24.7.13

D'ailleurs

then one need merely break the pot
to fully realize the primordial unity
of the individual soul with the plentitude of Being
(The Alchemical Body: Siddha Traditions. D. G. White)

Córdoba es un eco hueco cuando no estoy, un recuerdo con barniz aguado que se deja a la intemperie y se despinta con las tormentas. Cuando no estoy, la palabra Córdoba trae una vaga marejada de responsabilidades y tedios que flotan como algas. Las cuentas o la comida, no saber qué hacer un domingo y procrastinar toda la semana, como si eso no pudiera ser en cualquier parte.
Córdoba de lejos es un infierno. De ella sólo permanece la imagen de una cosmópolis endiablada habitada por hombres cínicos que se burlan de uno a la primera de cambio. Un hormiguero de farsantes, en el que cualquiera que se acerque quiere vender algo. Córdoba son miles de ojos que te miran, todo el día, todo el tiempo. Córdoba es una escalera que lleva a un bar que cobra 50 pesos la entrada; Córdoba es calor seco en febrero 24, en mi edificio sin balcón. Córdoba es no tener espacio dónde dejar las plantas para que crezcan, y de no serlo es en cambio una brizna ahogada en el polvo de los autos que escala hasta el piso nueve. Córdoba es una gotera que no se soluciona porque ni los plomeros ni los inquilinos tienen tiempo ni fuerza; una cola para el supermercado, una cola para el cajero, una cola para el cine y una cola por el gusto de permanecer de pie.
El inventario no es simple. Veredas dejadas pobladas de gente que deportivamente sale a regatear los primeros días del mes. Colillas de cigarrillo de empresarios demasiado avaros para prodigar el esfuerzo de caminar hasta el cenicero. Córdoba es un horrible libro como de Paul Auster, un lugar donde no se puede ser feliz ni mucho menos libre. Córdoba es la posmodernidad que amaríamos ignorar, pero sabemos que se impregna en nosotros. Primero seduciéndonos con hermosos carteles de LED y después pudriéndose dentro, fuera, alrededor y sobre nuestras cabezas. Cuando estoy allá, Córdoba es la vigilia hecha pesadilla que se evoca desde un hermoso sueño, como el obrero que anhela ser pastor o un sauce que se inclina al río.

Y ahora que estoy acá me prometo nunca más olvidar que Córdoba es eso, pero como toda cosa humana supera su definición a cada segundo. Me confío a una lucidez intuitiva de estar en la cresta de la ola, signifique lo que eso signifique. Porque es infierno con madera de esos famosos infiernos encantadores. Es un frasco de aire sucio que abro en la más pura montaña, útil como recordatorio de que en el mundo existen todos los olores y todos los matices. Existe un abanico de ellos: hombres perfumados y mujeres de la calle, jamás excluyendo un viceversa si se mira con atención. Es la vida mucho más hecha vida que el ritmo pastoso de un pueblo donde había pasado un ferrocarril y hoy sobrevive a base de canastos de mimbre. Córdoba seduce violentamente como mujer ramanahari, traiciona como el más pusilánime de todos los traidores y te escucha llorar en silencio, pero desconsoladamente, en el umbral de su puerta. Yo pensaba que Córdoba no tenía pájaros; basta buscarlos entre los árboles del Palacio, asomándose a Derqui, silbando para una señora que moja la vereda. Basta alejarse del hormiguero y subir una colina para encontrar una paz efímera, pero qué hay que no sea efímero. Al atardecer puede verse el smog, señal de que nosotros no miramos concienzudamente al cielo.
En momentos como éstos, de golpe Córdoba deja de ser un eco hueco.
Vine caminando lentamente por Rondeau y una esquina antes de mi casa me paré y miré. Hay que reconocer que esos ojos que pasan y juzgan lo hacen con distracción, ocupados siempre (egoísmo merecidamente desdeñable) en sus propias cosas. Cuando uno decide pararse en la esquina junto al parquímetro sin molestar a nadie, inicia un espectáculo privado pero digno del teatro más pasional y desaforado. Y en realidad lo que se mira está quieto y sin previo guión.
Adelante hay un enorme edificio color tiza. Sus ventanas forman un patrón aleatorio, todas cerradas y con los vidrios a punto de congelarse. El cielo se extiende por encima apenas nublado y tímido de estrellas. A la deriva una luz que encandila: la misma luna que alumbra a todos los cosmopolitas, que no se detienen a juzgarla porque son miopes y ella está tan lejos. Redonda y plana, "aburrida como una pizza sin salsa", es un foco más y un foco menos y se yergue sobre los edificios, demostración orgullosa de capacidad humana que a pesar de su pretensión jamás llegan a rascar al cielo.

Córdoba es un eco hueco pero prometo nunca olvidarme que Córdoba es un eco hueco. Un recuerdo malo que se repite tan hasta el hartazgo ciertamente debe estar equivocado; jamás podría pensar (ofensiva sinécdoque) que Córdoba es sólo responsabilidad y tedio o, inversamente, alegría y belleza. Todos los matices existen en el medio, inaprehensibles.
Hablé con alguien (charla que recuerdo siempre) que me dijo que amaba Corrientes porque la podía entender, podía abrazarla, podía definirla. En ese momento pensé que era una condición imprescindible para amar una ciudad, y posiblemente una persona. Por más invasivo que suene, posiblemente sea verdad. Pero ¿cómo explico este enamoramiento ciego?
Y supongo a modo de análisis que, en vez de tratar de entender, la mejor forma de amar a Córdoba no es pensar que siempre está allí fuera esperándome. De igual modo, me di cuenta que la mejor forma de aprovechar el reencuentro con un mejor amigo no es preguntándole qué tal va su vida y cuáles son y han sido sus proyectos, con formato de interrogatorio policial, como si la amistad hubiera quedado en pausa. Terapia: tomemos dos banquitos y sentémonos de frente, sin hablar; si mi amigo no aguanta el silencio, desgraciadamente ya nada es lo mismo.
Conclusión. Bastará vivir. A la amante como al mejor amigo, bastaría vivirlos. Si en vez de ver a Córdoba tengo que recordarme que Córdoba está ahí, no se me ocurre desenlace más lógico que empezar a odiar la sensación de su permanente presencia.

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