7.7.13

Entrada sobre los días de sol

Quizás justamente porque llueve y es domingo quiero escribir sobre dos canciones del soundtrack de una película que me recomendaron hace dos años.
Ayer empecé una entrada sobre una canción que había oído - una especie de zamba vocal, cantada por una mujer que la seguía con el bombo. La cita era en Tilcara con las montañas de fondo y una luna grande y redonda. Tilcara, como se sabe, es anhelada por los turistas que saben que es el lugar más cercano al cielo al que se puede llegar sin alejarse del auto. Llegan a la hora del mediodía después del check-out en el hotel de Jujuy capital; caminan por las calles mirando las casas de barro, toman vino en un barcito, compran artesanías, rezan en la capilla por la hermandad latinoamericana, escuchan un indio tocar la quena y se vuelven. En invierno se puede andar en remera por la calle, por su ardiente proximidad al sol. Nunca hay nubes; el pueblo se emplaza más alto que el agua de los cielos.
Algo de eso quiero recordar, a pesar de que no quise terminar la entrada sobre la zamba en Tilcara. En ese entonces deseaba el silencio de las montañas. Hoy, como llueve y es domingo, deseo más bien otra cosa.
Hace ya dos años vi 'O brother where art thou?', una delirante odisea por el Estados Unidos de la recesión de los años 30. Un tiempo después aprendí que los críticos llaman a esas cosas pastiche: está de moda, a propósito de este tema de la posmodernidad, recuperar cosas (más que nada escenas históricas semi-imaginadas) de épocas anteriores y reversionarlas; sencillamente una parodia sin humor. Un sinónimo aproximado, menos técnico y más callejero, se puede apreciar en las vidrieras: vintage. Para lograr este efecto tan cool es importante cómo presentar el objeto; cuando se trabaja con imágenes estáticas el proceso es sencillo y lo vemos a menudo en fotografía amateur. Cuando se quiere recuperar cada detalle de un mundo que existió hace 70 años para depositar allí a George Clooney, el presupuesto asciende a 26 millones de dólares.
La música es importante para la ambientación. Esta es una película, si no me equivoco, del año 2000 y no era conveniente utilizar grabaciones musicales originales de los años '30, de modo que casi todas fueron grabadas de nuevo. Una canción llamada Po'Lazarus abre la opereta. En la película está cantada por dos filas de criminales que, con sus pies atados con cadenas, están sentenciados a martillar piedras vestidos de blanco y negro, imagen tan conocida. La canción fue compuesta por un tal James Carter que la cantaba con sus compañeros en prisión para pasar el rato: estas melodías tienen el encantador nombre de "bad man ballads". Los productores del film buscaron por tierra y mar a lo que quedara de James Carter para pagarle 20.000 dólares en regalías. Habrá sido el día más feliz de su vida, o habrá reflexionado esa misma tarde sobre la excentricidad del arte que vive el mundo hoy por hoy. Sea como sea, el buen hombre murió 3 años después. Con su canción de fondo, los tres héroes del film cortan sus cadenas y corren a campo traviesa, escondiéndose entre las plantas de algodón, para toparse con un maquinista ciego que empuja un tren en una vía desierta y hace las veces de oráculo. No tarda en descubrirse el nombre del líder: Ulysses, casado en una lejana ciudad con una esposa llamada Penny. Este es uno de los pocos guiños que endulzan la película, homologándola libremente al segundo libro más viejo de Occidente. (El espectador interesado reconocerá sin dificultad a las sirenas; un poco más arduamente a Polifemo).
La corrida por el campo está musicalizada por la única canción realmente grabada en los años 30 que los productores tuvieron a bien incluir. No cuesta imaginar la tortura de correr por la libertad en campo abierto bajo el sol, adornado con esos pesados trajes de preso y, por si fuera poco, con los pies encadenados a los pies de dos palurdos muy lentos hasta para correr.

Afuera llueve y hace frío. Estoy con pullover de rombos en mi propia casa, mal acondicionada para el breve invierno de Corrientes, y la humedad no me deja estar. Todo el día estuve auténticamente estúpido, sin sentirme a gusto con nada. Me dormí la siesta esperando que mi mal humor sea sólo sueño (un síntoma de la madurez es dormirse tranquilamente cuando se está de mal humor; se sabe que los niños prefieren hacer más escándalo, un esfuerzo que nadie valora). El sueño tardó en llegar y cuando me desperté hacía más frío y llovía más fuerte, y encima era de noche. Un asco haber venido acá a buscar emociones y a vivir la euforia del nóstos (estoy entrenándome lentamente para esto) y que Corrientes no acompañe sino con un día de lluvia digno del mejor Belle and Sebastian; invitando moderadamente a agarrar un libro del estante y abrir la ventanita al atardecer para corroborar un pronóstico pesimista.
Por poético que suene esto, un domingo es bastante aburrido. Como cabe renegar del todo, me arriesgaría a traer a colación una famosa frase: "en vacaciones todos los días son domingo". Uno podría decir sábado, pero la lluvia tiñe cualquier color sábado del color subsiguiente. No es que sea un hiperactivo, pero si fuera un perro ahora mismo correría al exterior y entraría de nuevo con las patas llenas de barro por puro gusto de destruir mi casa. Pero como al clima no le gusta que jueguen su juego (uno se acostumbra a la lluvia y la lluvia cesa) me senté a escribir esta entrada sobre los días de sol, como para reconocer que mi domingo fue en algún punto digno de crear algo.

