2.6.13

Los bosques caducifolios de la Canadá boreal

Balzac empezaba a escribir a las 4 de la mañana después de la octava taza de café. No me puedo poner a la altura de los grandes, siempre llego tarde. Siempre, a la hora sublime en la que tendría que escribir un En busca del tiempo perdido o Los mitos de Cthulhu estoy tomando vino y escuchando Onda Vaga, o durmiendo sin pensar en el futuro. Otro gran problema es que mi máquina de escribir no tiene tinta, así que no puedo usar ese aparato tan retro que usaban los escritores retro. Los hombres retro que ignoraban lo más importante: que eran retro. Así y todo, aclaro un poco el panorama. Son las 6 y media de la mañana. Debería estar amaneciendo; no está. Yo debería estar durmiendo y en cambio estoy escuchando de nuevo el disco The Hangman's Beautiful Daughter (significa La hermosa hija del verdugo, y no me voy a cansar de repetir que es un título hermoso). Ya le dediqué una entrada. Rabo leyó esa entrada e hizo una en su blog con el link para descargarlo. Usted leerá las dos, y si estamos de suerte, sentirá ganas de escuchar el disco al final de esta entrada.
Empecé hablando de Balzac porque me gustan las anécdotas y porque quería justificar esta necesidad absurda de escribir a las 6 y media de la mañana. No necesito justificar, pero quisiera justificar para llenar espacio: entrada corta = mente distraída. Estoy de muy buen humor a raíz del comentario que se tomó la molestia de redactar una filosísima periodista de mis pagos, en la entrada anterior a esta, una entrada incompleta en todos los sentidos que se titula "El puente". Es un honor recibir huéspedes de honor, sobre todo si este blog no tiene calidad ex profeso. El disco también me pone de muy buen humor, me hace ver que los reveses son pocos si se aspira a la ataraxia, que en realidad es bastante fácil de conseguir un domingo a las 7 de la mañana. "Encuentra lo que amas y deja que te mate". O mejor: "encuentra lo que podrías amar algún día y deja que te mate, o no, llegada la hora".

