27.9.13

Danza de la clausura: septiembre en tres secciones de ocho compases binarios

Danza uno.
 Quisiera traerles la novedad, pero todavía no pasa nada. Pacientemente me llevo la luz a un sector cercano a mi nariz helada, y veo cómo se enciende de a poco: hordas de puntitos naranjas invaden furiosamente el final del cilindro. Avanzan sobre tabaco triturado ensobrado en un papel apenas blanco, como hojas marrones de otoño... de la quemazón, cruda batalla en un campo abierto, sale un humo sedoso con olor a muerte ni bien respiro.
Mi canal de comunicación con el mundo es mi ventana, que está entornada. Un resquicio deja entrar una brisa fría, que al pegarse a la loza se calienta y sube. Diligentemente me pega en la nariz y así me entero que afuera hay dieciocho grados. Tras el vidrio de la ventana puede verse que todo afuera brilla: desde los capós de los autos hasta las hojas del abedul frente a las ventanas de Tribunales.
¿Por qué todo brilla? Yo no soy especialista en ninguna maña, pero pareciera que todos están con las orejas paradas como una pantera, en un estado de honda expectación.

Contradanza.
 Pero esperando qué. El qué, ah no sé, misterio. No-respuesta: la bronca del que busca la primicia. Misterio vox populi: es un Misterio sui generis. Lo sentí nombrar hoy, lo pasaron apenas unos minutos en las noticias, tímidamente, para que la esperanza no nazca falaz en nuestros corazones. Ya millones de veces nos han atorado con la misma noticia y después no pasó nada. La gente se acostumbró ya a expresar su decepción con el temidísimo "como siempre". Si el pronóstico trunco de hoy indicara lluvia, nosotros saldríamos todos con la lengua afuera y abrigados, y la nube se disiparía burlonamente. Ya van noventa y dos días corridos sin agua, pródigos no obstante hasta en terremotos; ya han pasado dos o tres días en los cuales el humo de los campos tapó el sol en un incendio destructivo, que en su momento mencioné en este blog. Humo de campos combinado con el humo de nuestros propios cigarrillos, que por esos días colgaban de los labios de una troupe de bomberos boquiabiertos contemplando hectáreas y hectáreas de trigo hecho brasas.

Segundo movimiento.
 Sobra y sobrará tiempo para llorar sobre el kerosén derramado, pero no es útil seguir lamentándose. El incendio está controlado hace ya un mes, que sin embargo se nos hizo interminable por una diversidad casi joyceana de otros temas y problemas. Entre ellos, un calor sofocante consecuencia de estar encerrados en un invernadero de cenizas por tres días seguidos. Recuerdo que cuando el techo se abrió, dejando al fin pasar el sol (que, pobre, no servía ni de consuelo) la tierra apenas se podía pisar. La gente prefirió no sacar un pie de sus bañeras. Esto ha sido un informativo a cargo de sádico channel: los tres niños gritando por su madre tras una gran cortina de fuego ardiente en algún lugar del sistema serrano... el amarillo infernal y hambriento reflejado en sus ojos... sus manos negras de hollín estirándose para adelante y contrayéndose ante la dureza del calor... mañana, sintonice. Tenga paciencia. Lección que quisieran dar esos niños, de poder.

Contradanza.
 Cuando hay una sala llena de gente que está expectante (como, por ejemplo, un teatro lleno con las luces apagadas) ocurre un silencio que pudiéramos calificar de sepulcral. Un sepulcro es a su manera un teatro en el que protagonista, desgraciadamente, no destaca por su carisma en vivo.
Sepulcral es el silencio que se levanta como polvo caliente desde la vereda hasta mi ventana, que es de un primer piso. Entornada apenas, inclinado el cristal hacia afuera, deja entrar este silencio pesado para que se deslice como víbora por el piso, y llegue a mis oídos con un elocuente eco de nada pues es puro silencio. Así me entero que las cosas afuera están muy tensas. Tímidamente me acerco; el pucho por la mitad, los pies arrastrados bajo unas rodillas que apenas se doblan clop clop clop. Necio pensar que en este cuchitril miserable puede escucharse un eco, pero probablemente el eco de mis pisadas venga de allá, del rascacielos de la otra cuadra. Puedo escuchar el eco de mis pisadas reverberando desde el rascacielos de la otra cuadra, que desde lo alto anuncia como con megáfono que deslizo los pies hacia la ventana. En serio, ¿tan callados están todos? Me arrimo y miro.

Tercer.
 La gente afuera está mirando hacia arriba; cabeza inclinada formando tres rollitos en la nuca. Apenas si se distinguen entre el brillo de las hojas, de los capós, de los diarios viejos tirados en la vereda junto a las cunetas que brillo propio equivale a sol en equinoccio más o menos a la altura de Manaos capital del estado brasileño de Amazonas. Dentro de la cuneta hay colillas de tabaco negro y pelos viejos que también se hacen notar. Aunque ninguno de estos brillos se compara al de los ojos de la gente que mira hacia arriba. Y de inmediato entiendo qué los hace brillar tan profusamente, yo también mirando hacia arriba con intriga - la forma más pura de la curiosidad periodística.
Ahora sobreviene una nube que alumbra con un azul profundo, nacido mucho más allá de los rascacielos y que el humo de nuestros propios cigarrillos que sin embargo se eleva, indiferente. El lugar natural id est, cumulunimbus salvaje va sobre cirrus y todavía forsit la exosfera. "Exo" (¡no, quién pudiera salir de...!) la "sfera". A todo esto, ¿la habrá anunciado alguien? Ante el silencio de los meteorólogos qué queda sino confiar en la cadera de un hombre viejo que, convencido, dice que la estación seca ya está en las últimas. Hoy con nosotros: una nube negra al fin. Después de tres meses en los cuales hemos sobrevivido a casi todo, salvo a las nubes negras.

