5.6.13

La vecina orilla, pt. 2

La (para nada obligatoria) primera parte de esta entrada se encuentra aquí.
No suelo recomendar cuentos desde que la cátedra de Teoría Literaria nos forzó a encontrar sentidos ocultos en todos ellos.
De repente un sencillo cuento sobre la muerte de Urquiza se convierte en una complicadísima estructura donde "se entrecruzan ejes de sentido", "entran en juego tensiones", y no sé cuántas frases hechas que parecen sacadas de bomboncitos Fel-Fort. Como todo en esta vida, es mejor si uno entiende de qué carajo se habla. Pero de que le cargo el asco; sí, un poco, todavía, por lo menos hasta que rinda el segundo parcial y tenga todo más claro, las tensiones depuradas, los cabos atados, todo. Mientras tanto, me dará pavor seguir leyendo cuentos cortos.
Este cuento es la excepción, porque no me une a él interés científico de ninguna clase (me arriesgo a pensar que estas profesoras nunca analizan sus cuentos favoritos, sino quizás los que más odian) sino un fuerte arraigo sentimental. Es que hace muchos años que es mi cuento favorito, y probablemente lo sigue siendo.
Mi tía me había prestado un libro gordo y blanco con una fotito de Mario Benedetti en seis colores, que creo que se llama "Cuentos completos". Como el libro es gordo, uno asume que ahí están todos sus cuentos, o la mayoría. Está dividido en cuatro o cinco partes. Yo siempre me inclinaba por los cuentos más cortos, porque me parecían los más intensos. Muchos tenían cifrado un mensaje político que yo no alcanzaba a entender con mis 13 años, pero no desesperaba: miraba a mi tía, militando en un partido anti-radical y escuchando Bersuit Vergarabat, y pensaba que ya me llegaría mi hora, bastaría sólo con poseer una libreta universitaria. Hoy estoy más cerca de eso que nunca, y me asusta cómo pasa el tiempo. Por ende, si releyera esos cuentos (ya no tengo el libro en mis manos) podría entender algo más; por lo menos, si mencionan la palabra "bolchevique".
Sin embargo, "La vecina orilla" es bien distinto. Cabe destacar que, a pesar de que me gustaban los cuentos cortos, éste es el cuento más largo del volumen. Incluso había quien lo catalogaba como una novela corta, al estilo "Informe sobre ciegos", pero como dije es bien distinto. Tiene su cosa política (narra hechos ocurridos en plena dictadura) pero, de alguna u otra forma, desborda lo simplemente político. O eso es lo que quiero creer sin fundamento teórico alguno.
El cuento se trata sobre un joven espigado que, a muy temprana edad, vuela del aeropuerto de Montevideo para ir a vivir, solo, en una cochambrosa pensión de Buenos Aires. Se va escapando de la dictadura uruguaya, y llega a un Buenos Aires convulsionado y setentoso: los tiroteos suenan todos los días en Santa Fe y Talcahuano, y la policía persigue a los orientales constantemente, de manera que su exilio es otra forma de jugar a las escondidas en un terreno totalmente nuevo.
No puedo dar detalles del cuento sin que suene terriblemente político, pero ya les digo que a los 13 años no tomaba partido por nada, incluso menos que hoy, que estoy rebosante de dudas. No habrá sido eso lo que cautivó mi atención, y hoy me lo confirmo: cuando releí el cuento al llegar a Córdoba, hace ya un año, para una "residencia permanente" (todos sabemos que nunca es tan así) releí el cuento y puede ser que se me haya escapado un lagrimón. En parte por lo que significaba el cuento, y cómo varió este significado (a los 13 me prometí leerlo al menos una vez por año, y generalmente eran dos o tres, especialmente cuando se acercaba un viaje a Buenos Aires).
Recién estaba leyendo un par de entradas viejas y sentí más o menos lo mismo que siento cuando releo este cuento: las memorias de un advenedizo que descubre todo en una ciudad nueva (y lo que es más importante aún: por su cuenta) y describe los más tontos detalles de manera fogosa y apasionada. La pasión embellece las descripciones. Así fue en el siglo XIX, cómo diablos no va a ser así hoy mismo. Cuando se es un joven espigado que (por fin) se aleja de (el yugo de) sus padres, y se le impone la fatal tarea de conocer la ciudad nueva, uno no se demora ni un minuto; sin desarmar la valija saca el abrigo que esté más a mano, y sale a caminar hasta que se haga de noche, y tantea la avenida segura para volver, descansar y continuar la marcha el día siguiente.
No confío en la gente que no encuentra placer en esto; ni confío del todo en el "amo mi ciudad" de la gente que jamás hizo esto en otra parte. De tanto caminar uno se da cuenta de que las cosas en realidad son bien distintas si se las mira con atención, y más que acostumbrarse, el cuerpo (por algún impulso natural) se termina enamorando también de esas otras ciudades. No sé si ése es el fin del patriotismo, pero se le parece.

En fin. Esta entrada es porque tengo nostalgia de lo que era yo, un Cristóbal suelto en una ciudad extranjera, como la primera persona que la descubre. El año y medio que he pasado aquí me ha oxidado bastante los engranajes y ahora miro a los cordobeses con más desconfianza que interés intelectual. Eso es una lástima, pero no puedo evitar sentirme así. El dolor es el mismo que cualquiera: "lamento no poder ser niño por siempre, tan simple y tan puro". Supongo que con los meses sobrevienen también los prejuicios.
Sea como sea, espero que mi corta y necia crítica haya sembrado la curiosidad en el lector para pispear el excelente relato de don Benedetti. No es demasiado largo, no le tomará más de una hora, y valdrá la pena.

(Qué le vamos a hacer. Después de tirar currículums en librerías, tuve que acostumbrarme al mecanismo. No hay mejor argumento para vender un libro que: "se lee rápido". Somos hombres posmodernos. No hay tu tía, diría Cortázar con justa razón, y poco compromiso revolucionario.)

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