30.7.13

La Córdoba sonriente y perfumada

Paso el mate del portero bajando uno por uno los peldaños de mármol y me encuentro en la calle. Ituzaingó (si sirve de algo este sustantivo adjetivado) a las cuatro y media de la mañana (si de algo sirve el circunstancial) un lunes. Yo me siento perdido y encontrado en el Sahara; finamente abrigado por un saco de lana marrón, la mochila en la espalda me proporciona un calor adicional y equilibrado. Así, la marcha no se hace ardua. La calle va en bajada; sin pensar demasiado la emprendo con los ojos bien abiertos al principio, ligeramente extrañado como el Jesús que sale de la cueva después de tres días de fiesta fuerte.
En un horario absurdo un hombre tira baldazos de agua con espuma al asfalto, esparciendo prolijamente lo que arroja con una escoba de pelos verdes; enfrente, dos chicas sentadas en el cordón de la vereda observan. ¿Mencioné que es lunes? La sola aparición de tres figuras humanas conectadas entre sí por una tarea y un ensayo de voyeurismo se vuelve sorpresiva. Era un buen principio: los peatones que vagamos a esa hora por la calle nos sentimos, creo, casi una familia. Si uno ve a un hombre caminando solo, tiende a doblar la esquina para que el hombre siga derecho. Es una medida de prevención. A esa hora, se entiende, cualquier encuentro casual se hace desagradable. La sensación de inseguridad proporciona dilemas de ese tipo. Pero al fin y al cabo somos todos vecinos. En la próxima cuadra seguramente nos encontremos con el hombre que esquivamos, le reconoceremos la cara y nos inspirará confianza, porque sabremos que compartimos un ratito de nerviosismo. Como si nos conociéramos desde siempre y nos hubiera separado una desconfianza saludable y cotidiana.
Un detalle me llamó la atención desde el principio hasta el final del recorrido. Sería muy egoísta de mi parte no compartirlo acá, pero mucho más egoísta tratar de entenderlo. Cuando asomé mi nariz a la base de la escalera de mármol percibí un olor suave, casi veraniego, nada frutal sino duro como el concreto y sin embargo suave como lana flotando en el aire. Es el olor que tienen las ciudades. Mejor dicho: es "el" olor que tiene "una" ciudad en particular, olor a ella, olor que cambia cuatro veces por año porque varía con la estación pero que reconocemos. Probablemente varíe debido factores meteorológicos, distancia a grandes masas de agua o incluso por la idiosincrasia de sus habitantes. Intrigado, afino un poco más la nariz. Soy fumador aunque no empedernido; tengo el olfato atrofiado, pero la ambición de oler siempre se impone. Así caminaba, con la nariz por delante como tantas otras veces. El olor me resultaba familiar hasta el asco, y sin embargo tozudamente inaprensible: ¿dónde más lo olí?, pensaba callado.
En Córdoba no lo olí nunca. No sé por qué tenía eso tan por seguro. Un olor veraniego en pleno invierno y sin embargo no recuerdo una sola noche del invierno cordobés en la que me haya bastado un abrigo tan liviano. Menos a las cuatro de la mañana un lunes, si de algo sirve el circunstancial. El olor iba y venía, entremezclado con otros olores naturales de la calle (préstese atención a esto: "naturales de la calle". Qué comentario más asquerosamente urbano, protestará el abrazaárboles, pensar que en esta jungla artificial y perversamente homínida puede haber algo de natural. Reintegro mi opinión a su dignidad vanidosa: natural de un lugar es lo que en él ha sido gestado y criado sin importar de qué haya nacido. Decir que todos venimos de los árboles es una cosa tan romántica y falaz como declarar que un olor cualquiera no puede haber nacido en la calle). Juro haber olido globos de látex y una salsa para canelones; tuve que discernirlos, atento siempre y casi no a otra cosa, entre la sempiterna esencia de cuneta. Pero ahí estaba el olor de nuevo. Olor a ciudad, pero a ciudad rara, a ciudad vieja, a ciudad virgen, sin duda a ciudad inesperada. Un olor que jamás había sido olido pero que permaneció detrás de mi nariz por siempre, como si recién ahora estuviera animándose a salir al exterior. No lo entendí y esta es la única explicación que arriesgo:
No es un olor que conozca. Eso es lo que conozco: conozco el olor a algo que no conozco. Conozco el olor a ciudad vieja, sí, pero más sé diferenciar el olor a una ciudad en la que nunca estuve.
Y ahí entendí otra cosa más. Estoy enamorándome de Córdoba. De nuevo y como el primer día: un día más o menos por esta altura del año, hace dos años. Me sentí un Colón que se embarca de nuevo a las Indias después de un fierrazo en la cabeza que le reseteó el disco duro. Córdoba no se ve distinta, y sería masturbación vana decir que cambió para mí, más absurda aún si dijera que cambió gracias a mí. Pero se me aparece como novia en su vestido que se saca el velo de la cara. Una cara radiante que se revela mientras uno examina la posibilidad de no haber mirado jamás realmente a la mujer con la cual se está a punto de contraer matrimonio.
Parado en el altar esta noche, olí y sobre todo miré con renovada atención. Córdoba, desierta como estaba, tenía tiempo para mí y se mostraba sin la prisa de siempre. Y yo la conocía de nuevo y como la primera vez: cada simple detalle, como los que mencioné el otro día en otra entrada, era digno de una epopeya de ciento cincuenta mil cantos. Eso es el amor fanático y hondo. Hacer de un pedo una sonata; una escultura con los mocos de tu amada. Ni hablar entonces del potencial que guarda una sonrisa.



28.7.13

De mujeres. Monólogo del crítico enamoradizo

é a alta e magra
donzela do quarto
de brincos
coberta por um longo
vestido
("Sandra". Bukowski)

no es que me arrogue la virtud de conocer todas las obras literarias del siglo XX (y lo que expresan en materia de amores). simplemente me llama la atención cuando las cosas se repiten con cierta frecuencia.
y así vamos sin escalas desde Kerouac y Opio en las nubes hasta varios cuentos amateur, pasando incluso por Marla Singer y desde luego Brody Dalle, ejemplos escasos pero nada rebuscados. me llama la atención un fenómeno, estadísticamente llamado "moda", y relativo a la representación de la mujer. ¿cómo es, cómo viene siendo, la mujer que seduce al protagonista?

