10.6.13

Corrientes, qué viejos estamos...

Hoy fue un día soleado y tranquilo, un domingo como cualquiera. Hicieron los 22 grados de rigor que Córdoba ofrece en esta época, y ya no soy un desprevenido: no va a llover hasta después de agosto, que trae los vientos que tumban chapas y carteles; y recién en octubre llegará la primera tormenta fuerte.
No me puede sorprender haber visto una foto de Corrientes lluviosa y también tranquila, con esa tranquilidad dominguera (¡que parece ser la misma en todos lados!), y que me haya llamado poderosamente la atención. Todos sabemos que las fotos no tienen sonido, pero esta foto no expresa nada más que silencio.  Un silencio de bar, un murmullito constante. La saqué de una página de Facebook especializada en transmitir informaciones sobre el clima minuto a minuto, cuya visita recomiendo. No voy a negar que este tipo de informaciones son muy poco útiles. (Generalmente, cuando llueve en Corrientes llueve a los dos días acá; esto, en esta época, ya no se cumple, y tendría que averiguar por qué y qué tan lejos tengo que viajar para vivir un domingo de lluvia y mates).
Sin embargo, trayendo a colación una justa nostalgia, sigo fervorosamente a esta página de Facebook porque me trae estas fotitos de Corrientes que, tan poco ambiciosas como son, me traen acá lo que solía ver todos los días. Son fotos que no voy a encontrar en otro lado. Googleando "Corrientes, Argentina" probablemente salga una foto del puente; el puente es una cosa imponente, tiene una belleza admirable, pero esta peatonal vacía y mojada, casi sin gente, también tiene una belleza admirable. La foto en realidad tiene como misión mostrar el cielo encapotado para que la gente atenta salga con su paraguas; a mí esto no me sirve, por más ganas que tenga de sacar un paraguas a la calle. En realidad, lo que quiero hacer es ver ese piso mojado que caminé tantas veces. Una excusa pobre pero satisfactoria, como esas misteriosas ganas de leer un libro que leíamos de niños.


Tengo que decir algo más, aunque quede desubicado, sólo para transmitir una especie de honestidad artística. Ven ahí la peatonal, y un lugareño reconocerá la peatonal recientemente inaugurada (y tan crudamente criticada) hará menos de un año.
Mis más fieles recuerdos me indican que yo vine a Córdoba hace un año y medio, cuando todas esas obras no estaban terminadas, o acaso ni siquiera proyectadas. De modo que me costó trabajo ubicar esta foto en mi esquema mental (me ayudó esa hermosa casa de techo azul, que espero que sea la de alguno de mis lectores para invitarme a conocer sus galerías). Cada vez que voy, me cuesta trabajo acostumbrarme a la idea de no caminar las mismas baldosas que siempre he caminado por ahí, porque éstas han sido removidas y reemplazadas por otras, más modernas y rain-friendly.
Este epígrafe innecesario y hostilmente conservador quiere hacerme tomar nota de que estoy un poco más viejo que antes. En otra época no me hubiera interesado en lo más mínimo la conexión que una persona pudiera tener con una baldosa de la calle; por el contrario, hubiera aplaudido la medida de repavimentar el desprolijo asfalto de la Junín, hacer una peatonal para los peatones.
Este sentimentalismo injustificado debe deberse al hecho de que estoy lejos. No se explica de otra forma, ni quiero explicarlo de otra forma. Supongo que me gusta aferrarme con garras y dientes a la imagen de una ciudad en la que viví casi toda mi vida, y que esa imagen permanezca ahí, invariable, cosa de poder volver a ser un adolescente cada vez que vuelvo a mi entorno natural.
Dejar a Corrientes fosilizada sería una proposición estúpida e innecesaria, y en realidad no tengo derecho a proponerla porque yo mismo decidí alejarme de la ciudad. Así y todo esa sensación queda ahí, como una piedra en el zapato, sin aclararse. Habría dos soluciones: fotografiar cada esquina de la ciudad antes de que sea demasiado tarde, o animarme a mirarla en los ojos y decirle: "querida, qué viejos estamos".

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