11.8.13

El hombre de al lado (¿reseña?)

La democracia (estilo de vida milagroso si los hay) nos permite tomarnos algunas licencias. En nombre de la democracia restituimos nuestro derecho a opinar, así no sepamos un carajo sobre los temas que abordamos. Esto me parece una suerte y el abuso de este derecho es el que permite que este blog exista.
De este modo, arranco esta entrada diciendo que no sé nada sobre cine, arte para el cual tengo una deuda enorme (mucho mayor a la deuda que tengo con las demás artes); no porque no haya visto ninguna película en mi vida, sino porque vi una cantidad tan pequeña que sigue sorprendiéndome cada película nueva que veo. La inferencia es sencilla. No debo ser marino, porque ver un barco es para mí un espectáculo inefable.
Esta deuda con el canon del cine aumenta día a día por dos motivos muy simples:
Uno es que no me "siento a ver películas", porque carezco de voluntad y generalmente la desidia me termina arrastrando a las redes sociales, donde soy opinólogo sin título, pasión, constancia ni vocación.
El segundo es que nunca voy a avanzar en la conquista de tan excelso objeto, porque las pocas veces en las que me "siento a ver películas" opto por una película que ya vi una vez. (En mi defensa: sólo una vez. Nunca opto por ver una película que ya vi dos veces. Esto también me pasa con muchísimos libros. Un buen libro ya leído pesa más que un libro nuevito, desconocido y sin referencias fuertes).

Hoy fue el turno de una película argentina llamada 'El hombre de al lado'. En los primeros 20 minutos estaba pensando que podría escribir una reseña buenísima basada en lo poco que aprendí sobre narratividad en Letras. Pasados estos 20 minutos pausé esta maravilla para buscar reseñas ya existentes, y todas eran muy parecidas a la que tenía en mente.
Pido al lector no interrumpir la lectura de esta entrada y dejarme vender primero la película antes de recurrir a otras reseñas acaso mejores. Por lo menos movido por un vago sentimiento de justicia basado en el "yo llegué primero".
Me gusta pensar que soy muy ducho en esto del análisis de la narratividad, pero para ser sincero tengo que arrancar reconociendo que la película no puede ser más clara de lo que es. Su concepto central (si estas palabras magras pasan los controles de calidad) gira en torno al contraste, noción que aman los semiólogos. El contraste es tan sencillo como blanco/negro desde la primera escena hasta la última, o quizás la penúltima. La primera imagen de la película, sobre la que transcurren los créditos iniciales, consiste en la pantalla dividida en dos: a la izquierda, una pared blanca; a la derecha, una pared negra siendo golpeada a mazazos por un hombre. Progresivamente se verá que el hueco que se abre en la pared negra es el mismo que se va abriendo en la pared blanca. Lo que es decir lo mismo que dice toda la película: las dos paredes, negra y blanca (con toda su carga simbólica: hermética o accesible, turbia o transparente, misteriosa o familiar) son vecinas, si no una y la misma.