Oscura impresión. Pero las primeras gotas amenizan siempre el miedo. Llegan una a la vez, como los dedos tímidos de un enamorado sobre su joven novia. La primera suele depositarse en el borde de una baldosa, la segunda dos pies más hacia el centro, la tercera en un sombrero florido. Juntas conforman la lluvia: institución, musa, colectivo.
Veinte segundos de un ligero eco de las gotas reverbera en algún rascacielos en la otra cuadra, tras los cuales la gente mira de nuevo para abajo y silenciosamente se pone a juntar sus papeles.

26.9.13

Hunter S. Thompson

Un día con Thompson: Chivas, Dunhills, cocaína

La rutina diaria de Hunter Thompson es a la vez predecible y escandalosa. De no ser apócrifa, de acuerdo con su biografía según E. Jean Caroll "Hunter: The Strange and Savage Life of Hunter S. Thompson":
3 pm - levantarse.
3:05 - Chivas Regal con el diario matutino, cigarrillo Dunhill
3:45 - cocaína
3:50 - otro vaso de Chivas, y otro Dunhill
4:05 - primera taza de café, Dunhill
4:15 - cocaína
4:16 - jugo de naranja, Dunhill
4:30 - cocaína
4:54 - cocaína
5:05 - cocaína
5:11 - café, Dunhills
5:30 - más hielo en el Chivas
5:45 - cocaína
6 pm - hierba para bajar un poco
7:05 - almuerzo en la taberna de Woody Creek - Heineken, dos margaritas, dos hamburguesas con queso, dos porciones de papas fritas, un plato de tomates, ensalada de col, una ensalada de taco, doble porción de anillos de cebolla, pastel de zanahoria, helado, buñuelos de frijol, cocaína, y para llevar: un cono de nieve (un vaso de hielo triturado sobre el cual se colocan cuatro o cinco medidas de Chivas)
9 pm - cocaína
10 pm - ácido
11 pm - Chartreuse, cocaína, hierba
11:30 - cocaína
medianoche - Hunter está listo para escribir
12:05 a 6 am - Chartreuse, cocaína, hierba, Chivas, café, Heineken, cigarillos Clove, pomelo, Dunhills, jugo de naranja, ginebra
6 am - en la bañera: champagne, helado DoveBars, fetuccini Alfredo
8 am - Triazolam
8:20 - dormir

(Associated Press)

24.9.13

"Ayerecó quahá catú", o Una provincia guaraní

Por Bartolomé Mitre,
 fechado 13 de julio de 1878

Era el año de 1838; la más bárbara y la más poderosa de las tiranías pesaba con mano de hierro sobre la República Argentina.
En toda la extensión de su territorio no se hacía oír ni una voz de protesta, ni un quejido siquiera; apenas si sus amedrentados ciudadanos se atrevían a respirar y a pensar dentro del imperio tenebroso de su propia conciencia.
El tirano triunfante, omnipotente, implacable, dominaba hasta los estremecimientos de las conciencias desde el Plata hasta los Andes, y su poder se consideraba incontrastable así en el orden físico como moral.
El horizonte de la patria estaba obscuro y no se presentía ni de dónde pudiera venir la luz de la libertad que iluminase a los pueblos sumidos en la negra noche de la esclavitud.

De repente se escuchó en un extremo del territorio argentino un vago rumor de gritos que en lengua extraña apellidaban libertad; se sintió rumor de las armas, y luego se vieron salir de entre los floridos bosques que bañan el Paraná y el Uruguay, en los confines del norte argentino, un pueblo casi desconocido que se aprestaba al combate, desafiando al tirano de la patria en medio de su omnipotencia.
A su cabeza marchaba como un general su primer magistrado, un hombre sin nombre, dispuesto como sus conciudadanos a la lucha y al sacrificio.

¿Qué pueblo era ese que tan valerosamente desafiaba al tirano?
Era una provincia argentina, a que por escarnio se llama hoy provincia guaraní, donde hasta entonces no había sonado un tiro desde la época del coloniaje, y cuyos moradores, inocentes y pacíficos, no sabían ni siquiera esgrimir una lanza.
Era en verdad una provincia guaraní, débil, pobre, obscura, inerme, que pronto debía ser pisoteada por las patas de los caballos de la omnipotente tiranía, y cuyas más nobles cabezas debían pronto rodar por el suelo ensangrentado de la patria.

A pesar de esto, la provincia guaraní fue sola y sin armas a la batalla, y salió al encuentro de las hordas de la tiranía. Su gobernador, Berón de Astrada, marchaba al frente de las columnas de ataque.
Los soldados, con reliquias pendientes del cuello y murmurando oraciones aprendidas en la niñez, desplegaron la línea de batalla, avanzaron con sublime inocencia para librar la primera pelea de su historia y la primera de la gran lucha de la libertad argentina.
Casi todos murieron, y su gobernador el primero. Mil doscientos cadáveres quedaron en el campo. De la piel del gobernador se hizo una manea: los prisioneros fueron degollados y los caballos de los vencedores se ataron a los cadáveres de los vencidos. El vencedor, como Carlos IX ante el cadáver putrefacto de Coligny, dijo que siempre olía bien el enemigo muerto.

Desde entonces la provincia de Corrientes, el nombre de su gobernador y mártir Berón de Astrada y la jornada de Pago Largo, ocupan la página más memorable, más gloriosa y más triste de la libertad argentina.

Los que sobrevivieron a esta hecatombe decían, acentuando la palabra como los guaraníes: "¡Corrientes pagó largo!"