Tengo una rarísima obsesión con el hemisferio norte, una obsesión de larga data. Cuando tenía 4 años repasaba muchos atlas coloreados: me pasaba horas mirando un planisferio bien detallado, que era un placer para la vista. Casi como si los continentes estuvieran pintados en un cuadro, siendo cada península una pincelada, cada pequeño lago una manchita azul accidental o un moco que derramó el artista anónimo. Delante de las formas, las letras: enormes para los continentes, medianas para los países, pequeñas para las capitales. De tanto mirarlo me aprendí de memoria la mayoría de las capitales del mundo. Bastaba relacionar la letra chica con la mediana, la del país, y bastaba relacionar estos con las mayores, las de los continentes. Este ejercicio mecánico confundió a mis parientes: pensaron que yo era un erudito y me quisieron mandar al programa de Susana, un mérito más grande que cualquier academia de geografía para preescolares. Si lo hubieran hecho, hoy sería "el niño rubio que apareció en Susana en el invierno del '98, allá cuando Menem". Posiblemente me hubiera confundido yo mismo y ahora sería un brillante geógrafo precoz y con vocación. Por suerte la dejadez venció a mi familia y el tiempo me hizo olvidar la mayoría de las capitales, de manera que el otro día me frustré muchísimo cuando no pude acordarme ni siquiera la de Polonia.
Los países nórdicos, no obstante, nunca dejaron de llamarme la atención. No conocí la nieve hasta bien grandecito, serían mis 16 o 17 años, cuando mi familia me empezó a sacar del castillo de cristal para llevarme a conocer el país en invierno. Hay dos palabras que no voy a olvidar ni en mi lecho de muerte: bosque caducifolio. Las fotografías de los bosques caducifolios de Canadá eran lo más hermoso de esos libros de geografía. La televisión me hacía soñar con conocer en persona a un reno y tomar chocolate caliente en una cabaña. O usar orejeras de lana y hacer angelitos en la nieve. Nada de eso hice y probablemente de ahí viene mi fijación: de una frustración de la infancia, de la picazón de lo incompleto. Todo esto es más mitológico que cualquier librito sobre valkyrias y sagas y yo no sé qué cosas; para mí es más impresionante llegar al paralelo 80 que ver una ninfa. Pisar Alaska en vez de recorrer Dublín buscando la casa de Leopold Bloom, o el cementerio de Montparnasse buscando la tumba de Julio Cortázar. Todas esas cosas vinieron después: la poesía, la prosa, los cuentos, la novela, posteriormente la crítica literaria y los libracos de filosofía que me parecen hoy tan amargos. Todo eso tiene el gusto falso de una afición adolescente, pero creo que la fijación por los bosques caducifolios echó raíces muy profundas y nunca jamás me va a abandonar.
Dicho esto resituémonos en lo nuestro. ¿Qué hago escribiendo sobre bosques caducifolios a las 7 de la mañana de un domingo? Porque, aunque mi familia crea que soy un erudito, en realidad soy un trasnochado y ostento el patetismo del que se acostó en zapatillas. Tengo que compartir con usted mis impresiones. Y este disco que mencioné, The Hangman's Beautiful Daughter, aparte de ser un gran alimento espiritual (necesito prescindir de esta estupidísima frase) es también uno de los testimonios más fieles que tengo del Viej(ísim)o Mundo del norte. Escucho este disco, y pienso en una cabaña de madera en los infinitos prados de Escocia, un poco a lo William Wallace; y aunque no es muy similar a los bosques caducifolios del Canadá, el norte es el norte, sobre todo si lo miro desde Argentina. La niebla es igual en Escocia que en Alaska, y probablemente igual en Rusia (esto me llama poderosamente la atención, y prometo no morir hasta no viajar en el Transiberiano. Si muero sin viajar en el Transiberiano no me permito aceptar el cielo, así lo tenga ganado desde siempre).
Es inútil tratar de vender el disco porque, por suerte, si el lector lo escucha yo no gano un centavo. Así que, liberado de la responsabilidad de pensar que trato de venderle algo, el lector puede hacer el esfuerzo y escucharlo. Pero escucharlo tranquilo. No quiero que esta entrada sea leída un lunes a las 9 de la mañana, con un café en la mano; si es leída en algún momento y por alguien, por supuesto. Si no estoy hablando solo.  Si no es mucho pedir: sea profundo, porque es un disco profundo. Es difícil, es áspero llegarle superficialmente, y a primera vista no retribuye nada. Uno escucha la frase inicial: "The natural cards revolve, ever changing...", y no piensa en nada. Y encima el cantante tiene el descaro de desafinar como un gato hambriento.
Espere 20 segundos. Escuche primero la guitarra, luego la cítara, luego el resto de los instrumentos que van sumándose a uno. Déle la oportunidad. Esto en cuanto a lo "técnico".
Pero recuerde los bosques caducifolios; yo le concedo una ayuda adjuntando al final una foto de los bosques caducifolios como los veía en el atlas coloreado de mi infancia. Piense en las cabañas de madera perdidas por ahí, habitadas por un ermitaño que calienta agua para el chocolate en una olla negra suspendida sobre tres leños ardientes. Piense en su ventana: afuera nieva. Piense en el silencio... y de qué manera conviene romperlo, qué es eso tan bello que sería digno de romper el silencio. La hoguera pequeña alumbrando apenas la cabaña; la nieve.
Todo esto es difícil, pero una pista: el primer paso es soltar el café, apoyarlo sobre la mesa, callarse y cerrar los ojos. Quizás sea muy fácil escribir esto un domingo; quizás leerlo un lunes sea otra cosa. Quizás la ataraxia sea en realidad una boludez y no convenga esperarla. Nadie tiene tiempo para pensar en las cartas naturales que se revuelven, siempre cambiantes. Cosa de hippies.

Con usted, la foto de un bosque caducifolio.


Deja tu lira, poeta;
deja, pintor, tu paleta,
y tu cincel, escultor:
Naturaleza es mejor
que el signo que la interpreta.
(Rafael Pombo)

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