29.8.13

1,039 suaves líneas blancas

Hoy (en realidad, esta entrada está en borrador hace alrededor de tres meses) quiero hablar sobre dos discos que me marcaron.
La forma más fácil es encararlos subjetivamente, porque me pongo a salvo de todos los académicos del rock ávidos de opiniones interesantes. La mía no tiene interés científico ni periodístico. Me paro sobre esta piedra a predicar, y el que quiera escucharme que ubique su silleta de mimbre. Hoy leí una frase que dice: "Las conversaciones más interesantes son las desinteresadas".
Esto no califica como conversación hasta que alguien opine, así que aliento delicadamente al lector dejar su comentario cuando se lo indique.

¿Por qué de dos discos juntos, y no cada uno por separado? Pregunta capciosa. Hace rato vengo pensando que estos discos tienen algunas cosas en común. Y aunque (no sé si está de más repetirlo) esta entrada no tiene interés científico, los científicos me enseñaron que un modo sencillo de analizar algo es compararlo y contrastarlo con algo que se le parezca pero no tanto. Yo opto por la sencillez; no así por el análisis. De paso, todo es más reedituable: vendo dos discos en vez de uno, y cobro los honorarios correspondientes a mes vencido.

14 años es una edad preciosa para iniciarse en la música. Esto es un viaje de ida. La gente que empieza a escuchar música por hábito casi insano, no se detiene nunca; creo que eso pasa con los libros hasta que uno se queda ciego. (De cualquier manera, cualquier ciego puede comprar libros. Borges lo hacía. Dolorosamente para la música, todavía no hay un alfabeto braille para sordos).
Los 14 pirulos de un iniciado conforman una edad híbrida, mezcla de las dos cosas siguientes:
1. uno ya se ha curado de espanto de todas las cosas que pasa MTV, a la vez que
2. uno tiene una insaciable curiosidad por un mundo que todavía conoce muy superficialmente.
Este espanto por MTV conduce naturalmente a buscar otras cosas; la curiosidad se añade a esta búsqueda, para iniciar un proceso del cual no se despegará jamás. Al final, no sabe si terminará siendo un erudito o un especialista, ni le interesa. Yo mismo no me considero ninguna de las dos cosas. Me gustaría que me paguen por lo que sé, como pasa con periodistas como Mancusi o el Bebe Contepomi; pero lo que sé es muy poco, y antes de entrevistar a Paul McCartney le daría más bien un abrazo histérico y saldría a contarle todo a mis amigos.

A los 14 años empecé a escuchar dos bandas que jamás dejé de escuchar. Estas dos bandas fueron Green Day y The White Stripes. Mi descubrimiento de la música llegó por aquellos lares: los anglosajones. MTV tuvo mucho que ver. Aunque los caminos después se bifurquen inevitablemente, siempre empiezan siendo uno. Quién no ha empezado a bailar las melodías pegadizas de Europa del Este después de escuchar Gogol Bordello, pero quién no le ha dado una oportunidad a Gogol Bordello previo descubrimiento del punk rock californiano.
Podría recordar aquí las primeras canciones que escuché de cada uno. Green Day asustaba con una estética satánica en Boulevard of Broken Dreams, allá por el verano del 2005. Los White Stripes y su twist de la negación, una canción vibrante de tres acordes con un video rarísimo en el que predominaban el rojo y la cara enorme de Conan O'Brien, me hacían bailar y recuerdo haber escuchado la misma canción treinta veces en un día. Algunos meses después, Get Behind Me Satan fue el primer disco que compré original con mi propia plata: 30 pesos que mi viejo me dio después de un licuado un día lluvioso, en mi cumpleaños número 15. Corría el año 2009, cuando la torre BankBoston y todo eso. Cuento el dato para que el lector desprevenido sepa quiénes musicalizaron la travesía.

El fanatismo por dos bandas de moda, si no se estanca en una aburridísima repetición de los mismos temas, tiende naturalmente hacia atrás en el tiempo. Uno no puede evitar investigar, saber mejor de dónde vienen, cuáles fueron los orígenes de su música. Tengo la teoría de que mientras más se conozca de una banda, más fácil es conocerla más. Si tengo 5 discos de Green Day, es más fácil comprarme un sexto que comprarme uno de una banda de la que no tenga ninguno. Al menos a los 14 años, cuando (me parece conveniente repetir) no se tienen anhelos de erudición. Pasa lo mismo con los libros: tan desparejo es haber leído las tres novelas de Sabato y sin embargo no poder encarar a la excelsa Madame Bovary. Tiene que ver con un acostumbramiento a un estilo más que con pura haraganería, que siempre la hay y no explica nada por sí sola.
Esta incursión hacia atrás en el tiempo tuvo como parada obligatoria al debut de Green Day (1989) y, casi al mismo tiempo, al debut de White Stripes (1999). Se me ocurre que coexistieron en mi MP3 a pilas durante bastante tiempo; como en la adolescencia hoy coexisten de nuevo, porque la fruta madura es la que está más cerca de pudrirse. Adrede. Necesitaba escribir esta entrada. Me pasé el día de ayer escuchando de pe a pa los acordes desprolijos de ambos debuts, tratando de sacar la clave que me permita arrancar el análisis. No pude. Aquí debe estar el desafío.

Se me ocurre (Jack White en persona podría desmentirme; a nadie más creería) que los dos álbumes fueron creados por y para adolescentes. Adolescentes en el sentido más amplio que pueda pensarse. Los de Green Day tenían, efectivamente, 17 años cuando salió a la calle 1,039/Smoothed Out Slappy Hours; los de White Stripes eran más grandecitos, pero la temática de su álbum homónimo tiene tanto que ver con la de 1,039 que sus conceptos pueden cruzarse fácilmente. Además, téngase en cuenta que escuché los discos a los 14 años: y no hay cosa más fácil en el mundo para un adolescente, que identificarse con las penurias de un adolescente. Ambos discos las abordan en primera persona.

