29.8.13

1,039 suaves líneas blancas

Hoy (en realidad, esta entrada está en borrador hace alrededor de tres meses) quiero hablar sobre dos discos que me marcaron.
La forma más fácil es encararlos subjetivamente, porque me pongo a salvo de todos los académicos del rock ávidos de opiniones interesantes. La mía no tiene interés científico ni periodístico. Me paro sobre esta piedra a predicar, y el que quiera escucharme que ubique su silleta de mimbre. Hoy leí una frase que dice: "Las conversaciones más interesantes son las desinteresadas".
Esto no califica como conversación hasta que alguien opine, así que aliento delicadamente al lector dejar su comentario cuando se lo indique.

¿Por qué de dos discos juntos, y no cada uno por separado? Pregunta capciosa. Hace rato vengo pensando que estos discos tienen algunas cosas en común. Y aunque (no sé si está de más repetirlo) esta entrada no tiene interés científico, los científicos me enseñaron que un modo sencillo de analizar algo es compararlo y contrastarlo con algo que se le parezca pero no tanto. Yo opto por la sencillez; no así por el análisis. De paso, todo es más reedituable: vendo dos discos en vez de uno, y cobro los honorarios correspondientes a mes vencido.

14 años es una edad preciosa para iniciarse en la música. Esto es un viaje de ida. La gente que empieza a escuchar música por hábito casi insano, no se detiene nunca; creo que eso pasa con los libros hasta que uno se queda ciego. (De cualquier manera, cualquier ciego puede comprar libros. Borges lo hacía. Dolorosamente para la música, todavía no hay un alfabeto braille para sordos).
Los 14 pirulos de un iniciado conforman una edad híbrida, mezcla de las dos cosas siguientes:
1. uno ya se ha curado de espanto de todas las cosas que pasa MTV, a la vez que
2. uno tiene una insaciable curiosidad por un mundo que todavía conoce muy superficialmente.
Este espanto por MTV conduce naturalmente a buscar otras cosas; la curiosidad se añade a esta búsqueda, para iniciar un proceso del cual no se despegará jamás. Al final, no sabe si terminará siendo un erudito o un especialista, ni le interesa. Yo mismo no me considero ninguna de las dos cosas. Me gustaría que me paguen por lo que sé, como pasa con periodistas como Mancusi o el Bebe Contepomi; pero lo que sé es muy poco, y antes de entrevistar a Paul McCartney le daría más bien un abrazo histérico y saldría a contarle todo a mis amigos.

A los 14 años empecé a escuchar dos bandas que jamás dejé de escuchar. Estas dos bandas fueron Green Day y The White Stripes. Mi descubrimiento de la música llegó por aquellos lares: los anglosajones. MTV tuvo mucho que ver. Aunque los caminos después se bifurquen inevitablemente, siempre empiezan siendo uno. Quién no ha empezado a bailar las melodías pegadizas de Europa del Este después de escuchar Gogol Bordello, pero quién no le ha dado una oportunidad a Gogol Bordello previo descubrimiento del punk rock californiano.
Podría recordar aquí las primeras canciones que escuché de cada uno. Green Day asustaba con una estética satánica en Boulevard of Broken Dreams, allá por el verano del 2005. Los White Stripes y su twist de la negación, una canción vibrante de tres acordes con un video rarísimo en el que predominaban el rojo y la cara enorme de Conan O'Brien, me hacían bailar y recuerdo haber escuchado la misma canción treinta veces en un día. Algunos meses después, Get Behind Me Satan fue el primer disco que compré original con mi propia plata: 30 pesos que mi viejo me dio después de un licuado un día lluvioso, en mi cumpleaños número 15. Corría el año 2009, cuando la torre BankBoston y todo eso. Cuento el dato para que el lector desprevenido sepa quiénes musicalizaron la travesía.

El fanatismo por dos bandas de moda, si no se estanca en una aburridísima repetición de los mismos temas, tiende naturalmente hacia atrás en el tiempo. Uno no puede evitar investigar, saber mejor de dónde vienen, cuáles fueron los orígenes de su música. Tengo la teoría de que mientras más se conozca de una banda, más fácil es conocerla más. Si tengo 5 discos de Green Day, es más fácil comprarme un sexto que comprarme uno de una banda de la que no tenga ninguno. Al menos a los 14 años, cuando (me parece conveniente repetir) no se tienen anhelos de erudición. Pasa lo mismo con los libros: tan desparejo es haber leído las tres novelas de Sabato y sin embargo no poder encarar a la excelsa Madame Bovary. Tiene que ver con un acostumbramiento a un estilo más que con pura haraganería, que siempre la hay y no explica nada por sí sola.
Esta incursión hacia atrás en el tiempo tuvo como parada obligatoria al debut de Green Day (1989) y, casi al mismo tiempo, al debut de White Stripes (1999). Se me ocurre que coexistieron en mi MP3 a pilas durante bastante tiempo; como en la adolescencia hoy coexisten de nuevo, porque la fruta madura es la que está más cerca de pudrirse. Adrede. Necesitaba escribir esta entrada. Me pasé el día de ayer escuchando de pe a pa los acordes desprolijos de ambos debuts, tratando de sacar la clave que me permita arrancar el análisis. No pude. Aquí debe estar el desafío.

Se me ocurre (Jack White en persona podría desmentirme; a nadie más creería) que los dos álbumes fueron creados por y para adolescentes. Adolescentes en el sentido más amplio que pueda pensarse. Los de Green Day tenían, efectivamente, 17 años cuando salió a la calle 1,039/Smoothed Out Slappy Hours; los de White Stripes eran más grandecitos, pero la temática de su álbum homónimo tiene tanto que ver con la de 1,039 que sus conceptos pueden cruzarse fácilmente. Además, téngase en cuenta que escuché los discos a los 14 años: y no hay cosa más fácil en el mundo para un adolescente, que identificarse con las penurias de un adolescente. Ambos discos las abordan en primera persona.

Por cuestiones de pánico escénico, en este momento se me ocurre sólo una de esas penurias, y ni siquiera me di cuenta en el momento. Recién le puse nombre, mirándola en perspectiva, alrededor de los 19 años. En ambos discos hay una canción que habla, con una dureza convincente, del clásico problema de la inseguridad adolescente. ¡Qué pensarán de mí! ¡Qué hacer cuando me están mirando, cuando llaman mi nombre! ¡Cómo ser lo que yo quiero, si todos me están mirando y juzgando!
En el caso de Green Day la canción se llama Road to Acceptance. Fue la canción favorita de mucha gente que conocí, y no puede ser más clara. "El camino a la aceptación", es el camino ¿para aceptar a quién? ¿A uno mismo? Uno mismo, ¿debe aceptarse a uno mismo? ¿Deben primero aceptarlo los otros? ¿Quiénes? La música de hoy aborda esta problemática con superación lúcida y desapasionada. Línea clave: "la adolescencia simplemente no parece tener sentido".
La hermenéutica en el caso de los Stripes se complica mucho por una cuestión base. Los White Stripes son una banda que, hasta más o menos su cuarto disco, tuvieron como consigna expresa el minimalismo. Jack y Meg tocan una guitarra y una batería, respectivamente. Jack declaró en la Rolling Stone que ellos no necesitaban más que eso. Meg, mientras tanto, callaba: su filosofía es "mientras más hablás, menos escucha la gente". Hoy veo qué sabia la decisión de Meg de callar, ante un Jack White que iba a ser tan exitoso después de tres bandas y una promesa de no formar nunca otra banda que no sea con Meg White.
When I Hear My Name es una canción que tiene sólo cuatro líneas:
"cuando escucho mi nombre / quiero desaparecer"
(pausa instrumental)
"cuando veo mi cara / quiero desaparecer"

Muy fiel a la consigna. ¿Qué más se necesita para representar la inseguridad adolescente? Creo no estar desviándome mucho del tema. En el caso de Green Day, la representación es mucho más compleja pero golpea igual. No estamos hablando de símbolos. Estamos hablando de personas que a muy corta edad supieron expresar lo que les pasaba con una fidelidad asombrosa, y hacer que otras personas escuchen. No sé si eso sea más difícil hoy, pero creo que sí: un torrente imparable de información hace que no todos quieran leer tu estado de Facebook quejándose sobre lo inseguro que sos con el acné de tu cara o los chicos bully.

