27.9.13

Danza de la clausura: septiembre en tres secciones de ocho compases binarios

Danza uno.
 Quisiera traerles la novedad, pero todavía no pasa nada. Pacientemente me llevo la luz a un sector cercano a mi nariz helada, y veo cómo se enciende de a poco: hordas de puntitos naranjas invaden furiosamente el final del cilindro. Avanzan sobre tabaco triturado ensobrado en un papel apenas blanco, como hojas marrones de otoño... de la quemazón, cruda batalla en un campo abierto, sale un humo sedoso con olor a muerte ni bien respiro.
Mi canal de comunicación con el mundo es mi ventana, que está entornada. Un resquicio deja entrar una brisa fría, que al pegarse a la loza se calienta y sube. Diligentemente me pega en la nariz y así me entero que afuera hay dieciocho grados. Tras el vidrio de la ventana puede verse que todo afuera brilla: desde los capós de los autos hasta las hojas del abedul frente a las ventanas de Tribunales.
¿Por qué todo brilla? Yo no soy especialista en ninguna maña, pero pareciera que todos están con las orejas paradas como una pantera, en un estado de honda expectación.

Contradanza.
 Pero esperando qué. El qué, ah no sé, misterio. No-respuesta: la bronca del que busca la primicia. Misterio vox populi: es un Misterio sui generis. Lo sentí nombrar hoy, lo pasaron apenas unos minutos en las noticias, tímidamente, para que la esperanza no nazca falaz en nuestros corazones. Ya millones de veces nos han atorado con la misma noticia y después no pasó nada. La gente se acostumbró ya a expresar su decepción con el temidísimo "como siempre". Si el pronóstico trunco de hoy indicara lluvia, nosotros saldríamos todos con la lengua afuera y abrigados, y la nube se disiparía burlonamente. Ya van noventa y dos días corridos sin agua, pródigos no obstante hasta en terremotos; ya han pasado dos o tres días en los cuales el humo de los campos tapó el sol en un incendio destructivo, que en su momento mencioné en este blog. Humo de campos combinado con el humo de nuestros propios cigarrillos, que por esos días colgaban de los labios de una troupe de bomberos boquiabiertos contemplando hectáreas y hectáreas de trigo hecho brasas.

Segundo movimiento.
 Sobra y sobrará tiempo para llorar sobre el kerosén derramado, pero no es útil seguir lamentándose. El incendio está controlado hace ya un mes, que sin embargo se nos hizo interminable por una diversidad casi joyceana de otros temas y problemas. Entre ellos, un calor sofocante consecuencia de estar encerrados en un invernadero de cenizas por tres días seguidos. Recuerdo que cuando el techo se abrió, dejando al fin pasar el sol (que, pobre, no servía ni de consuelo) la tierra apenas se podía pisar. La gente prefirió no sacar un pie de sus bañeras. Esto ha sido un informativo a cargo de sádico channel: los tres niños gritando por su madre tras una gran cortina de fuego ardiente en algún lugar del sistema serrano... el amarillo infernal y hambriento reflejado en sus ojos... sus manos negras de hollín estirándose para adelante y contrayéndose ante la dureza del calor... mañana, sintonice. Tenga paciencia. Lección que quisieran dar esos niños, de poder.

Contradanza.
 Cuando hay una sala llena de gente que está expectante (como, por ejemplo, un teatro lleno con las luces apagadas) ocurre un silencio que pudiéramos calificar de sepulcral. Un sepulcro es a su manera un teatro en el que protagonista, desgraciadamente, no destaca por su carisma en vivo.
Sepulcral es el silencio que se levanta como polvo caliente desde la vereda hasta mi ventana, que es de un primer piso. Entornada apenas, inclinado el cristal hacia afuera, deja entrar este silencio pesado para que se deslice como víbora por el piso, y llegue a mis oídos con un elocuente eco de nada pues es puro silencio. Así me entero que las cosas afuera están muy tensas. Tímidamente me acerco; el pucho por la mitad, los pies arrastrados bajo unas rodillas que apenas se doblan clop clop clop. Necio pensar que en este cuchitril miserable puede escucharse un eco, pero probablemente el eco de mis pisadas venga de allá, del rascacielos de la otra cuadra. Puedo escuchar el eco de mis pisadas reverberando desde el rascacielos de la otra cuadra, que desde lo alto anuncia como con megáfono que deslizo los pies hacia la ventana. En serio, ¿tan callados están todos? Me arrimo y miro.

Tercer.
 La gente afuera está mirando hacia arriba; cabeza inclinada formando tres rollitos en la nuca. Apenas si se distinguen entre el brillo de las hojas, de los capós, de los diarios viejos tirados en la vereda junto a las cunetas que brillo propio equivale a sol en equinoccio más o menos a la altura de Manaos capital del estado brasileño de Amazonas. Dentro de la cuneta hay colillas de tabaco negro y pelos viejos que también se hacen notar. Aunque ninguno de estos brillos se compara al de los ojos de la gente que mira hacia arriba. Y de inmediato entiendo qué los hace brillar tan profusamente, yo también mirando hacia arriba con intriga - la forma más pura de la curiosidad periodística.
Ahora sobreviene una nube que alumbra con un azul profundo, nacido mucho más allá de los rascacielos y que el humo de nuestros propios cigarrillos que sin embargo se eleva, indiferente. El lugar natural id est, cumulunimbus salvaje va sobre cirrus y todavía forsit la exosfera. "Exo" (¡no, quién pudiera salir de...!) la "sfera". A todo esto, ¿la habrá anunciado alguien? Ante el silencio de los meteorólogos qué queda sino confiar en la cadera de un hombre viejo que, convencido, dice que la estación seca ya está en las últimas. Hoy con nosotros: una nube negra al fin. Después de tres meses en los cuales hemos sobrevivido a casi todo, salvo a las nubes negras.

Oscura impresión. Pero las primeras gotas amenizan siempre el miedo. Llegan una a la vez, como los dedos tímidos de un enamorado sobre su joven novia. La primera suele depositarse en el borde de una baldosa, la segunda dos pies más hacia el centro, la tercera en un sombrero florido. Juntas conforman la lluvia: institución, musa, colectivo.
Veinte segundos de un ligero eco de las gotas reverbera en algún rascacielos en la otra cuadra, tras los cuales la gente mira de nuevo para abajo y silenciosamente se pone a juntar sus papeles.

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