(voy a iniciar con las mismas palabras con las que se suelen iniciar tantos otros ensayos).
lejos están los remotos tiempos homéricos. en lo que concierne a poesía, más lejos que el héroe épico está la mujer fiel y casera, sorda tanto a declaraciones de amor como a vaticinios injuriosos; laburante demás en su constancia de destejer lo recién tejido.
las mujeres no parecen anhelar este ideal, y hace rato que los hombres tampoco, si suponemos que el mismo Ulises alguna vez lo hizo. es tan estéril y absurdo comparar la Grecia arcaica con el mundo de hoy, que la contradicción se vuelve evidente y necesaria.

así tenemos a Mardou, Amarilla y las mujeres Bukowski de este lado del ring. hoy son las mujeres fuertes las que nos hacen suspirar como niñitas. no estoy diciendo que yo sea un macho con los cojones bien puestos, pero no sé si cuenta como cacería el entrar con un rifle a un establo lleno de yeguas amansadas. hace rato que nos enamoramos de mujeres fuertes. independientes. en algún punto sabias y maduras, pero también crueles, corrosivas y sarcásticas. felizmente, después de siglos el hombre se aburrió de la doncella que se deja golpear sumisa. vaticino que ésas serán las solteras del mañana, así como ya son las tristemente solas del hoy - devotas a un marido al que no le molesta traer el pan a la casa, previa visita a alguno de sus primores clandestinos. (éstos, por regla general, con la marca de Caín de las otras mujeres: las libres). no sé si es la salvaje naturaleza humana la que se está destapando, porque no todos los hombres somos leones o lobos o siquiera porfiados zorrinos. pero una mujer que no te necesite, sino que en cambio se haga merecer, es un tesoro tan valioso al desenterrarse como difícil de ser conservado. [*]

y mi alegría es tener a mi lado (aunque no cerca) a una mujer así.
dura como el acero. hermosa de la mejor cepa; sensible, sincera, con oscura fuerza pero moldeada en cristal. sin ánimo de atarte a nada vuela, sin ahorcarte con su correa ni diciendo "vamos a donde quieras pero conmigo". al pensarlo, no se me ocurre hipocresía más perversa.

[*] en boca de un niño que repetía todo lo que aprendía en la Tierra con sencillez y soltura, Antoine de Saint-Exupéry definió lo "efímero".
"efímero. lo que está condenado a una pronta desaparición."
así describía a la rosa del Asteroide B-612, semejante, aunque sólo en apariencia, a otras diez mil rosas.
un zorro astuto y compasivo lo explicó pacientemente.
"es que la rosa te ha domesticado."
sin ánimos de sonar cursi bajo ningún concepto, comparo un amor con la siniestra rosa parlante que crece en la aridez de nuestro pequeño planeta, y nos insta a cubrirla con un globo.
(y que ingenuamente atribuimos al principio a una brizna de baobab.)

24.7.13

D'ailleurs

then one need merely break the pot
to fully realize the primordial unity
of the individual soul with the plentitude of Being
(The Alchemical Body: Siddha Traditions. D. G. White)

Córdoba es un eco hueco cuando no estoy, un recuerdo con barniz aguado que se deja a la intemperie y se despinta con las tormentas. Cuando no estoy, la palabra Córdoba trae una vaga marejada de responsabilidades y tedios que flotan como algas. Las cuentas o la comida, no saber qué hacer un domingo y procrastinar toda la semana, como si eso no pudiera ser en cualquier parte.
Córdoba de lejos es un infierno. De ella sólo permanece la imagen de una cosmópolis endiablada habitada por hombres cínicos que se burlan de uno a la primera de cambio. Un hormiguero de farsantes, en el que cualquiera que se acerque quiere vender algo. Córdoba son miles de ojos que te miran, todo el día, todo el tiempo. Córdoba es una escalera que lleva a un bar que cobra 50 pesos la entrada; Córdoba es calor seco en febrero 24, en mi edificio sin balcón. Córdoba es no tener espacio dónde dejar las plantas para que crezcan, y de no serlo es en cambio una brizna ahogada en el polvo de los autos que escala hasta el piso nueve. Córdoba es una gotera que no se soluciona porque ni los plomeros ni los inquilinos tienen tiempo ni fuerza; una cola para el supermercado, una cola para el cajero, una cola para el cine y una cola por el gusto de permanecer de pie.
El inventario no es simple. Veredas dejadas pobladas de gente que deportivamente sale a regatear los primeros días del mes. Colillas de cigarrillo de empresarios demasiado avaros para prodigar el esfuerzo de caminar hasta el cenicero. Córdoba es un horrible libro como de Paul Auster, un lugar donde no se puede ser feliz ni mucho menos libre. Córdoba es la posmodernidad que amaríamos ignorar, pero sabemos que se impregna en nosotros. Primero seduciéndonos con hermosos carteles de LED y después pudriéndose dentro, fuera, alrededor y sobre nuestras cabezas. Cuando estoy allá, Córdoba es la vigilia hecha pesadilla que se evoca desde un hermoso sueño, como el obrero que anhela ser pastor o un sauce que se inclina al río.

Y ahora que estoy acá me prometo nunca más olvidar que Córdoba es eso, pero como toda cosa humana supera su definición a cada segundo. Me confío a una lucidez intuitiva de estar en la cresta de la ola, signifique lo que eso signifique. Porque es infierno con madera de esos famosos infiernos encantadores. Es un frasco de aire sucio que abro en la más pura montaña, útil como recordatorio de que en el mundo existen todos los olores y todos los matices. Existe un abanico de ellos: hombres perfumados y mujeres de la calle, jamás excluyendo un viceversa si se mira con atención. Es la vida mucho más hecha vida que el ritmo pastoso de un pueblo donde había pasado un ferrocarril y hoy sobrevive a base de canastos de mimbre. Córdoba seduce violentamente como mujer ramanahari, traiciona como el más pusilánime de todos los traidores y te escucha llorar en silencio, pero desconsoladamente, en el umbral de su puerta. Yo pensaba que Córdoba no tenía pájaros; basta buscarlos entre los árboles del Palacio, asomándose a Derqui, silbando para una señora que moja la vereda. Basta alejarse del hormiguero y subir una colina para encontrar una paz efímera, pero qué hay que no sea efímero. Al atardecer puede verse el smog, señal de que nosotros no miramos concienzudamente al cielo.
En momentos como éstos, de golpe Córdoba deja de ser un eco hueco.
Vine caminando lentamente por Rondeau y una esquina antes de mi casa me paré y miré. Hay que reconocer que esos ojos que pasan y juzgan lo hacen con distracción, ocupados siempre (egoísmo merecidamente desdeñable) en sus propias cosas. Cuando uno decide pararse en la esquina junto al parquímetro sin molestar a nadie, inicia un espectáculo privado pero digno del teatro más pasional y desaforado. Y en realidad lo que se mira está quieto y sin previo guión.
Adelante hay un enorme edificio color tiza. Sus ventanas forman un patrón aleatorio, todas cerradas y con los vidrios a punto de congelarse. El cielo se extiende por encima apenas nublado y tímido de estrellas. A la deriva una luz que encandila: la misma luna que alumbra a todos los cosmopolitas, que no se detienen a juzgarla porque son miopes y ella está tan lejos. Redonda y plana, "aburrida como una pizza sin salsa", es un foco más y un foco menos y se yergue sobre los edificios, demostración orgullosa de capacidad humana que a pesar de su pretensión jamás llegan a rascar al cielo.