El sonido de ambos discos es muy crudo, y mi ética de experto amateur me obliga a reconocer que la primera vez que escuché 1,039 no me gustó para nada. Acostumbrado a un sonido refinado de los últimos discos (todo lo refinado que el "punk" permite), unas guitarras casi asquerosamente distorsionadas no me llamaban la atención y todas las canciones me parecían iguales. Terminé vendiendo el disco por dos pesos más de lo que me había costado. Cuando lo encontré de nuevo, en Buenos Aires, a mitad de precio, no pude evitar comprarlo para expiar mis pecados. Escuchándolo atentamente (id est, dándole una segunda oportunidad, como con tantas otras cosas) me di cuenta de una verdad que nunca quise escuchar.
Si el disco se hubiera editado, mezclado y producido apropiadamente, hubiera sido un éxito absoluto. Las canciones tienen una armonía increíble, que el oyente tiene que discernir entre la maraña de una distorsión violenta. A nadie puede sorprender que Green Day haya sido la banda más exitosa de su entorno, aún muy reducido. El uso de armónicos del joven Billie es algo que no puedo imitar, y el tema de la experimentación con drogas es ligeramente esbozado. Pero más todavía. A pesar de sus influencias heavy metal, a nadie puede sorprender que todos hayan considerado a Green Day los grandes románticos del punk californiano. La mitad de las canciones de ese disco son canciones de amor a una chica llamada Jenny, que aparentemente sólo lo quería como amigo. Un amor adolescente que Billie Joe no conservaría. Merced a una madurez prematura, el disco siguiente ya contiene una canción dedicada a la que sería su esposa hasta hoy.
Después de escuchar esta aberración no me costó encarar el debut de los White Stripes, aunque su entorno y sus influencias hayan sido muy distintos. Este fue el gusto secreto de mucha gente, jamás organizada en una escena punk como la de Green Day; de modo que cuando salió su segundo disco, los oyentes no dudaron en confesar que la banda ya no era tan buena como antes. Durante mucho tiempo fueron considerados los popes del "blues salvaje": sonido de garage, gritos que imitan los de un mono rabioso y unas temáticas líricas bastante diversas, desde bíblicas a cotidianas; en todos los casos muy poco rebuscadas (la primera canción que compusieron habla sobre un destornillador amarillo), sin miedo a los covers y a los standards, lejos (temporal y espacialmente) de un desvencijado punk que había tenido todas sus expresiones posibles. En el momento en el que en Detroit ensayaban Jack y Meg, los de Green Day estaban componiendo las canciones de su disco más acústico hasta el momento.

Los orígenes son diferidos, pero están: un sonido crudo expresión de un corazón apasionado. El contacto es obvio, no se puede pasar por alto. No me interesa recalcar que escribo esto porque lo sentí yo también, en algún momento de mi vida; no me interesa recordar que este análisis no pretende ser exhaustivo ni mucho menos fiel a las fuentes.
Larga vida a lo que nos mantiene vivos. Creo que esa es mi excusa.

Haga, lector, su sugerencia.

Going to Pasalacqua by Green Day on Grooveshark Screwdriver by The White Stripes on Grooveshark
¿Cuál es la solución a todos los problemas de hoy?

—Sin ir más lejos, hace dos mil años un judío de Medio Oriente propuso que

Poolshark



Este video se divide en dos partes. Una parte "acústica" (lenta) y una parte "eléctrica" (rápida o, como diría un tío que fue DJ en los '80, "movida").
Son dos versiones de un mismo tema, grabadas en estudio en momentos distintos pero tocadas juntas en este video de dos minutos filmado en VHS.

Quiero que sepan que este es mi video favorito de todo Youtube.
Con esta nota al pie los intento convencer de que lo escuchen y lo vean.
Mírenlo hasta el final, sin apurarse: cómo no aguanta las ganas de romper la guitarra en pedazos, cómo algo incontenible se adivina en su cara. Hace fuerza como si quisiera partir al medio una roca de mármol.

Las últimas palabras de la canción dicen: "algún día voy a perder la guerra".
Este tema habla de la heroína. Bradley Nowell murió poco después de una sobredosis de heroína. Se lo encontró tirado en el piso de su casa, mientras su dálmata le estaba lamiendo la cara para que reaccionara.
Toda su vida fue desalentado a usar heroína, y le canta como un preso que canta sobre la libertad de un campo fértil.

Esta canción me da una impotencia indescriptible. Me conmueve como no me conmueven las noticias. A veces siento culpa. Pero la culpa no me sirve. Me da ganas de llorar igual. De forma que hace rato me resigné a que este tema me conmueva más que las muertes en Medio Oriente y los niños que se mueren de hambre. Indígnense si quieren, llámenme desalmado (¿por qué lo sería?): me duele más ver el sincero sufrimiento en la cara de un hombre que murió queriendo ahogarlo, cuando yo mismo todavía estaba en pañales.

25.8.13

Pantagruel

Un pálpito sorprendente me arrojó el nombre del edificio. Seguí su pista un año.
Lo miraba como se mira a una actriz de Hollywood o a un perro siberiano. Sospechaba que estaba siempre en el mismo lugar, pero era demasiado para mí. Sus fotos parecían mentira, y su belleza era pura como una fuente de agua. Me imaginé la escena mil veces: yo, sorprendido, bajándome ansiosamente del taxi y mirando hacia arriba. Provinciano sorprendido.
Un aposento vidriado de 33 pisos de alto. Celeste cielo con una inclinación escalonada como la de una ladera de volcán. Sus espejos reflejan otros edificios espejados dando origen a un laberinto que hubiera asustado a Borges. A sus pies la gente que entra y sale forma un caudal constante de cabezas semicalvas: medio viejas, medio cansadas, medio tristes.

Leí por primera vez sobre la torre Bank Boston en el 2006, a los trece. Tenía un prontuario apasionado de edificios: monoblocks sin ascensor sobre la ribera del río Paraná, o torres salmón de doce pisos. Incluso, gracias a un amigo que había vivido en Buenos Aires y tenía bien arraigadas sus costumbres, pude subirme a uno y mirar, desde un balcón en el séptimo, como proliferaban las chinches en el asfalto caliente. Me sentía el rey del mundo, y revolvía con desdén mi chocolate sin azúcar.
La torre Bank Boston aplastaba mis delirios de grandeza con muda soberbia. Entre otras cosas, un edificio es un testimonio del espíritu del pueblo. Así como Buenos Aires Ciudad siempre fue, y sigue siendo, mucho para un provinciano (provinciano es aquel que, a pesar de las propagandas de Macri, jamás se sentirá totalmente bienvenido en la capital), la torre Bank Boston no hubiera encontrado qué hacer en Corrientes. Un edificio vidriado no hubiera hecho más que reflejar la miseria de un pueblo tres pasos afuera de la aldea global; reflejo bellísimo pero no rentable.

