30.7.13

La Córdoba sonriente y perfumada

Paso el mate del portero bajando uno por uno los peldaños de mármol y me encuentro en la calle. Ituzaingó (si sirve de algo este sustantivo adjetivado) a las cuatro y media de la mañana (si de algo sirve el circunstancial) un lunes. Yo me siento perdido y encontrado en el Sahara; finamente abrigado por un saco de lana marrón, la mochila en la espalda me proporciona un calor adicional y equilibrado. Así, la marcha no se hace ardua. La calle va en bajada; sin pensar demasiado la emprendo con los ojos bien abiertos al principio, ligeramente extrañado como el Jesús que sale de la cueva después de tres días de fiesta fuerte.
En un horario absurdo un hombre tira baldazos de agua con espuma al asfalto, esparciendo prolijamente lo que arroja con una escoba de pelos verdes; enfrente, dos chicas sentadas en el cordón de la vereda observan. ¿Mencioné que es lunes? La sola aparición de tres figuras humanas conectadas entre sí por una tarea y un ensayo de voyeurismo se vuelve sorpresiva. Era un buen principio: los peatones que vagamos a esa hora por la calle nos sentimos, creo, casi una familia. Si uno ve a un hombre caminando solo, tiende a doblar la esquina para que el hombre siga derecho. Es una medida de prevención. A esa hora, se entiende, cualquier encuentro casual se hace desagradable. La sensación de inseguridad proporciona dilemas de ese tipo. Pero al fin y al cabo somos todos vecinos. En la próxima cuadra seguramente nos encontremos con el hombre que esquivamos, le reconoceremos la cara y nos inspirará confianza, porque sabremos que compartimos un ratito de nerviosismo. Como si nos conociéramos desde siempre y nos hubiera separado una desconfianza saludable y cotidiana.
Un detalle me llamó la atención desde el principio hasta el final del recorrido. Sería muy egoísta de mi parte no compartirlo acá, pero mucho más egoísta tratar de entenderlo. Cuando asomé mi nariz a la base de la escalera de mármol percibí un olor suave, casi veraniego, nada frutal sino duro como el concreto y sin embargo suave como lana flotando en el aire. Es el olor que tienen las ciudades. Mejor dicho: es "el" olor que tiene "una" ciudad en particular, olor a ella, olor que cambia cuatro veces por año porque varía con la estación pero que reconocemos. Probablemente varíe debido factores meteorológicos, distancia a grandes masas de agua o incluso por la idiosincrasia de sus habitantes. Intrigado, afino un poco más la nariz. Soy fumador aunque no empedernido; tengo el olfato atrofiado, pero la ambición de oler siempre se impone. Así caminaba, con la nariz por delante como tantas otras veces. El olor me resultaba familiar hasta el asco, y sin embargo tozudamente inaprensible: ¿dónde más lo olí?, pensaba callado.
En Córdoba no lo olí nunca. No sé por qué tenía eso tan por seguro. Un olor veraniego en pleno invierno y sin embargo no recuerdo una sola noche del invierno cordobés en la que me haya bastado un abrigo tan liviano. Menos a las cuatro de la mañana un lunes, si de algo sirve el circunstancial. El olor iba y venía, entremezclado con otros olores naturales de la calle (préstese atención a esto: "naturales de la calle". Qué comentario más asquerosamente urbano, protestará el abrazaárboles, pensar que en esta jungla artificial y perversamente homínida puede haber algo de natural. Reintegro mi opinión a su dignidad vanidosa: natural de un lugar es lo que en él ha sido gestado y criado sin importar de qué haya nacido. Decir que todos venimos de los árboles es una cosa tan romántica y falaz como declarar que un olor cualquiera no puede haber nacido en la calle). Juro haber olido globos de látex y una salsa para canelones; tuve que discernirlos, atento siempre y casi no a otra cosa, entre la sempiterna esencia de cuneta. Pero ahí estaba el olor de nuevo. Olor a ciudad, pero a ciudad rara, a ciudad vieja, a ciudad virgen, sin duda a ciudad inesperada. Un olor que jamás había sido olido pero que permaneció detrás de mi nariz por siempre, como si recién ahora estuviera animándose a salir al exterior. No lo entendí y esta es la única explicación que arriesgo:
No es un olor que conozca. Eso es lo que conozco: conozco el olor a algo que no conozco. Conozco el olor a ciudad vieja, sí, pero más sé diferenciar el olor a una ciudad en la que nunca estuve.
Y ahí entendí otra cosa más. Estoy enamorándome de Córdoba. De nuevo y como el primer día: un día más o menos por esta altura del año, hace dos años. Me sentí un Colón que se embarca de nuevo a las Indias después de un fierrazo en la cabeza que le reseteó el disco duro. Córdoba no se ve distinta, y sería masturbación vana decir que cambió para mí, más absurda aún si dijera que cambió gracias a mí. Pero se me aparece como novia en su vestido que se saca el velo de la cara. Una cara radiante que se revela mientras uno examina la posibilidad de no haber mirado jamás realmente a la mujer con la cual se está a punto de contraer matrimonio.
Parado en el altar esta noche, olí y sobre todo miré con renovada atención. Córdoba, desierta como estaba, tenía tiempo para mí y se mostraba sin la prisa de siempre. Y yo la conocía de nuevo y como la primera vez: cada simple detalle, como los que mencioné el otro día en otra entrada, era digno de una epopeya de ciento cincuenta mil cantos. Eso es el amor fanático y hondo. Hacer de un pedo una sonata; una escultura con los mocos de tu amada. Ni hablar entonces del potencial que guarda una sonrisa.



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