29.6.13

Introducción a la figura de Enrique Symns

A propósito de Alonso, él me contaba sobre las cartas del Tarot. Son 23 (creo) y cada una tiene un valor distinto, pero sólo pude retener cuatro o cinco valores. Por convención (creo) "El Loco" (le mat) se ubica al principio de la baraja. Es la única carta que no tiene número; es la carta que abre el ciclo. No sé mucho sobre el tarot, ni sé mucho sobre esta carta. Jodorowsky la resume con la siguiente frase: "todos los caminos son mi camino".
Según creo entender, la sucesión de arcanos del tarot es una forma de ver un ciclo en la vida, sea cual sea. Cada carta tiene su propia personalidad y sus propios rasgos, que son identificables de algún modo con nuestros propios rasgos frente a una situación determinada (por ejemplo, "en la vida amorosa" podés estar frente a un "quiebre muy grande" -representado por la carta número XIII-). Arriesgo una opinión un poquito más peligrosa: la sucesión de cartas es también una representación más o menos lógica de nuestras actitudes frente a la vida. Y todavía más: el ciclo no termina; uno llega al último arcano (que simboliza la perfección y la completitud) y vuelve al primero, al Loco, representado por Jodorowsky como un barbudo que despierta de un desmayo desnudo, embarrado y lleno de abejas, con niños burlándose a su alrededor.
Éste es el loco. El que no tiene nada y por lo tanto todos los caminos son su camino. Me dicen continuamente que los 20 años son una etapa importante, e incluso me siento un poco intimidado por esos compañeros de la secundaria que ya tienen su propia concesionaria (del mismo modo que en la secundaria me sentía intimidado porque tenían su primera novia). El término "precoz" me parece muy envidioso, pero yo no creo que a los 20 nadie esté obligado a ser algo muy importante, si es que esa obligación existe para algún momento de la vida. Ser alguien. Aunque esté acá "estudiando" (elegir una carrera universitaria es decisión muy sobrevalorada por los tutores de la orientación vocacional), fácilmente puedo ver que todos los caminos todavía son mi camino. Es sábado a la noche; ya terminó la previa pero puedo todavía colarme en cualquier fiesta y ver qué pasa. Siempre voy a ser el boludo que llegó tarde, pero si siento que esa fiesta es la mía, también voy a ser el amo de la noche.

Estoy leyendo sobre un periodista llamado Enrique Symns que nunca sentí nombrar antes. Escribo sobre él para sentir que no tengo que rendirle cuentas a nadie; ya me cansé de esa gente que te dice (parece mentira pero existe) "¿todavía no escuchaste sobre Enrique, careta?". (Lo dicen llamándolo por el nombre de pila, como si fuera familiar suyo). A pesar de que la pista sobre este tal Enrique Symns recién llega a mí, ahora entiendo que era cuestión de tiempo. No puedo decir que estuviera metido en el tema, pero conozco a la mayoría de los tipos que influenciaron a Enrique Symns e incluso compré (gesto más noble que leer) libros de estos tipos. El último de ellos, Hunter S. Thompson, es un periodista norteamericano que también conocí de casualidad el otro día, gracias a una revista que encontré en mi casa y que nunca había leído.
No quiero obligar al lector a leerse una biografía de Enrique Symns en Wikipedia, pero tengo miedo de que mi descripción sea insuficiente. Básicamente es un periodista gonzo (este es un subgénero del periodismo que tiene características muy particulares), digamos el periodista gonzo más alabado de la Argentina. Su debut fue en los '80 y sigue vivo y coleando, escribiendo para publicaciones como Orsai, Crítica y THC. Es un personaje muy querido, un mito viviente, por así decirlo, allá en Buenos Aires. Esta distancia geográfica es muy importante: si no existiera Internet, ahora mismo estaría gastando 100 pesos si pudiera encontrar algo sobre Enrique Symns en las calles de Córdoba, posibilidad que se me aparece como difícil y que Enrique Symns (ya lo leí) no aprobaría.
La fascinación por este estilo (más que por la figura de este tal Enrique Symns) es nueva y contundente, y capaz la abandone en tres semanas. Pero las pistas que me llevaron al periodismo gonzo, y la posibilidad (gloriosa) de definir un estilo de escritura con este nombre, causan esta fascinación que no puedo dejar de lado. Toda mi vida me sentí un principiante; intenté negarlo muchas veces, haciéndome pasar un mal rato tratando de esconder mi ignorancia sobre los temas más tontos; estoy listo para declararme abiertamente un ignorante y seguir, con la conciencia tranquila, leyendo sobre Enrique Symns y su obra. El loco no merece ni busca aprobación: me duele entenderlo recién ahora, pero no es demasiado tarde para empezar a vivir con esta tranquilidad.
Es probable que el lector de este blog, si los hay, no conozca la figura de Enrique Symns; es igualmente probable que sí. En cualquiera de los dos casos me gustaría transcribir acá el fragmento inicial de un artículo suyo titulado "La pasión siniestra". Menos por admiración de su prosa que como ejemplo de algo que merece la pena ser conocido, entre el hastío de lo llamado "cultura popular", que muchas veces (marginal y no) termina siendo más de lo mismo.
Confróntese con lo expuesto en esta entrada, si es que expliqué bien mi posición en este momento.
La destreza de los seres humanos consiste en hacer evaluaciones correctas de sus observaciones y experiencias, modelar unos expertos modales que logran desencantar el bosque de los acontecimientos; les pone nombres a las misteriosas sombras que los acosan y con ello domestican el misterio hasta su fin; la mente prisionera de un misterio que es ella misma, se despierta en una clase de geometría y el mundo aparece iluminado por las matemáticas precisas de la eficacia. 
Cada vez que un hombre intenta beber el elixir del éxtasis saciando la sed angustiante que le provoca saber, o cada vez que intenta fugarse de esa trampa continua que lo mantiene atrapado en los pequeños casilleros del tiempo y del espacio, o cada vez que descubre que la piel de su yo limítrofe se incendia cuando el fuego del amor lo provoca para que salte sobre el obstáculo que es su propia presencia y se funda con otra alma; siempre y cada vez se comportará como en un pequeño e insignificante ejercicio de teatro, será un actor indeciso balbuceando incoherencias, un comerciante traficando caricias bajo la mesa de las negociaciones, un enterrador de promesas que aprendió a sonreír mientras cava la tumba de sus aventuras.

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