Córdoba es un eco hueco pero prometo nunca olvidarme que Córdoba es un eco hueco. Un recuerdo malo que se repite tan hasta el hartazgo ciertamente debe estar equivocado; jamás podría pensar (ofensiva sinécdoque) que Córdoba es sólo responsabilidad y tedio o, inversamente, alegría y belleza. Todos los matices existen en el medio, inaprehensibles.
Hablé con alguien (charla que recuerdo siempre) que me dijo que amaba Corrientes porque la podía entender, podía abrazarla, podía definirla. En ese momento pensé que era una condición imprescindible para amar una ciudad, y posiblemente una persona. Por más invasivo que suene, posiblemente sea verdad. Pero ¿cómo explico este enamoramiento ciego?
Y supongo a modo de análisis que, en vez de tratar de entender, la mejor forma de amar a Córdoba no es pensar que siempre está allí fuera esperándome. De igual modo, me di cuenta que la mejor forma de aprovechar el reencuentro con un mejor amigo no es preguntándole qué tal va su vida y cuáles son y han sido sus proyectos, con formato de interrogatorio policial, como si la amistad hubiera quedado en pausa. Terapia: tomemos dos banquitos y sentémonos de frente, sin hablar; si mi amigo no aguanta el silencio, desgraciadamente ya nada es lo mismo.
Conclusión. Bastará vivir. A la amante como al mejor amigo, bastaría vivirlos. Si en vez de ver a Córdoba tengo que recordarme que Córdoba está ahí, no se me ocurre desenlace más lógico que empezar a odiar la sensación de su permanente presencia.

18.7.13

Conversación en Puerto Rico

— ¿Te quedarás aquí para siempre? —pregunté, mirando a Chenault.
Ella sonrió.
—No lo sé. Renuncié a mi trabajo en Nueva York. —Levantó la vista hacia el cielo. —Lo único que quiero es ser feliz. Con Fritz soy feliz... así que estoy aquí.
Yo asentí con aire pensativo.
—Sí, me parece razonable.
Ella rió.
—No durará. Nada dura. Pero ahora estoy feliz. 
—Feliz —murmuré y traté de concentrarme en esa palabra. Pero es una de las palabras que, como Amor, nunca pude entender del todo. Casi todas las personas que trabajan con palabras tienen poca fe en ellas y yo no soy ninguna excepción, en especial con las importantes como Feliz y Amor y Honesto y Fuerte. Son demasiado elusivas y demasiado relativas cuando se las compara con otras más triviales como Punk y Vulgar y Farsante. Yo me siento cómodo con estas últimas, precisamente porque son endebles y fáciles de entender, pero las grandes son difíciles y hace falta ser sacerdote o tonto para emplearlas con alguna dosis de confianza.
Yo no estaba preparado para ponerle una etiqueta a Chenault, así que traté de cambiar de tema.
(The Rhum Diaries, Hunter S. Thompson) 

12.7.13

Monólogo del eterno principiante


siempre fui lampiño, flaco y enano. cuando estimo necesario afeitarme y lo hago (dos veces por quincena) parezco de trece, y ése es el trato que recibo. sólo con una carabina en la mano alguien me trataría de Ud. y me haría reír complacido, despertando en el rehén un Estocolmo oportuno. así soy. débil y sin ánimo de imponerme; un eterno mago, un eterno loco, sin síntoma o anhelo de sabia y estoica senectud. no diré que mis amigos no recurren a mí para consejo; diré más bien que la lucidez de mi buen corazón acaso les resulta inesperada y acatan mi palabra como se acata la de un niño.
siempre al presentarme he sido poco más que mi nombre y apellido. menos artista, menos artesano y menos exiguo en mis aficiones; tal es mi papel, firme en mí y firme en los otros. me reservo la soberbia no del saber, sino del querer aprender. una canción por mí bien cantada se atribuye más fácilmente a un prodigio milagroso que al fruto de una práctica madura. siempre experimentador y jamás erudito, no sé qué haría de mí si fuera musculoso y viril; tan fácil sería ser un truhán que se vende por lo que aparenta.
nunca he tenido las mujeres más hermosas, pero sí las mejores; seleccionadas de cepas con sublimes conflictos, que como yo jamás aspiran a la perfección y a la completitud siempre aparentes. los libros que he leído tampoco son los más excelsos sino apenas los más interesantes; los films que he visto los vi como conmovedoras piezas de arte antes que como obras pródigas de realización técnica.
dejé de ir a misa a los diez años. Dios para mí son los otros, siempre pacientes e inalcanzables. mi madre me enseñará a cocinar y mi novia a tener relaciones sexuales; maestros abundan, y son todos igualmente dignos de la misma suerte de veneración.
mi mundo soy yo y mis amigos en buena hora. alabo a un filósofo, cuyas iniciales no recuerdo, que dijo que esto basta para hacer a un hombre omnipotente.

Manufacturando consentimiento. Noam Chomsky y los medios

Está amaneciendo, por lo menos acá, y se dice que la mañana es cuando la mente está más despejada - esto es, más felizmente receptiva a ideas de variado origen.
No acostumbro levantarme a la mañana salvo excepciones porque las mañanas me parecen el colmo del aburrimiento. Este momento del amanecer me gusta; aparte de sus colores (que no observo porque elijo estar encerrado en mi casa) es el último momento calmo de la noche, sobre el cual se adivina, como flotando tensamente, el ajetreo de la mañana que se viene.
En los barrios esto se traduce en signos simples: el barrendero, los vecinos que sacan el auto, nunca coordinados.