En noviembre del 2007, salí con Raymond a caminar por Buenos Aires. Me llevó a plaza San Martín en Retiro, y me delegó la libertad del flâneur: me dejaba elegir la próxima calle. Yo elegía las más angostas: las que no llevan a ninguna parte. Me sorprendía que todas fueran oscuras y ventosas: me susurraba que así debía verse el paraíso. La vereda era tan pequeña que no podíamos caminar uno al lado del otro, y en las pocas fotos que guardo de ese viaje Raymond aparece adelante identificable por un gorro rojo.
Luego de caminar por Callao o Talcahuano uno ya no se detiene a ver cada edificio vistoso porque se le queman las córneas con la responsabilidad de la apreciación. Para entonces, yo me había olvidado por completo de la torre Bank Boston. Pero cuando la vi emerger por sobre tres edificios negros de hollín, reflejando a lo alto el sol de media tarde, me recorrió un escalofrío. Estaba enfrente de Pantagruel. Más valía pedir un autógrafo al personaje mitológico con el que me topé, un papelito arrugado que certifique que estuve.
Me dio miedo acercarme a la torre, y Raymond me desalentó silenciosamente. La única foto que tengo de la torre Bank Boston es una foto tomada de lejos, apenas tratando de evitar con el encuadre a los tres tristes edificios de adelante.
Nos volvimos lentamente por la misma calle angosta. Yo dejaba hablar a Raymond, que me señalaba todo a los costados.

24.8.13

Pantagruel (anexo)

El nuevo edificio está emplazado en el distrito de Catalinas Norte, a pocas cuadras de Puerto Madero, entre el río y el comienzo de la trama urbana tradicional. Catalinas Norte es un distrito especial con sus propias normas de planeamiento [...]. Como resultado de estas normas se construyeron edificios prismáticos simples. [...]

La torre comienza como un volumen muy simple que se transforma en un elemento escultórico a medida que se aproxima al cielo. Una serie de retiros con planos levemente inclinados se contraponen a la inclinación del remate de la torre, creando un perfil sumamente distinguible en el skyline de Buenos Aires. De esta forma el edificio deja de ser un prisma simple para transformarse en un elemento identificable que ayuda a definir la silueta de la ciudad.

(Datos técnicos)
(Datos técnicos)
(Datos técnicos)

Imagen sin anhelo prosódico.


22.8.13

Entrevista con Eugene Hütz, pt. 2

Hay una frase en "We Rise Again" donde decís que "las fronteras son las cicatrices en la cara del planeta". ¿Alguna vez intentaste imaginar cómo sería un mundo sin fronteras?

Sí. Y no es muy difícil de imaginar. Definitivamente sería un mundo menos hostil. Porque la hostilidad viene de un continuo juicio de las formas y las figuras que son diferentes a vos. Es como, "esos tipos son más altos y más negritos", o esto, o lo otro, y así sucesivamente. Todos piensan que el 90 por ciento del poder mental de la gente se usa para juzgar lo que les rodea. De hecho, los políticos siempre quieren más de eso porque es demasiado fácil alimentar a la población con ideas inseguras como: "¿cómo voy a estar protegido de toda esa gente con diferentes identidades que está viniendo?" Todas esas son ideas inventadas que apoyan la separación...
Y la gente pregunta, "¿por qué tenés todos esos stickers en tu guitarra? ¿Para mostrar todo lo que viajás?" Y yo estoy como, "no, muestro todos estos stickers y banderas e identidades nacionales, es como una especie de confetti, nada más". Todos están puestos a pensar que hay una vasta, tremenda diferencia allá afuera, pero hay sólo una identidad alrededor del mundo; hay una sola nacionalidad: el ser humano.


También hablaste de cómo Pura Vida Conspiracy es acerca del potencial humano.

Sí. Absolutamente. Nuestra música busca siempre perseguir tu máximo potencial. Para mí, también eso explica por qué, por un lado, es bastante elaborada líricamente y, por otro lado, musicalmente física. Es acerca de todas las áreas en las que estoy interesado. Es acerca de la mente, acerca del alma y acerca del cuerpo.


¿Dirías que actuar en vivo es una experiencia catártica?

Siempre lo es. Es decir, es una parte enorme de nuestra banda. Es como una burbuja colectiva de energía que literalmente sucede cuando estamos detrás del escenario, como diez minutos antes del show. Está realmente en conjunto. Es una experiencia increíble; no podría imaginar mi vida sin eso. Una vez que nos metemos al escenario, la burbuja se expande y todos son bienvenidos en ella. Pero pienso que el poder de eso es quizás que, como un grupo de personas, como una banda, hemos progresado hasta un cierto punto en el que somos capaces de apagar nuestro mecanismo mental.
Vinimos de partes completamente distintas del mundo. Venimos de cinco continentes en nuestra formación. Y saltear esas diferencias y realmente percibirnos los unos a los otros como pura energía humana, creo que eso es el eje de la cuestión. Creo que eso es por lo que hemos sido capaces de ser una banda exitosa y superarnos por seis años, que es cuando la mayoría de las bandas se rompen. Ésa es la cuestión central, a eso se resume todo: simplemente apagar la máquina del juicio.

(entrevista original aquí)

La armonía de Maier

Poco antes de pasar el puente Pexoa se llega a un pueblo llamado Riachuelo.
La única calle que sirve de acceso es de tierra. Unas palmeras flacas ornamentan el pasaje a ambos lados y el sol se abre paso a través de sus filas con rayos oblicuos que se aprecian a la polvareda. Un vaho caluroso asciende desde el piso cuando llueve en verano. Por más intensamente que se haya buscado la sombra, sigue siendo un bosque de flacas palmeras.

Una de las calles que corta la avenida principal tiene un nombre raro.
Se llama "La Armonía de Maier". No es un negocio ni una estancia; esto ya sería suficientemente estrafalario.
Acostumbrado a los nombres de calles como Ángela Flores o José de San Martín, el turista desprevenido se descoloca, curioso, al leer un nombre como "La Armonía de Maier". ¿Quién o qué es Maier?
Nos intriga el misterioso Maier por su armonía. Su armonía es suya. Y es la armonía de Maier. Si Maier hubiera sido una batalla, "Armonía de Maier" sería una celebración, más o menos entusiasta, del fin de un cruento encuentro. Pero no. La Armonía de Maier es algo más. Como flores en el campo el día de la tregua; algo que no sólo rige artículo, sino que lo merece.
La Armonía de Maier es un suceso sucedido en un lugar llamado Maier o a alguna persona llamada Maier. Armonía que, de sucederle a alguien, lo hizo muy feliz; tanto mejor si se hablara de un lugar llamado Maier, porque hubiera hecho feliz a todos los presentes. El nombre de este tímido callejón no puede sino poner feliz a un hombre. No transmite más que eso. Basta pensar en las variables: una hermosa anciana llamada Armonía casado con el viejo Hans Maier, campesino de ojos azules que a pesar de su artrosis no ha olvidado el dialecto bávaro y la bellísima cara norte de los Alpes. O Maier: parque ubicado en el corazón de una ciudad remota, otrora zona de guerra. Un hombre vio allí florecer narcisos y geranios una mañana de domingo primaveral (hora, día y estación armoniosas por excelencia). Ese hombre terminó siendo urbanista de Riachuelo, merced a azarosos procesos del cosmos, y recordó ese día en un flashback formidable justo cuando estaba pensando topónimos para la ciudad recién fundada. La lista sigue. La vida contempla esta clase de sorpresas. Yo mismo me pregunto: ¿qué me pasará mañana?