Nuestro corresponsal
Bartolomé Mitre (1821 - 1906)

23.9.13

La experiencia de Joyce

"...porque no hace falta repetir que cada nuevo tipo de escritor da lugar a un nuevo tipo de lector, cada genio produce una legión de jóvenes insomnes."
(Nabokov)
"Experience is never limited, and it is never complete; it is an immense sensibility, a kind of huge spider-web of the finest silken threads suspended in the chamber of consciousness, and catching every airborne particle in its tissue. It is the very atmosphere of the mind; and when the mind is immaginative -much more when it happens to be that of a man of genius- it takes to itself the faintest hints of life, it converts the very pulses of the air into revelation."
(Henry James)

нул

Another by Ataxia on Grooveshark

Hay algunos días en los que la vida se pone en stand by. Por motivos que uno desconoce, la creatividad y las ganas de aprender se consumen con el mismo método de un sahumerio apestoso. Ni que hablar de las ganas de relacionarse con la gente, de presumir del ingenio de uno en el twitter o siquiera de practicar el glorioso deporte de ser soberbio. En cambio uno no quiere levantarse a dar de comer al gato, ni molestarse en seleccionar una canción para que acompañe un sentimiento de mise en abyme, como quien al menos pone azúcar a un mate horrible con la buena intención de recomponerlo.

Estos días son el cáncer de la vida: espacios entre secuencias felices. Siempre conforman un lapso de tres o cuatro días en los cuales sencillamente se aspira a nada, como un barco encallado en una playa agreste. Cuando uno sale de este trance eterno descubrió que sus amigos se pudrieron de tanto esperar y todos los planes a los cuales uno hubiera recurrido para salpimentar la vida están obsoletos.

Lo peor que puede sentir una persona por otra es lástima, no obstante háganme un favor: esperen que esto termine. Ya volveré a ser dinámico, ya volveré a mi responsabilidad de sumar algo a sus vidas, cualquier cosa que sea. Perdóneseme el placer culposo más grave que puede permitirse un joven: levantarse de la cama apenas de noche para comprar otro atado de cigarrillos y seguir esperando quién carajo sabe qué cosa.

18.9.13

Junip, pt. 2

Sucede que nunca sé qué responder cuando me preguntan "qué escucho". Esta entrada es para tener un link rápido al cual remitir inmediatamente si alguna vez me preguntan. "Buscá", diré, "esa entrada que habla sobre una canción en particular que me gusta mucho".
Sucede también que cargo un estado anímico un poco sombrío, vaya uno a saber por qué motivos. Voy a ponerme a escuchar esta canción sobre la que estoy por escribir ahora. Esta elección es fruto de una decisión muy, muy cautelosa. Necesito dar por clausurada la tristeza, renacer para seguir con mi rutina diaria (que todavía no termina, aunque sean las 11 de la noche).
Esta recomendación va acá porque es una ociosidad que comparta la canción en Facebook. Como he dicho tantas otras veces, una recomendación musical es mucho más convincente si va acompañada de un circunloquio composicional tan extenso que haga decir al lector: "si este pibe se tomó la molestia de escribir tal chorizo de elogios a esta canción, deben ser tres minutos que medianamente valen la pena invertir en ella".

Llegué a Córdoba hace un año y medio, un sábado. A la siesta del martes siguiente decidí salir a caminar por la nova ciudad.
A los diez minutos de salir me convencí de mi mala idea. A la altura de Derqui me sorprende una nube negra como la vida misma. De los árboles empezaron a llover hojitas chiquitas, de esas que están de moda en verano; las persianas galopaban como en esas películas de terror de medio pelo. La gente empezó a apretar el paso instintivamente poniendo todos la misma cara que ponen los citadinos apurados. Cualquier campesino como yo lo ha vivido en los lunes del microcentro: esta gente apurada deja orsai al pueblerino que camina con tranquilidad ingenua. Era, por supuesto, el preludio de una tormenta que, después me enteré, fue destructiva. Carajo, si me hubiera detenido a ver, incluso los semáforos parecían valsear con ritmo y la nube negra se hacía cada vez más negra. En buena hora recordé la grave recomendación de una amiga: "cuidá tu cabeza. En Córdoba, cuando llueve siempre graniza". Se venía la cascoteada, dirían en mis pagos. Y yo andaba sin casco por la avenida.
Su parterre conforma un escondite que no parece seguro pero debería serlo en alguna medida, al estar cubierto de tantos árboles frondosos, tan lindos salvo caso que una rama te parta el cráneo. Ante la catástrofe que se aproximaba, tanto más atractivos eran los toldos azules con publicidades de Cofler. No hay abrigo comparable a estar parado bajo un chocolate impreso en un gran pedazo de lona. Volver a casa casi nunca es una opción, porque uno prefiere no caminar bajo el granizo y los taxis dejan de pasar ni bien la cosa se pone fatídica.
Habida cuenta de todo esto improvisé. En ese momento tan particular, iba escuchando esta particularísima canción.

"In every direction" me remite a toda esa ambición que tuve alguna vez: la energía de un joven rebosante de energía parado en el umbral de una nueva etapa. Después de un año cargado de pruebas piloto en tantas ciudades de la Argentina, optaba por sentar cabeza en una ciudad nueva a punto de empezar a estudiar Letras Modernas. Hoy por hoy, todo se va decantando y ya nada es lo mismo. No estoy seguro de que vivir en Córdoba cada día sea una aventura más de lo que es un calvario. En ese entonces, hasta lavar los platos era una aventura. Siempre olvido la suerte que tengo de estar acá; pero cuando realmente caigo en la cuenta de dónde estoy y qué estoy haciendo, no puedo sino sentirme inmensamente agradecido con la vida.

