2.7.13

War & Peace

No soy un semiólogo, ni un crítico de arte, ni siquiera un ensayista. Hay muchísimas otras cosas que no soy; soy un par de cosas, que en este momento no estoy ejerciendo. (Para facilitar las cosas puedo decir que soy guitarrista, pero en este momento no estoy haciendo nada que tenga que ver con eso: soy un guitarrista potencial, un guitarrista latente, una persona ficta). Por modestia voy a decir que soy mecanógrafo antes que escritor y borracho antes que enólogo. Hay una cosa que sí sé que soy siempre: hijo de mi tiempo y lugar.
Toda la lucidez que un hombre puede desear es saber que uno es hijo de su tiempo e hijo de su lugar. No hay nada más honesto que declararse a sí mismo como producto de su experiencia acumulada; algo que se es siempre, haga lo que se haga. Esto se adivina por el síntoma siguiente: cuando uno quiere a toda fuerza encajar en algo que no es, uno se deprime, uno entra en alienación. No voy a escribir sobre temas tristes; una de las cosas más tristes es no poder ser uno mismo.
Uno tiene una posición en el mundo y puede aprovecharla o negarla. La negación es dolorosa, porque uno se está auto-negando. Uno puede cambiar esa posición en el mundo. Digamos que mañana, por capricho o por vocación, voy a vivir a Bruselas. Si uno nunca se olvida de lo que se es y por qué se es lo que se es, Bruselas mañana va a ser mucho más fácil: ciertamente es más fácil vivir en Bruselas en calidad de argentino que fingir ser un belga de nacimiento. Los caprichos son criticables por esto: los caprichos son cosas volátiles que no representan las pasiones de uno por mucho tiempo. Si mi real vocación (vocación viene de la misma raíz que "voz" y "evocar": vocación es llamada) es ir a vivir a Bruselas, es por algo que ya estaba latente en mí, que echó raíces en mí, que las está echando hace ya un tiempo y se hace inaguantable, como los baobabs que hacen reventar meteoritos. Si mañana me voy a vivir a Bruselas, soy una bomba de tiempo destinada a a estallar mañana en Bruselas.
Espero estar explicándome. De cualquier modo no es sobre esto que quería escribir. Estos temas son muy complejos y soy muy poco didáctico. Si pudiera explicar mejor lo que pienso, me iría mejor en la vida. Un buen retórico se atiene a lo concreto y a lo preciso. Los maestros zen, que son los que dicen saber mucho, son por el contrario muy poco claros. Aspiro a lo primero, por más solemne que sea lo segundo.

Hace un rato leí la palabra "posmodernidad", que es como un tabú y a la vez un fetiche en Letras. Representa difusamente una cosa muy difusa; difusamente trata de dar cuenta de una época que se caracteriza por lo difuso. Cuando podamos definir qué es la posmodernidad, seguramente la posmodernidad habrá terminado. Mientras tanto, vivimos en ella, respiramos su aire casi siempre apestoso y embriagante.
El testimonio de una época es el arte, y esto lo sabemos todos. El arte (también lo sabemos) es no sólo pintura sino música y literatura, y un par de técnicas más que la posmodernidad no se decide a juzgar aceptables. Parece que el mundo del arte, al haberse vuelto tan masivo, se divide entre los que hacen cosas y los que dicen cómo deberían hacerse las cosas: digamos artistas y críticos. Después están los que no hacen ninguna de las dos cosas: los apreciadores. Yo no soy crítico ni mucho menos artista; nunca podría fabricar un tesoro ni señalar dónde hay uno. Si escribo acá es porque aprecio, y escribir acá es un gesto de agradecimiento más que una actividad que, como el arte, desea ser apreciada por el solo hecho de existir.

Situémonos en la discusión inútil que acabo de resumir en dos párrafos. El arte es plausible de ser apreciado. (Esta es su definición original, después criticada a muerte). El arte es muchas cosas, sobre todo hoy. "Hoy" es posmodernidad, una época difusa que a esta altura nadie se anima a definir. Ya hemos pasado el romanticismo (gusto por la pasión) y las vanguardias (el arte por el arte) y hoy estamos situados en esta especie de era híbrida y deforme que se caracteriza por muchísimas cosas pero sobre todo por una: todo lo que se haga tiene difusión fácil. Todo lo que se "haga" (tómese, lector, un minuto para saborear el abismo de la palabra "hacer": revela construir, revela pintar, revela componer, revela también destruir, transformar, revelar, plantar, apilar, concretar y abstraer, leer y escribir, escuchar, oír, ver, así como hacer ver, hacer oír, y pensar, hacer pensar y pensar sobre lo que se piensa) tiene amplia difusión. Todo lo que se hace en cualquier lugar del mundo puede llegar a nuestros sentidos con relativa facilidad. Relativa facilidad: más fácilmente que nunca antes en la historia. Esto es un hecho interesante del "hoy", que es sinónimo de "posmodernidad" hasta nuevo aviso.
En la casa de cualquier bloggero de medio pelo como yo, cualquier manifestación artística remota llevada a cabo con más o menos seriedad por un músico japonés es factible de cruzarse con cualquier manifestación artística remota llevada a cabo por un eslavo loco que en el anonimato se define como woodcum, que vale en inglés por la expresión "semen de madera".
Esto llega a mis ojos hoy gracias a la modernidad. El entrecruzamiento casual y glorioso entre la música de un japonés, sencilla y sin embargo jamás oída hasta el momento en que se la compuso; con el arte gráfico de un hombre que realiza rancios collages de gente en el espacio. Casualmente despiertan emoción, y esta emoción se traduce (a falta de mejor cosa) en ganas de escribir esta entrada.

