20.8.13

Euneirophrenia

Soñé con usted. No se sienta halagada; es un peligro. Un sueño mío nunca es inocente. Tomo el último recuerdo que tenga de alguna figura femenina elegida al azar, y así sea un recuerdo grotesco y borroneado o claro y sublime lo reproduzco junto a un paisaje inmemorable o una lujosísima casa desierta en la que convivimos. Su sueño —el sueño en el que apareció— no fue la excepción. Nosotros solos y felices como dos adolescentes en un departamento demasiado grande para una familia de siete. Recuerdo cada alacena como si hubiera estado ahí: de encontrarlo algún día no dudaría dónde buscar un abrelatas. Y para usted van a faltar siempre palabras en la vigilia, así que se imagina qué vano intento es escribir sobre usted en un sueño. Omito la trama porque una lúcida vergüenza me lo recomienda. No podría escribir más que una paráfrasis.

No se sienta halagada, siéntase preocupada. Cómo no despertarme con una fatídica sonrisa en el rostro después de una brillante noche; cómo no encontrar mi vida descolorida como un trapo en lavandina en lo que dura un bostezo. Me ha pasado que al soñar con esta clase de maravillas me he despertado junto a mi pareja y no me han dado sino ganas de colgar los botines. En un golpe de lucidez mañanera adivino lo que se aproxima: un torrente caótico de inseguridad e inestabilidad cuya única solución es un cortejo enloquecido, que busca hacer real un sueño. No le miento que gracias a esta tormenta, que me inspira siempre el coraje que antecede al pánico, se han desenvuelto historias; al despertar, he sabido qué buscar y cómo. No piense que soy un mujeriego. Antes véame como alguien muy débil para luchar contra los anhelos que le nacen quién sabe de dónde. Un sueño de esta naturaleza es un oráculo despojado de todo buen augurio.

Por eso no. No le permito sentirse halagada. No le permito ser objeto de una búsqueda tozuda, decidida, en todos los sentidos forzosamente exitosa. No le pido que comparta una locura. Interésese por ella y querrá saltar a un tren sin retorno: estaremos perdidos. Nos encontraremos en lo alto del mundo, felices en un idilio, una cumbre demasiado peligrosa para caerse y un cuento muy plausible de desencantarse. Despertar allí sería un despropósito. Mírenos: con la vida hecha y todas las herramientas morales del ser humano de hoy (salvo la resignación), qué sacaría usted de una aventura absurda con un hombre impulsivo. Antes seamos amigos. Antes seamos hermanos. Entre ellos está vedado despertar de un hondísimo sueño con el otro, para encontrar al otro durmiendo sobre su pecho.

Le aseguro que nada sería tan terrible.

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