26.6.13

Entrada de medio pelo sobre un viaje de pelo completo

Ya aclaré que no tengo vocación de guía turístico, pero quizás sí tengo de viajero de medio pelo. No viajo para conocer otras culturas (nunca he ido tan lejos) ni para conocer nuevos paisajes (solamente); muchísimas veces viajo sólo para contar kilómetros y ver qué pasa en el medio, que casi siempre es algo inesperado. Un pueblo en la ruta es un placer aislado que se hace esperar tanto tiempo que cuando llega lo recibo con los brazos abiertos, sea el pueblo que sea.
Hoy ordenaba mi biblioteca y encontré dos mapas del último viaje importante que hice. Uno de ellos corresponde a la ciudad de Cruz del Eje, el otro es de la ciudad de San Juan. Las dos ciudades tienen su encanto. A San Juan me une una especie de lazo sentimental fuerte y estable; a Cruz del Eje me une la necesidad de pasar por ahí para ir a San Juan, obligación me guste o no.
Un río moribundo atraviesa Cruz del Eje. Interrumpiendo el suelo cobrizo la ribera está bañada por un verde sorpresivo que se borra más rápido de lo que uno esperaría. Cuando bajé en ese pueblo, después de haber pagado un pasaje a Cosquín (pequeña pero fatal trampa nuestra, que éramos mochileros sin dinero) lo primero que sospeché era que estaba en un lugar muy especial: un reducto en el siglo pasado, como a mí me gusta, pero también un paraíso perdido en el desierto. Las casas en ese pueblo son coloniales y la gente te mira raro, sobre todo si uno anda con los anteojos de sol de rigor. Se entiende que Cruz del Eje no tenga demasiado turismo; no se entiende que no se hayan escrito poemas sobre su belleza, o que estos no sean mundialmente aclamados.
Imagino que allá todos los días son domingo, pero cometí la gravedad de caer ahí un domingo. El aire era puro y el cielo era azul. La geografía nos enseña que los cielos más azules son los más secos. Nunca vi cielos tan azules como en el oeste. También estudié la llamada Franja Árida. En el mapa de la Argentina podemos marcar una gruesa línea color marrón en la cual crecen unas briznas pobres sobre unas colinas dudosas color muerte. Cruz del Eje estaría muy cerca del centro de la franja infame. El viajante conoce el efecto que las briznas pobres tienen sobre las zapatillas: un color arena constante, un vuelo de polvo, un viento que fulmina.
El silencio en Cruz del Eje es total sobre el puente de madera colgante que pende sobre el río transparente. En su orilla hay piedras y basura. Sobre el puente se aprecia la copa de un sauce a la altura de nuestra nariz y los pasamanos están llenos de inscripciones con pintura blanca.

El viaje a San Juan lo hice el mes pasado con un gran amigo y siempre quise escribir sobre él, pero nunca me animé o nunca pude. No voy a hacerlo ahora. Escribo esta entrada más que nada por aburrimiento; Cruz del Eje es una ciudad aburrida, y vale acordarme de ella cuando estoy aburrido. En las afueras de la ciudad esperamos pacientemente haciendo dedo para que nos levante un policía; segundos antes de la corrida, con las incómodas valijas encima y con blues puesto en el celular (el estrafalario estímulo para la espera desesperada), estaba escribiendo algo que quiero tímidamente compartir acá.
Las cosas escritas en hojas y papel tienen otro tono, un poco más apurado y por lo mismo más conciso. El esfuerzo que tengo que hacer para escribir un texto largo es más del que quisiera; creo que no soy el único al que le pasa esto.
Por igual motivo, la concentración para escribir palabritas en papel es mayor y menos rentable. Escribía pensando en todo el oeste que conozco de cuatro viajes. El tedio no salta a la vista, pero está.

occidente. casita esporádica, abedul. montaña clara y cielo azul profundo. si conoceré de memoria tus raras vueltas, olor a otro mar, el algo de eso había, me encariño con sus ojos. me duermo en sus calles. lamo un poco la nieve. adivino la trayectoria. 141, 79, 40, 38. uno allá, uno acá... pulgar levantado para siempre; cardumen visible en la temprana transparencia del Limay, cardón helado, acequia vacía, silencio hermético, calor y frío. el sol se pone más tarde, pero se ve salir antes reflejado en las laderas del Aconcagua.

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