"Sos el centro y siempre sos libre, en cualquier dirección".
"In every direction" tiene esa lucidez sensacional que me encanta, sobre todo por la letra: como la literatura de mejor cepa, emplea símbolos sin abusar de ellos. Expone una noción filosófica ornamentada con ese poder que suele tener la música. Poder que no han desdeñado ni Nietzsche ni Schopenhauer, si nos vamos a poner eruditos. José González es un filósofo de este siglo, y la idea que transmite en esta canción bien podría ser un capítulo de los Uppanishads si no fuera tan actual, tan concisa, tan profunda.

Cuanto puede desearse

Sumercé Mordekai:

Tan productivo... no, tan bueno... no, tan lindo...
No... no encuentro un adjetivo apropiado. Está bien. Nunca se espera que lo que escribe uno de pie a más de un "sí, estoy de acuerdo". Me gusta que estas cosas sucedan. Uno no espera que lo que escribe desencadene una consecuencia. Ahora mismo me estoy acordando de una frase de Cicerón que estaba pegada en la puerta de la biblioteca donde alguna vez trabajé:
"Leer y entender es algo, leer y sentir es mucho, leer y pensar es cuanto puede desearse".

Viejo Cicerón ingenuo, no: lo mejor que puede desearse es que lo que escribas inspire a una persona para escribir otra cosa: el combustible de un fuego nuevo.
Escribo esto para seguir con la cadena por un eslabón más. Me ha puesto muy feliz que hayas leído lo que escribí y lo hayas analizado desde tu perspectiva (cualquier perspectiva es igualmente valiosa). Pero lo que más feliz me ha puesto es que te hayas tomado el trabajo de cincelar una respuesta elaborada; me alegra mucho, también, que la entrada te haya hecho pensar, para hacer honor al viejo Cicerón. Es una entrada desordenada, y no se le puede pedir coherencia. Sé que los pensamientos que se detallan allí también son desordenados, difíciles de entender porque tienen oraciones muy largas porque son subordinadas porque ellas dificultan al texto porque lo hacen menos accesible porque lo hacen más complicado porque lo hacen más detallado porque lo hacen más descriptivo porque lo hacen muchísimo más personal pero el acumulamiento de las oraciones y de las palabras no puede llevar a nada bueno porque las oraciones largas son demasiado difíciles porque no hacen más que amontonar palabras, y amontonar y amontonar y amontonar donde no es necesario para nada.
Muchísimas veces las palabras son, como dice el principito de Saint-Exupéry, "una fuente de malentendidos". Tanto en la vida cotidiana como en esa enorme biblioteca llena de polvo que llaman "literatura", sucede que las palabras están amontonadas al pedo, creando aire, diciendo a secas nada.
En contadísimas excepciones, las palabras hacen pensar a uno. (Si consideramos la cantidad de palabras al pedo que decimos a lo largo de todo un día, veremos que las palabras que realmente importan son más bien pocas. A veces no escuchamos nada relevante en todo un día o una semana, cosa que es muy significativa).

Concretamente respecto a tu respuesta. Una vez que me puse a pensar lo que había escrito lo primero que se me vino a la mente fue algo que (sorprendentemente) dijiste vos también: "machista". Puede ser. Me di cuenta que en mi genealogía no ha habido, digámoslo así, matrimonios estables; o si los hubo, se mantuvieron a fuerza de una costumbre que los carcomió, regalándoles algunos chispazos de felicidad entre largos almanaques llenos de decepciones.
Somos lo que nuestros padres fueron, en alguna medida. Pero creo que lo más valioso que podemos hacer nosotros (como jóvenes, vos y yo) es preguntar por qué. No vamos a llegar a ninguna respuesta nueva para el mundo ("no hay nada nuevo bajo el sol"), pero la respuesta a la que lleguemos, sea la que sea, va a ser nuestra, bien nuestra, bien dada por la maestra de las maestras: la experiencia.
Ahí nos volveremos un poco más sabios. Jugend hat keine Tugend, dice un librito en alemán que tengo en casa.

Es de especial valor ese poema que hiciste, en el cual conservaste sólo las preguntas. En la entrada que escribí, que manipulaste creativamente y de forma exquisita, son preguntas retóricas. No sirve contestarlas. Nunca vamos a saber si Odiseo miraba a Esquiria o no; ni siquiera sabemos con certeza si Odiseo existió alguna vez.
Pero al ponerlas una debajo de la otra, tan cautelosamente, se desenvuelven una serie de interrogantes que, aprovechando el fondo mítico, nos interpelan violentamente a nosotros. Esas preguntas tampoco exigen respuestas, pero en cambio, nos hacen pensar que en realidad sabemos muy poco. El poema todo es una lección de humildad: cualquier respuesta que intentemos a cualquiera de esos interrogantes tiene que enfrentarse a un juicio final, terminante: "¿todo esto es falso?". No podemos responder ni sí ni no. Me animo a decir que nunca podremos.
Todo esto sólo pudo expresarse de la forma en la que vos lo expresaste. Decís que cercenaste una parte de mis escritos, como si hubieras usado mis palabras. Supongo que las palabras no son de nadie. Lo que enunciaste es totalmente original, por lo menos para mí: dicen que no hay nada nuevo bajo el sol, pero tenemos poco más de 20 años: carajo, TODO EL MUNDO es nuevo para nosotros. Incluyendo los consejos que nos podamos compartir.

No te aburro más. Gracias de nuevo como tantas otras veces. Esta respuesta a tu respuesta a una entrada es algo que jamás hubiera pensado que escribiría al final del día, con un vino horrible en la mano limpiándome los dientes con un palito. Escribir esto me hace sentir un poco menos ogro. Los ogros dicen ser solitarios.
Comunicarse realmente con alguien es romper este maleficio del que dice querer estar solo.