La A. de M. (anexo)

La armonía de las esferas es una antigua teoría de origen pitagórico, basada en la idea de que el universo está gobernado según proporciones numéricas armoniosas y que el movimiento de los cuerpos celestes según la representación geocéntrica del universo se rige según proporciones musicales; las distancias entre planetas corresponderían, según esta teoría, a los intervalos musicales.

Michael Maier, médico y alquimista, en 1622 expone que hay "un tercio" de la Tierra a la Luna, "una quinta" de la Luna al Sol, y "una octava" del Sol hasta el cielo (Cantilenae intellectuales de phoenice redivivo, Canciones intelectuales sobre la resurrección del fénix).

La ley de Titius-Bode (1772) es una nueva clase de teoría de la armonía planetaria.  En 1772, Bode retoma la teoría: si se considera 4 como la distancia media entre Mercurio y el Sol, y si se agrega la serie 3 x 1, 3 x 2, 3 x 4, 3 x 8, etc. se obtienen cifras que se aproximan mucho a la distancia media real de los planetas con respecto al Sol, calculada en unidades astronómicas (distancia media entre la Tierra y el Sol).

Mercurio: distancia = 4 (0,387) do
Venus: distancia = 7 (0,723) re
Tierra: distancia = 10 (1,000) sol
Marte: distancia = 16 (1,524) do
Céres: distancia = 28 (2,77) re
Júpiter: distancia = 52 (5,203) mi bemol
Saturno: distancia = 100 (9,539) mi
Urano: distancia = 196 (19,182) mi+
Neptuno: distancia = 388 (30,055) la

21.8.13

"Madame, j'ai sur lui de véritables droits
que je saurais sauver du caprice des lois."
  
(Racine, Phèdre, II, 2)

20.8.13

Euneirophrenia

Soñé con usted. No se sienta halagada; es un peligro. Un sueño mío nunca es inocente. Tomo el último recuerdo que tenga de alguna figura femenina elegida al azar, y así sea un recuerdo grotesco y borroneado o claro y sublime lo reproduzco junto a un paisaje inmemorable o una lujosísima casa desierta en la que convivimos. Su sueño —el sueño en el que apareció— no fue la excepción. Nosotros solos y felices como dos adolescentes en un departamento demasiado grande para una familia de siete. Recuerdo cada alacena como si hubiera estado ahí: de encontrarlo algún día no dudaría dónde buscar un abrelatas. Y para usted van a faltar siempre palabras en la vigilia, así que se imagina qué vano intento es escribir sobre usted en un sueño. Omito la trama porque una lúcida vergüenza me lo recomienda. No podría escribir más que una paráfrasis.

No se sienta halagada, siéntase preocupada. Cómo no despertarme con una fatídica sonrisa en el rostro después de una brillante noche; cómo no encontrar mi vida descolorida como un trapo en lavandina en lo que dura un bostezo. Me ha pasado que al soñar con esta clase de maravillas me he despertado junto a mi pareja y no me han dado sino ganas de colgar los botines. En un golpe de lucidez mañanera adivino lo que se aproxima: un torrente caótico de inseguridad e inestabilidad cuya única solución es un cortejo enloquecido, que busca hacer real un sueño. No le miento que gracias a esta tormenta, que me inspira siempre el coraje que antecede al pánico, se han desenvuelto historias; al despertar, he sabido qué buscar y cómo. No piense que soy un mujeriego. Antes véame como alguien muy débil para luchar contra los anhelos que le nacen quién sabe de dónde. Un sueño de esta naturaleza es un oráculo despojado de todo buen augurio.

Por eso no. No le permito sentirse halagada. No le permito ser objeto de una búsqueda tozuda, decidida, en todos los sentidos forzosamente exitosa. No le pido que comparta una locura. Interésese por ella y querrá saltar a un tren sin retorno: estaremos perdidos. Nos encontraremos en lo alto del mundo, felices en un idilio, una cumbre demasiado peligrosa para caerse y un cuento muy plausible de desencantarse. Despertar allí sería un despropósito. Mírenos: con la vida hecha y todas las herramientas morales del ser humano de hoy (salvo la resignación), qué sacaría usted de una aventura absurda con un hombre impulsivo. Antes seamos amigos. Antes seamos hermanos. Entre ellos está vedado despertar de un hondísimo sueño con el otro, para encontrar al otro durmiendo sobre su pecho.

Le aseguro que nada sería tan terrible.

15.8.13

Entrevista con Eugene Hütz, pt. 1

El título de su nuevo álbum, Pura Vida Conspiracy, fue inspirado por el público en Colombia que gritaba "Pura vida", ¿verdad?

Sí, así fue. Era como si George Clinton de Parliament Funkadelic saliera al escenario y enfrentara a una multitud que gritara "¡Queremos funk!". Y pensara "wow, tengo que poner eso en un disco". Y ahora, ¿qué es la primera cosa que se te viene a la mente cuanto escuchás las palabras Parliament Funkadelic?

"Queremos funk".

Exacto. Tenemos esa relación con los fans que es recíproca. Es como decir, en un sentido, que hay mucha resonancia y nosotros escuchamos lo que ellos dicen en respuesta a nuestra música. Y en algún modo, la pegaron. Sólo añadí "conspiración" a eso... para que esa gente deje de vivir en el futuro y deje de vivir en el pasado. La vida es ahora. La pura vida tu vida está acá y ahora, y la presencia de esa vida es la mejor manera de llegar al placer de ser, a la forma de realmente entender y disfrutar la vida como es.
Mirá, la gente está obsesionada con perseguir la felicidad, pero la felicidad fue mal representada. La gente busca felicidad dentro de sus mentes o en algo fuera de ellas. Están constantemente atrapados entre el futuro cómo y cuándo va a suceder la felicidad o el pasado... basta con estar comprometido con eso ahora mismo. Eso es todo de lo que el título, y también el álbum completo, se trata.
Y como sabés, nuestra música es muy espontánea. Es algo que requiere tu atención ahora, y como que te quiebra de la burbuja de todos tus problemas simples... hay un poder liberador en eso.

En el documental Gogol Bordello Non-Stop, hablás de cómo, en sus shows, hay una cosa acerca de que los fans vivan el momento, y ellos como que se olvidan de todo excepto de la música. Hablaste de que eso es una especie de libertad.

Absolutamente. Cultivamos ese sentimiento.

Y parece que el público obviamente se alimenta de su energía, y es una calle de doble mano.

Es como que ellos son la madera y nosotros el fósforo, pero incluso el fósforo está hecho de madera. Es por eso que no me gusta mucho la palabra fan, porque es como que implica una suerte de condescendencia. En realidad es bastante interactivo.