Esta entrada es a propósito de ideas de variado origen: una breve introducción a una cita, que puede leerse como "el pensamiento del día" (aunque se prefiere que los pensamientos sean propios y no ajenos).
Ayer vi un documental sobre un destacado académico llamado Noam Chomsky, famoso por una novedosa teoría lingüística que empezó a desarrollar en el año 57 y todavía sigue, puesto que él todavía sigue vivito y coleando. Los gramáticos esperarían que esta teoría no termine de perfeccionarse nunca, y que él tampoco tenga a bien morirse para tener a disposición la autoridad, fuente de la que todo emana. Sin embargo, esto no hubiera pasado a mayores de no ser por otra interesante afición que Noam Chomsky desarrolló ya siendo un profesor de renombre en los Estados Unidos - esta otra interesante afición es la razón de ser de este documental que vi sobre Noam Chomsky. El documental trata de los medios; muestra a Noam Chomsky discurriendo sobre un filoso análisis de cómo los medios encubren o mienten, y también muestra a los detractores de Noam Chomsky señalando cómo Noam Chomsky encubre o miente, y en qué falacias incurre. Se llama "La fabricación del consenso" y está dirigido por un señor llamado Mark Achbar, si este dato sirve de algo.

No voy a cometer la farsa de decir que no lo agarré empezado; más grave sería traicionar la confianza de los aquí presentes (por usar una palabra que los filósofos odian) diciendo que entendí algo de ese documental; me dejé llevar más bien por una vertiginosa sucesión de imágenes representativas del siglo pasado. El documental es del año 1992, año de despegue de los medios tal como los conocemos hoy en día. La noventosidad se refleja en la omnipresencia de monitorazos blancos de oficina y los teléfonos fijos sonando todo el tiempo; éstos eran atendidos por señoras con el pelo batido y vestidas con colores chillones. El contexto digamos sociohistórico del documental queda así más que claro.
Por otra parte, el contenido expuesto es bastante complejo, y (lo cual lo hace más provechoso) muy abierto a discusiones. Chomsky se posiciona y hace una crítica; la crítica de su crítica está explícita en el mismo film, dicha con nombre y apellido por magnates de corporaciones periodísticas que aseveran que Chomsky tiene una idea muy errada de la organización de la sociedad civil. El film es, entre otras cosas, un interesante ir y venir entre una biografía de Chomsky contada por él mismo y debates que tiene con la gente que critica; en dos o tres ocasiones dice, con su cara de bonachón tras sus gruesos lentes, "esto que estás diciendo es totalmente falso".
Chomsky aclara, hacia el final, que lo realmente importante no es el mero análisis, por más ingenioso que sea, de los fenómenos comunicacionales de la sociedad de masas. El análisis está bien, pero el análisis debe ser un antecedente del cambio. Ya que el problema concreto es la falta descarada de transparencia informativa, su análisis va más allá de lo retórico: entra en el mismo archivo del New York Times y contempla cómo se han tomado noticias de diarios londinenses, modificándolas y recortándolas de forma que el punto de vista expuesto sea diametralmente opuesto al original. Los magnates, mientras tanto, niegan categóricamente esta operación. Chomsky parece probarlo. Analiza la cantidad de pulgadas impresas (70 vs. 1175) con noticias dedicadas a dos genocidios distintos, uno a cargo de los comunistas y otro de los americanos: el peor de ellos, el de Timor Oriental, tuvo una trascendencia mínima en el New York Times, que es el diario más grande del mundo. Señala también que todos los pequeños periódicos estadounidenses, de un modo un poco ingenuo, extraen las noticias del periódico mayor. El contraste es oportuno. Los realizadores del documental, en su brevísima visita guiada a la sede del New York Times, no pudieron grabar video sino nada más que audio. Naturalmente, no fue así en los periódicos de pueblo.
Digamos que la crítica de Chomsky tiene todos los fundamentos documentales de los que una crítica puede jactarse, y la película está muy bien organizada para mostrar todo eso. Eso, en realidad, no queda a juicio mío. Es inútil hacer un racconto de todas las cosas allí expuestas, porque la película tiene la ventaja de hablar por sí sola. Mi intención original era rescatar una idea que Chomsky desarrolla en una conferencia, hacia la mitad de la película.

Ya ha dicho que lo importante no es el análisis teórico del discurso sino el cambio que podamos producir a partir de una nueva transparencia. Está bien, él nos ha dicho que nos mienten o, en el mejor de los casos, que nos esconden algo; nos ha dicho que nos distraen, nos ha dicho (literalmente) que malgastamos buena parte de nuestra inteligencia con profundos análisis de las formaciones en el fútbol y no estamos al tanto de qué matanzas se están produciendo en cualquier lugar del mundo en nombre del progreso que alabamos. Imagina Chomsky qué sería de este perverso mecanismo si las masas despertaran; si cada uno, pues sería inmoral no sentirse responsable, pudiera elegir una causa a la cual volcarse, a sabiendas de que nadie, ni siquiera Chomsky, es el mesías, pero cada uno tiene su potencial. Nuestro simpático académico dirá, de un modo concluyente, que todos los grandes cambios de la historia surgieron de movilizaciones sociales a gran escala, y que nada en la historia es inevitable.
La situación en el Sudeste Asiático, especialmente Timor Oriental y Camboya, es una cosa por la cual Chomsky se muestra profundamente conmovido. Recalca que hombres y niños son masacrados constantemente con el auspicio de los Estados Unidos, y no sólo cuando protestan. Los pacíficos pobladores de una pequeña isla a 400 km. de Australia han corrido de sus pueblos a esconderse en la selva; la condición para salvarse es salir de ella con una bandera blanca en la mano y. si el hombre tiene cualquier señal que lo identifique como sospechoso. es ejecutado sin miramientos. Estos hechos fueron cubiertos por siete periodistas australianos que posteriormente fueron asesinados.
Y en la conferencia en cuestión, Chomsky cierra con un párrafo que quiero traducir infielmente.
Personalmente tuve el privilegio de visitar pequeños pueblos en el sudeste asiático y en América Central. Su coraje, de hecho, es realmente destacable. Y siempre es increíble... al menos, para mí es increíble y no puedo entender... es conmovedor y muy inspirador.
Ellos confían muy crucialmente en un muy angosto margen de supervivencia, garantizado por disidencia y turbulencia en las sociedades imperiales. Qué tan ancho es ese margen, queda en nosotros determinarlo.
La síntesis hecha puede no ser la mejor, pero me pareció muy clara.
El cambio está latente en los habitantes de los países poderosos. Él habla en términos de disidencia: para el ciudadano, la disidencia consiste en oponerse a lo que lo inmoviliza y lo idiotiza. Eso que lo moviliza y lo idiotiza ya ha sido develado por Chomsky: esto no es lo fundamental. La disidencia garantiza la supervivencia de los que sufren al otro lado del globo; mientras más disidencia, mayor es este margen de supervivencia. De alguna forma (y con este cariz concluye su conferencia), peca de necio pensar que nuestra acción sirve para llanamente nada.
La primera parte del film.

