14.8.13

¡Hola, Miguel!, pt. 2

Premisa de esta breve entrada: cuesta desacostumbrarse a las reglas que se impone uno mismo, a fuerza de pureza de estilo u otra excusa de similares características. Cuesta desaferrarse a la timidez del tipo que, a fuerza de aburrir, escribe siempre sobre lo mismo y sobre lo único que sabe. Esta premisa tiene un cuerpo deforme y grotesco: como mis zapatos, es tres números más ajustada que la brillantez de una mente despejada y libre en un corral sin frontera. A todo lo que se anima un pensador es a no salir de su yugo, de un buen gusto tanteado: claustro pequeño como una maceta y cómodo como un catre de hospital psiquiátrico.

Me imagino un tipo caminando en círculos en su habitación. A la luz de las velas. Mientras dice todo lo que piensa en vez de pensar todo lo que dice, a modo de dictado del que llevará un discípulo; intercalando versos en latín con lo que expresa en un francés burgués y mordaz, lleno de ironía.
La única regla que adelantaba Miguel de Montaigne era escribir cualquier cosa. La vida era una rapsodia: cualquier hecho era digno de mención, un grillo muerto camino a la panadería o el más brillante de los días, el más sublime de los atardeceres o la más sangrienta de las noches.
El café que estoy tomando ahora merece una descripción, no al estilo "Instrucciones para mirar una taza de café", sino como prueba retórica de mi amor por el café, amor incondicional que se repite unido por el brebaje en circunstancias más disímiles de las que puede reconocer la imaginación limitada de un hombre.
Me da vergüenza no poder componerle los versos que merece. Los pienso y, aún a riesgo de corromperlos, los repitiría; pero nadie tiene ganas de llevar la cuenta de las sandeces que un tipo dice aleatoriamente en voz alta. Con suerte encontramos hoy día un ordenador dispuesto a aguantar nuestro manoseo, mientras escribimos cosas de las cuales nos arrepentiremos tres o cuatro minutos más tarde.
Habida cuenta de estas limitaciones, a la vez firmes y fácilmente evitables, se vuelve muy doloroso escribir. Doloroso como una piedra enorme, atada con un cabo de alambre a nuestros tobillos, de la cual tenemos que zafar arrastrándonos cuesta arriba haciendo fuerza con los nudillos y los dientes. Añadiría, para mayor rigor mitológico, un águila que nos picotee el hígado, o lo que quede de él después de haber recurrido tan asiduamente al alcohol como vía de escape.
Escribir se vuelve un tedio si uno no se permite a sí mismo la libertad de escribir lo que viniere en gana. Hecha esta concesión, la forma viene sola y casi como una necesidad fatal, determinada por lo que se quiere decir (esa es mi superstición: el qué precede al cómo, y lo selecciona). Hay que saber abandonarse al abandono de las reglas, arrojarse de la pendiente de espaldas a riesgo de caer en un campo lleno de cactus; de forma que la forma mental, pintoresca aunque tan poco organizada, se condense a la vez en una dispositio de la cual nos aprovecharemos muy hábilmente para hacer estético y comunicable nuestro amor por el café, las pocas ganas de arreglar el vástago del baño, lo acontecido cuando salimos a pasear al perro.
Glorioso maestro encontraré en este hombre, que como adelanté antes se llama Miguel de Montaigne; hace tantos años él llama, con voz que imita socarronamente a los principiantes, a no considerar serias las cosas que escribe. Dios, la Naturaleza, las costumbres de esos raros pueblos bárbaros, todos temas tan alto y dignos, no son más que un chiste que pasó por su cabeza y su método obligó a cazar al vuelo para trasladar a un papel.


No hay comentarios:

Publicar un comentario