We Rise Again by Gogol Bordello on Grooveshark


Proteo

1.
O acaso nuestro destino sea no saber jugar lo suficiente con nuestras palabras como para convertirlas en nuestro señor antes que en nuestras criadas.
(al menos eso si no más, pensado con los ojos. Marcas de todas las cosas estoy aquí para leer)
El universo es una teofanía: Dios que se manifiesta por signos, que son las cosas, y por medio de éstas nos encamina hacia la salvación
(Por eso los monjes místicos. ¿Querríais ser como dioses? Miraos vuestro omphalos.)
(Mira ahora. Ahí todo el tiempo sin ti: y siempre estará, por los siglos de los siglos.)

2.
que el pan que un niño sueña con comer no puede ser el mismo que come en la vigilia, ya que no puede transportar al sueño todas las cualidades del pan, y porque, en consecuencia, el pan del sueño no podía estar hecho con harina corriente (flour) sino con harina designada con un sonido similar (flower), una flor que le quitaba algunas cualidades y le imponía otras más adecuadas al estado de ensueño

Ni antes ni ahora Joyce comenta más que un pintor: sigue su pincelada y trata de introducirnos en la línea precisa y en su color.
(Verdemoco, platiazulado, herrumbre: signos coloreados. Límites de lo diáfano.)
que en el pan del sueño los dientes no pueden penetrar como en el de la realidad, 
postula la experiencia misma como una especie de texto que debe ser descifrado y que por consiguiente tiene un mensaje
(Pero añade: en los cuerpos. Luego se percató de aquellos cuerpos)

Proteo tiende a una mayor objetividad. La palabra se altera para adherirse mejor al objeto y evitar todo comentario.
(¿Por qué en? Diáfano, adiáfano.)
el acto de conocer conlleva una operación de "relleno", que le atribuye al objeto percibido un sentido.

3.
Así se escribe la cosa.
Escribir quiere decir "injertar".
Es la misma palabra.
El injerto no sobreviene a lo propio de la cosa.
Aquella no se aja ya de tanto uso.


Cada texto injertado irradia hacia el lugar de su toma, lo transforma al afectar un nuevo terreno. Es definido (pensado) por la operación y a la vez define (es pensante) para la regla y el efecto de la operación.

La heterogeneidad de las escrituras es la escritura misma.
Es en primer lugar numerosa o no es.


4.
 (Conque leyendo dos páginas de siete libros distintos cada noche ¿eh? Era joven.
¡Viva el maldito idiota! ¡Viva!

Cuando uno lee estas extrañas páginas de alguien que ha desaparecido hace tiempo uno siente que uno está con uno junto a uno que una vez… … …)

Treat Her Right + Cowboy Junkies

La tarea de un correcto morphinólogo es tirar las coordenadas precisas para seguir conociendo a Morphine. La tarea es inabarcable. Nunca se va a terminar la lista de acordes pensados por Mark Sandman (impulsor creativo del inigualable sonido de Morphine; también mártir temprano, como los grandes ídolos del rock anglosajón). Lo poco que nos queda de accesible no son ni siquiera todas las canciones de todas los proyectos musicales que formó Mark Sandman en su vida (más de cien), sino apenas la discografía de las tres más importantes: Mark Sandman como solista, Morphine y Treat Her Right.
Treat Her Right fue el paso anterior a la consagración de Morphine. Es como la noche temprana, antes de perderse en eso confuso que la noche suele ser. Es un momento previo a un respiro que se eleva del suelo; es estar sentado pacientemente en un bar tomando una cerveza sin conocer el futuro. Treat Her Right admite un calificativo burdo: blues. Morphine no acata ni siquiera el más burdo de los calificativos, salvo "música".
La tarea del morphinólogo (o cualquiera de sus colegas con una vocación igualmente inútil) está destinada al fracaso. Nunca se va a poder conocer todas esas cosas que ideó este hombre, inmortal a los 49 años pero por lo mismo personaje mudo. Acaso lo más sensato sea apartarse de la tarea de morphinólogo y tratar de abarcar otras cosas igualmente deliciosas. Pocas cosas pude sentir tan hondamente como Morphine. Siento esa fraternidad creciente que se suele sentir con un autor cuyos libros nos han acompañado en un momento clave de nuestra vida.
Pero ya es hora de prescindir de ese autor; dejarlo ir y mirarlo un poco desde lejos, para estudiar cómo se ve su culo atravesando el camino, y con quién se junta naturalmente. Punto de vista que no se ha podido explotar antes, cuando tiene al autor constantemente al lado. Y he aquí que Treat Her Right coincidió casualmente con otra banda en una lista de reproducción aleatoria, conjunción casual que se ha vuelto indisoluble y estudiable, como esos engorrosos corpus literarios. La banda en cuestión se llama Cowboy Junkies y si bien admite el calificativo burdo de blues, también podría admitir otros si fuera necesario. De todos ellos, el que más me gusta es lo-fi: resume en dos monosílabos la sensación mental producto de escuchar la banda, y también el momento apropiado para evocar esa sensación. No voy a usar una tonta metáfora como la de suspiro elevado del suelo; Cowboy Junkies posee una firmeza y una sobriedad que se ejecutan si uno escucha atentamente, y para esto es más que recomendable estar sentado solo en su casa. Nunca con auriculares en la calle: empíricamente señalo que esto no funciona.

Cowboy Junkies tiene una voz femenina, aguda pero no molesta, como de ensueño. En Treat Her Right suele cantar Mark Sandman: barítono, viril. En un corpus, por lo demás siempre artificial, se exploran estos contrastes, pues es lo único sobre lo que uno puede empezar a escribir.

La recomendación musical se compone así de dos, si se quiere pensar así, opuestos. Que sin embargo suenan a lo mismo. Acaso Margo Timmins y sus hermanos hayan podido compartir pareceres con sus contemporáneos Treat Her Right en un bar; acaso lo hayan hecho, episodio perdido en la marea de momentos que conforman la historia de la música occidental.

thr + cj by Patrick Pilzkönig on Grooveshark

14.8.13

¡Hola, Miguel!, pt. 2

Premisa de esta breve entrada: cuesta desacostumbrarse a las reglas que se impone uno mismo, a fuerza de pureza de estilo u otra excusa de similares características. Cuesta desaferrarse a la timidez del tipo que, a fuerza de aburrir, escribe siempre sobre lo mismo y sobre lo único que sabe. Esta premisa tiene un cuerpo deforme y grotesco: como mis zapatos, es tres números más ajustada que la brillantez de una mente despejada y libre en un corral sin frontera. A todo lo que se anima un pensador es a no salir de su yugo, de un buen gusto tanteado: claustro pequeño como una maceta y cómodo como un catre de hospital psiquiátrico.

