9.8.13

"Hay que pasar agosto" (metodología tentativa)

En días normales la cama no se me despega. Es así. No sirve ninguna fuerza de voluntad, omnipotente o desganada, y estoy empezando a pensar que mi haraganería es más bien un proceso biológico de defensa (se sabe que las mañanas son peligrosas para la integridad de uno) en vez de verdadero desdén hacia el mundo y sus maravillas.
En los días excepcionales en los cuales uno se obliga a levantarse esto se vuelve especialmente grave y uno tiene que ensayar recetas efectivas, certeras y económicas para poner los pies fuera de la cama lo antes posible. No hay receta infalible (como tantas cosas en la vida, desde la literatura hasta los brownies cannábicos) pero hay algunas que funcionan con cierta regularidad. Una canción bonita en el celular o una persona bonita durmiendo al lado saben funcionar. Pero ¿qué canción es bonita- cuando uno con los pelos revueltos tiene que entreabrir los ojos para ver la mañana fría y antipática, nublada o lluviosa, que no nos llama a nada en especial? Más todavía cuando se está solo. La música del despertador es hasta cierto punto una elección individual, pero el anhelo de dormir con alguien pende de otras variables menos estables como, por ejemplo, el consenso de otra persona.

Hay días como hoy en los que uno se despierta en una cama pegajosa y grotescamente cómoda sin razón alguna para vivir la vida, pero con esa sensación constante de que se debería vivir por alguna razón. Uno ha programado su día confiando en que tendrá ganas de vivir ese día y henos aquí a las diez y media de la mañana, con el reloj biológico puesto todavía en madrugada y la vida desenvolviéndose tranquila y estúpida puertas afuera. (Imposible no acordarse de la cortina de Friends: "you're still in bed at ten, the work began at eight...")
En vista de que no hay recetas universales, puedo decir lo que ensayé yo hoy para superar esta impotencia humana. Cerré fuerte los ojos. Fui totalmente consciente de mi auténtica falta de energía, problema irresoluble si los hay. Y dejé derivar mi mente (¿bien dicho así está?), más por inercia que por voluntad, hacia el momento más enérgico de mi vida.

Estas isotopías remolonas felizmente podrían haber funcionado como una precaria introducción. Necesito escribir sobre esto, porque todavía queda algo de modorra y ya es casi mediodía. Tengo un café en la mano, pero no sirve por sí solo. El entusiasmo despierto y ágil del café no sirve para nada si uno no está de buen humor, y a la mañana el buen humor se convierte en algo que hay que inducir lo más urgentemente posible.

¿En qué momento de mi vida estuve indiscutiblemente despierto?
Hay una canción grabada en el año 1975 o 1976, años importantes si los hay para la música basura porque en el lapso de estos dos años fueron grabados y publicados los primeros discos luego conocidos como los primeros discos punk de la historia. El entusiasmo por lo amateur, lo-fi, chatarra (como quiera llamársele) estuvo siempre, pero la diferencia es que de 1976 en adelante estas bandas aficionadas desearon en alguna medida compenetrarse con un público con bajas expectativas de calidad musical.
Algo de eso (dicen los duchos) hubo en Patti Smith, la primera dama del punk, aunque todos sabemos que hubo bastante más que eso. Hoy es más evidente que nunca. La comparación entre los sexo pistola y Patti Smith es tan absurda que no la voy a repetir aquí sino señalando un solo detalle: el primer sonido que se escucha en el primer disco de los Sex Pistols son botas (presumiblemente borcegos militares) marchando al unísono, mientras que el primer sonido que se escucha en el debut de Patti Smith es un mi profundo tocado en un piano destinado luego a hacer maravillas.
Y la primera frase:
"Jesús murió por los pecados de alguien, pero no los míos."

Musicalizado por la euforia de una canción in crescendo que hablaba de una mujer (cómo no) llamada Gloria, recuerdo haber bajado a toda velocidad las escaleras de un viejo edificio color salmón a las dos de la mañana de un día de julio. No le miento, lector. Todavía había nieve en las calles. Me parece una obviedad decir dónde estaba, así que voy a suprimir el detalle.
Y digamos que caminé corriendo bajo unos faroles que estaban al borde del punto de congelación, con el camino memorizado y bien ensayadas en mi cabeza las frases que iba a decir. Me gustaría verme hoy enfundado en un gorro de lana negro, con las manos en los bolsillos y tan feliz que no podía evitar ir cantando a los gritos que Jesús murió por los pecados de alguien, pero no los míos. En los pueblos del interior se acostumbra estar solo a los dos de la mañana por una avenida del suburbio, así que mi canto no podía molestar a nadie.
Qué mejor excusa (o peor idea) (o mejor móvil) (o más magnánimo germen de un impulso atolondrado y alegre) que hacer todo eso por una mujer. Su nombre no era Gloria sino otro, un lindo nombre que me iban a poner a mí si nacía mujer. Este detalle de mi gestación fue en su momento una pista y hoy es sólo una anécdota. Como la noche misma. Con charquitos de agua causados por una nieve que había seguido durante dos días casi ininterrumpidamente y jamás volví a tocar desde entonces. Corría el año 2010, un año después del gran suceso meteorológico de mi vida (haber estado en Jujuy el día en el que ahí hizo más frío que en Base Marambio) pero todavía con el cuello congelado en los intersticios inevitables de la bufanda negra.
Y Patti Smith cantando con voz que unos considerarían desafinada, otros apasionada; pista de que la apreciación del punk no llegó quizás nunca a un consenso satisfactorio, si se puede hablar de consenso satisfactorio en cualquier forma de apreciación del arte.
Fue uno de los momentos más altos de mi vida, síntesis de muchas cosas y comienzo de muchas otras; desde allí todo fue empeorando o mejorando mediante procesos que no me siento capaz de analizar. Hoy siento que esa noche sentí lo más hondo del amor adolescente (esto es, irresponsable) mezclado con la gigantesca carga del futuro incierto. Fue una noche de realización perfecta y durante los cuatro meses siguientes todo estuvo bajado de volumen, porque nada podía compararse a la belleza de haber corrido sobre los residuos de la nieve salteña.

He aquí mi método. Hecho un bollito sobre la cama, cierro los ojos, tarareo la canción y recuerdo cada detalle de una noche intensa en mi cabeza. La energía que proviene de esos lugares, almacenados (supongo) en algún sitio en mi cerebro se trasladará a mis pies y a mis manos, para aunque sea gatear a la cocina y agarrar la pava para el café: próximo aliado en la lucha contra la cómoda cama, que debe dejar de ser el lecho para pasar a ser un mero mueble del hogar juvenil.
De paso, uno sale a vivir el frío de afuera como si fuera el mismo día. Y presiente que está listo para sucesos increíbles; de modo que cada conversación regular con el kiosquero o el banquero de turno se volverá sublime, anticipando ese algo perfecto que seguramente debe estar aproximándose, porque hace frío y es agosto.
No acostumbro no dejar enlaces ilustrativos.



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