14.6.13

Un casual crayón azul

(No puedo dejar pasar esta anécdota para alguien que, tengo la sensación, lee esto desde algún lugar pero por cuestione personales no puede comentar. Pero de que lee, lee. Se dará cuenta pronto de qué hablo, y por qué.)

Hace dos o tres semanas encontramos por la calle un sillón usado y viejo que habían tirado inocentemente a la basura, esas raras costumbres de ciudad. Venía caminando con un amigo, y estábamos a 30 metros de llegar a lo de otro amigo. No quiero dar nombres (esto no es un cuento) así que voy a tratar de no complicar demasiado la cosa. Cuando vimos el sillón junto a un basurero, tirado ahí a propósito junto a la cuneta (¡quién pudiera!) no pudimos evitar mirarnos entre los dos con complicidad, levantarlo, evaluarlo, instalarlo en el medio de la vereda y notar que, a pesar de que no tenía cojín en el respaldo, era súper cómodo. No dudamos demasiado en cargarlo entre los dos y llevarlo a un lugar seguro; a duras penas lo metimos en el ascensor de este tercer amigo, y ahí en su casa está desde entonces, frente al televisor del living. Lo bautizamos conjuntamente como Rigoberto Teodoro (Teodoro en griego significa "regalo de Dios").
El sillón en sí es una mierda y si no fuera porque la chatarra está estéticamente revalorizada, también sería feo. Pero es una incógnita con patas de palo, un misterio forrado con cuerina bordó. ¿De dónde habrá venido? ¿Por qué estará tan roto? En vano intentamos jugar a Sherlock, tratando de identificar que tal marca en el respaldo era de un perro, tal otra obra de un niño violento... lo único que parece cierto es que su dueño se cansó de remendarlo y lo tiró a la calle, para que lo levante algún peatón atento en un extraño impulso de peatón atento, y lo use para su propio bricolage. Está pobremente tapizado por todos lados con cinta de embalar marrón, y muestra más resignación que dedicación fervorosa.

¿En serio? ¿Contar la historia de un sillón? ¿Usar una entrada para contar la historia de cómo encontré un sillón en la calle hace tres semanas? ¿Abusar así del tiempo de un lector inocente? En realidad lo sorpresivo no es que cuente la historia del sillón, sino que sea una historia tan vieja. Esas cosas se cuentan en el momento, o resulta irrelevante contarlas. Sin embargo, esta madrugada pasó algo más. Estábamos en la casa de mi amigo, y yo estaba comiendo un criollo, y tiré al aire un pedacito un poco grande para tratar de agarrarlo con la boca, y el pedacito rebotó y cayó entre el asiento y el respaldo del sillón (a ese vacío misterioso de los sillones a donde van a parar las cosas que nunca se recuperan). Los buenos modales me invitaron a meter la mano para no dejar el criollo a merced de las ratas. Y cuando la saqué, tenía no un pedazo sucio de criollo mal masticado sino un crayón color azul, nuevito, marca Jovi, como esos que uno sabe usar sólo en la primaria.
Me quedé mirando el crayón misterioso que había estado debajo del sillón. Teodoro me había hecho un regalo; ironía dentro de una ironía: un horrible regalo de los dioses me regalaba un crayón nuevito. Me quedé mirándolo unos segundos más, antes de atinar a estar feliz o intrigado. Un crayón azul salido de la nada.

Ahora bien. Sé que por ahí leés esto, donde sea que estés (yo no sé si allá llega la conexión a Internet, pero probablemente sí, y tengo una vaga sospecha de que si llega vas a querer visitar cada tanto este blog dedicado a vos de principio a fin). Vos sabés mejor que yo que cuando te confinaron en un hospital en Chicago lo único que tenías para escribir era un crayón azul, y con él marcabas los libros, uno de los cuales está ahora en la biblioteca de mi pieza, con líneas azules junto los poemas más simples y una dedicatoria tuya con tu rara forma de garabatear las es. Te encariñaste tanto con ese crayón azul que le pusiste nombre, y ese nombre le pusiste a tu blog, y de ese blog hiciste algo así como "espacio de tus cobardías", y de repente los crayones azules pasaron a representar tu persona en su integridad: el instrumento más ingenuo que puede tener una persona para escribir los versos más hermosos sobre una servilleta arrugada, y además en azul que es un color tan lindo. Y hete aquí que hoy, estresado a más no poder por un parcial inútil ("tenés prohibido defraudarme" me dijiste una vez hace un año) meto la mano en un sillón sucio que levanté de la calle en un arranque de sensibilidad bohemia y saco limpito un crayón azul, como si estuviera hecho para mí; y pienso ahora sin exagerar: hubiera sido lo más idiota del mundo que otro lo hubiera encontrado. Demás está decir que lo voy a usar y mucho, y lo tengo ahora guardado en mi mochila quién sabe para cuándo. O quizás ni lo use. Me acuerdo que siempre me pareció una estupidez confiar en esas misteriosas fuerzas que están más allá de uno, y esto puede ser nada más que un crayón azul, pero hoy me pareció algo así como un saludo de lejos. Un crayón abrazo. Y pienso: si somos héroes de una grotesca comedia escrita por un guionista imbécil, en la cual la única consigna es reír "para no perder los días" (como dice Chaplin), trato de comprender, yo que soy tan limitado en estas cosas de la vida, la función que cumple un crayón azul que, salido de un sillón, fue a parar a mi mano. Así. Como quien no quiere la cosa.

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