¡SALUD!
R.

El complejo de Bloom

El capítulo 13 del Ulises de Joyce, Nausicaa, empieza así: "El atardecer de verano había empezado a envolver el mundo en su misterioso abrazo".
Según la tradición, Nausicaa es la mujer que Odiseo encuentra a la mitad de su viaje de vuelta a su casa, hija de un rey, con la cual mantiene algún tipo de relación amorosa. En el Ulysses, Nausicaa haría referencia a esta mujer con la que Bloom se topa, también en la mitad del libro, en el atardecer del 16 de junio de 1904.

Un poema de Bukowski traducido al portugués (idioma mucho más musical que el español, pero menos fiel al original porque los traductores se toman muchas licencias) dice así:
ela escreve: você vai
se lamentar e se queixar
em seus poemas
sobre como eu trepei
com 2 caras na semana passada.
eu te conheço.*
*N. del A.: "Ella escribe: vas a lamentarte y quejarte en tus poemas sobre cómo me acosté con dos tipos la semana pasada. Te conozco".

Amantes.
Esa figura irresponsable, difusa, digamos libre si por libre entendemos que no ha sido atada a nada todavía. La condición de amante puede mantenerse sólo si hay una persona de la que se escapa, porque es a lo que el amante se opone: mujer celosa y vieja, cuya belleza ya ha sido roída pacientemente por las termitas carnívoras que conforman la costumbre. Esa esposa, otrora algo inédito y novedoso, se ha transformado en lo que adivinamos detrás de la puerta cada vez que volvemos a casa: desde Homero hasta el 16 de junio de 1904.
Amantes.
Esa figura irresponsable. Bukowski suele decir: "cuando el espíritu se desvanece, la forma aparece". Cabe pensar si el matrimonio fuera sólo posible como forma para cuando las personas se han dejado de amar, y han tenido que certificar su amor por escrito. Costumbre que también se está difuminando porque ha probado ser una falacia. Esto sería lo opuesto a la clandestinidad, esa belleza que seduce desde siempre; ¿o Penélope sabía que Odiseo tuvo tiempo de treparse a tres mujeres, entre ninfas, mortales y semidiosas, en su fervoroso camino de vuelta? Si le preguntamos a Odiseo, probablemente diga que todo lo que quiere es estar junto a Penélope. Pero, ¿estará mirando a Esquiria mientras responde?

"Ella escribe: vas a lamentarte y quejarte en tus poemas..." pues claro, hombre. Porque si no se tiene nada, tampoco se puede esgrimir el bastón de una relación, de un noviazgo, de un matrimonio: pataleos inútiles si los hay, pues la clandestinidad no rige regla, la clandestinidad es (quizás) la ausencia de reglas. (Quiero recalcar este quizás, porque no estoy seguro). Como dicen acá, "a Magoya": "vas a lamentarte y quejarte en tus poemas sobre cómo me culié a tres tipos la semana pasada", no tenés a quién más recurrir, hombre. A tus poemas. A esos papelitos que escribís, tan inútiles son (papelitos que bien podría usar la musa para limpiarse la concha en el baño), pero que a la vez (por esos artificiosos métodos que usa el destino para tirarnos de la oreja) expresan tanto de uno. Pues no hay nada más íntimo que un poema, sobre todo para Bukowski, que ha vivido con estilo, ha muerto buscando un estilo.
¿Qué objeciones le podés hacer a una amante? Si la llamada "doble vida" está en la base de esta relación - de este intercambio; una base hedonista, una base irresponsable, una base (si se quiere) floja, pero por lo mismo tan llamativa. A esa gente a la que no le atrae lo inestable, bien podría venirle un matrimonio, con todo lo que eso implica; por supuesto, asegurándose previamente de que su esposa es de la misma especie, y no va a estar culiándose dos tipos cada semana. Sólo "por las dudas", frase que gustan usar los aficionados al Planeamiento.

La infidelidad es un tema jodido. Ayer estaba viendo en la tele una mujer que murió de un ataque al SNC provocado por el óxido de su cinturón de castidad; el hombre cuidaba tan celosamente de su mujer que acabó por matarla con su propia herramienta, como si Thor se golpeara el pulgar tratando de clavar un clavo. La infidelidad es un tema jodido. Hoy parece más jodido engañar a una persona que ser infiel a una religión, a un partido político, más todavía a un principio abstracto de esos que nadie entiende: "justicia", "libertad", "nación" o lo que mierda signifiquen estas palabras. Parece tanto más grave, o parece tanto más atractivo, o parece tanto más terrible.

La entrega total que tanto nos incomoda es la entrega que, desde los albores de la humanidad (esta expresión es del todo falsa, pero es tan hermoso atribuírsela a Homero) a pesar de que elegimos revolcarnos con las ninfas del camino, siempre hay una mujer atando y desatando un hilo en casa para cuando lleguemos. Pretendientes de todos lados, lo que hoy llamaríamos terratenientes o incluso chacareros, empresarios, millonarios, jeques y reyes, pueden venir a reclamar su mano y ella siempre pensando en nosotros. ¿Pensaremos (pregunta a los energúmenos del sexo masculino) que ella piensa en nosotros mientras yacemos en el lecho de Nausicaa, inocente hija del rey de los feacios? Bloom parece ser un pusilánime; acaso nosotros también lo seamos. Todos queremos escapar de algo. Y nadie tolera que escapen de uno, nadie tolera que le sean infiel; esto lo prueba la sangrienta contienda en la que Odiseo deshuesa como un pollo a todos los pretendientes a la mano de Penélope (y ella, enamorada, pensando "mi héroe"). Los celos son un placer culposo que sólo quiere disfrutar uno, porque cuando el otro siente celos estamos en un problema. Aquí ni siquiera se trata de entrega total a una persona, sino de un terco deseo de controlar su conducta de todas las formas posibles. Incluyendo desde luego un cinturón de castidad oxidado.