En un seminario la profesora hablaba de un tal Gilles Deleuze. No sé quién es. Pero este tipo tenía una idea muy interesante, noción que creo que se llama rizoma. Gilles Deleuze es otro buen hijo de su tiempo. No podría haber construido su armazón teórico en otra época, y sabe bien que puede ser releído por otra gente en el futuro. Siempre de otra forma, por hijos de otra época.
La noción de rizoma, pobremente explicada, es algo así.
Antes, una "obra" (digamos "obra literaria", "libro", todas ellas palabras aberrantes) era vista como un árbol.
Una semilla se plantaba en el humus fértil del genio individual para crecer hacia arriba y para todos lados; pero siempre proveniente de un solo lugar, de esa semilla depositada en el suelo: testimonio de una raza o de un hombre, con una marca privada, gloriosa o infame, pero una.
El aporte de este Gilles Deleuze fue empezar a pensar el árbol no como árbol, sino como rizoma. En una enciclopedia de biología encontró esta interesante definición. El rizoma es una especie de raíz subterránea con nudos que se esparcen en toda su superficie, que conecta un árbol con otro y que nunca vemos, hundida en el humus de lo que ya no puede ser un genio artístico, sino un conjunto relativamente heterogéneo de genios. ("gen-": creación. El "gen" en "heterogéneo", y también en "genio", es una partícula muy gráfica para el buen entendedor).
Lo novedoso de esto no es sólo la modesta ubicación de una obra, que no es un imponente árbol sino un nudito con flor en un rizoma hundido en el barro. Lo novedoso de esto es que de cualquier lado puede sacarse cualquier cosa. Nada en el rizoma nos autoriza a marcar su principio y su final, y esta es una idea que aman los filósofos, digamos, posmodernos. Digamos, para más precisión, difusos. Y así como nada nos autoriza a marcar una jerarquía (el lector atento asociará rápidamente la palabra "jerarquía" con la idea del grueso tronco del árbol que se va deshaciendo en ramas menores), nada nos autoriza a no tomar dos nudos cualquiera y ponerlos en funcionamiento juntos por el gusto de ver qué sale.
Este es un ejercicio que el propio Gilles Deleuze hizo con figuras tan ajenas entre sí como Alfred Jarry y Heidegger. No es casualidad que estos hombres posmodernos tengan problemas con la autoridad; al fin y al cabo, hace un tiempo todas las autoridades son puestas en discusión.

No puedo comparar mi ejercicio con el de Gilles Deleuze, pero éste me sirve de excusa para explicar mi ejercicio. No es lo mismo, ciertamente, escuchar a Debussy y ver el cuadro "Las meninas" de Velázquez, que lo que propongo yo ahora. El resultado no es para nada académico (esto no es una ponencia) sino el puro gusto de una emoción que acaba por difuminarse.
Antes yo hubiera dado lo que sea por vivir en otra era. Creo que es un acto de madurez intelectual asumir que estoy donde estoy y no hay tu tía; hasta ahora, mi posición histórica es inapelable. El día que creemos la máquina del tiempo se habrá acabado la posmodernidad; se habrá acabado, creo, la distinción entre era y era. El universo será irreconocible, y nos encontraremos discutiendo de nuevo con nuestro vecino sobre la redondez del planeta Tierra.
Eso afortunadamente no parece que vaya a pasar esta noche. Y es por eso que quiero invitar al lector a disfrutar un par de cuadros de Philipp Igumnov, alias woodcum, mientras suena de fondo la canción de un amable japonés llamado Ryuichi Sakamoto. (Este japonés compuso la banda sonora de la película Derrida, que trata, valga la redundancia, sobre Derrida. El lector versado, cuya visita a este blog desaliento, asociará Derrida fácilmente con el tal Gilles Deleuze, que yo conozco más bien de nombre).
No se me ocurre otra cosa que hacer que dar por finalizada esta introducción.







La resolución siempre deja que desear. El flickr oficial del señor woodcum.

1 comentario:

  1. Eres lo que quieres ser, no te excuses por no atreverte a serlo.

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