. Esta explicación tiene que ver con un hecho concreto: el hombre intentó relatar repetidas experimentaciones con la sustancia psicodélica más poderosa del mundo. (Estos 'viajes' son una de las cosas más difíciles de describir, como el amor o la saciedad después de una paella).
A lo largo de varias sesiones, cada uno de seis o siete horas completas, el tipo pudo entender una cosa. Prueba de que la pudo entender: la pudo transmitir sencillamente. No sé del tipo más de lo que he oído de él, que es muy poco. Sin embargo, su explicación me parece sensata y no dudo en atribuírsela a (esto lo explicaré después) alguien que efectivamente vivió lo que dice que vivió, sobre todo porque lo vivió varias veces.
"Un viaje con ayahuasca es como un tren que va rapidísimo. Ves [toda tu mente, toda tu vida, no me acuerdo qué dijo] en fragmentos breves, y no podés detenerte a apreciar los detalles porque las imágenes de las ventanillas pasan muy rápido. Pero a medida que viajás tres, cuatro veces, el tren va yendo cada vez más despacio. Empezás a entender más. Empezás a observar lo realmente importante, con más detenimiento, con más paciencia, con más tranquilidad. A la larga, terminás aprendiendo más en varios viajes que lo que hubieras aprendido subiendo al tren una sola vez".
Cuando escuché esta explicación, me pareció sumamente sensata. La sensatez es una virtud que uno obtiene, como quien desbloquea un nivel en un videojuego, después de un arduo proceso de interiorización de lo aprendido... proceso que personalmente no conozco, no puedo describir y jamás viví. Puedo testificarlo apenas con un puñado de aforismos de los cuales quiero citar dos.
Uno creo que es de Einstein. "Para saber que has aprendido algo, intenta explicarlo con palabras simples. Si no puedes explicarlo con palabras simples, no lo has entendido bien."
Otro es de Nietzsche. "La profundidad del pensamiento pertenece a la juventud. La claridad de pensamiento pertenece a la vejez".

Voy a formar un modelo hipotético.
1. La experiencia. Esto es, haber vivido algo, cualquier cosa, la suficiente cantidad de tiempo o la suficiente cantidad de veces como para haber aprendido realmente algo de la vivencia. Como el tren de la ayahuasca, más sirve haber estado mucho tiempo metido en algo; se aprecian más cosas, a la vez que se aprecia también lo importante y se deja lo secundario al margen. Lo secundario tiende a desvanecerse; lo importante conforma la sabiduría. A la larga, la sabiduría es precisamente eso: reconocer las cosas realmente importantes y en base a ellas organizar la vida.
2. La sabiduría. Que ya no tiene que ver con algo sucedido, sino con la digestión que cada uno hace de lo que le sucedió; digestión particular en cada individuo, que se relaciona con las experiencias anteriores y condiciona las experiencias del futuro. En esta parte del esquema se destilan estos conocimientos que se reconocen importantes y los otros, merced a una enorme economía (de la que Funes el memorioso dolorosamente carece), se diluyen.
3. La sensatez. Las pequeñas sabidurías derivadas de las pequeñas experiencias conforman una red, que va haciéndose más grande y más densa a medida de que pasan los años. Esta red de pequeñas experiencias pasadas es a su vez una novedosa experiencia, que la introspección del tipo reconocerá como tal. Es lo que se ha dado a llamar "la vida". La vida es un conjunto de experiencias. Ver hacia atrás en la vida y entenderla, es la suprema sabiduría. Es la mayor sabiduría a la que puede aspirar un sujeto en relación a uno mismo; probablemente, no le sirva de nada al prójimo. Lo que el prójimo considera valioso se llama en realidad "conocimiento", y tiende a parecerse más bien a una divisa o a un bien de mercado.
La consecuencia última de esta sabiduría suprema es la sensatez. La sensatez, la moderación, la calma de la senectud, son todos sinónimos: es la tranquilidad de quien ha cumplido satisfactoriamente con todos sus ciclos. Quien ha aprendido muchísimo, no puede apurarse pues sabe que la vida en realidad no apura; el tren ya pasa demasiado lento para él. Nada hay en el futuro que sea inaprehensible o nuevo, y por lo tanto más le valdría a uno tomárselo con soda, sin atragantarse.
La sensatez tiene como feliz consecuencia la falta de emoción violenta, la falta de ambición y la destacable posibilidad de abstenerse de emitir juicio cuando éste sea necio. Quien ha visto muchos necios, y quien sabe cómo terminan los necios, sabe también que no quiere ser un necio; sabe también cómo no ser un necio.