A estos mismos energúmenos pregunto (y me pregunto yo también) si ven a la infidelidad como una solución o un escape que, secreto como es, permite tolerar con menos volumen el desastre quedo de una convivencia aburrida. Si lo ven como una aventura, un affaire (como gustan decir las películas eróticas ochentosas) o más bien como una necesidad apremiante. En el camino que indefectiblemente nos llevará hasta la puerta tras la cual espera la esposa (desde Homero al 16 de junio de 1904) nos encontraremos con ninfas, mortales, semidiosas; en el mejor de los casos, amenazarán con volvernos chanchos si no tenemos sexo con ellas, cosa que nos deslindaría de toda responsabilidad. En la vida real no es tan así, siempre hay una cuota de culpa. ¿Todo esto es falso? Por favor, háganmelo saber y urgente. Desperdicié media hora escribiendo esta entrada. Tiempo que bien podría haber empleado leyendo el Ulises o descubriendo yo mismo la respuesta a todos los interrogantes que me hago.

11.9.13

"El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y otros cuentos", de Oliver Sacks

Esto es un comentario moroso sobre un libro; los detalles del libro y del autor han sido explicitados en el título. Cualquier investigación por mano propia arrojará resultados más satisfactorios. Leer el libro es, de estas investigaciones, la ideal. Esto no es un análisis semiológico y no aportará luz sobre nada.
Podría asimismo hacer una reseña, pero eso implicaría la (poco honesta) suposición de que ya he leído el libro. No, esto no es una reseña y no puede funcionar como tal. Por una razón que no da más de sencilla: no he leído más que un par de hojas.
¿Qué puedo decir entonces de este libro?

A este libro lo compré hoy y hojeándolo saboreé la prosa del prólogo. En él se anticipa el tema del libro con una sobriedad sorprendente. El principio que organiza el prólogo está tomado de un comentario de Pascal: "Lo último que uno establece al escribir un libro es lo que debería exponer primero". Bien a continuación: "después de escribir, reunir y ordenar estos extraños relatos, tras elegir un título y dos epígrafes, he de examinar a continuación lo que he hecho y por qué".

Préstese atención a eso de "extraños relatos". Léalo una vez más, lector. Bien. Ahora présteme atención a mí. El libro es una recopilación ordenada de esos extraños relatos, que tienen que ver con la medicina. Son historiales clínicos narrativizados sobre sus pacientes, coloreados con el dejo de experiencias con cócteles alucinógenos (según leí en alguna web especializada). Estos relatos son más que meras anécdotas: estos relatos son un manifiesto sobre una forma de hacer medicina en este tiempo de quiebres epistemológicos. No hay que olvidar que el paciente es persona, y menos aún cuando se trata con la psiquiatría y con la neurología. En este sentido, "como médico Sacks es un gran escritor", y expone prolijamente el motivo.
Fue Hipócrates quien introdujo el concepto histórico de enfermedad, la idea de que las enfermedades siguen un curso, desde sus primeros indicios a su clímax o crisis, y después a su desenlace fatal o feliz. Hipócrates introdujo así el historial clínico, una descripción o bosquejo de la historia natural de la enfermedad, que expresa con toda precisión el viejo término "patología". Tales historiales son una forma de historia natural... pero nada nos cuentan del individuo y de su historia; nada transmiten de la persona y de la experiencia de la persona, mientras afronta su enfermedad y lucha por sobrevivir a ella. En un historial clínico riguroso no hay "sujeto"; los historiales clínicos modernos aluden con una frase rápida ("hembra albina trisómica de 21"), que podría aplicarse igual a una rata que a un ser humano. Para situar de nuevo en el centro al sujeto (el ser humano que se aflige y que lucha y padece) hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento; sólo así tendremos un "quién" además de un "qué", un individuo real, un paciente, en relación con la enfermedad, en relación con el reconocimiento médico físico.
No hay demasiado más para decir que no pueda decirlo Oliver Sacks mismo. Cuando termine les cuento qué tal, si aún siguen interesados. 

Ensayo breve sobre el concepto shklovskiano de "desautomatización", popularizado en 1970 por una obra crítica que recoge lo más destacable del estructuralismo riguroso e inmanentista

se define como un proceso por el cual 
el espíritu creador del individuo irrumpe sobre
[el mundo]
 rebelándose contra carácter colectivo y socializado


A propósito de este calor que a esta altura ya puede considerarse "destructivo", me puse a recordar lo que hacía hace dos años cuando pisé Córdoba por segunda vez.
(No hay nada mejor que un financiamiento digamos independiente: había pegado un laburo como bibliotecario y con mi -fugacísimo- primer sueldo me embarqué en un viaje de 8 días a lo salvaje del país. El segundo viaje fue más sobrio y moderado: recuerdo haber gastado 400 pesos en el Paseo de las Artes en objetos que todavía mal que mal conservo).

Uno de los grandes canales que tiene el cerebro para recordar eventos anteriores es la nariz. Según un eufemismo del siglo XVII, la nariz es "la esclusa del cerebro". Gracias a una selección caprichosa, la nariz es capaz de retrotraernos dos años en el pasado. Pero hay algo más aparte de tener nariz: estar presente en el momento preciso donde puede tiene lugar el olor de recuerdo (generalmente, uno no busca recuerdos sino que los recuerdos lo buscan a uno). El momento preciso se da solo, casi incontrolable.