Las reseñas que conforman mi competencia (vale decir, las redactadas por expertos en páginas como IMDb o La Nación) oscilan alrededor de lo siguiente:
"Una ventana será motivo de la discordia entre dos vecinos [...], razón por la cual ambos se enteran que el otro existe, [...] dando lugar a un conflicto que parece irresoluble".
Adelanto hechos de la trama, cosa que odio hacer. La zona en conflicto es una medianera blanca de tres pisos de alto en un lujoso hogar platense diseñado por Le Corbusier. La casa existió y existe; es uno de los pocos proyectos, a mi parecer feísimo, desarrollados fuera de Europa por este honorable arquitecto francés. En la casa vive un exitoso diseñador de sillas llamado Leonardo con su mujer, instructora de yoga, y una hija que lo odia, y que no le dirige palabra en toda la película. Familia tipo, salvando las exageraciones que sirven para aclarar el panorama.
En realidad, la película muestra sólo un lado de la medianera. Con la función secundaria de presumir la Casa Curutchet, se recorre la mayoría de los ambientes del "lado blanco". A través de un marco de madera en la pared blanca conocemos a Víctor, un (tomo prestados adjetivos de las reseñas profesionales, id est prepagas) vulgar y avasallador hombre dotado de un "aire bonachón" pero también de un "vozarrón" que se impone a cualquier queja sin apelación posible.
El conflicto se deja explicar sin requilorio: Víctor desea tumbar algunos ladrillos de la pared blanca de Leonardo para construir una ventana, con la excusa de poder agarrar unos pocos rayos de sol, que a Leonardo "le sobran y no los usa".
Los caracteres en tensión son lo más interesante de la película; quizás su motor y su móvil. Leonardo es un pusilánime hombre de negocios premiado y políglota, especie en plena proliferación en la Argentina. Víctor es digamos lo contario: un mediocre vendedor de autos, solitario, de ceño firme, amenazante a voluntad y con una mordaz ironía que Leonardo reconoce capaz de arrasar con cualquier situación incómoda. La especie que Víctor encarna es argenta y de dudoso prestigio: en ella se suele agrupar también al chanta y al garca modelo, amigables hasta cierto punto pero de una retórica infalible que utilizan para vender cuando no para la estafa. La virilidad de Víctor, austero y relajado, choca con un Leonardo tenso y ansioso, que no puede imponer su parecer cuando tiene enfrente a su vecino pero se presenta como un héroe delante de sus amigos y un violento justiciero delante de su esposa. Leonardo es el cobarde que todos tenemos dentro: como cualquiera, llegado el momento, es hipócrita y mentiroso.
En torno a los dos protagonistas crecen como helechos cada uno de sus mundos. Estos dos mundos tienen diferencias, pero también correspondencias que no pueden ser inocentes. Claro es el caso de los trabajadores presentados al principio. El albañil que está tumbando la pared a mazazos, cuando es interpelado por Leonardo que sale enojado a quejarse, está llevando una remera de Los Redondos; la empleada paraguaya de Leonardo aparecerá unos minutos después con una remera de Kiss, más tarde con una remera del subterráneo de Londres. Me pregunto: ¿nacional versus extranjerizante? Se trata de gente ajena al conflicto, vinculada a los protagonistas sólo por relaciones laborales y obligada a permanecer de su lado, con toda la construcción de identidad que esto acarrea. Espero que el lector no juzgue mi juicio de exagerado.
La problemática no da más de actual. Dos tipos obstinados no cederán su parte en una pared que es común. Esto no pasa de un problema doméstico si no fuera por su carga simbólica: los dos litigantes, cada uno perteneciente a un tipo muy diferenciado del otro, beneficiarios de un egoísmo particular pero también de un estandarte que comparten con toda una clase.

Los versados dijeron que los dos mundos son inconciliables. La conversación que los dos personajes comparten en un bar al que Leonardo va de mala gana se pasa por alto en una económica elipsis. No nos cuesta imaginar la cara de asco que el delicado Leonardo habrá intentado disimular en un arranque de diplomacia. Sí, los dos mundos parecen inconciliables. El espectador opinará al final si es esperable algún tipo de solidaridad, alteza espiritual necesaria en un mundo dividido; única forma posible de salvar las distancias, puestas en relieve violentamente a mazazos sobre una pared negra.
Mi crítica fue insuficiente. La mejor crítica es poder ver la película con los ojos y con el cerebro, sin distracciones de ningún tipo pero con la cabeza enriquecida con juicios ajenos. El eje está explícito, y creo que es muy difícil reemplazarlo: las diferencias entre dos vecinos, representantes (casi embajadores) de dos mundos diferentes. No es mala idea una película focalizada en el departamento de Víctor (aunque probablemente sea bastante menos vistosa sin la escenografía de Le Corbusier), y es un proyecto que incluso pensaría abordar yo mismo si supiera algo de cine. Acá el personaje pusilánime nos incita a una indignación chispeante, mientras que el otro permanece un misterio por su austeridad. La simpatía del espectador no puede ser ambivalente; acaso mi proyecto haga posible un juicio más puesto en duda.

Creo que la película está indexada aquí. Para diferenciarme de la crítica prepaga, anexo links gratuitos. La paciencia de mis lectores, si existen y han llegado hasta aquí, es la mejor moneda que puedo anhelar, al ser también la única.

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