Me imagino un tipo caminando en círculos en su habitación. A la luz de las velas. Mientras dice todo lo que piensa en vez de pensar todo lo que dice, a modo de dictado del que llevará un discípulo; intercalando versos en latín con lo que expresa en un francés burgués y mordaz, lleno de ironía.
La única regla que adelantaba Miguel de Montaigne era escribir cualquier cosa. La vida era una rapsodia: cualquier hecho era digno de mención, un grillo muerto camino a la panadería o el más brillante de los días, el más sublime de los atardeceres o la más sangrienta de las noches.
El café que estoy tomando ahora merece una descripción, no al estilo "Instrucciones para mirar una taza de café", sino como prueba retórica de mi amor por el café, amor incondicional que se repite unido por el brebaje en circunstancias más disímiles de las que puede reconocer la imaginación limitada de un hombre.
Me da vergüenza no poder componerle los versos que merece. Los pienso y, aún a riesgo de corromperlos, los repitiría; pero nadie tiene ganas de llevar la cuenta de las sandeces que un tipo dice aleatoriamente en voz alta. Con suerte encontramos hoy día un ordenador dispuesto a aguantar nuestro manoseo, mientras escribimos cosas de las cuales nos arrepentiremos tres o cuatro minutos más tarde.
Habida cuenta de estas limitaciones, a la vez firmes y fácilmente evitables, se vuelve muy doloroso escribir. Doloroso como una piedra enorme, atada con un cabo de alambre a nuestros tobillos, de la cual tenemos que zafar arrastrándonos cuesta arriba haciendo fuerza con los nudillos y los dientes. Añadiría, para mayor rigor mitológico, un águila que nos picotee el hígado, o lo que quede de él después de haber recurrido tan asiduamente al alcohol como vía de escape.
Escribir se vuelve un tedio si uno no se permite a sí mismo la libertad de escribir lo que viniere en gana. Hecha esta concesión, la forma viene sola y casi como una necesidad fatal, determinada por lo que se quiere decir (esa es mi superstición: el qué precede al cómo, y lo selecciona). Hay que saber abandonarse al abandono de las reglas, arrojarse de la pendiente de espaldas a riesgo de caer en un campo lleno de cactus; de forma que la forma mental, pintoresca aunque tan poco organizada, se condense a la vez en una dispositio de la cual nos aprovecharemos muy hábilmente para hacer estético y comunicable nuestro amor por el café, las pocas ganas de arreglar el vástago del baño, lo acontecido cuando salimos a pasear al perro.
Glorioso maestro encontraré en este hombre, que como adelanté antes se llama Miguel de Montaigne; hace tantos años él llama, con voz que imita socarronamente a los principiantes, a no considerar serias las cosas que escribe. Dios, la Naturaleza, las costumbres de esos raros pueblos bárbaros, todos temas tan alto y dignos, no son más que un chiste que pasó por su cabeza y su método obligó a cazar al vuelo para trasladar a un papel.


13.8.13

Rutina

Arranco leyendo a los estructuralistas. Las hojas están manchadas de café, pegadas las hojas con suciedad marrón que guarda mis huellas dactilares; de modo que ellas, y no lo que sé de los estructuralistas, atestiguan que me acerqué al libro. Devoro palabras desde isocronía a genuflexo, esperando la oportunidad de ocuparlas para llenar alguna frase. Dios sabrá si me serán útiles para transmitir mi impronta con buen aliento, frente a un auditorio sordo de seiscientas personas que han pagado para escucharme hablar: nada más que una combinación creativa de palabras tantas veces usadas en otras tantas combinaciones creativas. Los estructuralistas tienen un nombre para esto: doble articulación. Yo tengo otro, que no recuerdo aquí por timidez. Me sirvo un poco más de café, pienso que será una jornada larga, no tengo mayores expectativas. Observo severamente hojas amarillas y pegoteadas, seleccionando al azar tres o cuatro a las que no puedo seguir el ritmo; retrocediendo en mi decisión y abordando un tema totalmente distinto. Clara expectativa de futuro: no estoy aquí ahora, hay algo de esto que se me escapa, entenderé mejor mañana con la cabeza clara por otro café acumulado, que es el tercero.

A la tarde leo a Rabelais. Las hojas limpias implican una impresión vaga de lo poco que sé sobre Rabelais. Lo leo descalzo, es mardi gras, tengo un sombrero de paja, a lo lejos se oyerá pronto una guitarra y el silbato amoroso de un tren de carga que parece desarmarse. Quiero imponerme a los teóricos sobre Rabelais leyéndolo con el corazón y riendo seriamente, sin decir una sola palabra en voz alta o siquiera garabateando con lápiz número 2. Es decir, puedo ser constructivo y sagaz, pero más me sale leer en silencio. Esta hora es quieta y vana, y avanza sólo si uno se pone a mirar muy detenidamente. A esta hora, todo está hecho para ser examinado. Sentado bajo un fresno o un olmo, decisión tomada cautelosamente como la de un perro que va a mear a fin de no contemplar la posibilidad de tapar un hormiguero. El sol avanza, haragán, hacia Occidente: escondiéndose detrás de las montañas mucho después que el aburrimiento cerró mis párpados e hizo resbalar mi pulgar húmedo por el margen de la hoja, hasta apoyarse mudo e inerte sobre una hojita muerta.

Me sirvo un vino y leo un manual de periodismo. Impactante título anticipa una carrera furiosa, rodeada por un público ebrio de whisky; uno no podría sospechar que en el Derby de Kentucky los días son aburridos y se suceden uno detrás del otro, más antes todo lo contrario. De modo que en la noche, que es cuando más se siente la proximidad ardiente del día siguiente, no puede haber mejor consuelo (apriorístico, pero funcional) que pensar que mañana todas las cosas van a cambiar de una vez y para siempre - o de una vez para un solo día, que ya es muchísimo y sobra. Despertar con resaca en un desierto sin ninguna garantía sino totalmente a la deriva es una facultad que Hunter S. Thompson ejerce activamente, pero sin convicción plena de que es una razón fuerte para vivir. En la lucha contra una marea que arrastra, hundiendo (ya lo dice Rabelais, ¿o era Montaigne?) a toda la hosca tierra en un horrible flan arenoso, Hunter S. Thompson arrastra su cuerpo cansado al bar y pide que le sirvan un ron con hielo. Me duermo; mis sueños son más vívidos con la violencia de tres o cuatro autos que chocan y se prenden fuego en una combustión casi refrescante, con la consecuente lucidez de poder percibir todavía una humarada fogosa en la cara.

11.8.13

El hombre de al lado (¿reseña?)

La democracia (estilo de vida milagroso si los hay) nos permite tomarnos algunas licencias. En nombre de la democracia restituimos nuestro derecho a opinar, así no sepamos un carajo sobre los temas que abordamos. Esto me parece una suerte y el abuso de este derecho es el que permite que este blog exista.
De este modo, arranco esta entrada diciendo que no sé nada sobre cine, arte para el cual tengo una deuda enorme (mucho mayor a la deuda que tengo con las demás artes); no porque no haya visto ninguna película en mi vida, sino porque vi una cantidad tan pequeña que sigue sorprendiéndome cada película nueva que veo. La inferencia es sencilla. No debo ser marino, porque ver un barco es para mí un espectáculo inefable.
Esta deuda con el canon del cine aumenta día a día por dos motivos muy simples:
Uno es que no me "siento a ver películas", porque carezco de voluntad y generalmente la desidia me termina arrastrando a las redes sociales, donde soy opinólogo sin título, pasión, constancia ni vocación.
El segundo es que nunca voy a avanzar en la conquista de tan excelso objeto, porque las pocas veces en las que me "siento a ver películas" opto por una película que ya vi una vez. (En mi defensa: sólo una vez. Nunca opto por ver una película que ya vi dos veces. Esto también me pasa con muchísimos libros. Un buen libro ya leído pesa más que un libro nuevito, desconocido y sin referencias fuertes).