Pero la naturaleza tiene ciclos. Y los ciclos tienen olores. Tal es así que en cualquier poema medianamente cursi sobre la primavera se refiere al olor de las flores; o ese olor de hoja seca mezclado con tierra es lo que caracteriza olfativamente el otoño; también la madrugada o la lluvia. Estos ciclos no son casuales y para conocerlos uno debería ponerse a estudiar meteorología. Controlar los ciclos es un tema aparte; las noticias dicen que hay helicópteros tirando químicos desde el cielo para hacer que no llueva. Tal progreso hemos logrado: hínchanse de orgullo la raza humana y allegados.

Me enamoré de Córdoba una tarde de septiembre del año dos mil once. Hacía calor. Creo que hacía la misma especie de calor que ahora: la misma intensidad, la misma humedad, la misma presión - todo salvo la irradiación ultravioleta que está bloqueada por ese fuego ajeno que me llena de ceniza las ventanas. Si no fuera por este fuego (que se está dando tantas licencias en Punilla) pensaría que estamos en el 2011, y me volvería a enamorar.
Recuerdo el momento fielmente: estaba oscureciendo y yo estaba admirando desde abajo el martillo del Super Park que subía y bajaba. No hace falta hacer una descripción empalagosa de las luces y la gente, porque ya me saqué las ganas de hacer tales cosas con el artículo que escribí el otro día para El ojo con dientes. Solamente diré que todo era muy naranja y la gente estaba riendo. Era día entre semana. Hacía calor. Había gente pero no tanta. Los juegos eran baratos (o yo tenía mucha plata en el bolsillo) y estaba acompañado por la chica que entonces me gustaba. Saboreaba creo que unos chicles de fruta. Pensé lo siguiente, de una manera concisa y bien simple: ¿qué más puedo esperar de la vida? Acá debe estar el lugar.

Llené de poemas en prosa a Córdoba desde que entré en este trance amoroso. Los tengo a todos archivados en una caja llena de demonios que no quise volver a abrir desde que llegué, y que hace (mantelito por medio) las veces de mesita de noche. Queridos amigos míos: no sé por qué temo a este enfrentamiento con el pasado, pero tiene que llegar y está llegando aunque yo no lo quiera. El año pasado a esta altura me lo pasé por alto, ocupado y ofuscado en otras cosas. Hoy estoy viviendo una etapa particularmente intensa de mi vida, pero centrada en mí (a diferencia del 2012, que estuve centrado en Dios sabrá que objetivos). Me tomo la libertad, entonces, de oler el ambiente y recordar cosas que me hicieron tomar la decisión de mi vida: ¿qué me trajo a Córdoba?

El olor me trajo a Córdoba. El olor me trajo, como mi gato camina hacia mí con cara de diplomático de vocación cada vez que huele el atún que bordeo con el abrelatas. Me trajo el olor, como se llena de esperanza a los inmigrantes que desde el barco ven a la Estatua de la Libertad ansiando una vida nueva. Me trajo el olor que, como el olor a madrugada, anuncia un renacer, si se quiere, espiritual. Para terminar de darme cuenta de todo esto, lo comparé con el olor del hastío (ese olor del Paraná que entonces detestaba y que hoy -inevitablemente- evoco con nostalgia). Era un olor diferente. Era un olor nuevo. Era un olor definitivo, un mensajero que trae en un papelito un mensaje que dice "vení".
Llené mis pulmones con ese olorcito a victoria que se siente cuando se presiente de que algo nuevo está por llegar. Es el olor que tiene Córdoba en una temporada de calor, sorprendentemente fuera de lugar (estamos, técnicamente, en invierno). Es el mismo que flota en el aire ahora bajo este solazo destructivo. Hoy hicieron 40 grados centígrados y yo tuve que escalar hasta la facultad (la calle es tan empinada que me iba a caer de culo por la fatiga). Lo sufrí, olvidándome por un momento que para eso vine. Me olvidé que estoy en la cresta de la ola, en lo alto de mi vida, mirándolos a todos desde una montaña y aspirando ese olor a montaña que tantos otros piensan que es el olor de una tarde calurosa:

olor a basura recalentada, dirá cínicamente un nativo secándose la frente con un paño.

9.9.13

La búsqueda básica de un estilo de escritura, por Patricio P.

Es una presión altísima la que tengo encima, la que sigue a un día ardiente. Se me va el aire. Me destapo la ginebra, la pongo con hielo en el vaso, acomodo todo pacientemente sobre la mesa que ostenta un mantel amarillo de goma. Junto a la Rolling Stone que pensaba plagiar (ya inútil alternativa) pongo un libro enfermizo del viejo Bill Burroughs. Mi cuaderno blanco me parece repulsivo en comparación. Nada me convence; me rebotaron la primera reseña. ¿Le doy otra oportunidad? ¿Me doy otra oportunidad? Señor empleador: cagó. No puede pedirle a los chicos que repitan el show de anoche para que vaya a cubrirlo usted en persona. Tiene un solo emisario que lo vio todo, tiene todo en su cabeza, y no sabe expresarlo convincentemente. Señor empleador: cagó. A esta altura del partido (con un pase de prensa colgando como una medalla de una pata de la cama del emisario) tiene dos opciones: o deja ir esta oportunidad sagrada de cubrir el show de cierre del tercer disco de Cyro y la Liga Premier, o da otra oportunidad al potencial del principiante que la vida le colocó enfrente por casualidad.