9.7.13

"Vivez joyeux". Prólogo a Gargantúa

Alcibíades, en el diálogo de Platón titulado El banquete, alabando a su preceptor Sócrates, indiscutible príncipe de los filósofos, dijo, entre otras cosas, que era semejante a las silenas. 
Las silenas eran en tiempos pasados unas cajitas como las que ahora vemos en las boticas de los farmacéuticos, pintadas por fuera con figuras jocosas y frívolas, tales como arpías, sátiros, ánsares embridados, liebres con cuernos, ocas enalbardadas, machos cabríos voladores, ciervos adornados de flores, y otras pintaras por el estilo, expresamente desfiguradas para mover a risa a la gente, a semejanza de Sileno, maestro del buen Baco. Dentro de ellas se guardaban las drogas finas, como el bálsamo, el ámbar gris, el amomo, el almizcle, la algalla, las piedras preciosas y otras cosas de valor.
Así decía Alcibíades que era Sócrates, pues viéndole por fuera y juzgándole por su aspecto, no habríais dado por él una piel de cebolla, a causa de la fealdad de su cuerpo y de su ridícula presencia, su nariz puntiaguda, su mirada bovina, su rostro de orate, sus costumbres sencillas, vestiduras rústicas, pobreza en bienes materiales, desgracias amorosas, su ineptitud para todos los oficios de la República, siempre riéndose, bebiendo sin tasa ni medida, haciendo burla de todo, y disimulando siempre su divino saber.
Mas, al abrir esa caja, habríais encontrado dentro una droga celestial e inestimable: entendimiento sobrehumano, virtud maravillosa, coraje invencible, sobriedad sin par, alegría verdadera, confianza absoluta, increíble despego hacia todo aquello por lo que los seres humanos tanto se desvelan, corren, trabajan, navegan y luchan.
(Rabelais)


7.7.13

Entrada sobre los días de sol

Quizás justamente porque llueve y es domingo quiero escribir sobre dos canciones del soundtrack de una película que me recomendaron hace dos años.
Ayer empecé una entrada sobre una canción que había oído - una especie de zamba vocal, cantada por una mujer que la seguía con el bombo. La cita era en Tilcara con las montañas de fondo y una luna grande y redonda. Tilcara, como se sabe, es anhelada por los turistas que saben que es el lugar más cercano al cielo al que se puede llegar sin alejarse del auto. Llegan a la hora del mediodía después del check-out en el hotel de Jujuy capital; caminan por las calles mirando las casas de barro, toman vino en un barcito, compran artesanías, rezan en la capilla por la hermandad latinoamericana, escuchan un indio tocar la quena y se vuelven. En invierno se puede andar en remera por la calle, por su ardiente proximidad al sol. Nunca hay nubes; el pueblo se emplaza más alto que el agua de los cielos.
Algo de eso quiero recordar, a pesar de que no quise terminar la entrada sobre la zamba en Tilcara. En ese entonces deseaba el silencio de las montañas. Hoy, como llueve y es domingo, deseo más bien otra cosa.
Hace ya dos años vi 'O brother where art thou?', una delirante odisea por el Estados Unidos de la recesión de los años 30. Un tiempo después aprendí que los críticos llaman a esas cosas pastiche: está de moda, a propósito de este tema de la posmodernidad, recuperar cosas (más que nada escenas históricas semi-imaginadas) de épocas anteriores y reversionarlas; sencillamente una parodia sin humor. Un sinónimo aproximado, menos técnico y más callejero, se puede apreciar en las vidrieras: vintage. Para lograr este efecto tan cool es importante cómo presentar el objeto; cuando se trabaja con imágenes estáticas el proceso es sencillo y lo vemos a menudo en fotografía amateur. Cuando se quiere recuperar cada detalle de un mundo que existió hace 70 años para depositar allí a George Clooney, el presupuesto asciende a 26 millones de dólares.
La música es importante para la ambientación. Esta es una película, si no me equivoco, del año 2000 y no era conveniente utilizar grabaciones musicales originales de los años '30, de modo que casi todas fueron grabadas de nuevo. Una canción llamada Po'Lazarus abre la opereta. En la película está cantada por dos filas de criminales que, con sus pies atados con cadenas, están sentenciados a martillar piedras vestidos de blanco y negro, imagen tan conocida. La canción fue compuesta por un tal James Carter que la cantaba con sus compañeros en prisión para pasar el rato: estas melodías tienen el encantador nombre de "bad man ballads". Los productores del film buscaron por tierra y mar a lo que quedara de James Carter para pagarle 20.000 dólares en regalías. Habrá sido el día más feliz de su vida, o habrá reflexionado esa misma tarde sobre la excentricidad del arte que vive el mundo hoy por hoy. Sea como sea, el buen hombre murió 3 años después. Con su canción de fondo, los tres héroes del film cortan sus cadenas y corren a campo traviesa, escondiéndose entre las plantas de algodón, para toparse con un maquinista ciego que empuja un tren en una vía desierta y hace las veces de oráculo. No tarda en descubrirse el nombre del líder: Ulysses, casado en una lejana ciudad con una esposa llamada Penny. Este es uno de los pocos guiños que endulzan la película, homologándola libremente al segundo libro más viejo de Occidente. (El espectador interesado reconocerá sin dificultad a las sirenas; un poco más arduamente a Polifemo).
La corrida por el campo está musicalizada por la única canción realmente grabada en los años 30 que los productores tuvieron a bien incluir. No cuesta imaginar la tortura de correr por la libertad en campo abierto bajo el sol, adornado con esos pesados trajes de preso y, por si fuera poco, con los pies encadenados a los pies de dos palurdos muy lentos hasta para correr.

