24.9.13

"Ayerecó quahá catú", o Una provincia guaraní

Por Bartolomé Mitre,
 fechado 13 de julio de 1878

Era el año de 1838; la más bárbara y la más poderosa de las tiranías pesaba con mano de hierro sobre la República Argentina.
En toda la extensión de su territorio no se hacía oír ni una voz de protesta, ni un quejido siquiera; apenas si sus amedrentados ciudadanos se atrevían a respirar y a pensar dentro del imperio tenebroso de su propia conciencia.
El tirano triunfante, omnipotente, implacable, dominaba hasta los estremecimientos de las conciencias desde el Plata hasta los Andes, y su poder se consideraba incontrastable así en el orden físico como moral.
El horizonte de la patria estaba obscuro y no se presentía ni de dónde pudiera venir la luz de la libertad que iluminase a los pueblos sumidos en la negra noche de la esclavitud.

De repente se escuchó en un extremo del territorio argentino un vago rumor de gritos que en lengua extraña apellidaban libertad; se sintió rumor de las armas, y luego se vieron salir de entre los floridos bosques que bañan el Paraná y el Uruguay, en los confines del norte argentino, un pueblo casi desconocido que se aprestaba al combate, desafiando al tirano de la patria en medio de su omnipotencia.
A su cabeza marchaba como un general su primer magistrado, un hombre sin nombre, dispuesto como sus conciudadanos a la lucha y al sacrificio.

¿Qué pueblo era ese que tan valerosamente desafiaba al tirano?
Era una provincia argentina, a que por escarnio se llama hoy provincia guaraní, donde hasta entonces no había sonado un tiro desde la época del coloniaje, y cuyos moradores, inocentes y pacíficos, no sabían ni siquiera esgrimir una lanza.
Era en verdad una provincia guaraní, débil, pobre, obscura, inerme, que pronto debía ser pisoteada por las patas de los caballos de la omnipotente tiranía, y cuyas más nobles cabezas debían pronto rodar por el suelo ensangrentado de la patria.

A pesar de esto, la provincia guaraní fue sola y sin armas a la batalla, y salió al encuentro de las hordas de la tiranía. Su gobernador, Berón de Astrada, marchaba al frente de las columnas de ataque.
Los soldados, con reliquias pendientes del cuello y murmurando oraciones aprendidas en la niñez, desplegaron la línea de batalla, avanzaron con sublime inocencia para librar la primera pelea de su historia y la primera de la gran lucha de la libertad argentina.
Casi todos murieron, y su gobernador el primero. Mil doscientos cadáveres quedaron en el campo. De la piel del gobernador se hizo una manea: los prisioneros fueron degollados y los caballos de los vencedores se ataron a los cadáveres de los vencidos. El vencedor, como Carlos IX ante el cadáver putrefacto de Coligny, dijo que siempre olía bien el enemigo muerto.

Desde entonces la provincia de Corrientes, el nombre de su gobernador y mártir Berón de Astrada y la jornada de Pago Largo, ocupan la página más memorable, más gloriosa y más triste de la libertad argentina.

Los que sobrevivieron a esta hecatombe decían, acentuando la palabra como los guaraníes: "¡Corrientes pagó largo!"

Nuestro corresponsal
Bartolomé Mitre (1821 - 1906)

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