Hoy fue el turno de una película argentina llamada 'El hombre de al lado'. En los primeros 20 minutos estaba pensando que podría escribir una reseña buenísima basada en lo poco que aprendí sobre narratividad en Letras. Pasados estos 20 minutos pausé esta maravilla para buscar reseñas ya existentes, y todas eran muy parecidas a la que tenía en mente.
Pido al lector no interrumpir la lectura de esta entrada y dejarme vender primero la película antes de recurrir a otras reseñas acaso mejores. Por lo menos movido por un vago sentimiento de justicia basado en el "yo llegué primero".
Me gusta pensar que soy muy ducho en esto del análisis de la narratividad, pero para ser sincero tengo que arrancar reconociendo que la película no puede ser más clara de lo que es. Su concepto central (si estas palabras magras pasan los controles de calidad) gira en torno al contraste, noción que aman los semiólogos. El contraste es tan sencillo como blanco/negro desde la primera escena hasta la última, o quizás la penúltima. La primera imagen de la película, sobre la que transcurren los créditos iniciales, consiste en la pantalla dividida en dos: a la izquierda, una pared blanca; a la derecha, una pared negra siendo golpeada a mazazos por un hombre. Progresivamente se verá que el hueco que se abre en la pared negra es el mismo que se va abriendo en la pared blanca. Lo que es decir lo mismo que dice toda la película: las dos paredes, negra y blanca (con toda su carga simbólica: hermética o accesible, turbia o transparente, misteriosa o familiar) son vecinas, si no una y la misma.

Las reseñas que conforman mi competencia (vale decir, las redactadas por expertos en páginas como IMDb o La Nación) oscilan alrededor de lo siguiente:
"Una ventana será motivo de la discordia entre dos vecinos [...], razón por la cual ambos se enteran que el otro existe, [...] dando lugar a un conflicto que parece irresoluble".
Adelanto hechos de la trama, cosa que odio hacer. La zona en conflicto es una medianera blanca de tres pisos de alto en un lujoso hogar platense diseñado por Le Corbusier. La casa existió y existe; es uno de los pocos proyectos, a mi parecer feísimo, desarrollados fuera de Europa por este honorable arquitecto francés. En la casa vive un exitoso diseñador de sillas llamado Leonardo con su mujer, instructora de yoga, y una hija que lo odia, y que no le dirige palabra en toda la película. Familia tipo, salvando las exageraciones que sirven para aclarar el panorama.
En realidad, la película muestra sólo un lado de la medianera. Con la función secundaria de presumir la Casa Curutchet, se recorre la mayoría de los ambientes del "lado blanco". A través de un marco de madera en la pared blanca conocemos a Víctor, un (tomo prestados adjetivos de las reseñas profesionales, id est prepagas) vulgar y avasallador hombre dotado de un "aire bonachón" pero también de un "vozarrón" que se impone a cualquier queja sin apelación posible.
El conflicto se deja explicar sin requilorio: Víctor desea tumbar algunos ladrillos de la pared blanca de Leonardo para construir una ventana, con la excusa de poder agarrar unos pocos rayos de sol, que a Leonardo "le sobran y no los usa".
Los caracteres en tensión son lo más interesante de la película; quizás su motor y su móvil. Leonardo es un pusilánime hombre de negocios premiado y políglota, especie en plena proliferación en la Argentina. Víctor es digamos lo contario: un mediocre vendedor de autos, solitario, de ceño firme, amenazante a voluntad y con una mordaz ironía que Leonardo reconoce capaz de arrasar con cualquier situación incómoda. La especie que Víctor encarna es argenta y de dudoso prestigio: en ella se suele agrupar también al chanta y al garca modelo, amigables hasta cierto punto pero de una retórica infalible que utilizan para vender cuando no para la estafa. La virilidad de Víctor, austero y relajado, choca con un Leonardo tenso y ansioso, que no puede imponer su parecer cuando tiene enfrente a su vecino pero se presenta como un héroe delante de sus amigos y un violento justiciero delante de su esposa. Leonardo es el cobarde que todos tenemos dentro: como cualquiera, llegado el momento, es hipócrita y mentiroso.
En torno a los dos protagonistas crecen como helechos cada uno de sus mundos. Estos dos mundos tienen diferencias, pero también correspondencias que no pueden ser inocentes. Claro es el caso de los trabajadores presentados al principio. El albañil que está tumbando la pared a mazazos, cuando es interpelado por Leonardo que sale enojado a quejarse, está llevando una remera de Los Redondos; la empleada paraguaya de Leonardo aparecerá unos minutos después con una remera de Kiss, más tarde con una remera del subterráneo de Londres. Me pregunto: ¿nacional versus extranjerizante? Se trata de gente ajena al conflicto, vinculada a los protagonistas sólo por relaciones laborales y obligada a permanecer de su lado, con toda la construcción de identidad que esto acarrea. Espero que el lector no juzgue mi juicio de exagerado.
La problemática no da más de actual. Dos tipos obstinados no cederán su parte en una pared que es común. Esto no pasa de un problema doméstico si no fuera por su carga simbólica: los dos litigantes, cada uno perteneciente a un tipo muy diferenciado del otro, beneficiarios de un egoísmo particular pero también de un estandarte que comparten con toda una clase.

Los versados dijeron que los dos mundos son inconciliables. La conversación que los dos personajes comparten en un bar al que Leonardo va de mala gana se pasa por alto en una económica elipsis. No nos cuesta imaginar la cara de asco que el delicado Leonardo habrá intentado disimular en un arranque de diplomacia. Sí, los dos mundos parecen inconciliables. El espectador opinará al final si es esperable algún tipo de solidaridad, alteza espiritual necesaria en un mundo dividido; única forma posible de salvar las distancias, puestas en relieve violentamente a mazazos sobre una pared negra.
Mi crítica fue insuficiente. La mejor crítica es poder ver la película con los ojos y con el cerebro, sin distracciones de ningún tipo pero con la cabeza enriquecida con juicios ajenos. El eje está explícito, y creo que es muy difícil reemplazarlo: las diferencias entre dos vecinos, representantes (casi embajadores) de dos mundos diferentes. No es mala idea una película focalizada en el departamento de Víctor (aunque probablemente sea bastante menos vistosa sin la escenografía de Le Corbusier), y es un proyecto que incluso pensaría abordar yo mismo si supiera algo de cine. Acá el personaje pusilánime nos incita a una indignación chispeante, mientras que el otro permanece un misterio por su austeridad. La simpatía del espectador no puede ser ambivalente; acaso mi proyecto haga posible un juicio más puesto en duda.

Creo que la película está indexada aquí. Para diferenciarme de la crítica prepaga, anexo links gratuitos. La paciencia de mis lectores, si existen y han llegado hasta aquí, es la mejor moneda que puedo anhelar, al ser también la única.

Poema discreto

examino la posibilidad de amarte
  desprolijamente,    poco alevosamente
considero, considero, considero
la descarto, es tangible, es lejana
es utópica, inexorable, fantasiosa.
examino que te quedes acá conmigo
              para siempre              los dos juntos
"egoísta es lo que sos."
"pensás en nada más que en vos."
olvidame. sé como quieras.

cambiarte a vos es apagar la primavera.