Afuera llueve y hace frío. Estoy con pullover de rombos en mi propia casa, mal acondicionada para el breve invierno de Corrientes, y la humedad no me deja estar. Todo el día estuve auténticamente estúpido, sin sentirme a gusto con nada. Me dormí la siesta esperando que mi mal humor sea sólo sueño (un síntoma de la madurez es dormirse tranquilamente cuando se está de mal humor; se sabe que los niños prefieren hacer más escándalo, un esfuerzo que nadie valora). El sueño tardó en llegar y cuando me desperté hacía más frío y llovía más fuerte, y encima era de noche. Un asco haber venido acá a buscar emociones y a vivir la euforia del nóstos (estoy entrenándome lentamente para esto) y que Corrientes no acompañe sino con un día de lluvia digno del mejor Belle and Sebastian; invitando moderadamente a agarrar un libro del estante y abrir la ventanita al atardecer para corroborar un pronóstico pesimista.
Por poético que suene esto, un domingo es bastante aburrido. Como cabe renegar del todo, me arriesgaría a traer a colación una famosa frase: "en vacaciones todos los días son domingo". Uno podría decir sábado, pero la lluvia tiñe cualquier color sábado del color subsiguiente. No es que sea un hiperactivo, pero si fuera un perro ahora mismo correría al exterior y entraría de nuevo con las patas llenas de barro por puro gusto de destruir mi casa. Pero como al clima no le gusta que jueguen su juego (uno se acostumbra a la lluvia y la lluvia cesa) me senté a escribir esta entrada sobre los días de sol, como para reconocer que mi domingo fue en algún punto digno de crear algo.

La única canción de la película realmente grabada en los años '30 se llama Big Rock Candy Mountain. Está cantada por un hombre que la acompaña con un arpegio folk, cuando éste requería virtuosismo pero también desgarro. No hace falta mucha imaginación para figurarse un hombre solitario, con sus ojos cubiertos por un sombrero junto a un camino de tierra o mejor, un cruce de caminos de tierra. (La canción real no fue grabada en esas condiciones, se supone; pero eso no le quita legitimidad a la escena. Por lo demás, escenas de este tipo hacen posible los pastiches).
La escucho y recuerdo el viaje a las sierras de Cuyo, cómo no. Y como quiero entretener al lector con el sabor del contraste, le cuento: esperar un auto en el oeste argentino es estar sentado en el desierto, y la consigna es ser más paciente que el desierto mismo. Con las zapatillas groseramente llenas de polvo en algún lugar con un nombre estúpido como Cruz del Eje y el sol quemando. Uno no esperaría más que silencio, y se hace beneficiario de toda clase de silencios: acostumbrarse al ruido de la ruta, que es el ruido de los autos que ignoran el placer de tu aventura, es también una especie de silencio. Si uno se pone impaciente, se pone a escuchar (hoy en día es muy posible) una canción como Big Rock Candy Mountain.
El protagonista de la canción cuenta que un viejo vagabundo se le acercó y, como confiándole un secreto, le habló de un lugar donde crecen cigarrillos en los árboles y hay lagos de whisky y guiso caliente. Los policías tienen una pata de palo y las cárceles son de lata, "de modo que podés salir ni bien entrás". Leo con erudito entusiasmo que la idea del paraíso hedonista es una idea viejísima en la historia del arte, pero lo interesante son sus diferentes representaciones: el Cockaigne de los vagabundos no difiere mucho de su estilo de vida regular, sino que es éste llevado a un extremo cuyo resultado es lo mismo, pero abundante y gratuito.
En este paraíso no llueve, no nieva, no hay viento ni hace frío. No quiero ser ingrato con el extraño abrazo que mi provincia hace a los niños pródigos como yo el día de su llegada, pero a mí también me gustan los contrastes. Y si pudiera estar con los ojos cubiertos por un sombrero de paja bajo un sol que encandila, éste quemándome por debajo del abrigo liviano que pueda llevar por casualidad en la ruta y compartiendo (tengo ya que confesar) una petaca escondida en lo hondo del bolso con algún amigo aventurero, el dulzor de los días sería más rápido pero mucho más perceptible para la vista gruesa.





P/D.
No puedo evitar preguntarme, sin embargo, de dónde vienen estas ganas. Sería injusto esconder que en una escena como la que anhelo ahora, deseé secretamente una escena como la que tengo ahora: qué mas quisiera un vagabundo que estar cómodamente al resguardo de la lluvia, tomándose el tiempo incluso para escribir (actividad por demás inútil) aproximadamente todo lo que se le cruza por la cabeza.
A manera de lección para mí mismo suelo decirme que paciencia, porque todo en la vida se tiene. Por ahí leí la siguiente frase: "el agua acepta la forma del envase; el hombre feliz acepta las maneras de lo que le es inevitable".
Cuando hay un debate, es decir, cinco o seis tipos sentados alrededor de una mesa queriendo cambiar el mundo mediante los pilares de 1. la conversación y 2. la acción, nada sucede hasta que uno (generalmente designado ad hoc para esas situaciones) saca un tema de conversación. Los problemas se conversan y así la terapia se desenvuelve. Hay problemas los cuales no está bueno conversar con nadie, o por lo menos no con cualquiera. Pero todo surge de una sugerencia, así sea interior: "tenemos este problema, y escuchen chicos, empecemos a hablar para encontrarle una vuelta de tuerca".
Así funcionamos, creo, en el fuero interno. La vida cotidiana, por llamarla de alguna forma, nos tira una pista que nos hace darnos cuenta de algún engranaje que está fallando; una larga y tendida conversación con uno mismo aceitará el engranaje o lo reemplazará, cosa mucho menos frecuente. Quien no quiere conversar consigo mismo pasará un mal rato dependiendo del otro, que es relativamente efímero.
Y así estoy hoy. No es que sea el más grave de los problemas, pero me pregunto por qué hoy no quiero lluvia. No está mal no querer lluvia, así como no está mal no querer el sol. Pero a veces sirve tratar de entendernos buscando razones ulteriores.
¿Sol? ¿Vida exterior? ¿Vida activa? La luz es onda, pero es ante todo energía. Tarda 8 minutos en llegar a la Tierra, a pesar de que nosotros tardaríamos meses en llegar al sol; una vez allá, felizmente sólo nos pulverizaríamos: el Sol es una estrella caliente, vibrante, poderosa, redonda y roja.
Que las nubes cubran el sol no es grave, pero no es lo mismo. Hoy leí que en Ushuaia las noches invernales son tan largas que los niños necesitan dos dosis anuales de vitamina D. Los días nublados son mucho más quedos; casi puedo escuchar rechinar a mis huesos, a pesar de que no estoy tan viejo. La euforia, por otra parte, es energía, y hasta donde puedo ver es el estado de ánimo opuesto al que el día de hoy sugiere. No quiero un bajón largo y sostenido, y tan obstinado es mi deseo, que podría salir afuera a soplar para arriba a ver si sirve de algo. También, por el gusto de mantenerme en movimiento.

