9.9.13

La búsqueda básica de un estilo de escritura, por Patricio P.

Es una presión altísima la que tengo encima, la que sigue a un día ardiente. Se me va el aire. Me destapo la ginebra, la pongo con hielo en el vaso, acomodo todo pacientemente sobre la mesa que ostenta un mantel amarillo de goma. Junto a la Rolling Stone que pensaba plagiar (ya inútil alternativa) pongo un libro enfermizo del viejo Bill Burroughs. Mi cuaderno blanco me parece repulsivo en comparación. Nada me convence; me rebotaron la primera reseña. ¿Le doy otra oportunidad? ¿Me doy otra oportunidad? Señor empleador: cagó. No puede pedirle a los chicos que repitan el show de anoche para que vaya a cubrirlo usted en persona. Tiene un solo emisario que lo vio todo, tiene todo en su cabeza, y no sabe expresarlo convincentemente. Señor empleador: cagó. A esta altura del partido (con un pase de prensa colgando como una medalla de una pata de la cama del emisario) tiene dos opciones: o deja ir esta oportunidad sagrada de cubrir el show de cierre del tercer disco de Cyro y la Liga Premier, o da otra oportunidad al potencial del principiante que la vida le colocó enfrente por casualidad.

Acá les habla el emisario, al que le dieron una segunda oportunidad. ¿Qué se hace después de esto? Tengo una dificultad nada romántica sino metodológica al mango: no sé decir todo lo que quiero decir. Intenté ser lo más conciso e impersonal posible, recurriendo a ejemplares de la RS que habían cubierto festivales multitudinarios, y todos hacían uso de la misma fórmula que intenté emplear yo. Casi que parece una costumbre, vox populi, y justamente eso me dio el indicio de que podía estar equivocado; sin embargo, por cuestiones de economía, empleé la fórmula. Economía. Economía es hacer más con menos como si me faltara energía, como si me faltara tiempo, como si me faltaran ganas. No me falta ninguna de las tres. ¿Por qué no hago algo como la gente? Está esa presión. ¿Qué es hacer algo como la gente? La solución se vislumbra, lejana, apenas teórica, apenas esbozada por algún borracho de los setenta: buscá tu estilo, enmarcá tu estilo, hacé vivir (esto lo pidió el señor específicamente) el recital a la persona que te lea, provocá el fervor antes que la rutina y (¡Dios no quiera!) el aburrimiento. La solución se acerca cada vez más, uno corre a ella como si fuera la zanahoria prometida de un conejo blanco hambriento. "Seguí al conejo", dice una canción que (oh casualidad) usaron los musicalizadores de una película basada en un libro de Hunter Thompson. ¡De repente tengo que tomar decisiones! ¿Pero qué clase de decisiones? Decisiones estilísticas, decisiones estéticas, decisiones hasta de carácter. Nada que esté fuera de mi alcance hoy mismo y acaso esto es lo que más me compromete: esta noche tengo que mostrar algo realmente mío, una forma mía de escribir que (no quiero decir impresione, porque esta palabra tan grande no basta) sea capaz de enfrentar a los que estuvieron allí sin salir mortalmente herida. Esta noche tengo que salir con un producto definitivo como la mierda que cago todos los días antes de fumar un cigarrillo en el baño; pero que, como todo lo que vale la pena en esta vida, no viene sólo por la pura acción de las tripas.

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