25.8.13

Pantagruel

Un pálpito sorprendente me arrojó el nombre del edificio. Seguí su pista un año.
Lo miraba como se mira a una actriz de Hollywood o a un perro siberiano. Sospechaba que estaba siempre en el mismo lugar, pero era demasiado para mí. Sus fotos parecían mentira, y su belleza era pura como una fuente de agua. Me imaginé la escena mil veces: yo, sorprendido, bajándome ansiosamente del taxi y mirando hacia arriba. Provinciano sorprendido.
Un aposento vidriado de 33 pisos de alto. Celeste cielo con una inclinación escalonada como la de una ladera de volcán. Sus espejos reflejan otros edificios espejados dando origen a un laberinto que hubiera asustado a Borges. A sus pies la gente que entra y sale forma un caudal constante de cabezas semicalvas: medio viejas, medio cansadas, medio tristes.

Leí por primera vez sobre la torre Bank Boston en el 2006, a los trece. Tenía un prontuario apasionado de edificios: monoblocks sin ascensor sobre la ribera del río Paraná, o torres salmón de doce pisos. Incluso, gracias a un amigo que había vivido en Buenos Aires y tenía bien arraigadas sus costumbres, pude subirme a uno y mirar, desde un balcón en el séptimo, como proliferaban las chinches en el asfalto caliente. Me sentía el rey del mundo, y revolvía con desdén mi chocolate sin azúcar.
La torre Bank Boston aplastaba mis delirios de grandeza con muda soberbia. Entre otras cosas, un edificio es un testimonio del espíritu del pueblo. Así como Buenos Aires Ciudad siempre fue, y sigue siendo, mucho para un provinciano (provinciano es aquel que, a pesar de las propagandas de Macri, jamás se sentirá totalmente bienvenido en la capital), la torre Bank Boston no hubiera encontrado qué hacer en Corrientes. Un edificio vidriado no hubiera hecho más que reflejar la miseria de un pueblo tres pasos afuera de la aldea global; reflejo bellísimo pero no rentable.

En noviembre del 2007, salí con Raymond a caminar por Buenos Aires. Me llevó a plaza San Martín en Retiro, y me delegó la libertad del flâneur: me dejaba elegir la próxima calle. Yo elegía las más angostas: las que no llevan a ninguna parte. Me sorprendía que todas fueran oscuras y ventosas: me susurraba que así debía verse el paraíso. La vereda era tan pequeña que no podíamos caminar uno al lado del otro, y en las pocas fotos que guardo de ese viaje Raymond aparece adelante identificable por un gorro rojo.
Luego de caminar por Callao o Talcahuano uno ya no se detiene a ver cada edificio vistoso porque se le queman las córneas con la responsabilidad de la apreciación. Para entonces, yo me había olvidado por completo de la torre Bank Boston. Pero cuando la vi emerger por sobre tres edificios negros de hollín, reflejando a lo alto el sol de media tarde, me recorrió un escalofrío. Estaba enfrente de Pantagruel. Más valía pedir un autógrafo al personaje mitológico con el que me topé, un papelito arrugado que certifique que estuve.
Me dio miedo acercarme a la torre, y Raymond me desalentó silenciosamente. La única foto que tengo de la torre Bank Boston es una foto tomada de lejos, apenas tratando de evitar con el encuadre a los tres tristes edificios de adelante.
Nos volvimos lentamente por la misma calle angosta. Yo dejaba hablar a Raymond, que me señalaba todo a los costados.

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