La única canción de la película realmente grabada en los años '30 se llama Big Rock Candy Mountain. Está cantada por un hombre que la acompaña con un arpegio folk, cuando éste requería virtuosismo pero también desgarro. No hace falta mucha imaginación para figurarse un hombre solitario, con sus ojos cubiertos por un sombrero junto a un camino de tierra o mejor, un cruce de caminos de tierra. (La canción real no fue grabada en esas condiciones, se supone; pero eso no le quita legitimidad a la escena. Por lo demás, escenas de este tipo hacen posible los pastiches).
La escucho y recuerdo el viaje a las sierras de Cuyo, cómo no. Y como quiero entretener al lector con el sabor del contraste, le cuento: esperar un auto en el oeste argentino es estar sentado en el desierto, y la consigna es ser más paciente que el desierto mismo. Con las zapatillas groseramente llenas de polvo en algún lugar con un nombre estúpido como Cruz del Eje y el sol quemando. Uno no esperaría más que silencio, y se hace beneficiario de toda clase de silencios: acostumbrarse al ruido de la ruta, que es el ruido de los autos que ignoran el placer de tu aventura, es también una especie de silencio. Si uno se pone impaciente, se pone a escuchar (hoy en día es muy posible) una canción como Big Rock Candy Mountain.
El protagonista de la canción cuenta que un viejo vagabundo se le acercó y, como confiándole un secreto, le habló de un lugar donde crecen cigarrillos en los árboles y hay lagos de whisky y guiso caliente. Los policías tienen una pata de palo y las cárceles son de lata, "de modo que podés salir ni bien entrás". Leo con erudito entusiasmo que la idea del paraíso hedonista es una idea viejísima en la historia del arte, pero lo interesante son sus diferentes representaciones: el Cockaigne de los vagabundos no difiere mucho de su estilo de vida regular, sino que es éste llevado a un extremo cuyo resultado es lo mismo, pero abundante y gratuito.
En este paraíso no llueve, no nieva, no hay viento ni hace frío. No quiero ser ingrato con el extraño abrazo que mi provincia hace a los niños pródigos como yo el día de su llegada, pero a mí también me gustan los contrastes. Y si pudiera estar con los ojos cubiertos por un sombrero de paja bajo un sol que encandila, éste quemándome por debajo del abrigo liviano que pueda llevar por casualidad en la ruta y compartiendo (tengo ya que confesar) una petaca escondida en lo hondo del bolso con algún amigo aventurero, el dulzor de los días sería más rápido pero mucho más perceptible para la vista gruesa.





P/D.
No puedo evitar preguntarme, sin embargo, de dónde vienen estas ganas. Sería injusto esconder que en una escena como la que anhelo ahora, deseé secretamente una escena como la que tengo ahora: qué mas quisiera un vagabundo que estar cómodamente al resguardo de la lluvia, tomándose el tiempo incluso para escribir (actividad por demás inútil) aproximadamente todo lo que se le cruza por la cabeza.
A manera de lección para mí mismo suelo decirme que paciencia, porque todo en la vida se tiene. Por ahí leí la siguiente frase: "el agua acepta la forma del envase; el hombre feliz acepta las maneras de lo que le es inevitable".
Cuando hay un debate, es decir, cinco o seis tipos sentados alrededor de una mesa queriendo cambiar el mundo mediante los pilares de 1. la conversación y 2. la acción, nada sucede hasta que uno (generalmente designado ad hoc para esas situaciones) saca un tema de conversación. Los problemas se conversan y así la terapia se desenvuelve. Hay problemas los cuales no está bueno conversar con nadie, o por lo menos no con cualquiera. Pero todo surge de una sugerencia, así sea interior: "tenemos este problema, y escuchen chicos, empecemos a hablar para encontrarle una vuelta de tuerca".
Así funcionamos, creo, en el fuero interno. La vida cotidiana, por llamarla de alguna forma, nos tira una pista que nos hace darnos cuenta de algún engranaje que está fallando; una larga y tendida conversación con uno mismo aceitará el engranaje o lo reemplazará, cosa mucho menos frecuente. Quien no quiere conversar consigo mismo pasará un mal rato dependiendo del otro, que es relativamente efímero.
Y así estoy hoy. No es que sea el más grave de los problemas, pero me pregunto por qué hoy no quiero lluvia. No está mal no querer lluvia, así como no está mal no querer el sol. Pero a veces sirve tratar de entendernos buscando razones ulteriores.
¿Sol? ¿Vida exterior? ¿Vida activa? La luz es onda, pero es ante todo energía. Tarda 8 minutos en llegar a la Tierra, a pesar de que nosotros tardaríamos meses en llegar al sol; una vez allá, felizmente sólo nos pulverizaríamos: el Sol es una estrella caliente, vibrante, poderosa, redonda y roja.
Que las nubes cubran el sol no es grave, pero no es lo mismo. Hoy leí que en Ushuaia las noches invernales son tan largas que los niños necesitan dos dosis anuales de vitamina D. Los días nublados son mucho más quedos; casi puedo escuchar rechinar a mis huesos, a pesar de que no estoy tan viejo. La euforia, por otra parte, es energía, y hasta donde puedo ver es el estado de ánimo opuesto al que el día de hoy sugiere. No quiero un bajón largo y sostenido, y tan obstinado es mi deseo, que podría salir afuera a soplar para arriba a ver si sirve de algo. También, por el gusto de mantenerme en movimiento.

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