Por cuestiones de pánico escénico, en este momento se me ocurre sólo una de esas penurias, y ni siquiera me di cuenta en el momento. Recién le puse nombre, mirándola en perspectiva, alrededor de los 19 años. En ambos discos hay una canción que habla, con una dureza convincente, del clásico problema de la inseguridad adolescente. ¡Qué pensarán de mí! ¡Qué hacer cuando me están mirando, cuando llaman mi nombre! ¡Cómo ser lo que yo quiero, si todos me están mirando y juzgando!
En el caso de Green Day la canción se llama Road to Acceptance. Fue la canción favorita de mucha gente que conocí, y no puede ser más clara. "El camino a la aceptación", es el camino ¿para aceptar a quién? ¿A uno mismo? Uno mismo, ¿debe aceptarse a uno mismo? ¿Deben primero aceptarlo los otros? ¿Quiénes? La música de hoy aborda esta problemática con superación lúcida y desapasionada. Línea clave: "la adolescencia simplemente no parece tener sentido".
La hermenéutica en el caso de los Stripes se complica mucho por una cuestión base. Los White Stripes son una banda que, hasta más o menos su cuarto disco, tuvieron como consigna expresa el minimalismo. Jack y Meg tocan una guitarra y una batería, respectivamente. Jack declaró en la Rolling Stone que ellos no necesitaban más que eso. Meg, mientras tanto, callaba: su filosofía es "mientras más hablás, menos escucha la gente". Hoy veo qué sabia la decisión de Meg de callar, ante un Jack White que iba a ser tan exitoso después de tres bandas y una promesa de no formar nunca otra banda que no sea con Meg White.
When I Hear My Name es una canción que tiene sólo cuatro líneas:
"cuando escucho mi nombre / quiero desaparecer"
(pausa instrumental)
"cuando veo mi cara / quiero desaparecer"

Muy fiel a la consigna. ¿Qué más se necesita para representar la inseguridad adolescente? Creo no estar desviándome mucho del tema. En el caso de Green Day, la representación es mucho más compleja pero golpea igual. No estamos hablando de símbolos. Estamos hablando de personas que a muy corta edad supieron expresar lo que les pasaba con una fidelidad asombrosa, y hacer que otras personas escuchen. No sé si eso sea más difícil hoy, pero creo que sí: un torrente imparable de información hace que no todos quieran leer tu estado de Facebook quejándose sobre lo inseguro que sos con el acné de tu cara o los chicos bully.

El sonido de ambos discos es muy crudo, y mi ética de experto amateur me obliga a reconocer que la primera vez que escuché 1,039 no me gustó para nada. Acostumbrado a un sonido refinado de los últimos discos (todo lo refinado que el "punk" permite), unas guitarras casi asquerosamente distorsionadas no me llamaban la atención y todas las canciones me parecían iguales. Terminé vendiendo el disco por dos pesos más de lo que me había costado. Cuando lo encontré de nuevo, en Buenos Aires, a mitad de precio, no pude evitar comprarlo para expiar mis pecados. Escuchándolo atentamente (id est, dándole una segunda oportunidad, como con tantas otras cosas) me di cuenta de una verdad que nunca quise escuchar.
Si el disco se hubiera editado, mezclado y producido apropiadamente, hubiera sido un éxito absoluto. Las canciones tienen una armonía increíble, que el oyente tiene que discernir entre la maraña de una distorsión violenta. A nadie puede sorprender que Green Day haya sido la banda más exitosa de su entorno, aún muy reducido. El uso de armónicos del joven Billie es algo que no puedo imitar, y el tema de la experimentación con drogas es ligeramente esbozado. Pero más todavía. A pesar de sus influencias heavy metal, a nadie puede sorprender que todos hayan considerado a Green Day los grandes románticos del punk californiano. La mitad de las canciones de ese disco son canciones de amor a una chica llamada Jenny, que aparentemente sólo lo quería como amigo. Un amor adolescente que Billie Joe no conservaría. Merced a una madurez prematura, el disco siguiente ya contiene una canción dedicada a la que sería su esposa hasta hoy.
Después de escuchar esta aberración no me costó encarar el debut de los White Stripes, aunque su entorno y sus influencias hayan sido muy distintos. Este fue el gusto secreto de mucha gente, jamás organizada en una escena punk como la de Green Day; de modo que cuando salió su segundo disco, los oyentes no dudaron en confesar que la banda ya no era tan buena como antes. Durante mucho tiempo fueron considerados los popes del "blues salvaje": sonido de garage, gritos que imitan los de un mono rabioso y unas temáticas líricas bastante diversas, desde bíblicas a cotidianas; en todos los casos muy poco rebuscadas (la primera canción que compusieron habla sobre un destornillador amarillo), sin miedo a los covers y a los standards, lejos (temporal y espacialmente) de un desvencijado punk que había tenido todas sus expresiones posibles. En el momento en el que en Detroit ensayaban Jack y Meg, los de Green Day estaban componiendo las canciones de su disco más acústico hasta el momento.

Los orígenes son diferidos, pero están: un sonido crudo expresión de un corazón apasionado. El contacto es obvio, no se puede pasar por alto. No me interesa recalcar que escribo esto porque lo sentí yo también, en algún momento de mi vida; no me interesa recordar que este análisis no pretende ser exhaustivo ni mucho menos fiel a las fuentes.
Larga vida a lo que nos mantiene vivos. Creo que esa es mi excusa.

Haga, lector, su sugerencia.

Going to Pasalacqua by Green Day on Grooveshark Screwdriver by The White Stripes on Grooveshark

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