Breve informe sobre el río

Recién llego a la hermana ciudad de Corrientes. (Me gusta pensar que con Córdoba son como dos lindas hermanas que conocí de casualidad por ahí; una siempre está con el pelo mojado y lleno de fibra vegetal, de la que suele flotar por el río cuando se hincha; la otra, con la cara llena de polvo, merece una silueta bien formada por las curvas que dibujan las montañas del oeste).
Me recibió como de costumbre: dejándose ver desde lo alto de la lomada un poco antes del peaje, desapareciendo de nuevo y reapareciendo cuando los pies están bien afirmados sobre el puente de cemento. Hoy fue un poco distinto, como si se hubiera cambiado un rol en la ceremonia.
Me preocupa (más allá de que el humor negro sana, con una patada en los huevos) el caudal. Como si la hermana estuviera enojada. El río desbordó y pude ver una iglesia inundada, colocada no tan ingeniosamente junto a la ribera; el agua irrespetuosa había barrido con los alambrados y no tardó en hacer flotar todo lo que estaba en el medio. "Destrucción", pensé yo; pero soy un homo sapiens, y veo todo con mis ojos de homo sapiens.
Lo que puede ser destrucción también puede ser sanación, pero eso no parece ser juicio de mi competencia.
El día está gris y aburrido, dominguero de buena cepa. Llueve intermitentemente. Creo que la imagen del río me va a acompañar todo el día; el shock de haberlo visto de tan cerca a pesar de estar en un colectivo de dos pisos, tranquilamente sentado junto a la máquina de café mientras abajo se extienden las profundidades. El vértigo me hizo ver una rama que, perdida en el medio, parecía una serpiente marina; me pregunté si en mi exageración no cabría traer una ballena y ver si calza. Capaz calza. Lindo espectáculo para que veamos los correntinos, a la vez preocupados y maravillados, desde la costa que nos queda.

4.7.13

Isis, pt. 2


Aquí me tienes, Lucio; tus ruegos me han conmovido. Soy la madre de la inmensa naturaleza, la dueña de todos los elementos, el tronco que da origen a las generaciones, la suprema divinidad, la reina de los Manes, la primera entre los habitantes del cielo, la encarnación única de dioses y diosas; las luminosas bóvedas del cielo, los saludables vientos del mar, los silencios desolados de los infiernos, todo está a merced de mi voluntad. 
Soy la divinidad única a quien venera el mundo entero bajo múltiples formas, variados ritos y los más diversos nombres. Los frigios, primeros habitantes del orbe, me llamaban diosa de Pessinonte y madre de los dioses; soy Minerva Cecropia para los atenienses autóctonos; Venus Pafia para los isleños de Chipre, Diana Dictymna para los saeteros de Creta; Prosérpina Estigia para los sicilianos trilingües; Ceres Actea para la antigua Eleusis; para unos soy Juno, para otros Bellona, para los de más allá Rhamnusia; los pueblos del Sol naciente y los que reciben sus últimos rayos de poniente, las dos Etiopías y los egipcios poderosos por su antigua sabiduría me honran con un culto propio y me conocen por mi verdadero nombre: soy la reina Isis. He venido por haberme complacido de tus desgracias; heme aquí favorable y propicia.
(La metamorfosis de Apuleyo)

2.7.13

War & Peace

No soy un semiólogo, ni un crítico de arte, ni siquiera un ensayista. Hay muchísimas otras cosas que no soy; soy un par de cosas, que en este momento no estoy ejerciendo. (Para facilitar las cosas puedo decir que soy guitarrista, pero en este momento no estoy haciendo nada que tenga que ver con eso: soy un guitarrista potencial, un guitarrista latente, una persona ficta). Por modestia voy a decir que soy mecanógrafo antes que escritor y borracho antes que enólogo. Hay una cosa que sí sé que soy siempre: hijo de mi tiempo y lugar.
Toda la lucidez que un hombre puede desear es saber que uno es hijo de su tiempo e hijo de su lugar. No hay nada más honesto que declararse a sí mismo como producto de su experiencia acumulada; algo que se es siempre, haga lo que se haga. Esto se adivina por el síntoma siguiente: cuando uno quiere a toda fuerza encajar en algo que no es, uno se deprime, uno entra en alienación. No voy a escribir sobre temas tristes; una de las cosas más tristes es no poder ser uno mismo.
Uno tiene una posición en el mundo y puede aprovecharla o negarla. La negación es dolorosa, porque uno se está auto-negando. Uno puede cambiar esa posición en el mundo. Digamos que mañana, por capricho o por vocación, voy a vivir a Bruselas. Si uno nunca se olvida de lo que se es y por qué se es lo que se es, Bruselas mañana va a ser mucho más fácil: ciertamente es más fácil vivir en Bruselas en calidad de argentino que fingir ser un belga de nacimiento. Los caprichos son criticables por esto: los caprichos son cosas volátiles que no representan las pasiones de uno por mucho tiempo. Si mi real vocación (vocación viene de la misma raíz que "voz" y "evocar": vocación es llamada) es ir a vivir a Bruselas, es por algo que ya estaba latente en mí, que echó raíces en mí, que las está echando hace ya un tiempo y se hace inaguantable, como los baobabs que hacen reventar meteoritos. Si mañana me voy a vivir a Bruselas, soy una bomba de tiempo destinada a a estallar mañana en Bruselas.
Espero estar explicándome. De cualquier modo no es sobre esto que quería escribir. Estos temas son muy complejos y soy muy poco didáctico. Si pudiera explicar mejor lo que pienso, me iría mejor en la vida. Un buen retórico se atiene a lo concreto y a lo preciso. Los maestros zen, que son los que dicen saber mucho, son por el contrario muy poco claros. Aspiro a lo primero, por más solemne que sea lo segundo.

