13.8.13

Rutina

Arranco leyendo a los estructuralistas. Las hojas están manchadas de café, pegadas las hojas con suciedad marrón que guarda mis huellas dactilares; de modo que ellas, y no lo que sé de los estructuralistas, atestiguan que me acerqué al libro. Devoro palabras desde isocronía a genuflexo, esperando la oportunidad de ocuparlas para llenar alguna frase. Dios sabrá si me serán útiles para transmitir mi impronta con buen aliento, frente a un auditorio sordo de seiscientas personas que han pagado para escucharme hablar: nada más que una combinación creativa de palabras tantas veces usadas en otras tantas combinaciones creativas. Los estructuralistas tienen un nombre para esto: doble articulación. Yo tengo otro, que no recuerdo aquí por timidez. Me sirvo un poco más de café, pienso que será una jornada larga, no tengo mayores expectativas. Observo severamente hojas amarillas y pegoteadas, seleccionando al azar tres o cuatro a las que no puedo seguir el ritmo; retrocediendo en mi decisión y abordando un tema totalmente distinto. Clara expectativa de futuro: no estoy aquí ahora, hay algo de esto que se me escapa, entenderé mejor mañana con la cabeza clara por otro café acumulado, que es el tercero.

A la tarde leo a Rabelais. Las hojas limpias implican una impresión vaga de lo poco que sé sobre Rabelais. Lo leo descalzo, es mardi gras, tengo un sombrero de paja, a lo lejos se oyerá pronto una guitarra y el silbato amoroso de un tren de carga que parece desarmarse. Quiero imponerme a los teóricos sobre Rabelais leyéndolo con el corazón y riendo seriamente, sin decir una sola palabra en voz alta o siquiera garabateando con lápiz número 2. Es decir, puedo ser constructivo y sagaz, pero más me sale leer en silencio. Esta hora es quieta y vana, y avanza sólo si uno se pone a mirar muy detenidamente. A esta hora, todo está hecho para ser examinado. Sentado bajo un fresno o un olmo, decisión tomada cautelosamente como la de un perro que va a mear a fin de no contemplar la posibilidad de tapar un hormiguero. El sol avanza, haragán, hacia Occidente: escondiéndose detrás de las montañas mucho después que el aburrimiento cerró mis párpados e hizo resbalar mi pulgar húmedo por el margen de la hoja, hasta apoyarse mudo e inerte sobre una hojita muerta.

Me sirvo un vino y leo un manual de periodismo. Impactante título anticipa una carrera furiosa, rodeada por un público ebrio de whisky; uno no podría sospechar que en el Derby de Kentucky los días son aburridos y se suceden uno detrás del otro, más antes todo lo contrario. De modo que en la noche, que es cuando más se siente la proximidad ardiente del día siguiente, no puede haber mejor consuelo (apriorístico, pero funcional) que pensar que mañana todas las cosas van a cambiar de una vez y para siempre - o de una vez para un solo día, que ya es muchísimo y sobra. Despertar con resaca en un desierto sin ninguna garantía sino totalmente a la deriva es una facultad que Hunter S. Thompson ejerce activamente, pero sin convicción plena de que es una razón fuerte para vivir. En la lucha contra una marea que arrastra, hundiendo (ya lo dice Rabelais, ¿o era Montaigne?) a toda la hosca tierra en un horrible flan arenoso, Hunter S. Thompson arrastra su cuerpo cansado al bar y pide que le sirvan un ron con hielo. Me duermo; mis sueños son más vívidos con la violencia de tres o cuatro autos que chocan y se prenden fuego en una combustión casi refrescante, con la consecuente lucidez de poder percibir todavía una humarada fogosa en la cara.

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