Acá les habla el emisario, al que le dieron una segunda oportunidad. ¿Qué se hace después de esto? Tengo una dificultad nada romántica sino metodológica al mango: no sé decir todo lo que quiero decir. Intenté ser lo más conciso e impersonal posible, recurriendo a ejemplares de la RS que habían cubierto festivales multitudinarios, y todos hacían uso de la misma fórmula que intenté emplear yo. Casi que parece una costumbre, vox populi, y justamente eso me dio el indicio de que podía estar equivocado; sin embargo, por cuestiones de economía, empleé la fórmula. Economía. Economía es hacer más con menos como si me faltara energía, como si me faltara tiempo, como si me faltaran ganas. No me falta ninguna de las tres. ¿Por qué no hago algo como la gente? Está esa presión. ¿Qué es hacer algo como la gente? La solución se vislumbra, lejana, apenas teórica, apenas esbozada por algún borracho de los setenta: buscá tu estilo, enmarcá tu estilo, hacé vivir (esto lo pidió el señor específicamente) el recital a la persona que te lea, provocá el fervor antes que la rutina y (¡Dios no quiera!) el aburrimiento. La solución se acerca cada vez más, uno corre a ella como si fuera la zanahoria prometida de un conejo blanco hambriento. "Seguí al conejo", dice una canción que (oh casualidad) usaron los musicalizadores de una película basada en un libro de Hunter Thompson. ¡De repente tengo que tomar decisiones! ¿Pero qué clase de decisiones? Decisiones estilísticas, decisiones estéticas, decisiones hasta de carácter. Nada que esté fuera de mi alcance hoy mismo y acaso esto es lo que más me compromete: esta noche tengo que mostrar algo realmente mío, una forma mía de escribir que (no quiero decir impresione, porque esta palabra tan grande no basta) sea capaz de enfrentar a los que estuvieron allí sin salir mortalmente herida. Esta noche tengo que salir con un producto definitivo como la mierda que cago todos los días antes de fumar un cigarrillo en el baño; pero que, como todo lo que vale la pena en esta vida, no viene sólo por la pura acción de las tripas.

1.9.13

6. Periodismo

En Buenos Aires pronto lo rodearon (a J. L. Borges) los jóvenes escritores argentinos que crearon una revista mural de una hoja, Prisma, que duró dos números (1921, 1922). Estos jóvenes salían por la noche con la hoja, brochas y tarros de engrudo. Empezaban por Santa Fe, desde la plaza San Martín hasta Callao, seguían hacia el sur por Entre Ríos y al llegar a la calle México doblaban a la izquierda hasta el número 564, sede de la Biblioteca Nacional. Pegaban un cartel cada diez metros a lo largo de cinco kilómetros. Acababan en una lechería de La Martona, compartiendo el desayuno con los obreros que iban a trabajar. Borges tomaba un submarino: ‘Una cosa misteriosa consistente en un vaso de leche con una barrita de chocolate adentro’.
Increíble. Estábamos repitiendo -sin saberlo- una jugada que otros muchachones (80 años atrás) también habían realizado.

Todo mi apoyo. Espero algún día animarme a participar.

Jorge y Sara

"Soy dirigente de tu lado más urgente,
Soy artesano de tu lado más humano [...]"
(A. Calamaro)

1.
Sara Stewart Brown llama a Jorge, “Lanata”, y Lanata llama a Sara, “Kiwi”. Ambos, además, se tratan de “usted”.

Stewart: Surgió como un código nuestro muy al principio de la relación y después quedó, aunque estuviera todo mal. Hubo un momento en que si nos peleábamos, salía el tuteo pero después no, ya no, y siempre nos tratamos de usted.

¿Me alcanzaría la sal, Kiwi? ¿Por qué?

Stewart: La historia es así: un abuelo de mi abuelo era ingeniero, hacía puentes y trabajó en Nueva Zelanda. Hay una islita al Sur que se llama Stewart por este antepasado y Lanata se puso a ver qué había ahí. Y había un pájaro llamado kiwi, feo, marrón, muy simpático, que no vuela. Desde entonces me llama así y los que me conocen desde entonces también.

2.
Stewart: A Lanata lo conozco cuando tengo 21, en 1996. Le fui a ofrecer hacer una adaptación de su novela “Historia de Teller” para teatro. No aceptó. Igual, él me encantaba. Lo escuchaba todas las noches por la radio en “Hora 25” (FM Rock & Pop), era imposible no enamorarse de él, todo fluía, me encantaba antes de verle la cara. Les había dicho a mis viejos que si el director de “Página 12” aparecía en “Hora clave” me avisaran porque no lo había visto, no lo podía guglear. La relación más seria se dio cuando ya estábamos en “Veintitrés” (en ese momento, “Veintiuno”). Él me tomó para hacer traducciones. Me llamó a través de su asistente que había empezado a salir con una amiga mía. Ya habíamos tenido un romance corto, hubo un stand-by y a partir de “Veintitrés”, volvimos hasta hoy.

Qué decidida. ¿No te inhibía?

Stewart: Es que estaba segura de que no tenía que ponerme en el lugar de la admiradora. Estaba claro que lo era pero me tenía que parar en otro lado. Pero no fue tan planeado, yo era chica, se dio muy natural. Me encantó siempre, me enamoró, regalán. A él le dio curiosidad, yo estaba pelada y usaba una gorrita de lana.

3.
¿Lanata es cariñoso?

Stewart: Más o menos. No es “físico” como yo, quiero decir, de abrazarte y buscar el contacto, es más verbal. Pero no lo rechaza tampoco, no tiene la iniciativa, no te va a cargosear, pero lo recibe. Bárbara es más como él y Lola como yo, es cuestión de carácter.

Catorce años, unos 30 centímetros y alrededor de 50 kilos más que vos. ¿Qué te sigue enamorando de Lanata?

Stewart: Él. Me sigue pasando. Hemos tenido épocas, buenas y malas, pero no te lo puedo explicar… No me concibo sin estar al lado de él.