Hace un rato leí la palabra "posmodernidad", que es como un tabú y a la vez un fetiche en Letras. Representa difusamente una cosa muy difusa; difusamente trata de dar cuenta de una época que se caracteriza por lo difuso. Cuando podamos definir qué es la posmodernidad, seguramente la posmodernidad habrá terminado. Mientras tanto, vivimos en ella, respiramos su aire casi siempre apestoso y embriagante.
El testimonio de una época es el arte, y esto lo sabemos todos. El arte (también lo sabemos) es no sólo pintura sino música y literatura, y un par de técnicas más que la posmodernidad no se decide a juzgar aceptables. Parece que el mundo del arte, al haberse vuelto tan masivo, se divide entre los que hacen cosas y los que dicen cómo deberían hacerse las cosas: digamos artistas y críticos. Después están los que no hacen ninguna de las dos cosas: los apreciadores. Yo no soy crítico ni mucho menos artista; nunca podría fabricar un tesoro ni señalar dónde hay uno. Si escribo acá es porque aprecio, y escribir acá es un gesto de agradecimiento más que una actividad que, como el arte, desea ser apreciada por el solo hecho de existir.

Situémonos en la discusión inútil que acabo de resumir en dos párrafos. El arte es plausible de ser apreciado. (Esta es su definición original, después criticada a muerte). El arte es muchas cosas, sobre todo hoy. "Hoy" es posmodernidad, una época difusa que a esta altura nadie se anima a definir. Ya hemos pasado el romanticismo (gusto por la pasión) y las vanguardias (el arte por el arte) y hoy estamos situados en esta especie de era híbrida y deforme que se caracteriza por muchísimas cosas pero sobre todo por una: todo lo que se haga tiene difusión fácil. Todo lo que se "haga" (tómese, lector, un minuto para saborear el abismo de la palabra "hacer": revela construir, revela pintar, revela componer, revela también destruir, transformar, revelar, plantar, apilar, concretar y abstraer, leer y escribir, escuchar, oír, ver, así como hacer ver, hacer oír, y pensar, hacer pensar y pensar sobre lo que se piensa) tiene amplia difusión. Todo lo que se hace en cualquier lugar del mundo puede llegar a nuestros sentidos con relativa facilidad. Relativa facilidad: más fácilmente que nunca antes en la historia. Esto es un hecho interesante del "hoy", que es sinónimo de "posmodernidad" hasta nuevo aviso.
En la casa de cualquier bloggero de medio pelo como yo, cualquier manifestación artística remota llevada a cabo con más o menos seriedad por un músico japonés es factible de cruzarse con cualquier manifestación artística remota llevada a cabo por un eslavo loco que en el anonimato se define como woodcum, que vale en inglés por la expresión "semen de madera".
Esto llega a mis ojos hoy gracias a la modernidad. El entrecruzamiento casual y glorioso entre la música de un japonés, sencilla y sin embargo jamás oída hasta el momento en que se la compuso; con el arte gráfico de un hombre que realiza rancios collages de gente en el espacio. Casualmente despiertan emoción, y esta emoción se traduce (a falta de mejor cosa) en ganas de escribir esta entrada.

En un seminario la profesora hablaba de un tal Gilles Deleuze. No sé quién es. Pero este tipo tenía una idea muy interesante, noción que creo que se llama rizoma. Gilles Deleuze es otro buen hijo de su tiempo. No podría haber construido su armazón teórico en otra época, y sabe bien que puede ser releído por otra gente en el futuro. Siempre de otra forma, por hijos de otra época.
La noción de rizoma, pobremente explicada, es algo así.
Antes, una "obra" (digamos "obra literaria", "libro", todas ellas palabras aberrantes) era vista como un árbol.
Una semilla se plantaba en el humus fértil del genio individual para crecer hacia arriba y para todos lados; pero siempre proveniente de un solo lugar, de esa semilla depositada en el suelo: testimonio de una raza o de un hombre, con una marca privada, gloriosa o infame, pero una.
El aporte de este Gilles Deleuze fue empezar a pensar el árbol no como árbol, sino como rizoma. En una enciclopedia de biología encontró esta interesante definición. El rizoma es una especie de raíz subterránea con nudos que se esparcen en toda su superficie, que conecta un árbol con otro y que nunca vemos, hundida en el humus de lo que ya no puede ser un genio artístico, sino un conjunto relativamente heterogéneo de genios. ("gen-": creación. El "gen" en "heterogéneo", y también en "genio", es una partícula muy gráfica para el buen entendedor).
Lo novedoso de esto no es sólo la modesta ubicación de una obra, que no es un imponente árbol sino un nudito con flor en un rizoma hundido en el barro. Lo novedoso de esto es que de cualquier lado puede sacarse cualquier cosa. Nada en el rizoma nos autoriza a marcar su principio y su final, y esta es una idea que aman los filósofos, digamos, posmodernos. Digamos, para más precisión, difusos. Y así como nada nos autoriza a marcar una jerarquía (el lector atento asociará rápidamente la palabra "jerarquía" con la idea del grueso tronco del árbol que se va deshaciendo en ramas menores), nada nos autoriza a no tomar dos nudos cualquiera y ponerlos en funcionamiento juntos por el gusto de ver qué sale.
Este es un ejercicio que el propio Gilles Deleuze hizo con figuras tan ajenas entre sí como Alfred Jarry y Heidegger. No es casualidad que estos hombres posmodernos tengan problemas con la autoridad; al fin y al cabo, hace un tiempo todas las autoridades son puestas en discusión.

No puedo comparar mi ejercicio con el de Gilles Deleuze, pero éste me sirve de excusa para explicar mi ejercicio. No es lo mismo, ciertamente, escuchar a Debussy y ver el cuadro "Las meninas" de Velázquez, que lo que propongo yo ahora. El resultado no es para nada académico (esto no es una ponencia) sino el puro gusto de una emoción que acaba por difuminarse.
Antes yo hubiera dado lo que sea por vivir en otra era. Creo que es un acto de madurez intelectual asumir que estoy donde estoy y no hay tu tía; hasta ahora, mi posición histórica es inapelable. El día que creemos la máquina del tiempo se habrá acabado la posmodernidad; se habrá acabado, creo, la distinción entre era y era. El universo será irreconocible, y nos encontraremos discutiendo de nuevo con nuestro vecino sobre la redondez del planeta Tierra.
Eso afortunadamente no parece que vaya a pasar esta noche. Y es por eso que quiero invitar al lector a disfrutar un par de cuadros de Philipp Igumnov, alias woodcum, mientras suena de fondo la canción de un amable japonés llamado Ryuichi Sakamoto. (Este japonés compuso la banda sonora de la película Derrida, que trata, valga la redundancia, sobre Derrida. El lector versado, cuya visita a este blog desaliento, asociará Derrida fácilmente con el tal Gilles Deleuze, que yo conozco más bien de nombre).
No se me ocurre otra cosa que hacer que dar por finalizada esta introducción.







La resolución siempre deja que desear. El flickr oficial del señor woodcum.