11.9.13

Ensayo breve sobre el concepto shklovskiano de "desautomatización", popularizado en 1970 por una obra crítica que recoge lo más destacable del estructuralismo riguroso e inmanentista

se define como un proceso por el cual 
el espíritu creador del individuo irrumpe sobre
[el mundo]
 rebelándose contra carácter colectivo y socializado


A propósito de este calor que a esta altura ya puede considerarse "destructivo", me puse a recordar lo que hacía hace dos años cuando pisé Córdoba por segunda vez.
(No hay nada mejor que un financiamiento digamos independiente: había pegado un laburo como bibliotecario y con mi -fugacísimo- primer sueldo me embarqué en un viaje de 8 días a lo salvaje del país. El segundo viaje fue más sobrio y moderado: recuerdo haber gastado 400 pesos en el Paseo de las Artes en objetos que todavía mal que mal conservo).

Uno de los grandes canales que tiene el cerebro para recordar eventos anteriores es la nariz. Según un eufemismo del siglo XVII, la nariz es "la esclusa del cerebro". Gracias a una selección caprichosa, la nariz es capaz de retrotraernos dos años en el pasado. Pero hay algo más aparte de tener nariz: estar presente en el momento preciso donde puede tiene lugar el olor de recuerdo (generalmente, uno no busca recuerdos sino que los recuerdos lo buscan a uno). El momento preciso se da solo, casi incontrolable.

Pero la naturaleza tiene ciclos. Y los ciclos tienen olores. Tal es así que en cualquier poema medianamente cursi sobre la primavera se refiere al olor de las flores; o ese olor de hoja seca mezclado con tierra es lo que caracteriza olfativamente el otoño; también la madrugada o la lluvia. Estos ciclos no son casuales y para conocerlos uno debería ponerse a estudiar meteorología. Controlar los ciclos es un tema aparte; las noticias dicen que hay helicópteros tirando químicos desde el cielo para hacer que no llueva. Tal progreso hemos logrado: hínchanse de orgullo la raza humana y allegados.

Me enamoré de Córdoba una tarde de septiembre del año dos mil once. Hacía calor. Creo que hacía la misma especie de calor que ahora: la misma intensidad, la misma humedad, la misma presión - todo salvo la irradiación ultravioleta que está bloqueada por ese fuego ajeno que me llena de ceniza las ventanas. Si no fuera por este fuego (que se está dando tantas licencias en Punilla) pensaría que estamos en el 2011, y me volvería a enamorar.
Recuerdo el momento fielmente: estaba oscureciendo y yo estaba admirando desde abajo el martillo del Super Park que subía y bajaba. No hace falta hacer una descripción empalagosa de las luces y la gente, porque ya me saqué las ganas de hacer tales cosas con el artículo que escribí el otro día para El ojo con dientes. Solamente diré que todo era muy naranja y la gente estaba riendo. Era día entre semana. Hacía calor. Había gente pero no tanta. Los juegos eran baratos (o yo tenía mucha plata en el bolsillo) y estaba acompañado por la chica que entonces me gustaba. Saboreaba creo que unos chicles de fruta. Pensé lo siguiente, de una manera concisa y bien simple: ¿qué más puedo esperar de la vida? Acá debe estar el lugar.

Llené de poemas en prosa a Córdoba desde que entré en este trance amoroso. Los tengo a todos archivados en una caja llena de demonios que no quise volver a abrir desde que llegué, y que hace (mantelito por medio) las veces de mesita de noche. Queridos amigos míos: no sé por qué temo a este enfrentamiento con el pasado, pero tiene que llegar y está llegando aunque yo no lo quiera. El año pasado a esta altura me lo pasé por alto, ocupado y ofuscado en otras cosas. Hoy estoy viviendo una etapa particularmente intensa de mi vida, pero centrada en mí (a diferencia del 2012, que estuve centrado en Dios sabrá que objetivos). Me tomo la libertad, entonces, de oler el ambiente y recordar cosas que me hicieron tomar la decisión de mi vida: ¿qué me trajo a Córdoba?

El olor me trajo a Córdoba. El olor me trajo, como mi gato camina hacia mí con cara de diplomático de vocación cada vez que huele el atún que bordeo con el abrelatas. Me trajo el olor, como se llena de esperanza a los inmigrantes que desde el barco ven a la Estatua de la Libertad ansiando una vida nueva. Me trajo el olor que, como el olor a madrugada, anuncia un renacer, si se quiere, espiritual. Para terminar de darme cuenta de todo esto, lo comparé con el olor del hastío (ese olor del Paraná que entonces detestaba y que hoy -inevitablemente- evoco con nostalgia). Era un olor diferente. Era un olor nuevo. Era un olor definitivo, un mensajero que trae en un papelito un mensaje que dice "vení".
Llené mis pulmones con ese olorcito a victoria que se siente cuando se presiente de que algo nuevo está por llegar. Es el olor que tiene Córdoba en una temporada de calor, sorprendentemente fuera de lugar (estamos, técnicamente, en invierno). Es el mismo que flota en el aire ahora bajo este solazo destructivo. Hoy hicieron 40 grados centígrados y yo tuve que escalar hasta la facultad (la calle es tan empinada que me iba a caer de culo por la fatiga). Lo sufrí, olvidándome por un momento que para eso vine. Me olvidé que estoy en la cresta de la ola, en lo alto de mi vida, mirándolos a todos desde una montaña y aspirando ese olor a montaña que tantos otros piensan que es el olor de una tarde calurosa:

olor a basura recalentada, dirá cínicamente un nativo secándose la frente con un paño.

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