9.8.13

"Hay que pasar agosto" (metodología tentativa)

En días normales la cama no se me despega. Es así. No sirve ninguna fuerza de voluntad, omnipotente o desganada, y estoy empezando a pensar que mi haraganería es más bien un proceso biológico de defensa (se sabe que las mañanas son peligrosas para la integridad de uno) en vez de verdadero desdén hacia el mundo y sus maravillas.
En los días excepcionales en los cuales uno se obliga a levantarse esto se vuelve especialmente grave y uno tiene que ensayar recetas efectivas, certeras y económicas para poner los pies fuera de la cama lo antes posible. No hay receta infalible (como tantas cosas en la vida, desde la literatura hasta los brownies cannábicos) pero hay algunas que funcionan con cierta regularidad. Una canción bonita en el celular o una persona bonita durmiendo al lado saben funcionar. Pero ¿qué canción es bonita- cuando uno con los pelos revueltos tiene que entreabrir los ojos para ver la mañana fría y antipática, nublada o lluviosa, que no nos llama a nada en especial? Más todavía cuando se está solo. La música del despertador es hasta cierto punto una elección individual, pero el anhelo de dormir con alguien pende de otras variables menos estables como, por ejemplo, el consenso de otra persona.

Hay días como hoy en los que uno se despierta en una cama pegajosa y grotescamente cómoda sin razón alguna para vivir la vida, pero con esa sensación constante de que se debería vivir por alguna razón. Uno ha programado su día confiando en que tendrá ganas de vivir ese día y henos aquí a las diez y media de la mañana, con el reloj biológico puesto todavía en madrugada y la vida desenvolviéndose tranquila y estúpida puertas afuera. (Imposible no acordarse de la cortina de Friends: "you're still in bed at ten, the work began at eight...")
En vista de que no hay recetas universales, puedo decir lo que ensayé yo hoy para superar esta impotencia humana. Cerré fuerte los ojos. Fui totalmente consciente de mi auténtica falta de energía, problema irresoluble si los hay. Y dejé derivar mi mente (¿bien dicho así está?), más por inercia que por voluntad, hacia el momento más enérgico de mi vida.

Estas isotopías remolonas felizmente podrían haber funcionado como una precaria introducción. Necesito escribir sobre esto, porque todavía queda algo de modorra y ya es casi mediodía. Tengo un café en la mano, pero no sirve por sí solo. El entusiasmo despierto y ágil del café no sirve para nada si uno no está de buen humor, y a la mañana el buen humor se convierte en algo que hay que inducir lo más urgentemente posible.

¿En qué momento de mi vida estuve indiscutiblemente despierto?
Hay una canción grabada en el año 1975 o 1976, años importantes si los hay para la música basura porque en el lapso de estos dos años fueron grabados y publicados los primeros discos luego conocidos como los primeros discos punk de la historia. El entusiasmo por lo amateur, lo-fi, chatarra (como quiera llamársele) estuvo siempre, pero la diferencia es que de 1976 en adelante estas bandas aficionadas desearon en alguna medida compenetrarse con un público con bajas expectativas de calidad musical.
Algo de eso (dicen los duchos) hubo en Patti Smith, la primera dama del punk, aunque todos sabemos que hubo bastante más que eso. Hoy es más evidente que nunca. La comparación entre los sexo pistola y Patti Smith es tan absurda que no la voy a repetir aquí sino señalando un solo detalle: el primer sonido que se escucha en el primer disco de los Sex Pistols son botas (presumiblemente borcegos militares) marchando al unísono, mientras que el primer sonido que se escucha en el debut de Patti Smith es un mi profundo tocado en un piano destinado luego a hacer maravillas.
Y la primera frase:
"Jesús murió por los pecados de alguien, pero no los míos."

Musicalizado por la euforia de una canción in crescendo que hablaba de una mujer (cómo no) llamada Gloria, recuerdo haber bajado a toda velocidad las escaleras de un viejo edificio color salmón a las dos de la mañana de un día de julio. No le miento, lector. Todavía había nieve en las calles. Me parece una obviedad decir dónde estaba, así que voy a suprimir el detalle.
Y digamos que caminé corriendo bajo unos faroles que estaban al borde del punto de congelación, con el camino memorizado y bien ensayadas en mi cabeza las frases que iba a decir. Me gustaría verme hoy enfundado en un gorro de lana negro, con las manos en los bolsillos y tan feliz que no podía evitar ir cantando a los gritos que Jesús murió por los pecados de alguien, pero no los míos. En los pueblos del interior se acostumbra estar solo a los dos de la mañana por una avenida del suburbio, así que mi canto no podía molestar a nadie.
Qué mejor excusa (o peor idea) (o mejor móvil) (o más magnánimo germen de un impulso atolondrado y alegre) que hacer todo eso por una mujer. Su nombre no era Gloria sino otro, un lindo nombre que me iban a poner a mí si nacía mujer. Este detalle de mi gestación fue en su momento una pista y hoy es sólo una anécdota. Como la noche misma. Con charquitos de agua causados por una nieve que había seguido durante dos días casi ininterrumpidamente y jamás volví a tocar desde entonces. Corría el año 2010, un año después del gran suceso meteorológico de mi vida (haber estado en Jujuy el día en el que ahí hizo más frío que en Base Marambio) pero todavía con el cuello congelado en los intersticios inevitables de la bufanda negra.
Y Patti Smith cantando con voz que unos considerarían desafinada, otros apasionada; pista de que la apreciación del punk no llegó quizás nunca a un consenso satisfactorio, si se puede hablar de consenso satisfactorio en cualquier forma de apreciación del arte.
Fue uno de los momentos más altos de mi vida, síntesis de muchas cosas y comienzo de muchas otras; desde allí todo fue empeorando o mejorando mediante procesos que no me siento capaz de analizar. Hoy siento que esa noche sentí lo más hondo del amor adolescente (esto es, irresponsable) mezclado con la gigantesca carga del futuro incierto. Fue una noche de realización perfecta y durante los cuatro meses siguientes todo estuvo bajado de volumen, porque nada podía compararse a la belleza de haber corrido sobre los residuos de la nieve salteña.

He aquí mi método. Hecho un bollito sobre la cama, cierro los ojos, tarareo la canción y recuerdo cada detalle de una noche intensa en mi cabeza. La energía que proviene de esos lugares, almacenados (supongo) en algún sitio en mi cerebro se trasladará a mis pies y a mis manos, para aunque sea gatear a la cocina y agarrar la pava para el café: próximo aliado en la lucha contra la cómoda cama, que debe dejar de ser el lecho para pasar a ser un mero mueble del hogar juvenil.
De paso, uno sale a vivir el frío de afuera como si fuera el mismo día. Y presiente que está listo para sucesos increíbles; de modo que cada conversación regular con el kiosquero o el banquero de turno se volverá sublime, anticipando ese algo perfecto que seguramente debe estar aproximándose, porque hace frío y es agosto.
No acostumbro no dejar enlaces ilustrativos.



4.8.13

5. El periodismo

"Si no podemos producir una generación de periodistas -o siquiera un puñado- que se interesen lo suficiente por nuestro mundo y nuestro futuro para hacer del periodismo la gran literatura que puede llegar a ser, entonces los "programas profesionalmente orientados" son una pérdida de tiempo. Sin al menos un núcleo duro de hombres articulados, convencidos de que el periodismo hoy es quizás la mejor forma de interpretar y por lo tanto preservar ese pequeño progreso que hicimos en materia de libertad y auto-respeto a lo largo de los años... sin esos hombres sólo queda tirar la toalla y admitir que nuestra sociedad es una sociedad demasiado interesada en los cómics y la TV para considerar la posibilidad de una revolución, hasta que ésta golpee nuestra puerta en el silencio mortal de una noche en la que nuestra guardia por fin esté baja, y ni siquiera nos engañemos a nosotros mismos con que somos los protectores de un sueño grande y decente."
(Hunter S. Thompson)